CAPÍTULO 5 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE I) #4
Preguntaba nombres. Daba una orden sencilla. Y avanzaba.
Así recorrió medio frente, bajo una lluvia de flechas, con tres clavadas en el escudo y una rozándole la mejilla, sin acelerar el paso del caballo.
Cuando llegó al extremo del ala izquierda, la línea estaba entera.
Retrocedía con orden. Y detrás de ella, cada vez más adentro de la Hoz, arrastrados por su propia furia, miles de godos entraban en el embudo.
Años después, en una cena de generales, oí decir a alguien que Claudio había salvado el ejército con un golpe de audacia. No es cierto. No fue audacia. Fue el hecho simple y extraordinario de que un hombre, en medio del pánico, tuviera la paciencia de preguntar a un soldado cómo se llamaba.
Mientras tanto, en mi puesto, la marea de heridos había empezado a cambiar de color.
Lo noté al mediodía. Hasta entonces los heridos eran todos romanos.
A partir de aquella hora, empezaron a llegar, entre las camillas, otros cuerpos: hombres altos y rubios, de pelo trenzado y rostros bronceados, con el torso desnudo y tatuado, a los que traían atados de pies y manos, empujados por soldados furiosos.
Eran los primeros prisioneros. Los traían del campo en grupos de tres, de cinco, de diez, sucios de sangre, con los ojos enrojecidos y una expresión de desafío agotado.
Fue Teudas quien salió a recibirlos.
Lo vi desde mi mesa de operaciones, a través de la abertura de la tienda.
Salió al claro con un trapo blanco atado a un palo, en una mano, y en la otra el pase firmado por Claudio.
Caminaba despacio, con la espalda recta y la cabeza alta.
Un grupo de soldados, que arrastraba a cuatro godos hacia la hilera de sauces, se detuvo al verlo.
Reconocí en ellos a algunos hombres de la segunda cohorte, con los rostros descompuestos, salpicados de sangre ajena, con la mirada de quienes acaban de ver morir a sus compañeros.
—¿Adónde los lleváis? —preguntó Teudas, en latín.
—A donde se merecen. —Un legionario enorme, barbudo, escupió al suelo—. Apártate, griego.
— Soy liberto del emperador. Y tengo una orden suya. —¿Qué orden?
Teudas levantó el pase. Lo leyó en voz alta, sin prisa, con una voz que no tembló. «Quien deponga las armas y se rinda, vivirá. Quien mate a un hombre rendido responderá ante mí».
Hubo un silencio tenso. Los soldados se miraron.
El barbudo apretó la empuñadura de la espada.
Uno de los godos, un hombre de unos cuarenta años con el rostro cubierto de cicatrices, dijo algo en su idioma, con una voz grave y serena.
Teudas respondió. Hablaron un momento, en gótico, mientras los romanos esperaban, sin entender.
—¿Qué dice? —preguntó el barbudo, receloso.
— Dice que se rinde. Que no tiene más armas. Que tiene hambre y quiere agua. —Teudas miró al soldado a los ojos—. Dice que lleva tres semanas enterrando a su gente, y que está cansado.
El legionario tardó en contestar. Bajó la espada despacio. —Hay cuatro de los míos muertos por culpa de estos — murmuró.
— Lo sé.
—Cuatro. Con nombre y todo.
— Lo sé. —Teudas se acercó un paso—. Y tú eres el que los llevará a mi tienda. A ti te lo pido. Porque si los matas, el emperador lo sabrá, y los cuatro tuyos no resucitarán. Pero si los llevas, serán cuatro hombres que vivirán gracias a ti.
Bitis apareció en aquel instante entre los sauces, jadeante, con el escudo abollado y la barba blanca cubierta de polvo. Se plantó ante el grupo con las piernas abiertas.
—Orden del augusto —dijo con su voz de grava—. Quien mate a un rendido, lo respondo yo. Y lo respondes tú.
El barbudo miró a Bitis. Miró a Teudas. Miró a los cuatro godos. Después, con un gruñido, envainó la espada.
—Que lo curen —dijo—. Y que nadie me pida que lo perdone.
Los godos fueron conducidos a la tienda aparte, junto al río, donde Teudas había dispuesto camastros, agua y un cirujano.
Entre ellos, caminando con un andar torpe, apoyándose en el brazo de un compañero, iba un muchacho de catorce o quince años, de rostro pálido y ojos enormes, con una herida de espada en el costado que le había teñido de rojo toda la túnica.
Pasó junto a mí, tan cerca que pude oler el sudor y la sangre.
Nos miramos un instante. Él, con una mezcla de miedo y de curiosidad. Yo, con una mezcla que no sé nombrar.
Le pregunté a Teudas, más tarde, cómo se llamaba.
—Wisigar —dijo.
—¿Vivirá?
—Dependerá de ti.
Entre los heridos romanos que llegaron aquella hora iba uno que caminaba solo.
Lo vi llegar desde lejos, entre las camillas, con el casco colgando de la cintura, el escudo hecho astillas y un tajo enorme en el hombro izquierdo, de donde le manaba la sangre en un hilo constante que le empapaba el costado y le goteaba por la pierna.
Caminaba despacio, con la cara gris, pero con el paso firme de un viejo que ha decidido no caerse delante de nadie.
Tenía la ceja partida cubierta de polvo y sangre seca.
Reconocí la cicatriz antes que el rostro.
—Arrio —dije.
—Aqueo. —Se detuvo ante mí, tambaleándose un poco—. Me han dado un hachazo. No sé si es grave. Me duele un poco.
Cástor lo sentó en un barril. Le corté la túnica y la coraza con las tijeras. El hacha le había abierto el hombro desde la clavícula hasta la mitad del brazo, pero el hueso estaba entero y la arteria intacta. Era una herida fea, ancha, limpia. Lo miré con una alegría que me avergonzó.
— Verde —dije—. Casi amarilla. No es nada, Arrio. Voy a coserte. —¿Verde? —Alzó la ceja sana—. ¿Entonces no me muero? —Hoy no.
—Pues mira qué bien. —Soltó una risa ronca—. Me debes un vino, Aqueo.
— Te lo debo.
—Con miel.
—Con miel.
Mientras le cosía el hombro, con quince puntos de hilo de lino que él soportó sin un quejido, me contó, en voz baja, entre dientes, lo que había visto.
Que habían retrocedido cuarenta pasos y que había sido el infierno.
Que el emperador había pasado a caballo por detrás de su cohorte y que le había oído preguntar nombres.
Que no se lo creyó hasta que lo vio. Que perdió a tres de los seis con quienes había compartido fuego la noche anterior, junto a la hoguera, bajo la luna, y que uno de ellos era el muchacho de la cicatriz en el labio, el de Mutina, que se había quedado atrás con la espada en la mano, muy erguido,
y que no lo vio caer pero tampoco lo vio volver.
Se me heló la mano. Me detuve con la aguja en el aire. —¿Ticio Fabio?
— Ese. —Arrio me miró—. No sé si ha caído, médico. Lo perdí de vista. Había mucho polvo. Puede que esté vivo, entre los de la segunda cohorte. Puede que no.
Terminé el último punto. Lo vendé. Le di un cuenco de vino con adormidera. Lo cargaron en una camilla hacia la tienda de reposo, y mientras se lo llevaban, aún alcanzó a levantar el brazo sano y hacer con él un gesto torpe, de saludo, o de despedida.
Guardé aquella frase en la memoria, junto a la carta sellada del botiquín. No sabía qué hacer con ella. La dejé donde dejaba las demás cosas que no podía arreglar.
Volví a mi mesa. Cosí. Corté. Ligué. Cuando levanté la cabeza, mucho después, el sol estaba alto sobre las colinas, y el estruendo de la batalla, que no había cesado en toda la mañana, había cambiado de naturaleza.
Se hacía más lejano, más sordo. Venía de más al oeste.
Los godos, empujando, habían entrado en la Hoz.
Esta parte me la contó Valerio Máximo, años más tarde, en el patio de una casa de Aquileia, una tarde de lluvia, con una copa de vino entre las manos y la cicatriz de la mejilla brillándole a la luz del brasero.
Tardó en empezar. Me dijo que era la historia de la que más se enorgullecía y de la que menos podía hablar, porque en ella no había hecho nada. Solo esperar.
—Esperar —repitió—. Que parece fácil.
Aquella noche, la noche de la víspera, después de la visita de Aureliano a la tienda del emperador, el comandante volvió al hayedo con la cara de un hombre que ha tomado una decisión que no se atreve a contar.
Reunió a los decuriones en un claro, a oscuras, y les habló en voz tan baja que Valerio tuvo que acercarse hasta rozarle el hombro para oírle.
— Nos vamos —dijo.
—¿Adónde? —susurró alguien.
—A otro sitio.
—El augusto ordenó que nos quedáramos.
— El augusto ordenó que no hiciéramos ruido.
—Aureliano hablaba despacio, con una seguridad que no admitía réplica—.
Y yo voy a obedecerle en lo que importa.
Si hay un traidor en el campamento, y creo que lo hay, ese traidor ha dicho a los godos que estamos aquí.
Que estamos detrás de la Colina del Cuervo, en este hayedo.
Han mandado dos mil jinetes a buscarnos.
Vendrán al amanecer. Y si nos encuentran aquí, cuatro mil hombres atrapados en un bosque estrecho, sin espacio para cargar, serán carne de matadero.
—Hizo una pausa—. Así que nos movemos. Esta noche.
En silencio. Y mañana, cuando lleguen, encontrarán un bosque vacío.
—¿Y el plan? —preguntó Valerio.
—El plan sigue siendo el mismo. El martillo cae igual. Solo cambia la colina.
Se movieron a las dos de la madrugada. No fue un movimiento fácil.
Cuatro mil caballos, a oscuras, por un sendero de cabras, sin un solo relincho, sin un solo golpe de casco sobre una piedra.
Los jinetes bajaron de las sillas y llevaron a los animales de la brida, uno a uno, en una fila interminable, murmurándoles palabras de ánimo al oído.
Les envolvieron los cascos en pieles de oveja, además de los trapos.
Les ataron los hocicos con cuerdas de cuero.
Algunos caballos temblaban. Uno cayó en un barranco y hubo que sacrificarlo en silencio, con un cuchillo, entre dos hombres que lo sostenían, y Valerio dijo que fue lo más triste que hizo aquella noche.
Recorrieron una legua hacia el este. Después subieron por una hondonada boscosa, seca y estrecha, que bajaba entre dos cerros y que los pastores llamaban el Barranco de los Zorros, y se internaron en ella hasta que las ramas les cubrieron la cabeza.
Allí se detuvieron. Era un sitio mucho mejor que el anterior: más hondo, más oscuro, mejor oculto.
Y desde un afloramiento de roca en su extremo norte, cubierto de enebros, se dominaba toda la Hoz.
— Nadie lo sabía —me dijo Valerio—. Ni el emperador. Aureliano no se lo dijo. Estaba dispuesto a que lo ahorcaran por desobedecer. Lo que le importaba era que el martillo llegara a la hora.