El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 4 LA VÍSPERA DE LA BATALLA #5
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CAPÍTULO 4 LA VÍSPERA DE LA BATALLA #5

Y que no se oiga un solo relincho. Si es una casualidad, mañana lo sabremos. Si no lo es…

No terminó la frase. No hacía falta.

—Si no lo es —dijo Aureliano en voz baja—, el martillo caerá sobre un yunque que ya sabe que viene.

—Y habrá que improvisar. —Claudio lo miró con una mezcla de fatiga y fe—. Para eso te tengo, Aureliano. Para improvisar.

Aureliano hizo un gesto breve con la cabeza. Después se volvió hacia mí, y sus ojos de acero se posaron sobre los míos un instante.

— Médico —dijo.

—Comandante.

—Si mañana mis hombres caen, no los dejes morir en el barro. —No los dejaré.

—Gracias.

Salió con el mismo paso largo y silencioso con que había entrado. La lona se cerró tras él. Claudio se quedó mirando el vacío un largo rato.

—Nunca sé cuándo me va a salvar la vida o a cortarme el cuello —murmuró—. Pero siempre sé que lo hará con eficacia.

Cuando nos quedamos solos, el emperador tardó un rato en hablar. Parecía haber olvidado mi presencia. Se quedó con la vista clavada en las brasas, con las manos colgando entre las rodillas, en una actitud de abandono que no le conocía. Tosió, un par de veces, secamente. No dije nada.

—¿Crees en los dioses, alejandrino? —preguntó de pronto.

La pregunta me pilló desprevenido.

— No lo sé, augusto. Mi maestro creía en Apolo y en Asclepio, aunque nunca lo vi rezar. Mi madre en Isis. Yo… —Me encogí de hombros—. Respeto a todos. No creo en ninguno.

— Yo tampoco. —Esbozó una sonrisa amarga—.

Les he sacrificado todo lo que se puede sacrificar.

Toros, corderos, palomas. He quemado incienso por valor de una fortuna.

He rezado a Júpiter, a Marte, a Mitra, a la Fortuna.

He rezado a Sol Invicto, que dicen que protege a los emperadores.

Cuando murió mi hijo, recé a todos los que conocía y a algunos que inventé.

Y no recibí respuesta de ninguno. Ni una señal.

Ni un susurro. Ni siquiera una piedra que cayera en el sitio justo.

—Calló—. Hace diez años que dejé de pedirles nada.

—Entonces ¿en qué crees?

Claudio levantó la cabeza. Me miró a los ojos, y en los suyos, grises y cansados, vi algo que me conmovió de una forma que aún hoy no sé explicar.

— En Roma —dijo.

—¿En Roma?

— No en los senadores, ni en los generales, ni en los emperadores, que son hombres, y a los hombres los conozco demasiado bien.

Creo en otra cosa. —Buscó las palabras—.

Creo en que un campesino de Dardania pueda arar su campo sin temer que mañana lo quemen.

Creo en que un niño de Alejandría pueda aprender medicina en un sótano sin que lo maten por abrir cadáveres.

Creo en que una mujer pueda parir en una aldea de montaña con una partera que atraviesa tres collados para llegar a tiempo.

Creo en que ese orden, que costó mil años construir, vale más que cualquiera de nosotros.

Y creo que si cae, caerá con él todo lo que se apoya en él.

—Respiró hondo—. No es una religión. Es solo…

una deuda. Algo que me dieron antes de que yo existiera, y que tengo que devolver.

Se llevó la mano al pecho, a la altura del corazón, y sacó algo de debajo de la túnica, un objeto pequeño que colgaba de un cordón de cuero. Lo extendió sobre la palma abierta.

Era un caballito de madera, no mayor que un dedo pulgar, tallado con torpeza, con las patas rígidas y una crin hecha de tres muescas. La madera estaba oscura y lisa de tanto manoseo.

— Lo hizo Marco —dijo con la voz quebrada—. Con una navaja que le robó a un cocinero. Tenía cinco años. Me lo regaló la víspera de una campaña, para que me diera suerte. Lo he llevado conmigo desde entonces. —Lo cerró en el puño—. No me ha dado suerte. Pero me lo hace más fácil.

Estuve a punto de llorar. Me contuve.

—Alejandrino —dijo Claudio—. Mañana puedo morir. —No digas eso.

— Es una posibilidad. Una de las más probables.

—Habló con serenidad, sin dramatismo, como quien enumera las cifras de un inventario—.

Seré el hombre más visible del campo. Me pondré en el centro, junto a la línea, para que los soldados me vean.

Es un riesgo que tengo que correr. Si caigo, el ejército se desmoronará.

Y entonces todo habrá terminado. —Calló—.

No me da miedo. Ya no. Pero hay algo que sí me preocupa.

— ¿Qué?

—Que nadie sepa por qué lo hice.

Se pasó la mano por el pelo gris, cortado a rape.

— Los historiadores escribirán lo que quieran.

Dirán que fui un soldado ambicioso que subió al trono en una noche de traiciones.

Que maté a Galieno, o que consentí su muerte.

Que busqué la gloria en una guerra que no me correspondía.

Dirán lo que dicen siempre. Y yo no estaré para desmentirlo.

—Me clavó los ojos—. Pero tú sí. Tú has visto cómo me comporto con los heridos.

Con los muertos. Con mi propio miedo. Tú sabes que no he luchado por gloria.

Que no la quiero. Que si pudiera elegir, estaría en Dardania, con un rebaño de ovejas, y mi hijo a mi lado.

He luchado por deber. Solo por deber. Porque alguien tenía que hacerlo y yo estaba allí.

Hizo una pausa.

—Si muero mañana, quiero que alguien lo sepa.

El fuego chisporroteó. Lejos, en algún rincón de la noche, un caballo relinchó y fue acallado de inmediato.

—Augusto —dije, y la voz me tembló—. Si sobrevivo, contaré tu historia.

—¿Toda?

— Toda. Lo que he visto y lo que no he visto. Lo que dijiste y lo que callaste. —Tragué saliva—. Será una historia larga. Quizá nadie la lea. Quizá la entierre en un baúl. Pero la escribiré.

Claudio sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, la más sincera que le había visto.

— No la cuentes bonita —dijo—. Cuéntala verdadera. Con mis errores. Con mi tos. Con lo de Aureolo, que no supe impedir. Con lo de Galieno, que no supe evitar. Con los muertos de Benaco. Con los nueve de la fuente. Con todo. Es lo único que te pido. Que no me pongas estatuas.

— No las pondré.

—Entonces estamos de acuerdo. —Extendió la mano.

Se la estreché. Tenía la palma callosa y áspera, y apretó con fuerza, sin soltarme, durante un largo instante.

—Ahora vete —dijo, soltándome—. Duerme algo. Mañana te necesitaré entero.

Salí de la tienda con las piernas flojas. Al pasar junto al maniquí donde brillaba la coraza, la rocé con la mano, sin saber por qué, y el metal me heló los dedos.

A la salida de la tienda imperial me alcanzó Probo, que parecía haber estado esperándome al abrigo de un carro. Llevaba un odre de vino aguado y su inseparable rollo de papiro, y me ofreció un trago sin decir palabra. Bebimos de pie, mirando las estrellas, que empezaban a palidecer hacia el este.

— ¿Duermes? —preguntó.

—No.

— Yo tampoco. Es una buena señal. Los que duermen la víspera de una batalla son locos o santos, y de los dos hay demasiados. — Desenrolló el papiro y lo acercó a la luz de una antorcha—. ¿Te importa que te lea algo? Me calma.

—Lee.

Era Virgilio. No el de la Eneida, que los soldados conocían a retazos y recitaban en las marchas, sino el de las Geórgicas, el poema de los labradores.

Probo leyó despacio, con una voz grave y suave que nunca le había oído, un pasaje sobre la vida del campo: la tierra que se abre bajo el arado, la lluvia que llega a tiempo, la cosecha que da de comer a una familia durante el invierno.

Y leyó el verso famoso, el que dice que serían demasiado dichosos los campesinos si supieran reconocer su fortuna, lejos de las discordias de las armas, en un mundo donde la justicia misma abandona la tierra y vuelve a ella con el trigo.

Cuando terminó, enrolló el papiro con cuidado.

— Lo leo antes de cada batalla desde que tenía quince años — dijo—. Me recuerda lo que estamos defendiendo. No es una frontera ni un emperador. Es esto. —Hizo un gesto vago hacia la oscuridad del valle, hacia las colinas, hacia el río—. Una tierra que espera ser sembrada.

—Mañana la vamos a regar de otra cosa.

—Lo sé. —Sonrió con tristeza—. Pero algún día volverá a dar trigo. Siempre vuelve. Es lo único que no aprende de nosotros.

Me tendió la mano y se la estreché. No dijimos nada más. Se alejó hacia sus tiendas con su paso ligero de paseante, y yo lo vi desvanecerse en la penumbra con la sensación de haber compartido, sin querer, un secreto muy íntimo.

No dormí. Volví al hospital y me senté sobre un fardo, a la entrada de la tienda, a mirar cómo el cielo empezaba a clarear por el este.

Seutes roncaba. Cástor, a mi lado, con la cabeza apoyada contra mi hombro, dormía profundamente.

En el aire flotaba un olor a humo frío y a rocío, a hierba pisoteada y a cuero engrasado.

Poco antes del alba, la niebla subió del río.

Era una niebla densa, blanca, que se arrastraba por la hierba del valle hasta cubrir los tobillos de los centinelas y que, al amanecer, convirtió las líneas romanas en una hilera de siluetas flotantes, de cascos y de lanzas sin cuerpo.

Empezaron a moverse sombras. Los centuriones tocaron sus silbatos.

Hubo órdenes murmuradas, ruido de armas, el susurro de cuarenta mil hombres ajustándose los correajes.

Alguien, en algún lugar, tosió. Alguien rezó en voz baja.

Alguien rió, nervioso, y fue callado con un gruñido.

Saqué de mi botiquín el estuche de cuero oscuro. Abrí la tapa. La serpiente de hueso brilló, mate, a la luz gris del amanecer. La tomé en la mano. Pesaba menos que una pluma.

—Aulo Cornelio —murmuré—. Teón. Padre. Ayudadme. No sé a quiénes hablaba. No importaba.

Entonces, desde el este, desde muy lejos, subió hacia nosotros un sonido que no he podido olvidar.

Era un mugido profundo, ronco, lúgubre, que parecía venir del fondo de la tierra: el cuerno de guerra de los godos, hecho de cuerno de buey, soplado por un millar de bocas a la vez.

Un sonido que no era un toque, sino un solo lamento largo, que se extendió por el valle y rebotó en las colinas, y que hizo que a todos los hombres del campamento se les erizara el vello.

Cástor levantó la cabeza de golpe, con los ojos abiertos.

Aunque no oía, había sentido en el pecho la vibración.

Y desde la línea romana, a lo largo de todo el frente, empezaron a sonar nuestras trompetas.