El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 5 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE I) #5
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CAPÍTULO 5 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE I) #5

—¿Y si se equivocaba?

—Entonces habría sido el mayor idiota de la historia. —Sonrió—. Pero nunca se equivocaba en esas cosas.

Los godos llegaron al amanecer.

Valerio los vio desde lo alto del afloramiento, tendido boca abajo entre los enebros, con la barbilla en el suelo y el corazón golpeándole las costillas.

Subió la niebla. Se oyó, primero, un rumor lejano de cascos, amortiguado por la bruma.

Luego un tintineo de bridas. Luego voces, hablando en gótico, en tono bajo, como de hombres que no saben bien dónde están.

Eran dos mil jinetes. Venían por el sendero de la ladera, en una larga fila oscura, rodeando la Colina del Cuervo, buscando entre los árboles.

Los vio entrar en el hayedo vacío donde habían estado los ilirios la víspera.

Vio cómo se dispersaban entre los troncos, cómo los jefes gritaban órdenes, cómo los caballos olfateaban el suelo pisoteado, los montones de estiércol aún tibio, las huellas de cuatro mil animales que parecían haberse volatilizado.

Los oyó discutir. Uno de los jefes, un hombre fornido de barba pelirroja, señaló el suelo con la lanza y dijo algo que Valerio no entendió.

Otros señalaron hacia el sur. Otros hacia el este. Alguien soltó una carcajada nerviosa.

— Se han ido —murmuró Aureliano a su lado, que se había arrastrado hasta allí sin que él lo notara—. Les han dado un mapa falso, o el mapa ya no sirve.

— ¿Y ahora?

—Ahora buscarán. Y se acercarán.

No se equivocó. Al cabo de una hora, la columna goda, tras revolver el hayedo de arriba abajo, empezó a descender por la ladera sur de la colina, hacia el valle del Barranco de los Zorros, siguiendo las huellas de la caballería romana que no habían tenido tiempo de borrar.

Venían despacio, sin ruido, con los hombros hundidos y las lanzas al hombro, como cazadores que rastrean una pieza.

Valerio, en su afloramiento, contuvo el aliento.

Cuatro mil jinetes ilirios, abajo, escondidos bajo las ramas, con los hocicos de sus caballos atados, sin poder mover ni un músculo, miraron cómo se acercaba el enemigo.

— Que nadie se mueva —susurró Aureliano al decurión más cercano, que lo pasó al siguiente, y así, de boca en boca, por toda la hondonada—. Que nadie respire.

Los godos pasaron a cuatrocientos pasos.

No los vieron. Fue una cuestión de suerte, de niebla, de la disposición del terreno.

La niebla, que aún no se había levantado del todo en el fondo del barranco, se enroscaba entre los troncos y convertía en sombras a los hombres y a los caballos.

Los godos cabalgaban por la ladera opuesta, a media altura, y el viento les traía el olor del bosque, de la humedad, de la tierra, pero no el del sudor y el cuero de cuatro mil animales, que se quedaba atrapado en la hondonada.

Valerio los vio pasar, uno a uno, muy cerca.

Distinguió el brillo de un casco. Una cicatriz en un rostro.

Las trenzas de un guerrero. Un perro que corría tras la columna, con la lengua fuera, y que de pronto se detuvo, y volvió la cabeza hacia el barranco, y olfateó.

El perro ladró.

Fue un ladrido breve, ronco, que se perdió en la niebla.

Uno de los jinetes godos, el último de la fila, tiró de las riendas y se volvió.

Miró hacia el fondo del barranco. Valerio vio cómo entornaba los ojos.

Vio cómo levantaba una mano para llamar a sus compañeros.

Y entonces sintió que Aureliano, a su lado, ponía la mano sobre su brazo, con una presión suave pero férrea.

—No —murmuró—. Todavía no.

El jinete godo miró un instante más. El perro ladró otra vez. Alguien, desde la columna, gritó algo. El hombre se encogió de hombros, hizo girar el caballo y espoleó para reunirse con los suyos. El perro, tras un último ladrido, lo siguió.

Valerio me confesó que aquel fue el momento en que casi se le paró el corazón. Que le temblaron las manos durante una hora, y que no se atrevió a mirar a Aureliano, porque sabía que lo vería sonreír.

— ¿Sonrió?

—No. Estaba mirando el valle.

El resto de la mañana fue un puro ejercicio de paciencia.

Aureliano se instaló en el afloramiento de roca, sentado con las piernas cruzadas, la espada sobre las rodillas, y desde allí observó la batalla.

Valerio, a su lado, tendido entre los enebros, vio lo mismo que él.

Era un espectáculo extraño, visto desde lo alto, como se mira un tablero.

Abajo, a tres cuartos de legua, en el fondo de la Hoz, se movía una masa inmensa de polvo y de hombres, que ondulaba como un animal enorme de mil patas.

Se veían las líneas romanas, brillantes de bronce, retrocediendo paso a paso, hacia el oeste.

Se veía la cuña goda, oscura y densa, avanzando tras ellas con una lentitud de lava.

Y detrás de la cuña, estirándose cada vez más, la columna interminable del resto del ejército godo, que seguía entrando en la Hoz por el extremo oriental sin que su final se divisara.

— ¿Cuántos faltan? —preguntó Valerio en un momento dado. —Muchos.

—¿Cuándo?

—Cuando falten pocos.

Valerio comprendió entonces lo que significaba esperar.

No era una cuestión de nervios. Era una cuestión de aritmética.

Aureliano estaba midiendo, con la precisión de un contable, el momento exacto en que la retaguardia goda, las mujeres, los niños, los bagajes, los heridos, los carros, hubiera entrado en el embudo, de modo que no quedase fuera nadie que pudiera dar la voz de alarma ni retirarse.

Estaba contando carros. Estaba calculando distancias.

Estaba midiendo el viento y la luz, y el color del polvo, y el ritmo de los cuernos godos, que sonaban a intervalos cada vez más lejanos.

—No tengas prisa —le dijo en cierto momento, sin volverse—. Un martillo no tiene prisa. Tiene peso.

Pasaron las horas. El sol subió y bajó un poco hacia el oeste.

Abajo, en el barranco, los jinetes ilirios seguían inmóviles.

Algunos habían desmontado y se sentaban en el suelo con las riendas enrolladas en el brazo.

Otros dormían de pie, apoyados contra el flanco de los caballos.

Ninguno hablaba. Ninguno comía. Había un silencio pesado, como una carga.

De cuando en cuando, de muy lejos, subía hasta ellos el eco de la batalla: el rugido de los hombres, el choque de los metales, el mugido de los cuernos.

Cada vez más débil. Cada vez más al oeste.

Valerio me dijo que le dolían tanto las rodillas que creyó que se le habían partido.

Que sentía el sudor frío en la espalda, a pesar del sol.

Que miraba a Aureliano, sentado en la roca, inmóvil como una estatua, con el rostro sereno, y pensaba que era un hombre sin nervios, sin miedo, sin dudas.

Y que mucho después, cuando ya Aureliano era emperador y él había alcanzado el rango de tribuno, le preguntó si aquel día había tenido miedo.

— Claro que tuve miedo —le respondió Aureliano—. Pero había aprendido que el miedo no se gasta en miradas. Se guarda para el galope.

A la hora sexta, hacia el mediodía, apareció la señal.

Fue una columna de humo negro. Surgió de la Loma Pelada, en el extremo occidental de la Hoz, a una legua de distancia, y subió recta y espesa hacia el cielo azul, como un pilar de alquitrán. Valerio la vio antes que nadie. Alzó el brazo sin poder articular palabra.

Aureliano se puso de pie. Lo hizo despacio, sin ningún sobresalto, como un hombre que se levanta de una silla después de una larga espera. Se ajustó el casco. Desenvainó la espada, miró el filo a la luz del sol, la volvió a envainar. Miró al valle. Miró a la columna de humo. Y miró a Valerio.

— Es la hora —dijo.

—¿Seguro?

—Mira.

Valerio miró hacia abajo. En el extremo oriental de la Hoz, por donde la columna goda había venido entrando desde el amanecer, quedaban los últimos carros.

Los vio entrar, uno a uno, bamboleándose, tirados por bueyes cansados, con mujeres y niños acurrucados bajo las lonas.

La retaguardia. Los últimos. Se estaban metiendo en el embudo, y tras ellos, vacío, el valle por donde habían venido.

Un camino abierto. Una puerta sin guardia.

—Que suban los hombres —dijo Aureliano.

La orden corrió de decurión en decurión.

Los jinetes montaron. Fue un movimiento silencioso y rápido, ensayado cien veces, que Valerio describió como el de una ola que se levanta.

Cuatro mil hombres a caballo, en la hondonada del bosque, apretados unos contra otros, con las lanzas alzadas y los escudos al brazo.

Les quitaron las cuerdas de los hocicos.

Les arrancaron las pieles de los cascos.

Los caballos, libres por fin, sacudieron las cabezas, resoplaron, patearon el suelo, con los ojos brillantes y los ollares dilatados.

Olían la sangre de la batalla. Sabían lo que venía.

Aureliano montó su caballo negro. Se colocó al frente de la columna, en el borde del bosque, donde la hondonada se abría hacia la ladera y desde donde se veía el valle entero extenderse a sus pies, con las dos masas, la romana y la goda, estrechamente abrazadas en el centro,

y el camino vacío por detrás.

Volvió la cabeza. Miró a los cuatro mil hombres que esperaban sus órdenes. Y habló.

No fue un discurso. Fueron cinco palabras, dichas con voz serena, que los decuriones transmitieron hacia atrás y que Valerio recordaba, años después, con una nitidez de grabado.

—Hoy el imperio es nuestro.

Nadie respondió. No hacía falta. Cuatro mil lanzas se alzaron al mismo tiempo, y fue como si un bosque entero se hubiera puesto en pie.

Aureliano alzó la mano derecha, abierta, hacia el cielo.

La mantuvo así durante un instante que a Valerio le pareció eterno.

Después, con un gesto seco, la dejó caer. Y el bosque empezó a moverse.