El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 5 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE I) #2
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CAPÍTULO 5 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE I) #2

Aprendí en aquel instante lo que Filón había querido decirme con su silencio la noche anterior.

No era el sufrimiento lo que desgasta al médico en una batalla.

Es la elección. La obligación de decidir, en tres segundos, quién tiene derecho a una oportunidad y quién no.

De ser, por unos instantes, algo parecido a un dios, sin haber pedido jamás ese oficio.

— Siguiente —dije.

Hay una clase de tiempo que solo existe en las batallas, un tiempo que no se mide en horas sino en cuerpos.

No sé cuántos pasaron por mis manos en aquella mañana.

Quizá trescientos. Quizá cuatrocientos. No los conté.

Los fui conociendo uno a uno, sin pausa y sin tregua, como se conoce el agua cuando uno va nadando, por oleadas, por golpes de brazo.

Llegaban y los miraba. Llegaban y los tocaba.

Llegaban y decidía. Y entre uno y otro, en los instantes que mediaban, mi mente se quedaba en blanco, con esa blancura aguda y limpia de la sed.

Pronto desapareció el goteo y vino la marea.

A media mañana, el claro de sauces junto al río era un campo de hierba pisoteada sobre el que yacían cientos de hombres, cada uno con su tira de tela atada al brazo.

Verde, amarilla, roja, negra. Un jardín horrible.

Los camilleros, jadeantes, con el uniforme empapado de sangre ajena, llegaban de cuatro en cuatro, depositaban su carga y salían corriendo de nuevo hacia el estruendo, que no cesaba.

De la línea de combate llegaba un rumor continuo y sordo, como el de un mar embravecido contra un acantilado, con picos de furia que hacían estremecerse la tierra.

De cuando en cuando subía por encima un alarido más agudo, un grito de mando, el clamor de un cuerno. Después volvía el murmullo.

Las tiendas de operaciones eran mataderos.

Habíamos instalado cuatro mesas en la mayor, con un cirujano en cada una, asistido por dos capsarios y un ayudante con un caldero de agua hirviendo.

En una de ellas, el galo Vindex, el de la barba pelirroja que me había llamado inhumano, trabajaba en silencio, con una concentración furiosa, con los hombros anchos temblándole bajo el peso del esfuerzo.

Había aceptado el sistema de las telas sin una palabra de queja.

En la mesa de al lado, el viejo sirio Zabdai cortaba y cosía con las manos temblorosas, que se le volvían firmes en cuanto tocaban el hierro.

Llevaba la tela negra que se había guardado aún en el cinturón, sin usar.

«Todavía no», me dijo cuando se lo pregunté. «Cuando llegue el momento».

Yo trabajaba en la mesa central.

El bisturí de la serpiente se había convertido en una prolongación de mi mano.

Cortaba con él piel, músculo, tendón, con un gesto casi automático, y la hoja, que Aulo Cornelio había afilado hacía cuarenta años, entraba en la carne con una docilidad que me daba escalofríos.

La noche anterior había temido no estar a la altura de aquel regalo.

Ahora ya no pensaba en eso. No pensaba en nada.

Recuerdo, con una claridad casi alucinatoria, algunos casos.

Recuerdo a un joven jinete con la ingle desgarrada por una lanza, que sangraba a borbotones por la arteria femoral.

Lo trajeron blanco, con los labios azules y los ojos en blanco.

Le metí el pulgar en la herida, apretando con todas mis fuerzas, y grité a Cástor que me pasara el hilo de lino.

Con la otra mano, tanteando en la sangre caliente, busqué el extremo seccionado del vaso, lo agarré con una pinza, lo ligué con dos nudos.

La hemorragia cesó. Fue como cerrar un grifo.

Le puse una compresa de vinagre, le vendé la pierna, lo carguaron hacia la tienda de reposo, y ya estaba el siguiente.

Años después supe que sobrevivió. Era un muchacho de Siscia que se llamaba Aulo, y que se casó, y que tuvo cuatro hijos.

Recuerdo a un legionario con una flecha de barbas clavada en el hombro, tan hondo que la punta asomaba por la espalda.

Usé la cuchara de Diocles, ese instrumento ingenioso que sirve para extraer puntas sin desgarrar los tejidos.

Fue una operación de unos minutos, que hice casi dormido, con las manos haciendo solas lo que sabían hacer.

Salió la flecha. Brotó la sangre. La contuve con unas hilas empapadas en vino y miel.

Recuerdo a uno de los arqueros de la ladera sur, un chico de dieciséis años con el rostro lleno de pecas, al que una lanza goda había atravesado el muslo.

Lloraba. Lloraba con el rostro desencajado, con la boca abierta y los dientes apretados, con una vergüenza infinita.

«Lo siento, lo siento, lo siento», repetía, sin que yo supiera por qué se disculpaba.

Le dije que no pasaba nada. Le di adormidera.

Le cosí la pierna. Mientras lo hacía, me di cuenta de que le sonreía, y de que no sabía desde cuándo.

Recuerdo el olor. Un olor pesado, dulzón en su pestilencia, de sangre cálida y vinagre y sudor, de excrementos y de miedo, que se me metió en la nariz y ya no me abandonó durante días.

Recuerdo las moscas, miles de moscas, que cubrían las paredes de lona y que ni el humo de los braseros lograba ahuyentar.

Recuerdo el sonido, el sonido interminable de los gritos y los sollozos y las órdenes murmuradas, y debajo de todo ello, como un rumor de fondo, el estruendo de la batalla, que nunca terminaba.

Y recuerdo a Cástor. Cástor no se separó de mí ni un instante en toda la mañana.

Era mi sombra, mi mano izquierda, mi segundo cerebro.

Sujetaba brazos, pasaba instrumentos, sostenía la lámpara, vertía el vino, cambiaba paños, y lo hacía todo con una rapidez y una limpieza que no habría igualado ninguno de los cirujanos del ejército.

Cuando yo tendía la mano sin mirar, ya estaba allí lo que necesitaba.

Era como si hubiera nacido para aquello. Quizá era así.

Hacia el mediodía, Seutes me puso en la mano un cuenco de vino aguado y me obligó a beberlo.

— Está usted blanco como un cadáver —refunfuñó—. Beba. —No tengo tiempo.

— Tiene tiempo para beber. —Me lo acercó a los labios—. Si se desmaya usted, los muertos se quedarán esperando.

Bebí. El vino, caliente, me bajó por la garganta como una brasa. Me temblaron las manos. Me di cuenta entonces de que llevaba horas sin sentirlas.

Fue entonces cuando oí la voz.

—Médico.

Era una voz conocida, pero tardé un momento en situarla.

Salía de una camilla que acababan de depositar a mis pies, con las manos de cuatro camilleros todavía en los travesaños.

El hombre que la ocupaba estaba tendido boca arriba, con el rostro gris y la frente perlada de sudor.

Llevaba el casco liso de soldado raso, sin cresta, y la coraza abollada.

Pero los ojos, pequeños y grises, me miraban con una calma extraña.

—Fusco —dije.

Me arrodillé a su lado. Con Cástor, le desaté las correas de la coraza y se la quité despacio.

Debajo, la túnica estaba empapada de sangre, de un rojo oscuro, casi negro, que seguía manando de una herida a la altura del ombligo.

Era una lanzada. Una lanza goda, de hoja ancha, le había entrado por el bajo vientre y le había salido por el costado.

Le abrí la túnica. Vi lo que ya sabía. Los intestinos, perforados en varios puntos.

La sangre mezclada con otra cosa, verdosa, espesa, que olía a podredumbre.

Le tomé el pulso. Era débil, rápido, irregular. Le palpé el abdomen. Estaba duro como una tabla.

Fusco me observaba.

—Dime la verdad —dijo—. Me lo prometiste.

Sentí que se me cerraba la garganta. A mis espaldas, Seutes contuvo el aliento.

En la mesa de al lado, Vindex levantó la cabeza un instante, con las manos hundidas en el cuerpo de otro hombre, y volvió a bajarla.

Delante de mí, fuera de la tienda, esperaban otros veinte con las telas atadas al brazo.

Dos de ellos eran rojas. Y yo tenía un minuto.

Eso había dicho. Un minuto, aunque tuviera a otros esperando.

— Es la negra, Fusco —dije.

—Lo sabía.

— La lanza te ha perforado el intestino en cuatro sitios. Hay veneno dentro. No puedo repararlo. Ni yo ni nadie. —Le sostuve la mirada—. Te quedan unas horas. Quizá menos. No sufrirás. Te daré adormidera.

Fusco asintió despacio. No hubo sorpresa en su cara, ni miedo, ni rabia. Hubo algo parecido al alivio.

— Gracias —dijo—. Era lo que quería saber.

—Fusco…

— Cállate y escucha. —Hizo una mueca de dolor—.

Primera línea. ¿Te das cuenta? Estuve en primera línea.

Me puse delante, en la cuarta cohorte, como pedí.

No me escondí. No retrocedí. Cuando vino la cuña, estaba al frente.

—Tosió, y una espuma rosada le tiñó los labios—.

Quiero que lo sepas. Y que se lo digas a alguien.

A quien sea. Que Marco Septimio Fusco murió delante.

—Se lo diré.

—Y los nueve… — Me agarró la muñeca con una fuerza inesperada—.

Los nueve de la fuente. Quinto Aufidio, Cneo Rutilio, Lucio Vibio…

Los otros seis no me los sé. Pero los veo.

Los vi esta mañana. Estaban allí, en la línea, a mi lado.

Con las manos juntas. Sonriendo. —Sus ojos se volvieron vidriosos—. No me odiaban, médico. No me odiaban.

—No te odiaban.

— Qué cosa más extraña. —Soltó una risa corta, ronca—. Qué cosa más extraña, no ser odiado.

Le di la adormidera. Le acerqué el cuenco a los labios, le sostuve la cabeza, vi cómo tragaba con dificultad.

Seutes, sin que yo se lo pidiera, trajo una manta y la colocó sobre sus hombros.

Me quedé a su lado. Un minuto, dos, tres.

No sé cuánto. Le sostuve la mano. Él me miró una vez más, con los ojos pequeños y grises, y murmuró algo que no entendí del todo.

—¿Qué?

—La carta… la del muchacho de Mutina. Ticio Fabio. — Respiraba con esfuerzo—. Me contó que se la escribiste. Dile… dile que me alegro.

— Se lo diré.

—Bien.

Cerró los ojos. Su respiración fue haciéndose más lenta, más profunda, más espaciada. Al cabo de lo que me pareció un largo rato, dejó de ser respiración. Quedó su mano en la mía, caliente todavía, con los dedos curvados como los de un hombre que sostiene una cosa pequeña.

Zabdai, desde su mesa, sin dejar de coser, murmuró en siríaco una frase que no entendí, y que Teudas, mucho después, me tradujo: «Que la tierra le sea ligera».

Le puse la mano sobre el pecho y se la cerré. Me levanté. Las rodillas me crujieron como las de un viejo. Cástor, a mi lado, con los ojos enrojecidos y las manos temblorosas, me tendió un paño limpio. Me limpié las manos.

—Siguiente —dije.

Mi voz era la de un hombre que habla desde el fondo de un pozo.