El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #3
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CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #3

Valerio lo ató con su propio cinto. Lo entregó, esa misma tarde, a los hombres de Bitis, que lo llevaron a retaguardia. Fue la única cosa de aquel día de la que no se arrepintió, y me lo dijo con una mezcla de orgullo y de vergüenza, porque el resto, dijo, el resto prefería no recordarlo.

—¿Qué fue el resto? —pregunté.

Valerio tardó mucho en responder. Estaba sentado ante el brasero, con las manos entre las rodillas, y el vino se le había quedado frío en la copa.

— Los carros —dijo al fin.

—¿Qué carros?

— Los de la retaguardia. Los que cargaban a las mujeres y los niños. —Se pasó la mano por la cicatriz de la mejilla—. Cuando cortamos el camino, esos carros no pudieron huir. Estaban atascados en el pasillo. Y cuando terminamos con los guerreros, nos quedaron ellos.

No dije nada.

— Nos habían dicho que no tomáramos prisioneros hasta cerrar la salida.

Era una orden de Aureliano, y era una buena orden: si se escapaba la retaguardia, volverían a Dacia, y volverían con más.

Pero cuando la salida estuvo cerrada, la orden no se levantó.

No lo hizo nadie. Y los muchachos… —Calló—.

Los muchachos estaban fuera de sí. Llevaban todo el día esperando en un bosque.

Habían visto morir a sus compañeros. Estaban cubiertos de sangre hasta los ojos.

Y de pronto tenían delante a miles de personas que no se defendían.

—Valerio…

— Vi a un jinete de mi ala abrir en dos a una mujer que corría con un niño en brazos.

Vi a otro perseguir a un anciano por entre los carros hasta alcanzarlo.

—Su voz era monótona, sin matices—. Vi a un chico de dieciséis años, un recluta de mi escuadrón, tirar su lanza al suelo y vomitar.

Y vi a Aureliano, a caballo, en medio del pasillo, mirándolo todo con el rostro quieto.

No dio ninguna orden. No dijo una palabra. Dejó que ocurriera.

—¿Por qué?

— Porque sabía que si la detenía, perdería el control de la caballería.

Y porque sabía que si la dejaba seguir, esa gente, la que quedaba, no volvería nunca.

—Alzó la vista, y vi que tenía los ojos secos pero enrojecidos—.

Fue una decisión. De las que se toman en un segundo y se cargan toda la vida.

Aureliano la tomó. No lo juzgo. No sé qué habría hecho yo en su lugar.

—¿Y tú qué hiciste?

— Lo que pude. —Se encogió de hombros con un movimiento que parecía costarle un esfuerzo enorme—. Saqué de debajo de un carro a una niña de seis años, y se la di a Teudas. Y detuve a Casio cuando estaba a punto de matar a otra. Eso es todo. De cinco mil personas, salvé a dos.

Un silencio largo cayó entre nosotros. Fuera, en el patio, la lluvia caía sobre las losas con un golpeteo monótono.

— Las fuentes dirán cincuenta mil muertos —dijo Valerio, por fin—. Los historiadores, ya lo verás. Cincuenta mil godos en un solo día. La mayor victoria desde los tiempos de Escipión. — Esbozó una sonrisa amarga—. No sé si fueron cincuenta mil. Yo no los conté. Pero sé que cada uno tenía una madre.

No pude responder. Le tendí la copa, que él rechazó con un gesto. Y nos quedamos mirando el fuego, los dos, hasta que se hizo de noche.

Salí de la tienda por última vez al caer la tarde, cuando el sol era ya una bola roja y baja sobre las colinas del oeste, y el estruendo de la batalla, que había durado desde el amanecer, se había apagado como se apaga una fragua.

No fue Filón quien me obligó, ni Seutes.

Fue Cástor. Llevaba rato mirándome con una expresión inquieta, y de pronto se interpuso entre la mesa y yo, me cogió el brazo con las dos manos y tiró hacia la entrada con una terquedad de niño pequeño.

Yo llevaba doce horas sin sentarme. Tenía las manos agrietadas, sin tacto, como las de un muerto.

Los ojos me ardían. Cuando traté de resistirme, las piernas me fallaron, y tuvo que sostenerme.

—Está bien —murmuré—. Está bien. Cinco minutos.

Seutes, desde su rincón, asintió con un gesto severo, y Vindex, que operaba a mi lado, alzó la vista y dijo con su voz de galo:

—Ve. Hemos terminado los rojos. Los amarillos pueden esperar.

Salí a la luz rojiza del atardecer, con Cástor a mi lado, y lo primero que sentí fue el silencio.

Era un silencio extraordinario. No era la quietud de la noche ni la calma de un día tranquilo.

Era un silencio pesado, espeso, denso, hecho de la ausencia de todos los sonidos que lo habían llenado durante horas.

Después de aquel rugido interminable, el aire parecía vacío.

Se oía el zumbido de las moscas. El graznido lejano de los cuervos.

El murmullo del río. Y debajo de todo ello, muy débil, disperso, como un rumor que se resistiera a morir, los gemidos de los heridos que aún yacían sobre el campo.

Subí al montículo de tierra desde donde había visto, aquella mañana, aproximarse al enemigo. Cástor me siguió. Me detuve en lo alto.

Y vi la Hoz.

No sé cómo contarlo.

El valle entero, de una punta a otra, estaba cubierto de cuerpos.

No había hierba. No había tierra. Había cuerpos.

Cuerpos sobre cuerpos, por centenares, por millares, apilados en montones que formaban pequeñas colinas, tendidos en hileras regulares donde había pasado una carga, retorcidos en posturas imposibles, amontonados contra los carros, contra las colinas, contra el río.

De lejos parecían una cosecha segada, un enorme campo de espigas oscuras que alguien hubiera abatido con una hoz.

De cerca, comprendí después, eran lo que eran.

El río corría rojo. Había oído decir que los ríos se tiñen de sangre en las batallas, y siempre lo había tomado por una figura retórica.

No lo era. El Nisava, claro y azul aquella mañana, arrastraba ahora una masa espesa y pardusca, con grumos, que olía a hierro, y en cuyas orillas se amontonaban los cadáveres como troncos arrastrados por una crecida.

Había manchas aceitosas en la superficie. Había escudos flotando. Había una mano.

Sobre el valle, tan densas que formaban una nube viva, giraban miles de cuervos.

Se posaban y levantaban el vuelo en oleadas sucesivas, graznando, peleándose por los cuerpos.

Detrás de los cuervos, más altos, volaban los buitres, en círculos lentos, esperando.

Y por encima de todo, tiñéndolo de rojo y oro, el sol poniente, que parecía impasible.

Los romanos pequeños grupos. Algunos buscaban a sus camaradas entre los muertos.

Otros recogían armas. Otros, los menos, se sentaban en el suelo, sobre un escudo o un cadáver, con la cabeza entre las manos, sin moverse.

Ya habían empezado a encender hogueras, grandes pilas de leña y de lanzas rotas, para quemar a los muertos antes de que el agua se corrompiera.

Las columnas de humo se elevaban en el aire quieto, finas y negras, como dedos.

Y el olor.

No tengo palabras para el olor. Quien lo haya sentido sabe, y quien no lo haya sentido no lo sabrá nunca.

Era un olor a carnicería, a hierro, a excrementos, a humo, a pelo quemado, a carne abierta, a cosas que no se nombran.

Pero debajo de todo ello, como un hilo fino y persistente, creí percibir otra cosa.

Un dulzor. Un dulzor tenue, afrutado, casi imperceptible.

El dulzor de los cuerpos que empiezan a pudrirse bajo el sol.

No era el otro. Lo sabía. Lo sabía con el cerebro. Pero mi cuerpo, que había aprendido a temerlo, se estremeció. mirar la escena con una indiferencia supervivientes recorrían el campo en

Bajé al campo. No sé por qué. No tenía obligación alguna. Mi puesto estaba atrás, entre las tiendas, con los vivos. Pero algo me empujó, una especie de necesidad física, la necesidad de ver de cerca lo que hasta entonces solo había visto en forma de trozos.

Bajé con Cástor, abriéndonos paso entre los muertos, sin mirar dónde pisábamos porque ya no era posible.

Los cadáveres eran, en su mayoría, godos.

Hombres altos, rubios, con las barbas llenas de sangre y los ojos abiertos.

Recuerdo a uno, un joven de unos veinte años, tendido boca arriba, con una expresión de sorpresa infantil en el rostro y una flecha clavada en la garganta, que llevaba al cuello un amuleto idéntico al del guardia que había examinado en el puesto de Naissus.

Recuerdo a otro, un viejo de barba blanca, que tenía las manos juntas sobre el pecho, en un gesto de oración o de despedida.

Recuerdo a una mujer, tendida entre dos carros, con los brazos extendidos hacia delante y un niño pequeño en el suelo, a su lado, con la cabeza apoyada en su mano.

Me detuve ante ella. Cástor, a mi lado, se llevó la mano a la boca.

Era joven. No debía de tener treinta años.

Tenía el cabello rubio, trenzado, y los ojos entreabiertos, de un azul pálido, con una expresión de infinito cansancio.

Llevaba un vestido de lana tosca, ahora empapado de sangre.

Había recibido un tajo en el costado. Y a su lado, acurrucado contra ella como un animalillo que busca calor, había un niño de tres o cuatro años.

Dormía. Quise creer que dormía. Tenía la mejilla apoyada en la mano de la mujer y el pulgar en la boca.

Me arrodillé. Le tomé el pulso en el cuello. Estaba frío.

Cástor, sin una palabra, se quitó el manto, un manto viejo y gastado de lana gris, y cubrió con él a los dos. Lo remetió con mucho cuidado en torno a los cuerpos, como se arropa a un hijo. Después se quedó de rodillas junto a ellos, con las manos en el regazo y la cabeza gacha.

No hicimos nada. No había nada que hacer.

Nos quedamos allí un rato, en el suelo, entre los carros, en aquel silencio extraño, y yo pensé en lo que había dicho Claudio de las cifras.

Pensé en la tablilla de cera, con sus once nombres, que llevaba en el cinturón, y que no tenía espacio para tantos. Pensé que habría que empezar otra.

Una mano me tocó el hombro.

Era Teudas. Venía con una docena de soldados romanos, entre ellos el barbudo de la segunda cohorte, que había querido matar a los prisioneros, y que ahora cargaba a una anciana goda en brazos.

Detrás de ellos, otros soldados llevaban a otros supervivientes: mujeres con niños aferrados a las faldas, ancianos que andaban apoyados en bastones, muchachos con el rostro negro de hollín.

Eran los pocos que habían escapado de la masacre, los que se habían escondido debajo de los carros, entre los cadáveres, en las zanjas, y que ahora salían a la luz con los ojos entornados, como animales de madriguera.