CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA #6
Y Claudio escuchaba, con la cabeza ligeramente inclinada, sin interrumpir, como había escuchado a los heridos en el hospital de Mediolanum.
Cuando terminé, estuvo callado un largo rato.
—Tengo una pregunta —dijo al fin, muy bajo—. ¿Cuánto le quedaba a mi hijo?
No esperaba aquello. Me quedé sin palabras.
— Tu madre —prosiguió Claudio con una calma extraña— sabía cuánto le quedaba a cada uno. Tú tienes su ojo. Quiero que me lo digas. Si hubieras estado allí, aquella noche, en Sirmium, con él. ¿Habrías podido salvarlo?
Pensé en mentir. Fue un impulso breve, una tentación de ternura. Pero recordé las palabras de Galieno moribundo: «Siempre he preferido a los hombres que no mienten», y supe que tampoco aquel hombre habría soportado una mentira.
— No lo sé, augusto —dije—. Quizá. Si lo hubieran traído a tiempo, si le hubieran dado agua con vinagre y miel, si no hubiera bebido tanto de aquel pozo…
Quizá. Los niños mueren muy deprisa, porque tienen poca agua dentro, y la pierden enseguida.
A veces se salvan si se llega antes del segundo día. A veces no. No hay manera de saberlo.
Claudio asintió despacio.
—Gracias —dijo—. Es lo que me dijo el médico entonces. Pero no le creí. Los médicos mienten por piedad. —Me miró—. Tú no.
— Prefiero no hacerlo.
—Lo sé. Por eso estás aquí.
Se quedó mirándome un instante más, y luego volvió a la mesa. Cogió el mendrugo de pan, lo partió en dos con sus manos enormes y me ofreció la mitad. Lo acepté. Comimos en silencio, a la luz de la lámpara, mirando el mapa donde, dentro de unas horas, iban a morir decenas de miles de hombres.
— Tengo una tablilla —dije de pronto.
—¿Qué tablilla?
La saqué del manto y se la tendí. La tomó con cuidado, sosteniéndola a la luz, y recorrió las líneas de letras con la mirada. Once nombres. Me pareció que sus labios se movían al leerlos.
—¿Qué es?
— Nombres de gente que no tendría quién los recordara. Mi maestro me enseñó a preguntarlos siempre. Es una costumbre. — Me encogí de hombros—. Me ayuda a no olvidar que no son cifras.
Claudio leyó la tablilla de nuevo, de principio a fin, muy despacio.
Se detuvo en un nombre, el quinto, que había escrito mi mano la noche en que me confió el suyo.
No dijo nada. Posó la yema del dedo sobre la cera, sobre aquel nombre, durante unos segundos, y luego me devolvió la tablilla con una gravedad infinita.
—Guárdala —dijo—. Y añade los que vengan. Mañana habrá muchos.
—Lo haré.
— Y cuando todo esto termine —prosiguió, con la voz más baja aún—, si estoy vivo, quiero que me leas la lista entera. Los nuestros y los suyos. Hasta el último.
—Lo haré, augusto.
—No me llames augusto esta noche. —Esbozó una sonrisa fatigada—. Esta noche soy un hombre que no puede dormir.
Se quedó callado. Me quedé a su lado. No sé cuánto tiempo pasó.
La lámpara fue consumiéndose, y la sombra de la mesa se alargó sobre el suelo de tablas.
Fuera, muy lejos, un cuerno tocó el cambio de guardia.
Claudio apoyó los codos en la mesa, hundió la cabeza entre las manos, y poco a poco, sin que ninguno de los dos lo notara, su respiración se hizo más lenta y más profunda.
Se había dormido.
Me levanté sin ruido. Cogí mi manto, que había dejado sobre el taburete, y emperador apoyada en el mapa, sobre el valle de la Hoz, entre la línea roja de sus legiones y la cuña negra de sus enemigos.
Apagué la lámpara con dos dedos. Quedó la penumbra del brasero, que lo teñía todo de un rojo suave, de ceniza viva.
Antes de salir, me quedé un momento mirándolo desde la puerta.
No sé qué esperaba ver. Un hombre dormido, nada más.
Un viejo lo extendí con cuidado sobre los hombros del de Roma, que roncaba levemente con la mejilla soldado de las montañas de Dardania, de cincuenta y cinco años, con la nariz rota, las manos callosas y una tos seca que no se curaba.
Un padre que había perdido a un hijo por un pozo.
Un jefe que había mandado leer en voz alta una orden sobre el agua hervida, y había sufrido las risas de miles de hombres sin
inmutarse.
Y comprendí, con la nitidez cruel de las cosas simples, lo que ninguno de los generales de aquella tienda parecía comprender del todo: que el hombre que dormía ante aquel mapa no cargaba con un ejército.
Cargaba con ocho mil nombres que aún no existían.
Con ciento cuarenta mil que quizá jamás serían escritos.
Con las madres de unos y de otros. Y que lo hacía sin quejarse, sin protestar, sin pedir a nadie que le aliviara el peso, porque no había nadie a quien pedírselo.
Salí. El viejo tracio de la guardia me miró.
—¿Ha comido?
—Ha comido.
—Gracias a los dioses.
Fuera, la noche era fresca y clara, y el cielo estaba lleno de estrellas.
A lo lejos, hacia la puerta norte, vi la silueta pequeña y apresurada de un hombre que cruzaba el campamento con un portafolios de cuero apretado contra el pecho.
Caminaba rápido, con la cabeza gacha, hacia las líneas de avanzada.
Pensé que sería uno de los mensajeros del emperador, que llevaba las últimas órdenes a los centinelas.
Pensé que era normal. Pensé que no tenía importancia.
Tardé mucho tiempo en preguntarme cuántas cosas sin importancia había visto aquella noche.