El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #4
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CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #4

—Hay más —dijo Teudas con voz ronca—. Cientos. Debajo de los carros. Hay que sacarlos antes de que anochezca. —Os ayudo.

— No. Tú ya has hecho bastante. —Me miró con ojos enrojecidos—. Pero te agradecería que mandaras agua. Y vendas. Y a alguien que sepa lo que hace.

— Enviaré a Zabdai.

—Gracias.

Se alejó con los soldados, despacio, entre los cuerpos.

Observé cómo el barbudo, con la anciana en brazos, se agachaba para pasar bajo una lona rota, y la depositaba con cuidado sobre una manta.

Me pareció que le hablaba. No sé qué le dijo.

Pero la anciana, con la cara arrugada y los ojos entornados, alzó la mano y le tocó la mejilla, un gesto breve y torpe, y el soldado se quedó inmóvil un instante, con la cabeza gacha, como si le hubieran puesto una piedra sobre los hombros.

Encontré a Aurelio Casiano sentado sobre un escudo hecho astillas, junto al río, al borde de una pequeña colina de cadáveres.

Tenía la coraza abollada y manchada de sangre, el casco a un lado, el látigo de vid tirado a sus pies.

Tenía el rostro gris, hundido, con una barba de dos días y los ojos fijos en el agua roja.

Estaba solo. Los soldados que pasaban por su lado, camino de las hogueras, lo miraban de reojo, con una mezcla de miedo y de respeto, y rodeaban su piedra sin acercarse.

No sé por qué me detuve. Quizá fue por pura fatiga. Quizá fue por la extrañeza de verlo allí, con las manos colgando entre las rodillas, sin gritar, sin mandar, sin nada de aquella energía brutal que lo había caracterizado durante toda la campaña. Parecía un viejo.

— Médico —dijo, sin volverse.

—Prefecto.

—¿Vienes a juzgarme?

—No.

— Hice matar a once de los míos. —Su voz era plana, sin inflexión—. Esta mañana. En la grieta. Ya lo sabes. Te lo habrán contado.

—Me lo han contado.

— Los maté yo. Con mis manos. —Se miró las palmas, anchas y callosas—.

A uno le rompí la mandíbula. A otro lo ensarté.

Eran chicos. Algunos de diecisiete, de dieciocho.

Los de la Itálica, los de la tercera cohorte.

Reclutas de este año. Los vi correr y sabía que si seguían, arrastrarían a los demás.

Que si se abría una grieta, se abriría el infierno.

—Lo sé.

— No te lo cuento para que me absuelvas.

—No pensaba hacerlo.

Una sombra de sonrisa cruzó su cara cansada.

— Eso me gusta de ti, griego. Que no mientes.

—Se frotó la barba con la mano—. Lo haría otra vez.

¿Sabes? Lo haría exactamente igual. Los volvería a matar a los once, uno por uno, con la misma rabia, para que los otros once mil vivieran.

Es lo que hace un prefecto. —Alzó los ojos hacia mí—.

Y esta noche, cuando cierre los ojos, los veré.

A los once. Cada noche, hasta que me muera.

Ese es el precio. Y lo pago. Pero no quiero que nadie me diga que no me costó nada.

No supe qué decirle.

—El emperador te debe la victoria —dije al fin.

— El emperador le debe la victoria a un perro como yo. — Soltó una risa corta, áspera—. Eso lo sabe él. Y yo lo sé. Y lo sabe el imperio. Pero nadie lo dirá. Los perros no salen en las crónicas.

— Yo lo escribiré.

—¿Qué?

—Lo escribiré. Todo. Lo de los once. —Hice una pausa—. Se lo prometí a Claudio.

Aurelio Casiano me miró un instante largo, con los ojos entornados. Después soltó un gruñido, bajó la cabeza y volvió a mirar el río.

—Haz lo que quieras —murmuró—. Pero ponme también que cargué con ellos hasta el final.

Claudio llegó al caer la noche.

Lo vi aparecer entre las hogueras, a pie, con la guardia imperial detrás, a veinte pasos de distancia, en silencio.

Había dejado el caballo. Llevaba el casco bajo el brazo y el escudo, con ocho flechas clavadas, colgado de la espalda.

Tenía un tajo en el antebrazo, mal vendado, y la cara cubierta de polvo y sudor.

Caminaba despacio, sin mirar a nadie, recorriendo el campo de un extremo a otro, deteniéndose de cuando en cuando ante un cuerpo.

Lo seguí sin que me viera. No lo hice con intención. Fue una especie de arrastre.

Se detuvo ante la mujer y el niño del manto gris. Se quedó mirándolos largo rato. Después, con un gesto torpe, se puso de rodillas, con un crujido de coraza, y apartó con suavidad una punta del manto. Vio al niño. Vio el pulgar en la boca. Vio la mejilla apoyada en la mano.

No dijo nada. Se quedó inmóvil. El viento movía las llamas de las hogueras y proyectaba sombras largas sobre su rostro.

Vi cómo se le contraía la mandíbula. Vi cómo se llevaba la mano al pecho, a la altura del corazón, donde guardaba el caballito de madera.

La mantuvo allí, cerrada, durante un largo rato.

Entonces se volvió hacia Teudas, que se había acercado sin ruido.

—¿Cómo entierran a sus muertos? —preguntó.

— Los queman, augusto. —Teudas habló con voz queda—. Con sus armas, si las tienen. Al caer la noche. Es un deber sagrado. Si no se cumple, sus espíritus no descansan.

— Entonces que ardan así.

—Augusto…

— Que se quemen como ellos quieren. Con las armas, con las ropas.

Que se cante lo que haya que cantar. —Claudio se puso de pie con esfuerzo—.

Si hay alguien que sepa las oraciones, que las diga.

Si no, que las diga el liberto. Quiero que cada pira sea una pira de verdad, y no una hoguera de basura.

Y que nadie se burle. Ni un solo soldado.

El que se ría, tendrá que responder ante mí.

—Sí, augusto.

— Y que se haga rápido. Antes de que amanezca. —Su voz se volvió seca—. No quiero que el agua del Nisava se pudra con ellos. Los alejandrinos —me miró de reojo, sin sorpresa, como si hubiera sabido todo el tiempo que estaba allí— tienen razón en eso.

—Se hará, augusto —dijo Teudas.

Claudio asintió. Dio dos pasos hacia mí, y se detuvo. Tosió, una tos seca, breve, que se transformó en un ataque, y tuvo que apoyarse en el escudo. Los guardias dieron un paso adelante. Él los detuvo con un gesto.

— Estoy bien —dijo.

—Augusto…

—Estoy bien. Es el polvo. —Me miró—. ¿Cuántos, alejandrino?

— No lo sé.

—¿Cuántos de los nuestros?

— Nueve mil, tal vez. Quizá diez. —Me pasé la mano por la cara—. Y los heridos que no sobrevivirán. Dos mil más. Quizá tres.

— Y de los suyos.

—No sé. Muchos más.

— Cincuenta mil, dicen. —Claudio se quedó mirando las hogueras—. Cincuenta mil nombres que nadie escribirá. —Hizo una pausa—. Escribe los que puedas, alejandrino. De los dos bandos. Es lo único que te pido.

—Lo haré.

Y se alejó con paso lento hacia las hogueras, con la guardia detrás, un hombre cansado de cincuenta y cinco años, a quien todo el imperio, en las semanas siguientes, llamaría Gótico.

Las piras se encendieron una tras otra a lo largo de toda la noche.

Desde el montículo del hospital, a medianoche, vi cómo el valle de la Hoz se llenaba de fuegos.

Eran cientos. Se alineaban a lo largo del Nisava, junto a las colinas, entre los carros, como una procesión de antorchas que fuera de un extremo a otro del horizonte.

De cada una de ellas subía una columna de humo rojizo, y las columnas, en el aire quieto, se juntaban allá arriba y formaban un techo bajo, ardiente, que teñía de naranja el vientre de las nubes.

Se olía a madera quemada, a resina, a carne.

Y se oía el canto.

Lo entonaba Teudas. Lo entonaba solo, de pie ante la primera pira, con la cabeza alzada y los ojos cerrados, con su voz grave y rota, en gótico.

Era la misma melodía lenta, de tres notas, que había oído la víspera desde el campamento enemigo, y que Ansila había cantado a su hijo muerto.

Pero ahora no la cantaban miles de gargantas.

La cantaba un hombre, uno solo. Y a medida que avanzaba la noche, de las otras piras, de las otras hogueras, empezaron a sumarse otras voces.

Eran los supervivientes godos, mujeres, ancianos, muchachos, a los que los soldados romanos, a una orden de Claudio, habían permitido acercarse a las llamas.

Cantaban en voz baja, con una dulzura aterradora, y entre ellos, para mi asombro, había también romanos.

Algunos legionarios, parados a unos pasos de las piras, con el casco en las manos, escuchaban sin decir nada.

Alguno, creo, tarareaba la melodía sin saber lo que hacía.

Ningún soldado se rio. Nadie bromeó. Claudio había dado la orden y la cumplieron.

Volví a la tienda de operaciones a eso de la medianoche.

Todavía quedaban doscientos heridos esperando.

Trabajé tres horas más. Cuando por fin Filón me obligó a parar, empujándome por los hombros hacia una litera, y me dijo con su voz de pájaro «hasta aquí, griego, o mañana te quedas sin manos», me tumbé sobre un fardo de mantas, cerré los ojos, y vi la cara de Arrio.

— Ticio Fabio —murmuré.

—¿Qué?

—Ticio Fabio. De Mutina. Arrio dijo que lo perdió de vista. —Me incorporé con esfuerzo—. Tengo que buscarlo.

— Estás loco. —Filón me miró como se mira a un enfermo—. Es medianoche, hay veinte mil cadáveres ahí fuera y tú no puedes ni tenerte en pie.

— Sé dónde estaba. En la cuarta cohorte. En la tercera fila, cerca del hueco donde cayó la grieta. —Me puse de pie—. Voy a buscarlo.

—Voy contigo —dijo una voz desde la entrada.

Era Seutes. Estaba de pie, con una lámpara en una mano y un odre de agua en la otra, y en los ojos tenía una expresión de testarudez que no admitía réplica. A su lado estaba Cástor, con otra lámpara, mirándome. No me había oído, por supuesto. Pero había leído mis labios.

Filón soltó un suspiro.

—Que los dioses se apiaden de vosotros —dijo—. Id. Pero volved antes del alba.

Fue una de las noches más extrañas de mi vida.

Recorrimos el campo los tres, con las lámparas en alto, abriéndonos paso entre cadáveres bajo un cielo enrojecido por las piras.

Era una geografía horrible y precisa. A cada paso veíamos escenas que no habrían debido existir: un legionario y un godo muertos juntos, abrazados, con las manos aún clavadas en el cuello del otro; un caballo muerto con las patas al aire y un jinete debajo; un montón de escudos, hechos pedazos;

un cuerno de buey que alguien había arrojado lejos.

Las lámparas proyectaban sombras largas y bailarinas.

De vez en cuando oíamos un gemido, y nos deteníamos, y buscábamos, y a veces era un hombre vivo y lo marcábamos con un trapo para que alguien viniera a recogerlo, y a veces no lo era.

Llegamos al lugar donde había estado la cuarta cohorte al amanecer.