El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 4 LA VÍSPERA DE LA BATALLA #3
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CAPÍTULO 4 LA VÍSPERA DE LA BATALLA #3

Nunca tuve miedo. Ni en Mesia, ni en Tracia, ni en Naissus la primera vez.

Me parecía que era algo que les pasaba a los demás.

—¿Y ahora?

— Ahora sueño con ellos. Con los nueve. —Su voz se rompió—. Quinto Aufidio. Cneo Rutilio. Lucio Vibio. Todos. Los veo tirados junto al manantial, riéndose. Con las manos juntas, bebiendo. Los dejé beber, médico. Los dejé. Porque tenían sed. Y ahora están muertos. Y yo aquí. Y mañana…

—Fusco.

— No tengo miedo de morir —prosiguió, sin escucharme—.

Eso no. Tengo miedo de que si caigo, lo hagan creyendo que fue un castigo.

Que murieron nueve porque no obedecí, y que ahora los dioses me cobran la deuda.

Y tengo miedo de que si no caigo, siga cargando con ellos el resto de mi vida.

No sé qué me da más miedo. —Alzó los ojos, enrojecidos—.

¿Usted tiene miedo? La pregunta me sorprendió con la guardia baja.

Pensé en responder con una frase de médico, tranquilizadora, ligera.

Pero la voz de Teón me habló desde muy lejos: «La verdad es el único instrumento que no se embota».

— Yo también —dije.

Fusco parpadeó.

—¿Usted?

— Yo. Desde hace tres días no duermo. —Me froté los ojos—. No tengo miedo de morir, o no mucho. Tengo miedo de lo que veré mañana. De las manos que llegarán a mi puesto. De cuántas no podré salvar. De cuántas tendré que decirles que no. —Respiré hondo—. Tengo miedo de acostumbrarme.

Fusco me miró largo rato, con una atención grave.

—Entonces somos dos —dijo al fin.

—Somos dos.

— Es curioso. —Esbozó una sonrisa torcida—. Siempre creí que el miedo se iba con la edad. Pero resulta que solo cambia de objeto.

—El miedo es lo único que nos hace cuidadosos.

— También lo único que nos hace crueles. —Se levantó con esfuerzo, apoyándose en las rodillas—. Gracias, médico. Es un consuelo saber que alguien tiene tanto miedo como yo.

— ¿Fusco?

—Dígame.

—Mañana, si le traen a mi puesto, lo atenderé yo. Personalmente.

Dé su nombre y que me llamen.

El viejo soldado sonrió, y era la primera vez que le veía una sonrisa verdadera, una sonrisa de dientes desiguales y arrugas hondas.

— Trato hecho —dijo—. Aunque preferiría que no hiciera falta. —Yo también.

Salió de la tienda con paso lento, erguido, hasta desaparecer en la oscuridad. Cuando volví la cabeza, Seutes se estaba sonando la nariz con un ruido que parecía una trompeta.

Seutes y yo cenamos de pie, junto a un brasero, un caldo de cebada con nabos que él había preparado con una dedicación de cocinero de palacio.

—Aquí tiene —dijo, tendiéndome un cuenco humeante—. Y no me diga que no tiene hambre, que se lo meto por la nariz.

— Gracias, Seutes.

—No me dé las gracias. Coma.

Comí. Estaba caliente y salado, y me supo a gloria. Seutes, de pie a mi lado, bebía de su propio cuenco, mirando al fuego con aire pensativo. Cástor, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, afilaba un bisturí con una concentración absoluta. Fuera, muy lejos, seguía el canto.

— Yo fui gladiador —dijo Seutes de pronto.

—Lo sé.

— No lo sabe todo. —Se rascó la barriga—.

Fui gladiador diez años. En Perinto, en Filipópolis, en Capua.

Gané treinta y siete combates y perdí dos.

El último, fíjese, lo perdí a propósito.

Me tumbé y dejé que el otro me tocara el hombro con la espada, para que me dieran la libertad. Es una vergüenza, pero es lo que hice.

— No es una vergüenza.

—Lo es. Pero me dio treinta años más de vida. —Sonrió con tristeza—. Le cuento esto porque quiero decirle una cosa sobre el miedo.

—Dime.

— Antes de cada combate, yo vomitaba. Siempre.

Por muy veterano que fuera. Me metía en el vestuario del anfiteatro, me agachaba sobre un cubo y echaba todo lo que había comido.

Y el que mandaba, un viejo lanista de Capua, me decía: «Está bien. Es que tienes el caballo dentro».

Yo no entendía. Y él me explicaba: «El miedo es un caballo. Hay quien lo monta y hay quien lo arrastra. El que lo monta, va rápido y llega lejos. El que lo arrastra, se queda en el suelo, con los dientes llenos de polvo».

—Seutes bebió un trago—. Usted tiene el caballo, médico.

Todos lo tenemos. Lo único que importa es de qué lado de las riendas estamos.

Me quedé mirándolo. Aquel hombre barrigudo, bebedor, de manos firmes y lengua suelta, que llevaba tres meses preparándome las gachas y soportando mis rarezas, acababa de decirme lo más sabio que había oído en toda la campaña.

— Gracias, Seutes —dije otra vez.

—Deje de dar gracias —refunfuñó—. Parece usted un cura.

Cástor levantó la cabeza, nos miró, y sonrió.

No sé cómo se enteró de lo que habíamos dicho.

Quizá fue la entonación de nuestros rostros.

Quizá fue el calor del brasero. Pero se levantó, vino hacia mí, y apoyó por un instante la frente contra mi hombro, un gesto breve y torpe, el más cálido que me habían hecho jamás.

Después volvió a su sitio y siguió afilando.

Teudas vino a verme poco después, cuando Seutes se había quedado dormido sobre un fardo de vendas y Cástor repasaba por tercera vez los frascos de adormidera.

Entró sin hacer ruido, con las manos escondidas en las mangas y los hombros algo encogidos, como si el frío de la noche le hubiera calado hasta el alma. Llevaba en el rostro una expresión que le había visto en la carreta de Ansila: la de quien ha hablado demasiado tiempo con los muertos.

— ¿Puedo hablar contigo, médico?

—Siempre.

Nos apartamos hasta el borde del claro de sauces, junto al río, donde el rumor del agua cubría nuestras voces. La luna, ya alta, rielaba sobre la corriente. En el este, más lejos que nunca y más cerca que nunca, el canto de los godos subía y bajaba.

— Mañana habrá prisioneros —dijo Teudas.

—Es probable.

— Y heridos. Muchos. Godos, quiero decir. Los que caigan en la Hoz y no mueran enseguida. Los que se rindan. —Se quedó callado un momento—. Los nuestros los rematarán.

—No si yo puedo evitarlo.

— No podrás evitarlo. —Su voz era seca, sin reproche—.

Es lo que se hace. En el calor del combate, los soldados no distinguen entre un hombre que se rinde y otro que sigue luchando.

Y después, cuando el calor pasa, los oficiales miran hacia otro lado.

Yo he visto cómo se hace. De niño lo vi desde el otro lado, cuando los godos tomaron mi aldea.

Y de hombre lo he visto desde este. Es igual.

— ¿Qué me pides?

Teudas se volvió hacia mí. A la luz de la luna, su rostro era una máscara pálida, con los ojos hundidos.

— Pido que me dejes ir con los soldados que recojan a los prisioneros. Con un trapo blanco. Que me dejes decirles, en su idioma, que quien deje las armas vivirá. Que el emperador lo ha ordenado. —Hizo una pausa—. No puedo prometerlo en nombre del emperador. Pero tú puedes pedírselo.

Pensé en Claudio. Pensé en lo que le había oído decir, en la noche de Singidunum, sobre la sangre que cada decisión cuesta.

Pensé en Aurelio Casiano, con su látigo y su mirada de buey.

Pensé en cuarenta mil hombres que, en menos de un día, habrían visto morir a sus compañeros, y en cómo la furia convierte a los hombres en bestias.

— Se lo pediré —dije—. Esta misma noche.

—No te dará una orden por escrito. No podrá.

— No la necesito. Si dice que sí, lo dirá delante de testigos. —Le puse una mano en el hombro—. Y además tienes mi palabra de que haré cuanto esté en mi mano. Tendremos una tienda aparte para los heridos godos. Con agua, vendas, adormidera. Con un cirujano de verdad. Contigo de intérprete.

Teudas bajó la cabeza. Se quedó callado tanto rato que pensé que no iba a decir más. Después, con una voz muy baja, casi inaudible, murmuró algo en gótico.

—¿Qué dices?

— Es una oración —respondió—. Mi madre me la enseñó. Dice: «Que quien llegue a la orilla encuentre una mano». —Alzó la vista—. No sé si es para ellos o para nosotros. Quizá para los dos.

Nos quedamos un rato juntos, mirando el río, sin decir nada. Al cabo, Teudas se marchó con paso lento, hacia la tienda de los intérpretes. Yo me quedé con la sensación de haber sellado un pacto cuyo alcance no entendía del todo.

Filón me encontró repasando por última vez el inventario de instrumentos, bajo la luz de una lámpara colgada de un poste.

Había vuelto a su aire de viejo desabrido.

Entró en la tienda con las manos a la espalda, miró a su alrededor, frunció el ceño ante una hilera de bisturíes que le pareció mal ordenada, la corrigió con dos movimientos secos, y después, sin decir una palabra, sacó algo de debajo del manto y lo dejó sobre la mesa.

Era un estuche de cuero oscuro, gastado por el uso. Lo abrí. Dentro, sobre un lecho de lino, descansaba un bisturí.

No era un instrumento ordinario. Tenía el mango de hueso, tallado en forma de serpiente enroscada, y la hoja, de acero fino, estrecha y ligeramente curva, brillaba con un fulgor que solo se obtiene con décadas de afilado.

El hueso estaba amarillento y pulido por el contacto de una mano, hasta tener la suavidad de un guijarro de río.

En la base de la hoja había una marca casi borrada: un caduceo con las iniciales «A. C.» .

— Era de mi maestro —dijo Filón sin mirarme—.

Aulo Cornelio. De Agrigento. Un hombre terrible.

Pegaba a sus discípulos con una vara de olivo y era el mejor cirujano que he conocido en mi vida.

Me lo dio al morir, hace treinta y cinco años.

Dijo que era para el discípulo que lo mereciera.

Yo he tenido seis discípulos. Ninguno lo merecía.

—Filón…

— Calla. —Alzó una mano—. Mañana vas a operar más que en toda tu vida.

Y no es bueno que un hombre trabaje con instrumentos que no ha heredado.

Los herederos cortan mejor. — Hizo una pausa, y su voz se volvió casi áspera—.

Tú me dijiste, el primer día, que tenías un maestro y que había muerto.

Pues bien: cuando mueras tú, que tengas un discípulo a quien dárselo. Y mientras tanto, úsalo.

—No puedo aceptarlo.

— Claro que puedes. —Se encogió de hombros—.

Yo no lo necesito. Mis manos ya no tienen la firmeza de antes.

Corto lo que corto por memoria, no por pulso.

—Me miró de frente, por primera vez en toda la noche—.

Quiero que lo uses tú. Quiero que ese bisturí salve la pierna de algún muchacho.

Y si algún día te preguntan de dónde lo sacaste, di que es de un viejo siciliano que se murió de gruñón.

Cogí el estuche con las dos manos. Pesaba muy poco.