El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #5
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CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #5

Lo reconocí por el terreno: una pequeña depresión, junto a un grupo de sauces tronchados, donde la hierba estaba pisoteada y empapada de sangre.

Había allí cientos de cuerpos, romanos y godos mezclados, en una capa tan espesa que no se veía el suelo. Nos detuvimos.

—Ticio Fabio —grité—. ¡Ticio Fabio! ¡De Mutina! Mi voz se perdió en la noche. Nadie respondió. Seutes alzó su lámpara y recorrió con la mirada el campo de muertos.

— Esto es imposible —murmuró.

—Seguimos.

—No lo vamos a encontrar.

—Seguimos.

Seguimos. Fuimos de cuerpo en cuerpo, volviendo cada rostro, alzando cada lámpara.

Buscábamos una cicatriz en el labio superior.

Buscábamos una cara joven y flaca, de ojos oscuros.

Encontramos a muchos que se le parecían.

Cada vez que veía una cara joven, el corazón se me encogía, y cada vez que no era la suya, sentía a la vez un alivio y una vergüenza.

Cástor, a mi lado, iba más rápido que nosotros.

Se inclinaba sobre cada cuerpo con una destreza silenciosa, le giraba la cabeza, le miraba el rostro y pasaba al siguiente.

Su rostro, a la luz de la lámpara, tenía una expresión de concentración casi sagrada.

No sé cuánto tiempo pasó. Una hora. Quizá dos. Fue Cástor quien lo encontró.

Lo supe porque dejó de moverse. Estaba de rodillas a unos veinte pasos de nosotros, junto a un montón de cadáveres, con la lámpara en el suelo, y me hacía señas frenéticas con el brazo, con la boca abierta, sin voz, con los ojos desencajados. Corrí hacia él. Seutes me siguió, resoplando.

Bajo un godo enorme, un hombre de dos varas de altura, tendido boca abajo sobre otro cuerpo, asomaba una bota romana. Una bota de soldado, claveteada, de la que sobresalía una pantorrilla cubierta de sangre seca. Y la bota se movía.

Era un movimiento diminuto, casi imperceptible: un espasmo del pie, un estremecimiento del tobillo. Pero estaba vivo. —¡Ayudadme! —grité.

Entre los tres apartamos el cadáver del godo. Pesaba como una piedra. Cuando lo giramos, vi debajo, aplastado, con las piernas atrapadas en una posición imposible y la cara cubierta de sangre y barro, a un muchacho con una cicatriz en el labio superior.

—Ticio —murmuré.

Tenía los ojos cerrados. Le puse los dedos en el cuello.

Había pulso. Débil, rápido, pero constante.

Le examiné el cuerpo con la lámpara. Una lanzada en el muslo derecho, profunda, que había dejado de sangrar por obra de la presión del cadáver que le había caído encima.

Un golpe en la cabeza. Costillas rotas, probablemente.

Pero no había heridas mortales. El godo, al desplomarse sobre él, le había salvado la vida.

—Está vivo —dije, y la voz se me quebró—. Está vivo. —Gracias a los dioses —murmuró Seutes, y se pasó la manga por los ojos.

Lo sacamos de entre los cuerpos con cuidado, entre los tres, lo tendimos sobre una manta, le dimos de beber un poco de agua con vinagre. Abrió los ojos. Me miró sin reconocerme. Tenía las pupilas dilatadas, y el rostro ceniciento, y la cicatriz del labio, con la sangre seca, parecía una raya negra.

— ¿Quién eres? —murmuró.

—El médico.

—¿El griego?

—El griego.

—¿Ganamos? —preguntó.

Me quedé un instante sin saber qué decir.

—Ganamos —dije.

— Qué bien. —Cerró los ojos. Una lágrima le rodó por la mejilla, limpiándole un hilo de sangre—. Hice lo que dijo el emperador. Di un paso atrás. Con calma.

— Lo sé.

—Y después ya no me acuerdo.

—No importa.

—¿Y Fusco? —Abrió los ojos de nuevo—. Estaba a mi lado. En la primera fila. Dijo que se iba a poner delante. ¿Vive?

Respiré hondo.

—Murió en mi tienda, hoy, a mediodía. Se puso delante, como dijo. Murió sabiendo que lo había hecho. —Le apreté la mano—. Y antes de morir me pidió que te dijera que se alegraba de lo de la carta.

Ticio Fabio me miró largamente. Luego, muy despacio, esbozó una sonrisa torcida, que la cicatriz del labio volvió casi una mueca, y se echó a llorar, sin hacer ruido, con la boca abierta, con los hombros temblando.

Yo le sostuve la mano. Seutes se alejó unos pasos y fingió ocuparse del odre.

Cástor, de rodillas, con las manos en el regazo, miraba al suelo.

— ¿Y la carta? —murmuró el muchacho al fin.

—La tengo. En mi botiquín.

—No la mandes.

—No la mandaré.

—La llevaré yo.

—Es lo que quiero.

Lo cargamos entre Seutes y yo. Cástor iba delante, con la lámpara, abriendo paso.

Fue una marcha lenta, de una hora, a través del campo de muertos, con el muchacho a hombros, murmurando incoherencias, a veces el nombre de su madre y a veces el de una cabra.

Lo dejamos al cuidado de Vindex, en la tienda de los amarillos, con tres vendajes y una dosis de adormidera, y Vindex me prometió, con su voz de galo, que no se separaría de él en toda la noche.

Salí de la tienda. Y entonces, por primera vez desde el amanecer, ya no tuve nada que hacer.

Caminé hacia el río sin rumbo. No sé qué esperaba encontrar. Quizá solo silencio.

Llegué a la orilla. Era un lugar cualquiera, un recodo del Nisava junto a unos sauces, donde la corriente describía una curva suave y el agua, ya casi limpia, volvía a ser clara.

Alrededor, entre las raíces, yacían una docena de cuerpos que los camilleros aún no habían recogido: godos y romanos, juntos.

Me arrodillé en el barro, al borde del agua.