CAPÍTULO 5 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE I) #3
Los camilleros se llevaron el cuerpo de Fusco hacia el rincón de los sauces, donde ya se amontonaban otros, y yo me incliné sobre el herido que tenía delante, un muchacho con un tajo en el antebrazo que me miraba con los ojos desorbitados, y le dije algo, no sé qué, para que no tuviera miedo.
Y empecé a coser.
No volví a pensar en Fusco hasta la noche. Es lo que aprende el cirujano en las batallas: que el dolor se guarda, como el vino, para después.
A la hora quinta llegó corriendo un mensajero de Filón, un muchacho de unos quince años con la cara negra de humo y los ojos desorbitados, que se plantó ante mi mesa jadeando.
— Dice el médico mayor —soltó de un tirón— que lleva ciento dos en el ala izquierda. Que le quedan vendas para una hora. Que mande usted lo que pueda. Y que no se muera nadie más sin que alguien se lo pida por favor.
No supe si reírme o llorar.
—Dile que le mando doscientas vendas y diez frascos de adormidera —dije—. Y que se cuide.
— ¿Eso último también?
—Eso sobre todo.
El muchacho se fue corriendo con un fardo de vendas a la espalda, y Seutes, a mi lado, murmuró entre dientes que aquel viejo siciliano era capaz de pedir permiso a los muertos.
Cástor sonrió sin levantar la vista de la herida que estaba lavando.
Y yo, por primera vez en toda la mañana, sentí una cosa cálida y pequeña en el pecho, algo que no era alegría pero se le parecía: la certeza de que no estaba solo.
Lo que sigue lo cuento como me lo contaron, y por eso lo cuento torcido. Cada hombre que estuvo allí vio un palmo de terreno y un instante de tiempo, y de esos palmos y de esos instantes, cosidos con hilo de memoria, he tenido que hacer una batalla.
La línea romana se mantuvo firme durante más de una hora.
Fue una hora de una clase de combate que ningún ejército del mundo practica mejor que el romano, y que a quien la ve de lejos le parece una forma de trabajo.
Los legionarios de la primera fila, con el escudo curvo pegado al cuerpo y el hombro apoyado contra su borde, resistían el empuje de la cuña con todo el peso de su cuerpo, y por entre los escudos, con un gesto breve y regular, de abajo hacia arriba,
hundían la espada corta en el vientre y en las ingles del enemigo.
No había lucimiento en ello. Era un oficio sucio, de carnicero.
Detrás de la primera fila, la segunda empujaba con los escudos sobre los hombros de la primera, y la tercera arrojaba por encima las jabalinas, y la cuarta relevaba a los heridos, y así sucesivamente, hasta formar una máquina de matar que se alimentaba a sí misma.
Pero eran muchos. Eso era lo terrible. Cada godo que caía era sustituido por dos.
Las hachas de doble filo, manejadas por hombres de una fuerza descomunal, abrían los escudos romanos como se abre una calabaza.
Las lanzas largas, que los godos empuñaban con las dos manos, se clavaban entre las rendijas, buscando cuellos y ojos.
Y los bárbaros combatían sin cuidarse la vida, con esa furia desesperada de quienes han perdido todo y solo les queda cobrarse algo.
En el centro de la línea, a pie, con una coraza de bronce brillante y un casco de crin roja, combatía Aurelio Casiano.
No hay quien no reconozca que fue un valiente.
Sea cual fuera lo que yo pensara de él, y pienso muchas cosas, no puedo negar que aquella mañana el prefecto del pretorio estuvo donde debía estar.
Rugía órdenes con una voz de toro, que se oía por encima del estruendo.
Empujaba con el hombro. Mataba con su espada ancha, con una economía brutal de movimientos.
Y cuando un soldado vacilaba, cuando un escudo temblaba, aparecía a su lado, lo agarraba del cuello de la coraza, y le gritaba a la cara cosas que Arrio, que lo oyó, se negaba a repetirme.
Los hombres le temían. Y aquel miedo, que yo había odiado en Singidunum, que me había parecido la más baja de las virtudes militares, era aquella mañana el cemento que mantenía unida la línea.
Detrás, a cincuenta pasos, a lomos de un caballo castaño, con el manto de púrpura recogido y el casco bajo el brazo, Claudio observaba.
La señal llegó a la hora tercia.
Tres toques de trompeta, cortos y secos, que subieron desde el puesto de mando e hicieron estremecerse a las cuatro legiones como si un viento helado les hubiera recorrido la espalda.
Todos sabían lo que significaban. Habían oído la orden por la mañana, de boca de sus centuriones, en un susurro ronco: cuando suene la señal, retroceder.
Un paso. Otro. Manteniendo la formación.
No correr. No mirar atrás. Retroceder como quien cede terreno al enemigo con dignidad, y no como quien huye.
Era la orden más difícil de cumplir que se ha dado a un soldado.
Arrio me explicó una vez lo que es retroceder en una batalla.
Dijo que el cuerpo se rebela. Que cada fibra, cada músculo, cada instinto grita que hay que girar y correr, y que lo único que mantiene al hombre en pie es el hombre de al lado.
Que es peor que avanzar, porque cuando se avanza el miedo se convierte en furia, y cuando se retrocede el miedo se convierte en pánico.
Que hubo un momento, después del primer paso, en que oyó, a su espalda, el sonido de un hombre que lloraba.
Y que lo supo, sin volver la cabeza: era un recluta de la tercera fila, un chico de diecisiete años, que había entendido de golpe lo que significaba aquella orden.
El primer paso fue limpio. Cuatro legiones, dieciséis mil hombres, dieron un paso atrás a la vez, con los escudos alzados y los pies arrastrando en la hierba, y la cuña goda, que empujaba con todo su peso, avanzó el mismo paso.
Fue un movimiento perfecto, de ballet. El segundo paso también. En el tercero se oyó el primer grito.
—¡Mantened la línea! —bramó Aurelio Casiano—. ¡Mantened la línea, perros! ¡Un paso! ¡Un paso más!
Un paso más. Y otro. Y entonces, en el flanco izquierdo, donde la presión era mayor, algo se quebró.
No sé quién fue. Algunos dicen que fue un tribuno joven que perdió los nervios.
Otros, que un portaestandarte de la Itálica que cayó con el águila en la mano.
Probo, que mandaba aquel ala, me contó mucho después que no lo supo nunca.
Lo que sé es que un tramo de la línea, de unos cincuenta hombres, giró de pronto sobre sí mismo y echó a correr, y que los que estaban a sus lados, al verlos, vacilaron.
Y una grieta se abrió en la formación, una grieta estrecha por donde empezó a colarse el enemigo, como el agua por la brecha de un dique.
Fue el momento más peligroso de aquel día, y puede que de aquella guerra.
Si la grieta se ensanchaba, la línea se rompería.
Si la línea se rompía, las cuatro legiones se convertirían en una turba en fuga, y los godos las perseguirían y las masacrarían sin que quedara tiempo para ninguna trampa.
Todo, el plan, el ejército, el imperio, estaba pendiente de cincuenta hombres asustados.
Aurelio Casiano se lanzó hacia el hueco.
Corrió con su paso de buey, con la espada en una mano y el látigo de vid en la otra, abriéndose camino a empujones.
Agarró del cuello al primer fugitivo, un legionario que gritaba sin sentido, y le descargó un golpe con el pomo de la espada que le partió la mandíbula.
Lo tiró al suelo. Agarró al segundo y lo levantó en vilo.
«¡Vuelve! ¡Vuelve a tu sitio, cobarde, o te mato yo antes que ellos!»
. Al tercero lo ensartó. Al cuarto lo derribó de una patada.
Hubo, durante unos segundos, una escena de una brutalidad inhumana, sangre, gritos, huesos rotos, y de aquel caos, como por milagro, salió un tramo de línea de nuevo cerrado, con los escudos alzados y los rostros blancos, mirando al enemigo.
Lo hizo a costa de once hombres. Los once eran romanos, y los once murieron a manos de su propio prefecto. No lo digo para condenarlo. Hay cosas que no se pueden juzgar desde la comodidad de un sillón. Lo digo porque es verdad, y porque Claudio me pidió que lo contara todo.
Fue entonces cuando llegó el emperador.
Lo vieron aparecer entre la polvareda, a caballo, con la guardia imperial en torno, quinientos jinetes pesados con corazas de escamas y yelmos de cresta blanca.
Cabalgaba despacio, sin prisa, a un paso que pareció a todos desmesuradamente tranquilo para el estruendo que lo rodeaba.
Había puesto el casco, y sobre él ondeaba, rasgada, la cola de púrpura.
Con la mano derecha sostenía el escudo, y en el escudo, clavadas, había ya tres flechas.
Entró en el hueco por donde se había abierto la grieta.
No dijo nada. No hizo discursos. No levantó la espada ni gritó el nombre de Roma.
Se limitó a cabalgar, a lo largo de la línea, a un paso de distancia de los escudos, a veinte pasos de la cuña goda.
Las flechas silbaban a su alrededor. Un jinete de su escolta cayó con una saeta en la garganta.
Un caballo se empinó, relinchando, y fue contenido.
Y el emperador seguía avanzando, con la cabeza erguida, con el rostro serio, mirando a los hombres.
Ticio Fabio estaba en la tercera fila de la cuarta cohorte, con el escudo en alto y los dientes apretados.
Lo oí contar, años después, en el barrio de los curtidores de Mutina, ante su madre, que seguía teniendo una cabra.
Dijo que no se lo podía creer. Que de repente, a tres pasos de él, a lomos de un caballo castaño, en medio de aquella carnicería, apareció el emperador de Roma.
Y que Claudio detuvo el caballo ante él.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
Ticio Fabio tardó un instante en comprender que la pregunta era para él.
—Ticio Fabio, augusto —balbuceó—. De Mutina.
—Ticio —dijo Claudio con la misma voz tranquila con que habría preguntado la hora—. Un paso atrás.
— Sí, augusto.
—Con calma.
—Sí, augusto.
Y Ticio Fabio dio un paso atrás. Y el hombre de su izquierda, que había oído el diálogo, dio otro.
Y el de su derecha. Y la fila entera, como si aquel intercambio hubiera aflojado un nudo, dio un paso atrás, y luego otro, con el aire casi festivo de quien se ha dado cuenta de que no tenía por qué tener miedo.
Algunos se echaron a reír. Fue una risa nerviosa, histérica, absurda, que recorrió la línea de un extremo a otro y que, por un instante, borró el terror.
El emperador seguía cabalgando. Un paso atrás, Ticio.
Un paso atrás, Marco. Un paso atrás, Lucio.