El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #2
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CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II) #2

La primera, de dos mil jinetes, mandada por Aureliano en persona, descendió por el flanco oriental de la Colina del Cuervo y cortó a la carrera el camino de salida de la Hoz, cerrándolo como se cierra una puerta, de golpe y por detrás.

La segunda, mandada por un tribuno de ala de nombre Baudio, se lanzó directamente contra la retaguardia de la columna goda, que se arrastraba aún, fatigada y confiada, por el estrecho pasillo entre las colinas.

Valerio iba en el centro de la primera columna, a la derecha de Aureliano, con la lanza baja y las riendas enrolladas en la muñeca.

Me dijo que lo primero que sintió al salir del bosque fue la luz.

Habían pasado tantas horas bajo las ramas que el sol, al caer de golpe sobre sus rostros, los cegó por un instante.

Después fue el viento, un viento cálido y seco que le azotó la cara y le llenó de polvo la boca.

Y después fue el sonido, el trueno de cuatro mil caballos que se lanzaban pendiente abajo, a pleno galope, sin una sola voz, sin una orden, sin un grito.

Nadie gritaba. Los ilirios no gritan al cargar.

Es una costumbre de su pueblo. Dicen que el que grita gasta aliento, y que el aliento se necesita para matar.

Los godos de la retaguardia los vieron venir cuando ya era tarde.

Eran unos cinco mil guerreros, los últimos, los que cerraban la marcha, y la mayoría de ellos eran heridos, ancianos, muchachos demasiado jóvenes, hombres que habían sobrevivido a la enfermedad pero no a sus consecuencias.

Marchaban entre los carros, entre las mujeres y los niños, con las armas colgadas a la espalda, sin formación, sin vigilancia.

Alguien gritó. Un cuerno sonó, corto y desesperado.

Una oleada de pánico recorrió la columna, de adelante a atrás y de atrás a adelante, y los carros, atascados en el pasillo, no pudieron volverse.

Los bueyes mugieron. Las mujeres corrieron.

Los niños, pegados a las faldas de sus madres, gritaron.

Y entre ellos, a toda velocidad, cayó el martillo.

—Fue como entrar en un campo de trigo —me dijo Valerio—. Con la diferencia de que el trigo gritaba.

Me lo dijo con una voz plana, sin inflexión, mirando fijamente la llama del brasero.

La retaguardia goda no resistió. No tuvo tiempo.

Los jinetes ilirios, con sus lanzas largas y sus espadas de caballería, la atravesaron como un cuchillo atraviesa mantequilla, y detrás de ellos no quedaba más que una estela de cuerpos, de carros volcados, de bueyes heridos que bramaban y de humo.

Valerio mató a siete hombres en los primeros minutos.

No me dijo cómo. Dijo que no recordaba más que el peso de la lanza y el hedor del sudor y la sangre.

Pero la masacre de la retaguardia no fue lo decisivo. Lo decisivo fue lo que ocurrió con los que iban delante.

Porque la columna goda, aquella nación en marcha, no era un ejército sino una cuerda, y una cuerda se rompe por donde se corta, pero siente la tensión en todos sus puntos.

Los godos que combatían en la cabeza de la cuña, a dos millas de allí, contra las cuatro legiones romanas, oyeron el rumor de la retaguardia mucho antes de verlo.

Primero fue un murmullo, un ruido extraño al fondo del valle.

Después fue un grito. Después fue una oleada de terror, que se propagó de boca en boca, de escudo en escudo, de fila en fila, y que decía: nos han cortado la retirada.

— Nos han cortado la retirada —repetían en gótico, según me contó Teudas, que lo oyó de labios de los prisioneros—. Hay caballería detrás. Estamos rodeados.

Y cuando una nación entera, miles y miles de hombres que han estado empujando durante horas contra un muro de escudos, que han perdido a amigos y hermanos, que están al borde del agotamiento, oye de repente que ya no hay vuelta atrás, ocurre algo terrible.

Hay un instante de silencio. Después una grieta.

Después la grieta se convierte en una brecha.

Y de pronto, una masa humana que un momento antes era una fuerza irresistible se convierte en una turba presa del pánico, que ya no avanza sino que se comprime, que se amontona, que se aplasta a sí misma.

Es lo que los soldados llaman la muerte por apretura. No la causa el enemigo. La causa uno mismo.

En el centro de la línea romana, Aurelio Casiano sintió el cambio antes que nadie.

Lo contó Probo, que estaba a su lado, y que dijo haber visto cómo al prefecto se le iluminaba la cara con una expresión que no era de alegría, sino de una furia concentrada.

Había dejado de retroceder. Se había detenido, y detrás de él, uno a uno, los demás se habían detenido también.

La línea romana, que durante horas había cedido paso a paso, se plantó.

—¡Alto! —rugió el prefecto, y su voz resonó por toda la Hoz—. ¡Alto, hijos de puta! ¡Ahora!

Las trompetas sonaron. Cuatro toques largos, solemnes.

Las dos legiones de reserva, ocultas tras la Loma Pelada, salieron a la luz, ocho mil hombres frescos, con los escudos relucientes y las águilas en alto, y se desplegaron en abanico a ambos lados del centro.

Los arqueros de las colinas, que hasta entonces habían disparado con parsimonia, soltaron una lluvia ininterrumpida de flechas sobre la masa compacta de los godos.

Los honderos lanzaron sus plomos. Y las cuatro legiones del centro, que durante cuatro horas habían retrocedido, avanzaron.

Fue entonces cuando comenzó la matanza.

Valerio no la vio entera. Nadie la vio entera. Pero me contó lo que vio desde su rincón.

Después de cortar el camino de salida, Aureliano había dividido la primera columna en dos y había lanzado a una de las mitades contra el flanco de la masa goda atrapada en el estrechamiento.

Los ilirios cargaban por el borde del pasillo, donde la pendiente de las colinas se juntaba con las vegas pantanosas, y desde allí golpeaban, retrocedían y volvían a golpear, como las olas de un mar que se rompe contra un acantilado.

Los godos, apretados unos contra otros, sin espacio para maniobrar, no podían ni defenderse ni huir.

Caían de a decenas, de a centenares, y sus cuerpos, al caer, se convertían en obstáculos que atascaban a los que venían detrás.

—Era como ver morir a un animal enorme —me dijo Valerio—. De golpe y a la vez. Con todas sus patas.

Hubo un momento, hacia la mitad de la tarde, en que la lucha se concentró en el río.

Los godos que habían quedado en el centro del pasillo, acorralados contra las orillas, se lanzaron al agua.

No era profundo, pero sí rápido y frío, y el barro del fondo era tan espeso que los hombres se hundían hasta la cintura.

Los jinetes ilirios los alcanzaron allí.

Valerio vio cómo el Nisava, claro y azul por la mañana, se volvía rojo, después pardo, después una masa espesa que arrastraba en la corriente cuerpos, escudos, carros, pedazos de lona.

Vio a un hombre alto, rubio, que sostenía en alto a un niño pequeño para que no se ahogara, y que cayó con una flecha en la espalda sin soltarlo.

Vio la mano del niño, pequeña y blanca, aferrada aún al hombro del muerto, hundirse despacio en el agua.

—No sé por qué recuerdo eso —me dijo—. De todo lo que vi, es lo único que no logro apartar.

Fue entonces cuando regresó la caballería goda.

Eran los dos mil jinetes que habían pasado la mañana vagando por el bosque, buscando a unos ilirios que ya no estaban.

Habían oído el estruendo de la batalla, habían comprendido, demasiado tarde, que se habían equivocado de sitio, y habían dado media vuelta con las lanzas bajas, al galope, en un último intento de rescatar a su pueblo.

Los vieron aparecer por la ladera sur de la Colina del Cuervo, en una larga línea oscura, con los jefes al frente, gritando.

Aureliano no vaciló. Había previsto aquello, o lo había intuido.

Con un gesto seco, hizo girar a su mitad de la columna, mil jinetes, y los lanzó contra los recién llegados.

Fue un choque breve y terrible, de caballería contra caballería, de hierro contra hierro, en una ladera empinada llena de zarzas, donde los caballos resbalaban y los hombres caían bajo los cascos.

Los godos eran valientes. Eran buenos jinetes.

Pero estaban cansados, y llegaban desordenados, tras una mañana de marcha inútil, contra una caballería fresca y disciplinada que los esperaba con las lanzas en ristre.

No duró una hora. Valerio recuerda que su caballo, un animal castaño llamado Rómulo, cayó muerto bajo él con una lanza en el pecho, y que él rodó por el suelo y se levantó con la espada en la mano, y que un jinete godo, enorme, de barba pelirroja y casco con cuernos,

cabalgó contra él con la lanza baja.

Se tiró a un lado. La lanza le rozó el hombro.

Con un gesto instintivo, casi sin pensar, le hundió la espada en el muslo, y el godo cayó de la silla y rodó por el suelo, y cuando Valerio se acercó para rematarlo, vio que lo miraba.

No era un guerrero joven. Tenía cincuenta años largos, las barbas rojas llenas de canas, el rostro hecho a la intemperie y los ojos pequeños, azules, con una expresión que no era de miedo. Había soltado la lanza. Había levantado las manos, abiertas, con las palmas hacia delante.

—Rindo —dijo en un latín tosco.

Valerio dudó. Me dijo que fue el instante más largo de su vida.

Tenía la espada alzada, y en el pecho una furia ciega, nacida de la sangre y del polvo y del recuerdo de sus compañeros muertos.

Un jinete ilirio, a su lado, un muchacho de su ala llamado Casio, gritó: «¡Mátalo!»

. Pero Valerio recordó las palabras de Claudio, que había oído la víspera por boca de Bitis: «Quien mate a un hombre rendido responderá ante mí».

Recordó la cara de un médico griego, al que había prometido volver. Y bajó la espada.

— Vive —dijo.

—¡Es un godo! —gritó Casio.

—Es un prisionero.

El godo lo miró, con una calma extraña. Después, muy despacio, se llevó una mano al pecho.

—Alareik —dijo—. Hijo de Hunimund. Jefe de la guardia del rey.

—Me da igual cómo te llames.

— Debería darte lo mismo. —El godo esbozó una sonrisa torcida—. Pero tengo cosas que contar. Y alguien te va a preguntar por ellas.