CAPÍTULO 4 LA VÍSPERA DE LA BATALLA #4
—Gracias, discípulo de Aulo Cornelio —dije.
— Eso está mejor. —Esbozó una sonrisa torcida—. Ya me estaba cansando de ser el único grosero de este ejército. Descansa. Mañana empieza la carnicería.
Se marchó con su andar nervioso, y yo me quedé mirando el bisturí de la serpiente, a la luz amarilla de la lámpara. Lo tomé por el mango. Encajó en mi mano como si hubiera sido hecho para ella.
Aquel mismo bisturí cortó, a la mañana siguiente, más carne humana de la que ninguna hoja romana había cortado en un solo día. Pero eso ocurrió después. Aquella noche solo era un regalo.
Fue Valerio Máximo quien me condujo hasta el bosque.
Había prometido llevarles a los jinetes ilirios un botiquín de campaña, con vendas, vinagre y adormidera, para que pudieran atender los primeros heridos sin esperar a mi puesto.
Subimos a pie por la ladera norte, siguiendo un sendero apenas visible entre los helechos, y a medida que nos adentrábamos en el hayedo, el silencio se fue haciendo más y más denso.
No se oía nada. Ni voces, ni pasos, ni relinchos.
Solo el crujido ocasional de una rama, el susurro de las hojas, el rumor lejano del río.
—¿Dónde están? —murmuré.
—Aquí —respondió Valerio, con una media sonrisa—. Mire a su alrededor.
Entonces los vi.
Estaban en todas partes. Entre los troncos, bajo las ramas, apenas visibles en la penumbra, cuatro mil jinetes, quietos como estatuas, con las manos en las riendas de los caballos.
No había fuegos. No había lámparas. No había ni una sola voz.
Los animales, con los hocicos envueltos en trapos húmedos y las patas ligeramente atadas, miraban fijamente hacia delante con ojos brillantes, como si comprendieran lo que se les pedía.
Los hombres, sentados o apoyados contra los troncos, comían pan frío y cecina sin hablar, con los cascos puestos y las espadas al alcance de la mano.
A mi paso levantaban la vista, me miraban sin curiosidad, y volvían a su silencio.
Era la cosa más impresionante que había visto en mi vida. Una fuerza inmensa, concentrada, contenida, como la cuerda de un arco tenso hasta el límite, a la espera del instante.
— Les dije que no encendieran fuego —susurró Valerio—. Que no hablaran. Que no se movieran más de lo necesario. Llevan así desde mediodía. —Sonrió con orgullo—. Nadie ha protestado.
— Son extraordinarios.
—Son ilirios. Saben esperar.
Dejé el botiquín con el decurión de más edad, un hombre de barba cana al que apenas conocía, que me lo agradeció con un gesto. Estaba a punto de volver sobre mis pasos cuando vi, en un claro entre los árboles, una silueta alta y sola, de espaldas a mí, que acariciaba el cuello de un caballo negro.
Era Aureliano.
No me vio llegar. O fingió no verme. Estaba absorto, con la cabeza inclinada hacia el morro del caballo, murmurándole algo que no alcancé a oír.
Tenía las riendas colgando sobre el brazo y la espada, sin desenvainar, apoyada contra un tronco.
A la luz mortecina del crepúsculo, su figura parecía la de un hombre que habla con el único ser que no le exige nada.
Me quedé inmóvil. Después retrocedí sin ruido.
Creo que no quería interrumpir aquella conversación, que era a la vez la más íntima y la más banal que había visto en mi vida: un guerrero de cincuenta y cuatro años, cuyo nombre iba a sacudir al imperio, hablándole en voz baja a un caballo en un bosque de hayas.
Bajé por el sendero con Valerio a mi lado. Al llegar al pie de la loma, me detuve.
— Valerio.
—Diga.
— Mañana, si todo sale bien, a media mañana vais a salir de ese bosque. Y a las puertas de la Hoz habrá ciento cuarenta mil godos. —Me aclaré la garganta—. No sé cómo se dice esto. Cuídese.
Valerio me miró un instante, sorprendido, y se echó a reír con una carcajada breve, ronca, que pareció brotarle de muy adentro. —Es la primera vez que un médico me dice eso antes de una batalla. Suelen decírmelo después.
—Pues ya ve. Soy un médico peculiar.
— Lo es. —Me puso una mano en el hombro—. Y usted también, doctor. Cuídese. Que si los muchachos me traen con las tripas fuera, quiero ver su cara.
—No será necesario.
—Eso espero.
Nos separamos al pie del sendero. Yo caminé hacia la luz de los fuegos del hospital, sintiendo en la espalda el peso invisible de cuatro mil hombres que esperaban, en la oscuridad, una señal.
El viejo tracio de la guardia imperial vino a buscarme en la tercera vigilia, cuando la noche era más negra y el canto de los godos se había apagado casi del todo, dejando en el aire un silencio expectante.
—El augusto te llama, médico —dijo, con su voz de gravilla—. No pregunta por la tos. Pregunta por ti.
No supe qué responder. Recogí el manto, le hice una seña a Cástor, que dormía a medias sobre un fardo, y seguí al guardia a través del campamento.
Las hogueras ardían bajas. Los centinelas, inmóviles en sus puestos, me siguieron con los ojos al pasar.
Al fondo, en el centro de la línea, la tienda del emperador brillaba con una luz amarilla, tenue.
Claudio estaba despierto. Estaba sentado en un taburete junto al brasero, vestido con una simple túnica de lana, y a su espalda, sobre un maniquí de madera, descansaba su coraza de escamas, pulida y reluciente, con el yelmo encima.
Era la primera vez que lo veía junto a sus armas.
Tenía un aire extraño, de hombre a medio vestir para un oficio que le hacía dudar.
—Siéntate —dijo.
Me senté. Antes de que pudiera hablar, comprendí que debía hacerlo yo primero.
— Augusto, tengo que pedirte algo.
—Dime.
Le conté lo de Teudas. Se lo conté despacio, sin adornos: la posibilidad de que los soldados rematasen a los heridos godos, la petición del liberto, el trapo blanco, la tienda aparte.
Claudio me escuchó con las manos entrelazadas sobre las rodillas y la mirada fija en el fuego.
Cuando terminé, estuvo un rato sin hablar.
— Es una petición peligrosa —dijo al fin.
—Lo sé.
— Los soldados querrán sangre. Y los oficiales también.
Llevan meses viendo cómo esa gente quema ciudades.
—Alzó los ojos—. Pero tienes razón. Un hombre que se rinde deja de ser un enemigo.
Roma siempre ha tenido eso en cuenta, o fingía tenerlo.
—Se volvió hacia el guardia, que aguardaba firme junto a la entrada—. Bitis.
—Augusto.
— Escucha bien, porque quiero que seas mi testigo.
Mañana, a la hora del mando, la orden será la siguiente: quien deponga las armas y se rinda, vivirá.
Será llevado a la retaguardia, atendido, alimentado, y se decidirá su suerte cuando haya pasado la batalla.
Quien mate a un hombre rendido responderá ante mí.
Dilo así a los centuriones de tu guardia. Y que se lo digan a los demás.
—Sí, augusto.
—Y que Teudas, el liberto, tenga un trapo blanco, un caballo y un pase firmado por mí. Que pueda ir a donde le haga falta. Bitis saludó con un golpe de puño sobre el pecho y salió. Claudio me miró.
— ¿Está bien así?
—Está más que bien.
— Entonces es mía la responsabilidad. —Se encogió de hombros—. Es lo mínimo. No sé si servirá. Pero no quiero que se diga que Claudio permitió que se asesinara a hombres desarmados.
— Gracias.
—No me lo agradezcas. Eres tú quien se lo debe a ese hombre. Yo solo cumplo.
No habíamos terminado de hablar cuando se oyeron pasos en el exterior, rápidos y firmes, y una voz grave pidió permiso para entrar.
Era Aureliano. Venía armado, con la cota de malla puesta, y el rostro cubierto de una película de polvo y de hojas, como si hubiera atravesado el bosque a gran velocidad. Entró sin saludarme, se plantó ante la mesa, y habló sin preámbulos.
— Augusto, tengo un informe.
—Dime.
— Mis exploradores han vuelto de las avanzadas.
A la caída de la tarde, una columna goda se desprendió del campamento principal y subió hacia el norte.
Mil quinientos, quizá dos mil jinetes. No llevaban carros, ni bagajes, ni mujeres.
Solo caballos y armas. Se internaron por el bosque de la ladera norte, siguiendo un sendero de pastores, y los perdimos de vista una hora después.
Claudio se enderezó.
—¿Hacia dónde?
— Hacia las colinas. Hacia la Colina del Cuervo, o cerca de ella. No sé si buscan agua, o forraje, o si es una patrulla de exploración. Pero no se parece a una patrulla. Una patrulla va ligera. Esto era un destacamento.
El silencio que cayó sobre la tienda fue helado. Claudio miró a Aureliano, y Aureliano le sostuvo la mirada. Ninguno de los dos pronunció la palabra que ambos tenían en la cabeza.
— ¿Cuántos conocen la posición de tus jinetes? —preguntó el emperador con voz baja.
—Los que estuvieron en el consejo. Y mis decuriones. Y los guardias que vigilan el bosque. Nadie más. —Aureliano apretó las mandíbulas—. Las órdenes selladas fueron destruidas, augusto. Yo mismo quemé la mía en cuanto la aprendí de memoria.
— También yo he quemado la mía.
—Lo sé.
Se miraron un instante más. Yo, en mi taburete, contuve la respiración.
Recordé la silueta de Hermeros cruzando el campamento con su portafolios.
Recordé a Lucio, riendo bajo el toldo. Recordé la mirada de Aurelio Casiano, de buey de combate.
Y comprendí que ninguno de los dos hombres sabía a quién culpar, y que la ignorancia, en aquel momento, era una forma de terror.
— Podría ser una casualidad —dijo Claudio con lentitud. —Podría.
— Podría ser que busquen agua. Los pozos de la zona están envenenados, y el río es pequeño para una nación entera. Es lógico que envíen destacamentos a explorar las colinas.
—Lógico.
—O podría ser —prosiguió el emperador, con el mismo tono pausado— que alguien les haya dicho dónde estás.
Aureliano no contestó. Una vena le latía en la sien.
— ¿Qué quieres que haga? —preguntó al fin—. Puedo retirar la caballería hacia el sur, a un bosque más hondo. Puedo reforzar los centinelas. Puedo enviar una patrulla a cortar el paso.
— Si retiras la caballería, harás ruido.
Cuatro mil jinetes moviéndose de noche en un bosque, aunque sea con trapos en los cascos, son audibles a una legua de distancia.
Si envías una patrulla, los alertarás. Y si cambias el plan, el centro de mi línea queda sin el martillo que lo respalda.
—Claudio se pasó una mano por la cara—. No.
Mantén las posiciones. Duplica los centinelas en el flanco norte, pero sin moverte.