CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #6
Estaba cubierto de sangre. Lo noté entonces.
Tenía la túnica empapada hasta la cintura, las manos teñidas hasta los codos, la cara salpicada de gotas ya secas.
No era mía. Nada de aquella sangre era mía.
Era de cientos de hombres que habían pasado por mis manos aquel día, de godos y romanos, de vivos y muertos, de gente cuyos nombres no sabía, y que se había mezclado sobre mi cuerpo en una misma costra pardusca. La olía. Olía a hierro y a sal.
Me lavé las manos en el río. Las froté con arena, con ceniza, con las uñas. No servía. La sangre no se iba. Se me había metido bajo la piel, en los pliegues de los dedos, en las líneas de las palmas, como si ya no fuera algo que tuviera, sino algo que fuera.
Miré hacia el valle. Las piras ardían. El canto de los godos subía y bajaba. A lo lejos, bajo la luz rojiza, los soldados romanos, muy pequeños, caminaban entre los cadáveres con antorchas, buscando a los suyos. Y sobre todo ello, impasibles, las estrellas.
Pensé en Teón. Pensé en su voz de cisterna, en su mano de cantero sobre mi muñeca.
«No hay enemigo más grande que la enfermedad. Ni los godos, ni los persas, ni la muerte misma».
Había creído que comprendía aquellas palabras.
Había creído que lo que Teón quería decir era que había que salvar vidas, a cualquier precio, sin mirar de qué bando fueran.
Y aquel día lo había hecho. Había salvado a un godo y a un romano, a un chico de Siscia con la arteria abierta, a un muchacho de quince años con el costado atravesado. Había hecho lo que mi maestro me pidió.
Pero ¿para qué?
Había contribuido, con mis manos, a una victoria.
A la mayor victoria de Roma en un siglo.
A la que salvaría al imperio de la aniquilación goda, o eso decían.
Y para conseguirla, habían muerto nueve mil romanos y cincuenta mil godos.
Mujeres. Niños. Ancianos que cantaban nanas a sus nietos muertos.
Un niño de tres años que dormía con el pulgar en la boca.
Y yo, que había jurado luchar contra la muerte, había ayudado a que unos hombres mataran a otros con más eficacia, porque eso hace un cirujano en un ejército: no salva a los hombres, los devuelve a la guerra.
Me eché hacia delante, con las manos en el barro, y vomité.
No sé cuánto tiempo estuve así. Cuando por fin levanté la cabeza, tenía la cara mojada, y no sé si eran lágrimas o agua del río. Me limpié la boca con el dorso de la mano. Me quedé de rodillas, con la frente casi tocando el suelo, y me hice la pregunta que ya no he dejado de hacerme.
¿Valía la victoria su precio?
No era una pregunta retórica. Quería una respuesta.
Quería que alguien, Teón, Claudio, los dioses en los que no creía, me dijera sí, sí valía, porque el imperio sigue en pie, porque los campesinos de Dardania pueden arar sus campos, porque el niño de Alejandría puede aprender medicina sin que lo maten.
Quería que alguien me dijera que sí, que los cincuenta mil habían muerto por algo.
O que no, que no valía, que había sido un horror inútil y que nada lo justificaba.
Cualquier respuesta habría sido mejor que el silencio.
El río murmuraba. Las piras crepitaban. Alguien, a lo lejos, cantaba.
Sentí una mano en el hombro.
Era Cástor. Se había arrodillado a mi lado en el barro, sin ruido, y me miraba con sus ojos serios y claros.
No dijo nada, claro. No podía. Tomó con suavidad mi mano derecha, la mano manchada de sangre, y la llevó a su propia garganta.
La apretó contra el cuello, para que yo sintiera el pulso.
Con la otra mano, señaló la tablilla de cera que llevaba en el cinturón.
Comprendí.
Saqué la tablilla. La sostuve a la luz de una pira lejana.
Había once nombres, en letras pequeñas y temblorosas.
Y debajo, ya no cabían más. Leí en voz alta, con la mano de Cástor en mi garganta: Yared.
Nikias. Hamid. Gayo Servilio. Marco. Hunila.
Ansila. Amalric. Nonio Severo. Aulo Cecina. Marcos Vibio Fausto.
Hice una pausa. Respiré.
—Marco Septimio Fusco —dije.
No cabía. Lo grabé en el borde de la tablilla, con la punta del cuchillo, con letras minúsculas, apretadas, en un hueco entre dos líneas.
—Y los de hoy —murmuré.
No supe seguir. No sabía sus nombres. Eran cincuenta mil, o nueve mil, o ambas cosas. Y yo tenía una tablilla del tamaño de una mano.
Cástor, sin soltarme el cuello, me miró. Después hizo algo que nunca olvidaré: con la mano libre, se señaló a sí mismo, luego señaló el campo, luego a mí. Y repitió el gesto, despacio, una y otra vez, hasta que entendí lo que quería decir. Nosotros. Nosotros los anotaremos.
No sé si fue una respuesta. Pero me ayudó a levantarme.
Esa noche empecé la segunda tablilla. Conseguí el nombre de Ticio Fabio, que estaba vivo, y que por eso no lo anoté.
Conseguí, por boca de Teudas, el de un jefe de guardia godo, Gudila, que había muerto al amanecer en el ala derecha, y el de su hijo, que se llamaba Wisigar y que dormía en mi tienda, y que aún no sabía que era huérfano.
Anoté a Gudila. Fue el primer nombre de la segunda tablilla.
Pero la pregunta, esa, no la anoté. La guardé. Y aún hoy, mientras escribo esto bajo un olivo, con las manos viejas y manchadas de tinta, sigo sin saber la respuesta.