CAPÍTULO 6 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE II)
La Hoz, mediodía y tarde, septiembre del año 269 d. C.
Fue Seutes el primero en notarlo.
Estaba de pie junto a mi mesa, con un caldero de agua hirviendo en las manos, cuando de pronto se quedó inmóvil.
El agua, en el caldero, tembló. No fue un temblor visible al principio, sino un estremecimiento mínimo de la superficie, un rizo concéntrico que se extendía desde el centro hacia los bordes, como cuando cae una gota en un estanque.
Lo miró. Me miró. Dejó el caldero sobre el suelo con mucho cuidado.
—Médico —dijo—. ¿Ha sentido eso?
No lo había sentido. Estaba absorto en un muslo, en una arteria que se resistía a cerrarse, con el bisturí de la serpiente entre los dedos y la sangre hasta los codos.
Pero al decirlo Seutes, el cuerpo me avisó antes que el cerebro.
Noté en las plantas de los pies un hormigueo, un cosquilleo apenas perceptible, que subía por las pantorrillas.
Noté en los dientes una vibración leve y continua.
El herido que yacía sobre mi mesa, un legionario de unos cuarenta años con la pierna abierta de arriba abajo, abrió los ojos de golpe.
—¿Está temblando la tierra? —preguntó con un hilo de voz.
Alcé la cabeza. Y entonces lo oí. No sé cómo describirlo.
No era un sonido, o no solo. Era algo que venía de muy lejos y de muy abajo, un rumor profundo, grave, continuo, que no se parecía al estruendo de la batalla, ni al grito de los hombres, ni al choque del hierro.
Era el rumor de un enorme peso que se pone en movimiento.
Subía desde el suelo, a través de las tablas de la tienda, de las patas de la mesa, de los huesos de mis piernas, y se me instalaba en el pecho como un segundo corazón.
Cada vez más fuerte. Cada vez más rápido.
Los capsarios levantaron la vista. Vindex, en la mesa de al lado, dejó el bisturí. Zabdai se enderezó con las manos temblando. En la entrada de la tienda, uno de los camilleros que acababa de dejar a un herido se detuvo con la boca abierta, mirando hacia el este.
—No —dije al herido, con una voz que me sorprendió por su calma—. No es la tierra.
—Entonces ¿qué es?
Sentí que sonreía. Fue un gesto involuntario, extraño, que no supe dónde había nacido.
Pensé en Aureliano, en la hondonada de los zorros que yo no conocía, en cuatro mil jinetes apiñados bajo los árboles.
Pensé en la columna de humo negro que había visto subir, una hora antes, desde la Loma Pelada, sin saber lo que significaba.
Y lo comprendí todo de golpe, como se comprende un acertijo cuando se ha olvidado que lo era.
—Es la caballería —dije.
El herido me miró con los ojos muy abiertos. Después, despacio, esbozó una sonrisa que le torció la boca de dolor y de alivio.
—Ya era hora —murmuró.
Ligué la arteria. Cerré el muslo. Los dos nos quedamos quietos un instante, escuchando cómo el rumor se convertía en trueno.
No vi la carga. Nadie del hospital la vio. Pero creo que la oí mejor que ningún soldado, porque la oí desde dentro de la tierra.
El trueno creció durante un tiempo que no sé medir.
Después se hizo tan fuerte que las lámparas colgadas de los postes empezaron a oscilar, y los frascos de vinagre tintinearon sobre las mesas, y el agua de los calderos se derramó en olas pequeñas.
Los heridos, en las camillas, gemían, y algunos, los más jóvenes, se taparon los oídos.
Afuera, entre los sauces, los caballos de los camilleros relinchaban, aterrorizados, tirando de las cuerdas.
Un perro ladraba sin parar. Y por encima de todo, como un telón de fondo cada vez más ensordecedor, rugía aquel mar de cascos que se acercaba y se alejaba y volvía a acercarse, hasta que ya no distinguí lo que era sonido de lo que era vibración.
Salí corriendo de la tienda. No sé por qué. No tenía derecho a hacerlo. Había diecisiete hombres esperando en el suelo con las telas atadas al brazo. Pero salí, con las manos goteando, y me quedé en el claro, mirando hacia el este.
El cielo se había oscurecido. No por las nubes, que no había, sino por el polvo.
Una cortina inmensa de polvo dorado se levantaba sobre las colinas del norte, a una legua de distancia, y se extendía hacia el sur y hacia el este como una marea de humo.
Debajo de ella, entre ella, se movía algo que no alcanzaba a ver.
Algo vasto y rápido, que bajaba por las laderas como un alud.
Y el trueno, que ahora sentía en cada hueso, no venía de arriba, sino de allí, de aquella cortina.
Cástor había salido detrás de mí. Se puso a mi lado, con las manos a los costados, y miró al horizonte.
Aunque no oía, lo percibía todo. Tenía la boca entreabierta y los ojos muy abiertos.
Me tomó del brazo y señaló hacia el polvo con el dedo, sin decir nada, con la expresión de un niño que ve el mar por primera vez. —Sí —dije—. Son ellos.
Filón apareció a mi lado, resoplando, con los brazos manchados hasta los hombros. Había abandonado su puesto de la izquierda para ver lo que pasaba, y miraba el horizonte con la boca torcida en una mueca.
—Es el martillo —murmuró—. Por todos los dioses, es el martillo.
No dijimos más. No había nada que decir.
Nos quedamos los tres, un viejo siciliano, un muchacho sordo y un griego sin maestro, mirando cómo el polvo se levantaba sobre las colinas, y sintiendo en las plantas de los pies, a través del suelo,
la vibración de cuatro mil caballos lanzados a todo galope sobre un enemigo que aún no sabía que había llegado su hora.
— Volvamos —dijo Filón—. Tenemos trabajo.
—¿Ahora?
—Ahora más que nunca. Cuando termine, no vamos a tener tiempo ni de mear.
Tenía razón.
Wisigar me lo trajeron a media tarde.
Lo trajo Teudas, personalmente, en brazos, como se lleva a un niño dormido, con el rostro desencajado. Entró en la tienda de operaciones sin pedir permiso, esquivando camillas, y depositó al muchacho sobre mi mesa con una delicadeza que no se correspondía con la urgencia de su paso.
— Está peor —dijo en voz baja—. Se desmayó hace un rato. La herida se ha abierto. El cirujano de mi tienda no sabe qué hacer.
Examiné al chico. Era delgado, rubio, de rasgos finos y piel muy blanca, con un vendaje improvisado que se le había empapado de sangre.
Quince años, quizá catorce. Tenía los labios cenicientos y el pulso rápido y filiforme.
Le quité la venda. La espada romana, probablemente la de un legionario que lo había tomado por un soldado hecho y derecho, le había entrado por el costado izquierdo, entre las costillas, y le había salido unos dedos más abajo, sin tocar, según me pareció, ningún órgano vital.
Pero había cortado un vaso grande, y la sangre manaba de él con lentitud mortal.
—Roja —dije.
Cástor le ató una tela roja al brazo. Los capsarios, tras una vacilación, me miraron. Uno de ellos, un viejo de pelo cano que había estado con Fusco en el rincón de los sauces, abrió la boca para decir algo.
— Es un godo —murmuró.
—Es un herido —dije.
—Hay veinte de los nuestros esperando, médico.
—Lo sé. —Alcé los ojos—. ¿De los veinte, cuántos son rojos?
El capsario calló.
— Dos —dijo Seutes por él—. Y los dos están ya en las otras mesas, con Vindex y Zabdai. Los demás son amarillos y verdes.
—Entonces este es el siguiente.
Nadie dijo nada más. Cogí el bisturí de la serpiente y me incliné sobre el chico.
La operación duró cuarenta minutos. Fue una de las más difíciles de la jornada, porque el vaso seccionado estaba en una zona profunda, entre dos costillas, y había que acceder a él sin desgarrar el pulmón.
Teudas se quedó a mi lado todo el tiempo, sosteniendo la lámpara, con los ojos fijos en la cara del muchacho.
El chico, en el límite de la inconsciencia, se agitaba y murmuraba cosas en su idioma.
Teudas le respondía en voz baja, en gótico, con palabras que no entendía, pero cuya cadencia suave llenaba la tienda como una nana.
— ¿Qué dice? —pregunté, sin levantar la vista.
—Pregunta por su padre.
—¿Dónde está su padre?
Teudas tardó en responder.
—Me ha dicho que estaba con la guardia del jefe —dijo al fin—. En el ala derecha. La que cayó primero.
No hice ningún comentario. Seguí trabajando.
Encontré el vaso, lo ligué con dos nudos, y la hemorragia cesó.
Limpié la herida con vino. Apliqué miel y mirra.
Cosí la piel con hilo de lino, quince puntos pequeños y apretados, que dibujaron en el costado del muchacho una línea oscura y regular.
Lo vendé. Le tomé el pulso. Era más lento, más fuerte.
— Vivirá —dije.
Teudas cerró los ojos un instante.
—Gracias.
—No me las des. Dáselas al viejo Aulo Cornelio. —Alcé el bisturí con la serpiente—. Es suyo.
En aquel momento el chico abrió los ojos. Eran azules, grandes, nublados por el opio, y recorrieron la tienda con una vaga perplejidad. Se detuvieron en mí. Me miró durante un largo rato, con una expresión indescifrable.
—Romano —murmuró en un latín torpe—. ¿Eres romano?
— Soy griego.
—¿Por qué me curas?
No supe qué responderle. Pensé en Teón, en la bodega, en el juramento. Pensé en Ansila, en su hijo muerto. Pensé en Hunila, en el niño de los juncos. Y respondí lo único que sabía.
—Porque eres un hombre herido —dije—. Y yo soy médico.
El chico cerró los ojos de nuevo. Una lágrima le rodó por la sien hasta perderse en el pelo. Teudas, a mi lado, se llevó el dorso de la mano a la cara y se volvió hacia la pared de lona.
Afuera, el trueno de los cascos había empezado a cambiar.
Se había hecho más dispersa, más caótica, mezclada con otros sonidos: gritos lejanos, chasquidos metálicos, un rumor creciente que ya no era el de una carga, sino el de una caída.
Los capsarios, en la entrada, murmuraban entre sí.
Uno de ellos se asomó, volvió pálido, y dijo con voz temblorosa:
—Se están rindiendo. Los godos de la retaguardia. Están tirando las armas. Pero los nuestros… los nuestros no paran. Me quedé inmóvil, con el bisturí en la mano, mirando el rostro dormido del muchacho.
—Pues que alguien los pare —dije.
Pero nadie podía.
Lo que hizo la caballería iliria aquella tarde en la Hoz de Naissus lo sé por Valerio Máximo, que lo contó con voz de hombre que describe un sueño del que no ha logrado despertar del todo.
Bajaron de la ladera norte en dos columnas.