CAPÍTULO 5 LA BATALLA DE NAISSUS (PARTE I)
La Hoz, a dos leguas de Naissus, septiembre del año 269 d. C.
La niebla se levantó con el sol.
Subió despacio, en jirones, desde las vegas del Nisava, y fue descubriendo el valle como quien retira un paño de un cuerpo: primero las copas de los sauces, luego las lanzas de las legiones, luego las colinas, y por último, al fondo, hacia el este, la masa oscura de los godos.
Estaban allí. Desde la víspera habían avanzado durante la noche, a la luz de las antorchas, y ahora ocupaban el extremo oriental de la Hoz de lado a lado, desde la ladera norte hasta la sur, en un frente tan ancho que desde mi puesto, a una milla de distancia, no alcanzaba a ver dónde terminaba.
Me había subido a un montículo de tierra junto al claro de sauces, con Cástor a mi lado, para ver mejor.
No era mi sitio. Mi sitio estaba abajo, con los instrumentos, con los calderos, con los capsarios formados en dos filas ante las tiendas.
Pero necesitaba verlo. Quizá fue la necesidad del que va a ser testigo de algo y quiere saber antes de qué se trata.
Quizá fue pura cobardía. Quizá fue el deseo, infantil y vergonzoso, de ver con mis propios ojos aquello que mi tablilla, con sus once nombres, no había aprendido todavía a contar.
Eran muchos. Era imposible no verlo. Eran muchos como son muchas las olas del mar cuando uno se detiene en la orilla y las mira venir.
Se extendían en una ancha banda parda, salpicada de destellos de hierro, de estandartes de pieles y de cráneos, de lanzas que subían y bajaban al compás de un paso colectivo, y de esa polvareda dorada que acompaña siempre a los grandes ejércitos.
El sol, bajo todavía, los iluminaba por la espalda, de modo que parecían avanzar sobre un fondo de fuego.
Desde lejos llegaba un rumor continuo, grave, como el de una cascada distante, que no era el de las voces ni el de los pasos, sino la suma de todo ello: el ruido de una nación en marcha.
—Es la hora —dijo una voz a mi espalda.
Era Filón, que había subido al montículo con su andar de pájaro. Miraba al frente con los ojos entornados y las manos en la cintura, como un campesino que contempla el cielo antes de una tormenta.
—No ha empezado todavía —murmuré.
—Ha empezado hace meses, muchacho. —Escupió a un lado—. Esto es solo el cobro.
No sé cuánto tiempo estuvimos allí, en silencio, mirando acercarse a los godos.
Quizá una hora. Quizá menos. Vi cómo se detenían a media milla de nuestra línea, y cómo sus jefes, montados en caballos pequeños y peludos, cabalgaban de un lado a otro de la formación, gritando órdenes que no llegaban hasta mí.
Vi cómo la masa se reorganizaba, se comprimía, se cerraba sobre sí misma, y de entre ella emergía poco a poco una forma que reconocí de inmediato por lo que Aureliano nos había contado: una cuña.
Era un triángulo inmenso, de ciento cincuenta o doscientos hombres de frente en la base y una profundidad de muchas centenas, con la punta dirigida hacia el centro de la línea romana.
Al frente iban los mejores: guerreros enormes, de barbas largas y cuerpos cubiertos de cicatrices y de tatuajes, con escudos de madera forrados de cuero y hachas de doble filo.
Detrás, en hileras cada vez más densas, el grueso de la infantería.
Y tras ellos, en los flancos, los jinetes, que mantenían los caballos al paso para no adelantarse.
— Ahí va —dijo Filón.
Se oyó entonces el cuerno.
No era el cuerno de la madrugada, el mugido lúgubre y largo.
Era otro, corto, agudo, repetido tres veces, como un ladrido de lobo.
Y tras él, desde la masa entera, desde las gargantas de decenas de miles de hombres, estalló un grito.
No fue un grito de guerra como los que yo había oído.
Fue algo distinto, un alarido profundo y gutural que no tenía palabras, sostenido, que subía en intensidad hasta llenar el valle y rebotar en las colinas, y que se me metió en el pecho como un puño de hierro.
Cástor, a mi lado, se llevó las manos a la caja torácica, con los ojos desorbitados.
Sentía la vibración, aunque no oyera el sonido.
La cuña se puso en marcha.
Avanzó despacio al principio, al paso, con una regularidad aterradora, aplastando la hierba bajo miles de pies.
Después aceleró. Primero un trote corto, luego una carrera pesada, cada vez más rápida, y el suelo empezó a retumbar, un temblor sordo y constante que subía por mis tobillos, que hacía vibrar las hojas de los sauces, que desprendía pequeñas piedras de la ladera.
La polvareda se alzó en una nube densa y blanca.
De la nube salían, aquí y allá, destellos de hierro y de cuero, el brillo de un casco, el reflejo de un hacha.
— Quietos —murmuró Filón entre dientes, no sé si hablaba conmigo o con los dioses—. Quietos, hijos de perra. Aguantad la línea.
Lo que ocurrió después no lo vi. No puedo contarlo como quien lo ha presenciado, porque desde mi montículo el choque no fue más que una confusión de polvo, de gritos y de destellos, un hervidero lejano que no se distinguía de una nube de tormenta.
Lo reconstruí años más tarde, pieza a pieza, hablando con los que lo vivieron: con Valerio Máximo, con Probo, con Sexto Arrio, con decenas de soldados cuyos nombres anoté y cuyos relatos, a menudo contradictorios, fueron componiendo en mi memoria una imagen que ningún testigo habría podido tener.
Esa es la tarea del que sobrevive en el hospital: no ve la batalla, pero la recibe, trozo a trozo, en los cuerpos que le traen.
Y con el tiempo, aprende a leerla en las heridas.
Lo que sé es esto.
Cuando los godos llegaron a doscientos pasos de la línea romana, las trompetas sonaron y los arqueros ocultos en las laderas del norte y del sur soltaron la primera descarga.
Fueron seis mil flechas, lanzadas casi a la vez, que formaron en el cielo una nube oscura y silbante y cayeron sobre la cuña como una granizada de hierro.
La primera hilera de guerreros se desplomó.
La segunda tropezó con los caídos. Pero la masa, detrás, seguía empujando, y la cuña, aunque herida, no se detuvo.
Volvieron a sonar las trompetas. Los honderos soltaron sus plomos.
Otra descarga de flechas. Y otra. Los godos cayeron por centenares, y sobre sus cuerpos pasaron los que venían detrás, sin mirar hacia abajo.
A cincuenta pasos de la línea, los legionarios de la primera fila lanzaron los pila.
Fue un gesto casi mecánico, ensayado mil veces: el brazo atrás, el impulso, el vuelo corto y letal de las jabalinas, que se clavaban en los escudos enemigos y los volvían inservibles, porque las puntas de hierro dulce se doblaban al clavarse y no podían arrancarse.
Los godos tiraban los escudos, o los llevaban colgando del brazo, pesados como yunques, y seguían corriendo.
Y entonces se produjo el choque.
Arrio me lo contó una vez, muchos años después, en una taberna de Capua donde nos encontramos por casualidad, con la mitad de los dientes y el doble de arrugas.
Dijo que el sonido fue lo peor. No los gritos, ni el hierro contra hierro, ni siquiera el crujido de los huesos.
Fue el golpe sordo, pesado, de ciento cincuenta mil libras de carne humana estrellándose contra una pared de escudos.
Dijo que lo sintió en los dientes. Que a su derecha, un compañero de veinte años salió despedido hacia atrás, con el pecho hundido, sin haber visto siquiera el arma que lo golpeó.
Que le pareció que la tierra misma se doblaba.
Y que después ya no recordaba nada con claridad, solo un largo y confuso empujar, con el escudo contra el hombro y los pies hundidos en el barro, gritando órdenes que nadie oía.
Lo importante es que la línea aguantó.
Los primeros heridos llegaron a mi puesto al cabo de media hora.
No fueron muchos al principio. Un goteo: siete, diez, quince.
Cada uno traído por dos camilleros que corrían encorvados bajo el peso, salpicando barro, jadeando.
Me los dejaban junto a la entrada, sobre la hierba, y volvían a salir sin una palabra, hacia el estruendo.
Yo estaba allí, de pie, con Cástor a un lado y Seutes al otro, con la túnica remangada hasta los codos y el bisturí de la serpiente colgado de una cinta al cuello, y los miraba llegar con una calma que no sentía.
El primero era un legionario de unos treinta años, con una flecha clavada en el ojo derecho. La saeta, de fuste corto, le había penetrado hasta la mitad, y la cuenca era una masa negra de sangre coagulada. Estaba consciente. Gemía muy bajo, con las manos crispadas sobre el pecho.
Le examiné la herida durante tres segundos. Calculé el ángulo de entrada. Sentí el pulso en el cuello: fuerte, rápido, regular. Respiraba bien. La flecha no había atravesado el cráneo, o si lo había hecho no había tocado nada vital. Podía sobrevivir.
—Amarilla —dije.
Cástor le ató una tira de tela amarilla al brazo, y dos capsarios lo cargaron hacia la primera tienda.
El segundo tenía el brazo izquierdo cortado a la altura del codo, de un solo hachazo, y un torniquete improvisado con un cinturón. La sangre había cesado casi, pero la cara estaba blanca como la cera. Le toqué el cuello. El pulso era un hilo.
—Roja.
El tercero, un hombre mayor, con el vientre abierto de lado a lado por un golpe de espada.
Los intestinos asomaban entre los dedos que intentaba mantener cerrados sobre ellos, brillantes, azulados, húmedos.
Me miró con una expresión de infinita sorpresa.
Me agaché. Le aparté las manos con suavidad.
Vi la herida. Vi los intestinos perforados, la mancha oscura que se extendía sobre el barro.
Sentí que algo se cerraba dentro de mí, como una puerta. —Negra —dije.
Cástor dudó. Fue la primera vez que lo vi dudar.
Me miró con las manos temblándole, con la tira de tela negra entre los dedos, y yo asentí con la cabeza, despacio.
La ató al brazo del herido. Dos capsarios lo llevaron, no a las tiendas de operaciones, sino a un rincón apartado, bajo un sauce, donde habíamos extendido mantas y colocado unos cuencos de agua con adormidera.
Un viejo capsario, uno de los veinticuatro que había adiestrado, se arrodilló a su lado y le cogió la mano.
El hombre del vientre abierto me miró una última vez, desde la camilla, mientras se lo llevaban. No dijo nada. No era necesario.