CAPÍTULO 4 LA VÍSPERA DE LA BATALLA
La Hoz, a dos leguas de Naissus, principios de septiembre del año 269 d. C.
Una batalla comienza mucho antes de que suenen las trompetas.
Comienza en la mente de los hombres, tres o cuatro días antes, cuando el aire del campamento cambia de textura y cada gesto cotidiano se carga de una gravedad que antes no tenía.
Los soldados afilan las espadas con una concentración casi religiosa.
Los cocineros preparan raciones dobles sin que nadie lo pida.
Los herreros trabajan de noche. Los hombres hablan menos, o hablan más, pero siempre de otra manera, con un exceso de bromas o un exceso de silencio, y cuando se cruzan con un oficial, lo miran un instante más de lo necesario, como si quisieran fijar su cara para el recuerdo.
Yo conocía los síntomas porque los había visto en Benaco, pero nunca los había sentido desde dentro. Y aquellos tres días, entre el consejo de guerra y la víspera, los viví con la lucidez extraña de quien sabe que está a punto de ser útil de la peor manera posible.
Mi trabajo, en esas horas, se redujo a una sola tarea: prepararme para recibir a miles de heridos.
Reuní a los cirujanos del ejército a la mañana siguiente del consejo, en una explanada junto al hospital.
Eran veintiocho. Había griegos y sirios, itálicos y galos, jóvenes recién salidos de las escuelas de Roma y viejos de manos trémulas que habían amputado miembros desde los tiempos de Alejandro Severo.
Filón, a mi lado, con los brazos cruzados y expresión neutra, ejercía de garante silencioso.
Les expliqué el sistema de las telas, de los tres puestos, de los cuatro colores.
Les hablé con la voz firme, aunque por dentro me temblaba todo, y vi cómo se miraban entre ellos, cómo algunos fruncían el ceño, cómo uno de los más viejos murmuraba algo en siríaco que no entendí pero cuyo tono no necesitaba traducción.
— Es inhumano —dijo al fin un galo corpulento, de barba pelirroja, que había estudiado en Lugdunum—. Dejar morir a un hombre porque tiene la herida demasiado grave.
—No lo dejamos morir —respondí—. Lo acompañamos. Y le damos a otro la oportunidad de vivir.
—Es lo mismo.
— No lo es. Si tenéis un solo cirujano y diez hombres, y cuatro de ellos se salvan si los operáis de inmediato y seis no se salvarán hagáis lo que hagáis, ¿a quién operáis primero?
El galo no respondió.
— Pues eso es lo que hacemos mañana —dije—. Con una diferencia: que mañana no serán diez hombres. Serán diez mil. Y no habrá tiempo para dudar.
Nadie replicó. El viejo sirio, el que había murmurado, se levantó despacio, con las manos temblándole, y cogió del suelo un trozo de tela negra que yo había dejado sobre un banco. Lo miró largo rato. Después se lo guardó en el cinturón sin decir palabra.
Pasamos dos días enteros ensayando. Hice construir con sacos de paja y trapos una docena de muñecos a tamaño natural, con heridas pintadas con barro rojo y negro en el pecho, el vientre, los muslos, el cráneo.
Los cirujanos los examinaron por turnos, bajo la mirada de Filón, que cronometraba con una clepsidra de bolsillo, y eligieron colores.
Se equivocaron mucho al principio. Al final del segundo día, cuando por fin acertaban con rapidez y seguridad, descubrí que no me alegraba.
Había algo obsceno en aquella eficacia, en la facilidad con que un hombre aprende a repartir la vida y la muerte con trozos de tela.
Preparamos los suministros con la pulcritud de un tratado.
Calculé, según los cálculos de Filón y de los intendentes, que necesitaríamos tres mil vendas de lino por puesto, que cocimos en grandes calderos con vinagre y secamos al sol.
Doscientos odres de agua hervida. Cuarenta jarras de vinagre.
Veinte de miel. Diez de vino fuerte. Quince libras de mirra y otro tanto de incienso.
Cuatro cestos de hilas. Hilo de lino y de tripa de oveja para suturar, en madejas del tamaño de un puño.
Setenta y dos bisturíes de bronce y de hierro, afilados hasta la transparencia por Seutes, que se los pasaba sobre una piedra mojada con aceite con una concentración de artesano.
Diez sierras de hueso. Veinte tenazas. Quince ganchos para extraer puntas de flecha, y las llamadas cucharas de Diocles, que había aprendido a usar en Alejandría y que enseñé a manejar a los más jóvenes.
Doce hierros de cauterizar, que se calentarían en braseros al borde de cada tienda.
Y adormidera, mucha adormidera, en forma de jugo espeso y oscuro que guardé en frascos de cristal y repartí a razón de diez por puesto, bajo la custodia de un guardia armado.
Cástor y Seutes se encargaron de los calderos. Los capsarios, de las camillas. Teudas, que se había presentado voluntario sin que nadie se lo pidiera, de los soldados godos que cayeran prisioneros o heridos y que habría que atender. Valerio Máximo y sus jinetes, de la vigilancia de los puestos.
Y yo, de todo lo demás.
El ejército se trasladó a sus posiciones durante la noche anterior a la víspera.
Fue una operación delicada, que Claudio había planeado con una precisión que casi me asustó.
Había que mover cuarenta mil hombres hacia el este, a lo largo de dos leguas, hasta la Hoz, sin que los exploradores godos se enteraran de cuántos éramos ni de dónde nos colocábamos.
Hubo órdenes de marcha en silencio, sin trompetas, sin toques.
Los carros, con las ruedas envueltas en trapos, avanzaron por caminos secundarios.
Los hombres marcharon a oscuras, tropezando, murmurando blasfemias en voz baja, con los escudos cubiertos de tela.
Al amanecer, cuando se alzó la bruma sobre los campos, el campamento de Naissus estaba vacío y los romanos habían desaparecido como si la tierra se los hubiera tragado.
Llegué a las nuevas posiciones con el sol alto, a lomos de Teón, el caballo castaño que me había regalado Claudio y que, según Seutes, empezaba a parecerse a mí en la mirada de reproche.
Nunca olvidaré la Hoz.
Era un valle de unos dos mil pasos de largo, encajonado entre dos cadenas de colinas boscosas que se acercaban poco a poco, como dos manos a punto de unirse.
Por el centro corría el Nisava, claro y rápido, entre sauces y espadañas, y a ambos lados se extendían vegas húmedas de hierba alta y espinos, donde los pastores de la zona llevaban antiguamente a pacer los rebaños.
En el extremo occidental, donde el valle se ensanchaba hacia la llanura de Naissus, se alzaba una pequeña loma desnuda, pelada como una calva, que los lugareños llamaban la Loma Pelada.
Y al norte, sobre la cadena de colinas, una cima redondeada, cubierta de robles y de castaños, que dominaba el valle entero: la Colina del Cuervo.
Eran lugares tranquilos, hermosos. La luz de septiembre los doraba con una suavidad casi dolorosa. Había mariposas sobre las flores de achicoria. Una cigüeña volaba despacio sobre el río. Me costaba creer que al día siguiente aquel sitio sería un matadero.
Las legiones se desplegaron en el extremo oeste de la Hoz, justo donde el valle se abría, en una larga línea compacta y bien visible, con las águilas al sol y los estandartes ondeando.
Cuatro legiones, que desde lejos debían de parecer todo el ejército romano.
Los carros del tren, con aparente descuido, se quedaron detrás, como un campamento de campaña improvisado.
Se encendieron fuegos. Se colgaron colchas, mantas y camisas a secar, para que a los exploradores enemigos les pareciera una vida normal.
Los centuriones dieron órdenes en voz alta.
Alguien tocó una trompeta, desafinando. Era una pantomima perfecta.
Detrás de la Loma Pelada, a salvo de miradas, se ocultaron las dos legiones de reserva.
En las laderas boscosas del norte y del sur, entre los árboles, desaparecieron los arqueros y los honderos.
Y tras la Colina del Cuervo, a un cuarto de legua del extremo oriental, en un bosque de hayas donde ningún explorador godo podría encontrarlos sin tropezar con una espada, se ocultó la caballería iliria.
Sin fuegos. Sin ruidos. Sin cantos. Cuatro mil hombres y cuatro mil caballos, inmóviles bajo las ramas, con los hocicos envueltos en trapos mojados para que no relincharan.
Instalé los puestos de heridos a trescientos pasos detrás de la línea, en tres puntos distintos, en el lugar que la topografía me permitía: una pequeña hondonada entre dos lomas en el ala izquierda, una vaguada seca en la derecha y, en el centro, junto al río,
un claro de sauces donde los zapadores habían levantado tiendas de lona doble, con suelo de tablas y camastros alineados.
Mi puesto. Colgué sobre la entrada un trapo rojo, como señal.
Cástor, que lo había cosido con unas puntadas torcidas pero firmes, se quedó mirándolo con las manos en jarras, satisfecho, y a Seutes se le escapó una lágrima que se apresuró a enjugarse con el dorso de la mano, como si fuera sudor.
— El sitio es bueno —dijo Filón, que había venido a inspeccionar—. Los vientos del oeste traerán el humo de las hogueras lejos de aquí. Y el río está cerca, para el agua.
—Y para lavar.
—Para lavar. —Miró el cielo—. Tendremos buen tiempo. Es una lástima.
—¿Por qué?
—Porque con lluvia los hombres mueren más despacio. — Escupió a un lado—. No me hagas caso. Soy un viejo gruñón. Nos quedamos un rato callados, mirando cómo los últimos carros se acomodaban junto a las tiendas.
Al caer la tarde, Valerio Máximo vino a buscarme.
—Quiero que vea algo, médico —dijo—. Y que lo vea antes de que anochezca. Conviene que sepa a qué nos enfrentamos.
Subimos a caballo por un sendero de pastores hasta la cima de una loma, en la ladera norte, donde un destacamento de exploradores ilirios, tendidos entre los matorrales, vigilaba el valle.
Desmontamos y nos acercamos arrastrándonos sobre la hierba seca, con el corazón latiéndome contra el suelo.
Valerio señaló hacia el este con la barbilla.
— Mire.
Me asomé entre dos matas de enebro.
Al principio no vi nada. El valle del Nisava, hacia el este, se perdía en una bruma dorada, a la luz oblicua del sol poniente.
Después la bruma fue aclarándose, y empecé a distinguir una forma oscura, enorme, que se extendía de lado a lado del horizonte, ocupando toda la anchura del valle, como una mancha de aceite sobre el agua.