CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA #5
Me tendió la mano, y se la estreché. Estaba áspera y tibia, como un pan de campaña. Aquella noche, mientras recorría las fuentes, repetí el nombre en mi cabeza una y otra vez, para no perderlo: Sexto Arrio, veintidós años de servicio, ceja partida, sin nadie.
Ya había cerrado la noche cuando terminé la última ronda de las fuentes.
Quince fuentes, quince jaulas, quince pares de centinelas que me saludaron con un golpe de lanza contra el suelo.
Cástor me acompañaba, con la linterna en una mano y el cuenco de las gallinas en la otra.
Las aves dormían con la cabeza bajo el ala.
Los perros ladraron al vernos y se calmaron al reconocer el olor.
En la última fuente, la del flanco oriental, se dejó caer sobre un tronco, agotado, y le hice señas de que se fuera a dormir.
Se negó con un gesto terco. Insistí. Al final, con una mirada resignada, se encaminó hacia la tienda, y yo me quedé a solas, apoyado en el brocal, mirando el agua.
No sé cuánto tiempo estuve así. Había luna, una luna delgada y pálida que se reflejaba en el agua como una cuchilla.
A lo lejos, en el campamento, se oía el murmullo de miles de hombres que no dormían: el roce de las piedras de afilar, las voces apagadas, una canción dicha casi en un susurro, una risa, un llanto.
Era el sonido de la víspera. Lo reconocí de inmediato, aunque jamás lo había oído.
Es el sonido de los hombres que, sin decírselo, se despiden.
En el centro del campamento, la tienda del emperador seguía iluminada.
Fui hacia ella sin pensarlo, con el cuenco de agua de las gallinas en la mano, como un pretexto. Los guardias me conocían. Uno de ellos, un viejo tracio de bigote blanco, levantó la lanza para dejarme paso y murmuró: «Está solo. Lleva horas solo. Haga que coma algo, médico».
Aparté la lona.
Claudio estaba sentado ante la mesa, con el mapa extendido, bajo una lámpara de aceite que apenas alumbraba un círculo de madera y papel.
No había nadie más en la tienda. No había escribas, ni ordenanzas, ni guardias, ni esclavos.
Solo un hombre de cincuenta y cinco años, con el manto caído sobre los hombros y las manos apoyadas en el borde de la mesa, contemplando un trozo de pergamino con tinta azul y rayas de carbón.
Tenía delante un mendrugo de pan, intacto.
—Ah, alejandrino —dijo sin alzar la vista—. Entra. No hagas ruido; me vas a espantar los números.
— He venido a informar sobre las fuentes, augusto.
—¿Están limpias?
—Todas.
—Bien. —Asintió, ausente—. Siéntate.
Obedecí. Me senté en un taburete a su lado, a la luz de la lámpara, y miré el mapa.
La Hoz. Las colinas. La línea roja de las legiones, la mancha azul del río, la cuña negra de los godos.
Los números, escritos en los márgenes con una letra pequeña y pulcra: cuarenta mil, ciento cuarenta mil, cuatro mil jinetes, cuatro legiones en el centro.
Y debajo, en una columna aparte, una cifra subrayada dos veces: ocho mil.
—¿Qué es eso? —pregunté.
— Los muertos. —Claudio no apartó los ojos del mapa—. Mi estimación de los nuestros, si todo sale bien. Ocho mil. Si sale mal, veinte mil, o más. Si sale peor, ninguno, porque no quedará quien los cuente.
—Es una cifra.
— Sí. Es una cifra. —Se pasó una mano por la cara—.
¿Sabes qué es lo peor de las cifras, alejandrino?
Que cuando uno las escribe, parecen pequeñas.
Ocho mil. Se leen en un suspiro. Pero cada uno de esos ocho mil tiene una madre.
Y un nombre. Y yo estoy aquí, a medianoche, decidiendo quiénes serán, sin saber quiénes son.
— Hizo una pausa—. Es el único pecado del que no me puedo absolver.
Se quedó callado. Tosió. Fue una tos breve, seca, que atribuyó con un gesto al polvo del campamento.
—Tiene mala tos, augusto —dije.
—Es el polvo. —Desechó el asunto con la mano—. Todos los años me ocurre en esta época. No hay médico que lo cure.
Lo miré con atención. No tenía fiebre, o no la vi.
Los ojos, bajo la luz de la lámpara, brillaban normales, aunque algo rojos de fatiga.
La piel, grisácea, tenía el tono de quien lleva semanas sin dormir.
No encontré nada que justificara una alarma.
Lo anoté en la memoria, con esa vieja costumbre de médico, en el mismo rincón donde guardaba las cosas que no sabía si importaban, y lo dejé pasar.
Es uno de los errores que más me han pesado.
— Cuéntame algo —dijo Claudio de pronto.
—¿Qué?
— Lo que sea. De Alejandría. De tu maestro. De cualquier cosa que no sea esto. —Señaló el mapa con la barbilla—. Llevo doce horas mirando esta mesa y creo que ya no veo nada.
Le hablé de Alejandría. No sé por qué. Quizá porque estaba cansado, quizá porque aquella tienda, a medianoche, tenía algo de refugio.
Le hablé del Faro, de la luz que se encendía al caer la tarde, de las barcas de pescadores que parecían luciérnagas sobre el agua negra.
Le hablé de la Vía Canópica, de los mercados, de los viejos filósofos que discutían en los pórticos del Museo.
Le hablé de la higuera de Teón, de su cisterna de mármol, de la bodega y los trece escalones.
Le hablé de mi madre, que sabía cuánto le quedaba de vida a la gente con solo mirarla.