CAPÍTULO 4 LA VÍSPERA DE LA BATALLA #2
Parecía inmóvil. Pero al cabo de unos instantes noté que se movía, con esa lentitud geológica de las cosas muy grandes: carros, caballos, lanzas, hombres, miles y miles de hombres, avanzando en una masa compacta y ondulante.
Era un mar. Un mar humano.
Valerio, a mi lado, murmuró algo en su dialecto de montaña. —¿Cuántos? —susurré.
— No lo sé. Ya no se cuentan. —Hizo una pausa—. Mis exploradores dicen que desde el amanecer vienen pasando por el vado de Mediana sin interrupción. Y todavía no ha pasado la mitad.
El sol se ocultó detrás de las colinas del oeste, y el cielo se tiñó de un rojo de hierro.
En aquel momento empezaron a encenderse las hogueras del campamento godo.
Una, diez, cien, mil. Se encendían de lado a lado del valle, formando una constelación terrestre tan vasta que me hizo pensar en un cielo caído.
Los puntos de fuego se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Eran las hogueras de una nación.
— Dios mío —murmuré, sin saber a qué dios hablaba. Entonces oí el canto.
Llegó con el viento, apenas audible al principio, como un rumor lejano de mar.
Después fue creciendo, a medida que una voz se unía a otra, y a otra, hasta que todo el valle pareció vibrar con él.
Era un canto lento, grave, de muchas voces, sin instrumentos, con una melodía sencilla que se repetía y se repetía en olas sucesivas.
No tenía nada de marcial. Era un lamento.
—Teudas —dijo Valerio, volviendo la cabeza.
El liberto, que había subido con nosotros, estaba tendido a mi derecha, con la barbilla sobre las manos. No contestó de inmediato. Escuchó largo rato. Cuando habló, su voz era áspera.
— Cantan a sus muertos —dijo—. Es la víspera. Los jefes recitan los nombres de los caídos desde el Danubio, uno por uno, y todos responden. Dicen que mañana, antes de que se ponga el sol, se reunirán con ellos.
— ¿Eso dicen?
—Es el canto de los que ya no esperan volver. Lo cantan antes de las grandes batallas. —Se pasó una mano por los ojos—. Mi madre lo cantaba. Cuando yo era niño.
Nadie dijo nada. Me quedé mirando aquel mar de fuegos, escuchando aquel lamento, con la sensación extraña de ser el testigo de algo sagrado.
Y pensé que, a menos de una legua de distancia, otros miles de hombres, tan asustados como nosotros, tan cansados, tan aferrados a sus familias y a sus muertos, estaban haciendo exactamente lo mismo que nuestros soldados: afilar sus armas, rezar a sus dioses, despedirse de sus madres.
Y que al día siguiente, los unos y los otros, se matarían. —Vámonos —dijo Valerio con la voz quebrada—. No hay nada más que ver.
Volví a mi puesto con la última luz, y la tienda del hospital, que dos horas antes era un recinto vacío y ordenado, se había convertido en un lugar de peregrinación.
No sé cómo se corrió la voz. Quizá fue Seutes, que no sabía guardar un secreto ni aunque le fuera la vida en ello; quizá fue Arrio, el veterano canoso, que hablaba por todos.
El hecho es que, al anochecer de la víspera, empezaron a llegar soldados de todas las cohortes.
No venían heridos ni enfermos. No tenían nada que curar.
Se acercaban uno a uno, en la penumbra, con el casco bajo el brazo y los ojos fijos en el suelo, y se quedaban junto a la entrada, sin atreverse a pasar, hasta que yo les hacía una seña.
Entonces entraban, se sentaban en un banco, y me pedían algo.
Algunos querían amuletos. Les di lo que tenía: unos trozos de coral que llevaba para las heridas del vientre, un frasco de aceite de rosas, un puñado de semillas de eneldo.
Otros querían que les leyera la suerte en el pulso, y yo, que no creía en esas cosas, les tomaba la muñeca y les decía que su corazón latía con fuerza y que eso era buen signo, y se marchaban satisfechos.
Otros, simplemente, querían hablar. Me contaron de sus pueblos, de sus mujeres, de sus hijos pequeños, de un caballo que murió, de una cosecha que se perdió. Yo escuchaba. No sabía hacer otra cosa.
Hacia la segunda hora de la noche entró un muchacho al que reconocí de inmediato.
Era alto y flaco, de unos veinte años, con una cicatriz rosada que le cruzaba el labio superior y le torcía levemente la sonrisa, y que yo había cosido con mis propias manos tres meses atrás, en una tienda a la luz de las antorchas.
Se detuvo en la entrada, con el casco entre las manos, y me miró con una expresión que no supe interpretar.
—Médico —dijo.
—Ticio Fabio —respondí, y me sorprendió que el nombre me saliera tan fácilmente—. De Mutina.
— Se acuerda.
—Me acuerdo de todos.
Pasó un instante de silencio incómodo. Ticio Fabio tragó saliva.
—Quería… — Se pasó la lengua por la cicatriz, en un gesto involuntario—. Quería pedirle un favor. No sé si… después de lo de Singidunum, de lo que le dije…
—No me debes disculpas.
— Sí se las debo. —Alzó los ojos. Eran oscuros, grandes, con una expresión de desamparo infantil que no cuadraba con su uniforme—. Me dijo que usted no ordenó el castigo. Y era verdad. Lo supe después. Fue el prefecto. Pero yo estaba tan furioso que… —Se detuvo—. Eso no es lo que he venido a decir.
—Entonces dime qué has venido a decir.
Ticio Fabio se frotó la cara con las manos.
— No sé escribir —murmuró—. Quiero escribir una carta. A mi madre. Y no sé escribir. Y los otros… los otros tampoco. Y los escribas del campamento están con los oficiales. Y pensé… — Hizo un gesto torpe—. Pensé que usted sabía.
Creo que fue la frase más hermosa que me han dicho en mi vida. —Siéntate —dije.
Se sentó en el banco, con las rodillas separadas y las manos colgando entre ellas, como un niño en la escuela. Cogí una hoja de papiro limpia del botiquín, un cálamo, un frasco de tinta. Seutes, desde un rincón, fingía revisar vendas con una atención extraordinaria.
—Dime cómo se llama tu madre.
—Antonia. Antonia Fabia. Vive en Mutina, en el barrio de los curtidores, junto a la puerta norte. Es viuda. Tiene una cabra. —¿Una cabra?
—Se llama Rosa. —Sonrió, y la cicatriz le torció la boca de un modo conmovedor—. Es una cabra muy mala.
Empecé a escribir. «Ticio Fabio saluda a su madre Antonia».
Él dictaba despacio, con pausas largas, buscando las palabras como quien rebusca en un cofre viejo.
Le sugería alguna frase cuando se atascaba, pero casi siempre prefería las suyas, torpes y exactas.
Le dijo a su madre que estaba bien, que comía, que dormía, que no pasaba frío.
Le contó que había visto el Danubio, un río tan grande que parecía un mar con orillas.
Le dijo que no se preocupara por la paga, que se la mandaría en cuanto le dieran el donativo, que el emperador había prometido doblarlo.
Le pidió que vendiera la cabra si la necesitaba. Y que no la vendiera.
Después se quedó callado un largo rato.
—¿Quieres añadir algo más? —pregunté.
— Sí. —Se frotó las manos—. Dígale que… que perdone que no haya escrito antes. Que no es que no me acordara. Que no sabía cómo.
Lo escribí.
— Y dígale —prosiguió con la voz quebrada— que si pasa algo… que si mañana… Que no tiene que llorar mucho. Que fui feliz. Que lo de Singidunum no fue nada. Que el médico me cosió el labio muy bien y que ni se nota.
Se me nubló la vista. Dejé el cálamo.
—No lo escribo —dije.
—¿Por qué?
— Porque tú mismo se lo vas a contar cuando vuelvas. —Le puse la mano en el hombro—. La carta es para que sepa que estás bien. Lo demás se lo dirás en persona.
Ticio Fabio me miró durante un largo instante, con los ojos muy abiertos. Después asintió, despacio, con una gravedad de viejo. —Está bien —dijo—. Pero guárdela usted. Si… si yo no vuelvo, mándela.
—Lo haré.
Selló el papiro con un poco de cera, apretó el pulgar sobre ella y me tendió el rollo.
Escribí en el exterior, con letras grandes, la dirección que me dictó.
Después le hice una seña a Seutes, que le sirvió un cuenco de vino aguado con miel, y él lo bebió de un trago, con los ojos húmedos, y se levantó.
— Gracias, médico.
—Gracias a ti.
—Por el labio.
—Por la carta.
Se rio, brevemente. Se puso el casco, se cuadró torpemente, con un taconazo que sonó ridículo en la tierra blanda, y salió de la tienda sin volver la vista.
Yo me quedé mirando el rollo sellado que tenía en las manos.
Después lo guardé en el fondo del botiquín, junto a la tablilla.
Con ese rollo, aquella tablilla ya no era la única cosa que no podía perder.
El segundo visitante llegó casi a medianoche, cuando ya apenas quedaban soldados en el exterior y el campamento se había sumido en un silencio denso, hecho de miles de respiraciones contenidas.
Reconocí su andar antes de verle la cara: un paso largo y cansado, de hombre que ha caminado mucho, con una ligera cojera en la pierna derecha.
Era Marco Septimio Fusco, el antiguo centurión de la cuarta cohorte.
Llevaba el uniforme de soldado raso, sin las condecoraciones ni el penacho que había lucido durante veinte años, y el casco liso, sin cresta.
Tenía la espalda un poco encorvada, como si todavía cargara el peso de los diez latigazos.
Pero levantó la cabeza al entrar, y vi que el rostro era el mismo: un rostro cuadrado y honrado de viejo soldado, de ojos pequeños y grises, con una dignidad a prueba de humillaciones.
— Médico —dijo.
—Fusco.
—¿Puedo sentarme?
—Siéntese.
Se sentó en el mismo banco donde había estado Ticio Fabio, con las manos apoyadas en las rodillas y los ojos fijos en el suelo. Pasó un buen rato sin hablar. Fuera, a lo lejos, el canto de los godos seguía subiendo y bajando como una marea.
— Nunca le di las gracias —dijo por fin.
—No tiene nada que agradecerme.
—Sí. Me salvó la vida. Aurelio Casiano me habría ahorcado. —Fue el emperador quien lo decidió.
—Pero usted corrió a buscarlo. —Alzó los ojos—. No lo olvido.
No supe qué contestar. Fusco me miró un instante más, y luego, con un movimiento brusco, como quien se arranca un clavo, habló.
—Tengo miedo.
Lo dijo en voz baja, sin dramatismo, con una sencillez que me desarmó.
— Mañana estaré en primera línea. Se lo pedí al legado.
Quise volver a la línea de combate, a la cuarta cohorte, aunque fuera como soldado raso.
Quería… —Se detuvo—. Quería demostrar algo.
No sé a quién. Pero ahora… —Se pasó la mano por la cara—.
Veintidós años de servicio. Doce batallas.