El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA #3
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CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA #3

Los muertos, si se dejan sin enterrar, contaminan el agua en cuarenta y ocho horas.

Los heridos, si no se atienden, mueren de fiebre y la fiebre se pasa a los sanos.

Y el campo de batalla, que quedará lleno de godos enfermos, de carros infestados, de cadáveres cargados de lo que ya ha matado a media nación, es el sitio más peligroso del mundo para un ejército victorioso.

— Los muertos godos son botín —gruñó uno de los legados—. Los carros están llenos de oro y plata, de las ciudades que han saqueado. Mis hombres llevan meses sin cobrar el donativo.

Hubo un murmullo de asentimiento. Yo esperaba esa objeción. —Lo sé —dije—. Y por eso quiero pedir algo que no le gustará a nadie.

— Habla —dijo Claudio.

—Después de la batalla, nadie, ni un solo soldado, entra en el campamento godo durante diez días.

Ni a saquear, ni a buscar prisioneros, ni a recoger heridos.

Nadie bebe de sus pozos ni toca sus carros ni duerme en sus tiendas.

Los cadáveres se queman donde caigan. Y cuando pasen los diez días, el botín se recoge con paños empapados en vinagre, se lava, se hierve el metal y se reparte.

—Me temblaba la voz—. Sé lo que pido. Pido que cuarenta mil hombres que habrán arriesgado la vida esperen diez días con las manos vacías ante un tesoro.

Pero si no lo hacen, augusto, el botín será lo que nos mate.

Un silencio hostil recibió mis palabras. Aurelio Casiano soltó un resoplido.

— Los soldados no esperarán —dijo—. Es imposible. En cuanto se oiga el último cuerno de la batalla, se lanzarán sobre los carros. Y no habrá látigo que los detenga.

— Habrá una promesa —dijo Claudio.

Todos nos volvimos hacia él.

— Prometo a cada soldado de este ejército, de la legión, del ala o del auxilio, el doble del donativo que habría recibido por el botín godo.

De mi propio tesoro. Y la parte del botín que se recoja, después de los diez días, se repartirá íntegra, sin descuento, sin la parte del Estado.

—Miró al legado que había protestado—. No me gusta pagar a los hombres para que no roben.

Pero me gusta menos enterrarlos por haber robado.

Los oficiales, uno tras otro, bajaron la cabeza.

No hubo más objeciones. Hermeros anotó la orden.

Y yo, desde mi sitio, sentí que algo en el pecho se me aflojaba, como cuando un nudo se desata por sí solo.

Había ganado una pequeña batalla. Y me pregunté, sin quererlo, a quién había hecho enemigo con ella.

El consejo se disolvió al mediodía, en un barullo de taburetes arrastrados y de saludos formales, y los oficiales salieron de la tienda en pequeños grupos, hablando en voz baja.

Yo me quedé un rato junto a la entrada, con la sensación de haber estado conteniendo la respiración durante horas. Fue entonces cuando oí que me llamaban.

—¡Griego! ¡Eh, griego! Ven aquí, hombre de Dios.

Era Lucio Valerio Casto. Lo habían sacado de la tienda en su litera, a hombros de cuatro esclavos, y descansaba ahora a la sombra de un toldo, con la pierna vendada extendida sobre un cojín y una jarra de vino en la mano.

Lucía mejor que la última vez que lo había visto.

Tenía color en las mejillas, los ojos brillantes y un aire de convaleciente rebosante de ganas de hablar, el aire de los hombres jóvenes y vigorosos a los que la inmovilidad forzada ha vuelto locuaces.

— Siéntate —dijo, golpeando con la palma el borde de un taburete—. Bebe. Es del mejor que ha pisado este campamento. Mi padre me lo manda desde Italia con cada convoy, y no me atrevo a rechazarlo.

—Gracias, tribuno, pero no bebo vino mientras trabajo.

— ¿Mientras trabajas? —Soltó una carcajada—.

¿Cuándo no trabajas tú, hombre? Los centinelas dicen que no duermes.

Los soldados cuentan que has sido visto hablando con las gallinas.

Un tribuno de la cuarta ala jura que te vio sentado toda la noche junto a un pozo, con la mano en el agua, como un sacerdote en un templo.

—Es parte del oficio.

— Pues es un oficio extraño. —Me miró con simpatía, con una sonrisa que le arrugaba las comisuras de los ojos—. Anda, siéntate, aunque sea un momento. Hace dos semanas me salvaste la pierna y todavía no he tenido ocasión de agradecértelo como se debe.

Me senté. Era difícil resistirse a Lucio.

Tenía esa cualidad que hace a ciertos hombres imposibles de rechazar: un encanto natural, sin esfuerzo, hecho de atención y de ligereza, que desarma antes de que uno se dé cuenta de que está bajando la guardia.

Me habló de su pierna, que había empezado a moverse un poco.

Me habló de su padre, un senador viejo y pacífico que cultivaba viñas y manejaba alfarerías en las llanuras del Po, y que le escribía cartas interminables sobre la cosecha y los precios.

«Produce más ánforas que ovejas hay en la Dardania», dijo riendo, «y las vende todas, el muy bribón».

Me habló de Roma, de sus fiestas, de sus conspiraciones de salón, con un humor malicioso y afectuoso que no ofendía a nadie.

Lo escuché con atención sin saber por qué.

Recuerdo la frase de las ánforas, que no me dijo nada en aquel momento y que dejé pasar como se deja pasar el humo de una hoguera ajena.

Y recuerdo que, semanas después, cuando ya no tenía importancia o cuando la tenía toda, volvió a mi memoria con una nitidez dolorosa.

—Dicen que estuviste con los godos —dijo de pronto, bajando la voz.

—Fui con una patrulla de reconocimiento.

—Y que están enfermos. Que se mueren a miles, que los cuervos oscurecen el cielo.

—Están enfermos. Eso puedo decirlo.

— Dichosos nosotros. —Alzó la copa—. Ciento cuarenta mil bárbaros menos mala noticia, ¿no?

Si la peste hace la mitad del trabajo, nos ahorramos la mitad de los funerales.

Bebo por los dioses que mandan epidemias a los enemigos de Roma.

Sonreí sin ganas. Algo en el brindis, en su ligereza, me incomodó, aunque no habría sabido decir qué.

Quizá fue el contraste entre lo que acababa de decir y el recuerdo de Ansila acunando a su hijo muerto.

Quizá fue simplemente el vino, que olía a flores y a verano, a una vendimia lejana. Me levanté.

—Tengo que ir a mis enfermos, tribuno.

— Claro, claro. —Me tendió la mano—. Pero vuelve. Quiero que me cuentes todo lo de las gallinas. Y recuerda: te debo una pierna. Y las deudas, en el ejército…

—Se pagan —terminé.

—Se pagan. —Sonrió—. Eres un buen alumno.

Probo me alcanzó junto al hospital, cuando cruzaba el campamento hacia la Tienda del Vinagre. Venía caminando con su paso ligero de paseante, las manos a la espalda, y me puso al lado sin decir nada, durante un buen trecho, mientras esquivábamos carretas y grupos de soldados que afilaban espadas.

— Te has ganado un enemigo —dijo por fin.

—¿Quién?

— Los legados. Rufino sobre todo. Su legión lleva tres meses sin cobrar, y tú acabas de pedirle que espere diez días ante un carro lleno de oro. —Sonrió de lado—. Pero hiciste bien. Mejor un legado resentido que treinta mil hombres muertos.

—No pensé en eso.

— Es lo mejor de ti. No piensas en las consecuencias políticas de decir la verdad. Eso te hará morir joven o vivir muchísimo. Aún no lo sé. —Caminó un rato en silencio—. ¿Has visto cómo se miraban Aurelio y Aureliano?

— Lo he visto.

—No es solo rivalidad. Es historia. —Bajó la voz—.

Aurelio fue hombre de Galieno hasta el último momento.

Uno de sus dos prefectos del pretorio durante cuatro años, protegido suyo.

Y cuando Galieno cayó, fue el primero en jurar fidelidad a Claudio, antes incluso de que los demás se enteraran.

Hay quien lo llama lealtad. Hay quien lo llama olfato. Yo no me atrevo a decidirlo.

—¿Y Aureliano?

— Aureliano es otra cosa. No sirve a personas.

Sirve a una idea del imperio, y esa idea no siempre coincide con quien ocupa el trono.

—Se encogió de hombros—. Claudio lo sabe.

Por eso lo mantiene cerca. Es como guardar una espada afilada en la cabecera de la cama: peligroso, pero preferible a dejarla en manos ajenas.

—¿Y tú, Probo? ¿A quién sirves tú?

Se detuvo. Me miró con aquellos ojos claros, inteligentes, sin rastro de burla.

— Yo sirvo a la tierra —dijo—. Y a Claudio, porque es el único emperador que he conocido que sabe que el pan viene del campo y no de la ceca.

—Una sonrisa breve—. Por eso temo por él.

Un hombre honrado, en el sitio donde él está, es una anomalía.

Y la naturaleza, amigo mío, no tolera mucho tiempo las anomalías.

No supe qué responder. Probo me palmeó el hombro y se alejó con su paso ligero hacia las tiendas de los tribunos, y yo me quedé mirándolo hasta que se perdió entre el humo de las hogueras.

Aureliano me estaba esperando.

Lo encontré al anochecer, junto a la entrada de mi tienda, apoyado contra un poste con los brazos cruzados y el rostro en sombras, como una estatua olvidada en un patio.

Seutes, que estaba ocupado hirviendo vendas ante la puerta, me lanzó una mirada de alarma y se hizo a un lado sin decir palabra.

Cástor no estaba. —Tenemos que hablar —dijo Aureliano.

— Soy todo oídos, comandante.

—No aquí.

Echó a andar sin esperar respuesta, y yo lo seguí, a un paso de distancia, hasta un rincón del campamento donde las filas de tiendas se abrían en un pequeño claro junto a la empalizada, lejos de las hogueras y de las voces.

Allí se detuvo y se volvió hacia mí. A la luz mortecina del crepúsculo, sus facciones, de huesos duros y ojos de acero, parecían talladas en madera.

— Estuviste en la tienda de Galieno —dijo.

Sentí un frío en el estómago.

—Estuve.

—Viste lo que viste. Y callaste ante Heracliano porque te lo ordenó. —Hizo una pausa—. ¿Callarás ante mí?

—No sé qué quiere decir, comandante.

— Sí lo sabes. Eres médico, no tonto. —Su voz era seca, sin amenaza—. Voy a decirte algo, y quiero que lo escuches sin juzgar, porque no te lo diré dos veces. Yo estaba allí. Aquella noche. En la entrada de la tienda. Lo viste. No lo niego.

—No le he pedido que lo niegue.

— Pero lo pensabas. Lo has estado pensando desde Mediolanum. —Aureliano dio un paso adelante—. No puse la lanza. No fui yo quien lo atrajo fuera con aquel falso grito. No sé quién lo hizo, ni me importa. Pero sabía que iba a ocurrir. Lo sabía desde hacía días. Y no lo detuve.

— ¿Por qué?