CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA #2
— Lo es. —Claudio no sonrió—. Y por eso lo he elegido. Dejó que el silencio hiciera su trabajo.
— Esta es mi propuesta. Ponemos al centro de nuestra línea cuatro legiones, en el extremo oeste de la Hoz, justo donde el pasillo se ensancha.
Una línea sólida, visible, bien formada, con las águilas al aire y las trompetas sonando, como si fuéramos todo el ejército romano y nos jugáramos en esa línea nuestra única oportunidad.
Detrás, ocultas por la Loma Pelada, estarán dos legiones de reserva.
En las colinas del norte y del sur, escondidos entre los árboles, los arqueros y los honderos.
Y detrás de la Colina del Cuervo —el dedo del emperador se posó en la cadena del norte, sobre una cima redondeada y boscosa—, a un cuarto de legua del extremo oriental de la Hoz, toda la caballería iliria. —Aureliano —dijo Claudio sin volverse.
— Augusto.
—Explícales tu parte.
Aureliano se inclinó sobre el mapa. Habló sin adornos, con esa precisión de contable de la guerra que era su sello.
— Los godos entrarán en la Hoz por el este.
Estarán nerviosos, porque llevan semanas de marcha y el ejército que tienen delante es el único que se interpone entre ellos y el sur.
Verán nuestra línea, y verán que es más pequeña que la suya.
Calcularán, con razón, que pueden romperla.
Cargarán. Nuestras cuatro legiones resistirán el primer choque.
Luego, tras media hora de lucha, cederán terreno poco a poco, con orden, retrocediendo hacia el oeste y arrastrando consigo al enemigo.
No debe parecer una huida. Debe parecer una retirada obligada, la de un ejército que cede ante una fuerza superior.
—Hizo una pausa—. Los godos creerán que ganan.
Y cuando uno cree que gana, avanza sin mirar atrás.
—¿Y la caballería? —preguntó uno de los legados.
— Espera. Espera hasta que el último carro godo haya entrado en la Hoz.
Hasta que la cuña de infantería esté comprometida a fondo contra nuestro centro.
Hasta que su retaguardia, la que viene detrás con las mujeres, los heridos y los bagajes, se haya estirado por todo el estrechamiento, en una columna de varias millas.
—El dedo de Aureliano trazó una línea sobre el mapa, de la Colina del Cuervo a la boca oriental de la Hoz—.
Entonces salgo yo. Cuatro mil jinetes ilirios, a todo galope, por detrás de las colinas, y caigo sobre su retaguardia como un martillo.
Cierro la salida. Los atrapo dentro. Y nuestras legiones del centro, que habrán estado retrocediendo, giran y contraatacan.
El enemigo queda entre el yunque y el martillo, en un pasillo de una milla, sin posibilidad de maniobrar.
No habrá batalla. Habrá una matanza. Hubo un silencio largo.
Los oficiales miraban el mapa, algunos con los labios apretados, otros con una expresión de cálculo.
Yo, desde mi rincón, entendí la belleza espantosa de aquel plan.
Era como un cirujano que corta limpiamente, con una sola incisión, para extirpar el tumor.
Y comprendí también, con un escalofrío, que en él los hombres no eran personas, sino piezas: cuatro legiones destinadas a retroceder bajo la presión de ciento cuarenta mil guerreros, sabiendo que si el repliegue se descomponía en pánico, serían masacradas.
Fue Aurelio Casiano quien lo dijo.
—Es una locura.
Todos los ojos se volvieron hacia él. El prefecto se había echado hacia atrás en su taburete, con los brazos cruzados sobre el pecho como dos troncos.
— Es una locura, augusto, y lo digo con todo el respeto que merece tu experiencia.
Ciento cuarenta mil bárbaros contra cuatro legiones.
Dejas a tus mejores hombres en el centro, con orden de retroceder.
Retroceder, ante un enemigo que huele la sangre.
Cuando una legión retrocede, aunque sea con orden, siempre hay un momento en que algún soldado mira atrás y ve la espalda del que huye, y entonces se acabó.
Lo he visto veinte veces. Una retirada fingida es una retirada.
Y las retiradas, augusto, no se controlan: se sufren.
— Tienes razón —dijo Claudio con calma.
El prefecto se quedó desconcertado.
— Tienes razón en que el riesgo es enorme —prosiguió el emperador—.
Por eso he dispuesto que el centro lo manden los mejores.
Las dos legiones de mayor veteranía, la Itálica y la Flavia, con la guardia pretoriana entre ellas, bajo tu mando directo, Aurelio.
Si alguien puede mantener firme una línea que retrocede, eres tú.
Tienes autoridad. Tienes látigo. Los hombres te temen más que a los godos.
Fue un halago envenenado, y todos lo notaron. Pero el prefecto lo aceptó con una inclinación de cabeza que era, a la vez, orgullo y trampa.
— Pero ¿y si no caen en ella? —insistió—.
Los godos no son tontos. Han perdido a media nación y han sobrevivido.
Son bestias astutas. Si ven que el valle está cerrado, si huelen una trampa, no entrarán.
Se quedarán fuera, esperando, y los dejaremos pudrirse de hambre mientras nosotros nos quedamos aquí con las manos vacías.
—Es posible —dijo Probo.
Habló con suavidad, sin levantar los ojos del mapa, y todos se volvieron hacia él, porque era uno de esos hombres cuyas intervenciones, siempre mesuradas, solían decidir los consejos.
— Es posible que no entren. Pero no lo creo.
—Alzó la vista—. Los godos no tienen víveres.
Llevan meses saqueando y hace semanas que no encuentran nada que comer, porque sus propios pozos los han envenenado.
Si no atraviesan la Hoz, no llegan a los graneros de Macedonia.
Si no llegan a los graneros, se mueren de hambre antes del invierno.
Para ellos, esta batalla no es una opción.
Es el único camino. Y cuando un hombre tiene hambre, deja de ser listo y empieza a ser valiente, que es peor.
— Además —añadió Aureliano—, no los habremos engañado nosotros.
Los habrá engañado su propia esperanza. Hace dos meses que no ganan una batalla.
Han visto a los romanos retroceder en Tracia, en Mesia, en Macedonia.
Están convencidos de que Roma es un animal viejo que ya no sabe pelear.
Cuando nos vean replegarnos, pensarán que confirmamos lo que creen.
—Lo que creen —dijo Aurelio Casiano— lo sostienen cuando les conviene.
¿Y quién me garantiza —sus ojos de buey se clavaron en Aureliano— que tu caballería saldrá a tiempo?
Se hizo un silencio gélido.
—¿Qué insinúas, prefecto? —preguntó Aureliano con voz neutra.
— Nada. Una pregunta. Tus jinetes son los que Galieno reunió.
Siguen a su comandante, no al emperador.
Y los dejamos detrás de una colina, solos, fuera de nuestra vista.
Si en el momento decisivo no salen, el centro se desploma, y el emperador con él.
— Hizo una pausa deliberada—. No sería la primera vez que ocurre algo así en una noche de campaña.
La alusión era tan descarada que ningún oficial se atrevió a mirar a otro. Yo contuve el aliento. Recordé la tienda de Galieno, la mesa de operaciones, las dos siluetas en la entrada recortadas contra las antorchas. Aurelio Casiano, comprendí, no hablaba por hablar.
Aureliano se tomó su tiempo. Se echó hacia atrás, con las manos sobre las rodillas, y sonrió. Fue una sonrisa terrible, de una frialdad que nunca le había visto.
—Prefecto —dijo—, si yo quisiera ver muerto a Claudio, no necesitaría esperar a los godos.
Nadie respiraba.
—Basta —dijo Claudio.
No levantó la voz. No la levantaba nunca. Pero algo en su tono, grave y cansado, hizo que ambos hombres bajaran los ojos al mismo tiempo, como dos mastines a los que se llama a la correa.
— Aureliano manda la caballería porque es el mejor jinete del imperio.
Aurelio manda el centro porque es el mejor sostenedor de líneas.
Yo mando a los dos. Y quien dude de la lealtad del otro tendrá que dudar primero de mi juicio.
—Miró a ambos alternativamente—. Ahora escuchad bien.
Esto no es un consejo de pareceres. Es un consejo de órdenes.
He consultado a todos, y he decidido. El plan se ejecuta.
Cada uno de vosotros recibirá por escrito, esta noche, sus instrucciones, selladas con mi anillo, y las destruirá en cuanto las haya aprendido de memoria.
Nadie más sabrá los detalles. Los tribunos ejecutarán órdenes concretas, hora a hora, sin saber el conjunto. ¿Entendido?
—Entendido, augusto —murmuraron catorce voces.
Hermeros, en su rincón, raspaba la tablilla con el cálamo con un ruido que me crispó los nervios.
Alcé la vista, sin saber por qué, hacia el liberto.
Tenía la cabeza inclinada sobre el trabajo, con la calva brillante de sudor, y el cálamo se le movía a una velocidad febril.
Pero mientras yo lo observaba, levantó los ojos un instante, y por una fracción de segundo, tan breve que dudé después de haberla visto, su mirada se cruzó con la de alguien al otro lado de la tienda.
No supe con la de quién. Con la de alguien de las filas de los tribunos, creo.
Quizá con la del tribuno Lucio, que sonreía a la mesa con aquella sonrisa amable y desvalida de los heridos.
Quizá con la de otro. Quizá con la de nadie.
Aparté la vista. Aún no sabía que acababa de ver el primer eslabón de una cadena.
— Alejandrino.
Era la voz de Claudio. Levanté la cabeza con un sobresalto. —Ven a la mesa.
Me abrí paso entre los taburetes, con las piernas flojas. Los catorce hombres me siguieron con los ojos. El emperador esperó a que me situara a su lado, ante el mapa.
— Señores, os presento a quien habéis visto vigilando las fuentes. Habrá quien se haya reído de las gallinas. Yo no. —Hubo una risa breve, nerviosa—. Ahora quiero que nos diga cómo está este ejército. Sin adornos, sin tranquilizar a nadie. Alejandrino: dime el estado de la tropa.
Respiré hondo. Sentí que se me secaba la boca. Pero recordé el consejo de Ticinum, la voz de cisterna, la verdad como único instrumento que no se embota, y hablé.
— Tenemos cuarenta mil hombres, augusto.
De ellos, hoy, hay mil doscientos en la lista de enfermos.
Es una cifra normal para un ejército en campaña.
Ninguno por fiebre grave, ninguno por flujo de vientre.
No ha habido una sola muerte por enfermedad desde Singidunum.
Las fuentes están limpias. Las gallinas están sanas. Por ahora.
—¿Por ahora?
— Por ahora. —Tragué saliva—. Pero quiero advertir a los señores de algo que no entra en ningún plan de batalla.
Una batalla de este tamaño dejará veinte mil muertos entre los dos bandos, tal vez más.