El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA #4
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CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA #4

Me sostuvo la mirada, y por primera vez vi algo en sus ojos que no era frialdad: era cansancio, un cansancio enorme y antiguo, el de quien lleva demasiado tiempo cargando con una decisión.

— Porque Galieno nos mataba despacio —dijo—.

Era un buen hombre, un hombre culto, un hombre justo según sus luces.

Y estaba dejando morir al imperio. Mientras él recitaba a Homero y hablaba con Plotino de ciudades filosóficas, las Galias se perdían, Palmira se alzaba, los godos saqueaban Atenas.

Cada día que seguía en el trono costaba diez mil vidas.

Alguien tenía que hacerlo. Yo no puse la lanza, médico.

Pero habría puesto la mano en el mango si me lo hubieran pedido. Y volvería a hacerlo.

El viento movía la lona de las tiendas. Lejos, una trompeta tocaba el silencio.

—¿Por qué me lo cuenta?

— Porque quiero que sepas de qué lado estoy.

—Se pasó una mano por el pelo corto—. Aurelio Casiano insinúa lo que insinúa porque le conviene.

Habla de lealtades porque no tiene otra cosa.

Pero yo, médico, no soy un traidor. Soy un asesino, si quieres llamarlo así, pero no soy un traidor.

No es lo mismo. Un asesino mata para salvar lo que cree que debe salvarse. Un traidor lo vende.

—Esa distinción —dije— debe de consolar mucho por las noches.

Aureliano soltó una risa seca, breve, que me sorprendió. —No duermo, médico. Como tú. Es lo único que tenemos en común.

Dio media vuelta, como para marcharse, y de pronto se detuvo.

— Hay algo más. Lo del oro. —Hablaba ahora más bajo, sin volverse—.

Lo que contaste en la tienda del emperador.

El Mercader. Las monedas nuevas. Si alguien está pagando a los godos con oro de Ticinum para que envenenen los pozos de Claudio, no soy yo.

Yo no tengo oro, médico. Tengo caballos.

— Giró la cabeza, y en el último resplandor del día vi un perfil duro, casi sin rasgos—.

Pero me conviene que averigües quién es.

Y si necesitas hombres de confianza, jinetes que sepan callar, cuenta con mis ilirios. No te preguntarán nada.

—Se lo agradezco.

— No lo agradezcas. Es un cálculo. —Hizo una pausa—. Y otra cosa: cuidado con Aurelio Casiano. Su lealtad es una soga con dos extremos. Hoy te sirve para trepar. Mañana, para ahorcarte.

Se alejó con paso largo y silencioso entre las tiendas, y su silueta se fundió con las sombras del campamento.

Yo me quedé inmóvil, con las manos frías, con la sensación de haber estado hablando durante media hora con un hombre al que no volvería a ver de la misma manera.

Había confesado un crimen sin pedir perdón y ofrecido una alianza sin pedir confianza.

No sabía si era el hombre más honesto del imperio o el más peligroso.

Años después comprendí que era las dos cosas.

Las órdenes selladas se repartieron aquella noche.

Lo vi desde la puerta de mi tienda, mientras Seutes servía las gachas.

Hermeros, el secretario, cruzaba el campamento con un portafolios de cuero apretado contra el pecho, escoltado por dos guardias de la guardia imperial, deteniéndose ante cada tienda de mando para entregar un rollo atado con cordel rojo y lacrado con el anillo del emperador.

Los entregaba sin una palabra, con una inclinación de cabeza, y pasaba a la siguiente.

Entró primero en la tienda de Aureliano, y salió a los pocos minutos.

Después en la de Aurelio Casiano, donde se demoró más.

Después en las de Rufino y Sabino. Cuando pasó junto a mí, camino de las lindes del campamento, me dedicó una sonrisa pequeña y amable, la sonrisa de un hombre al que nadie ve.

—Buenas noches, médico —dijo con voz suave.

—Buenas noches, Hermeros.

No volví a pensar en él durante horas. Quizá debería haberlo hecho.

No me dieron orden alguna. Nadie me había dicho nada del lugar donde estaría yo durante la batalla, ni de lo que haría, ni de a quién obedecería. Pero no la necesitaba. Sabía perfectamente dónde me correspondía estar. Estaría donde llegaran los heridos.

Fue Filón quien vino a buscarme.

Apareció a la hora de la cena, con su paso rápido y su rostro de pájaro, y se plantó ante mí con los brazos en jarras, sin saludar.

— ¿Has pensado cómo vas a organizar la matanza? —preguntó. —Estaba esperando que vinieras a ayudarme a pensarlo.

— Lo sé. —Se sentó en un barril, sin esperar invitación—.

Escucha, griego. Llevo cuarenta años cosiendo soldados.

He estado en seis campañas y once batallas grandes.

Y te voy a decir lo que he aprendido: que en una batalla se mueren más hombres por una mala organización del hospital que por las espadas del enemigo.

Los heridos llegan todos a la vez. Los cirujanos no dan abasto.

Los que tienen una herida mortal ocupan el sitio de los que pueden salvarse.

Y cuando termina la noche, la mitad de los que habrían vivido se han muerto desangrados esperando turno.

— Lo sé.

—Entonces ¿qué vas a hacer?

Había estado pensándolo desde el consejo. Abrí un rollo de papiro y lo extendí sobre la mesa, bajo la lámpara.

—Tres puestos —dije—. Uno detrás de cada ala y uno en el centro, a trescientos pasos de la línea.

No más cerca, para que las flechas perdidas no lleguen; no más lejos, para que un herido pueda llegar a pie.

Cada puesto tendrá cuatro cirujanos, ocho capsarios, doce porteadores de camilla y agua hervida en abundancia.

Y cada puesto tendrá a la entrada una persona con autoridad para decidir quién pasa primero.

—¿Y quién será esa persona?

—Un médico. Yo, en el centro. Tú, en el ala izquierda. Y alguien de confianza en la derecha.

Filón frunció el ceño.

—¿Con qué criterio decide?

— Con el más simple. —Cogí cuatro trozos de tela que había preparado, uno verde, uno amarillo, uno rojo y uno negro—.

Los heridos que llegan se examinan en medio minuto, no más.

Los que tienen una herida que puede esperar, un corte superficial, un hueso roto sin hemorragia, reciben tela verde y esperan.

Los que necesitan cirugía pero pueden aguantar una hora, tela amarilla.

Los que se desangran, los que tienen una herida de vientre o un miembro aplastado, que se salvan si se les atiende ya, tela roja, y pasan primero.

—Levanté la tela negra—. Y los que no tienen salvación, los que tienen el cráneo abierto o el pecho destrozado, tela negra.

A esos no se les opera. Se les da adormidera, se les sostiene la mano y se les deja morir en paz.

Cada minuto que gastemos en un hombre perdido es un minuto robado a un hombre que podríamos salvar.

Filón no dijo nada durante un largo rato. Me observó con los ojos entornados, y vi en ellos una especie de respeto horrorizado. —Es cruel —murmuró.

—Es la única manera.

— Lo sé. —Se pasó una mano por la cara—. Yo lo hago así desde hace treinta años, sin colores. Nunca se me ocurrió ponerles trapos. —Resopló—. Pero tendrás que mandarlo tú. Si lo mando yo, los soldados no me lo perdonarán. Mejor que te odien a ti, que eres griego y extranjero.

—Gracias por la consideración.

— No hay de qué. —Se levantó—. Mañana por la mañana reuniré a todos los cirujanos. Les explicarás lo de las telas. Y rezaremos, cada uno a su dios, para que no se cumpla el plan del emperador.

—¿Por qué?

— Porque si se cumple, tendremos tantos muertos que ni todas las telas del imperio bastarán. —Me miró, y por un instante vi en su rostro de ave rapaz una vejez que antes no le había notado—. Buenas noches, discípulo de nadie.

Era la primera vez que me llamaba por algo que no era mi nacionalidad. Lo vi alejarse entre las hogueras, con sus hombros estrechos y su andar nervioso, y pensé que, a pesar de todo, aquel viejo siciliano de lengua afilada era uno de los pocos hombres del ejército a quienes habría confiado mi vida.

Al salir del hospital me encontré con un grupo de soldados que me esperaban junto a una hoguera.

Eran seis, de la cuarta cohorte, sentados en cuclillas alrededor de las brasas, con los cascos a un lado y los escudos apoyados contra un carro.

Al frente de ellos, con las manos tendidas hacia el fuego, estaba el veterano canoso que me había ofrecido su cantimplora a la salida de la Tienda de los Condenados.

Se llamaba Sexto Arrio, y tenía un rostro de cuero viejo cruzado por una cicatriz que le partía la ceja.

— Aqueo —dijo, sin levantarse—. Ven a sentarte un momento. Me senté. Alguien me pasó un trozo de pan con cebolla, que acepté.

— Corre un rumor por el campamento —dijo Arrio—. Dicen que has pedido al emperador que nos prohíba tocar los carros godos después de la batalla.

—Es cierto.

—Diez días. —Escupió en el fuego—. Diez días mirando oro sin poder tocarlo. No sé si eres loco o crees que somos santos. —Ninguna de las dos cosas.

— Los muchachos —señaló con la barbilla a los otros cinco— estaban hablando de hacerte una visita nocturna. Para explicarte lo que pensamos de tu idea.

Uno de los jóvenes se rio, nervioso. Yo no me moví.

— Pero luego se ha corrido lo del doble donativo —prosiguió Arrio—, y de eso sí hemos hablado de otra manera.

Porque doblar la paga de un legionario no es poca cosa, y que lo haga el emperador de su propio bolsillo, menos aún.

Yo llevo veintidós años en el ejército. He visto a tres emperadores prometer el donativo y a ninguno cumplirlo.

Este, dicen, cumple. —Me miró—. ¿Es verdad?

—Es verdad.

—Entonces esperaremos. —Se encogió de hombros—. No es por ti. Es por él. Es un tipo raro, el viejo. Pregunta nuestros nombres. Los otros cinco asintieron en silencio.

— Pero te digo una cosa, Aqueo. —Se inclinó hacia mí—. Mañana, o pasado, cuando empiece el cuchillo, a ti te traerán a alguno de nosotros con las tripas fuera. Y no sé qué es eso que dicen de las telas, de los colores, de quién se salva y quién no. Pero si me toca a mí la negra…

—Arrio…

— Déjame terminar. —Levantó una mano callosa—. Si me toca la negra, no me engañes. Dime que me muero. Y quédate un rato conmigo, aunque sea un minuto, aunque tengas a otros esperando. Hace veintidós años que no tengo a nadie. Me gustaría morir con alguien que sepa mi nombre.

Se hizo un silencio denso en torno al fuego. Los jóvenes bajaron la vista.

—Me quedaré —dije.

—Eso. —Arrio sonrió, mostrando una boca con la mitad de los dientes—. Y si tengo suerte y me toca la verde, me invitas a vino.

— Te invito a vino.

—Pues trato hecho, Aqueo.