El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA
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CAPÍTULO 3 EL CONSEJO DE GUERRA

Campamento romano ante Naissus, finales de agosto del año 269 d. C.

Durante tres días no hice otra cosa que probar el agua.

Es una frase absurda, y sin embargo describe con exactitud mi vida de aquellos días.

Claudio me había confiado la custodia de todas las fuentes del campamento, y yo me tomé la orden con la minuciosidad un poco enfermiza de quien ha visto cómo el mal se esconde en lo más limpio.

Recorrí uno por uno los quince manantiales, pozos y canalizaciones que abastecían a las legiones.

Hice que los zapadores levantaran cercados de estacas alrededor de cada punto de agua, con una puerta única y dos centinelas de la guardia imperial, relevados cada tres horas, que respondían de su puesto ante mí y ante nadie más.

Revisé cada tonel, cada odre, cada cántaro que entraba al campamento, aunque viniera de una granja amiga, y rompí con mis propias manos el sello de los que me parecieron sospechosos.

Y como yo no podía beber de todo ni podía ver lo que el agua escondía, hice lo que antes de mí habían hecho los mineros y los campesinos desde tiempos remotos: busqué quien lo hiciera por mí.

Reuní gallinas. Eran blancas requisadas a los labriegos de las aldeas cercanas, y las instalé en jaulas de mimbre junto a cada fuente, con una pequeña ración de grano y un cuenco del agua del día.

Cada mañana, antes de que se abriera el campamento a los aguadores, Cástor se acercaba a las jaulas con el cuenco y observaba durante una hora cómo bebían y cómo estaban.

Si una gallina enfermaba o moría, se cerraba la fuente.

Añadí perros, que sentían mejor que las aves el mal agua, y y pardas, flacas y escandalosas, dos cabras viejas que Seutes consiguió a cambio de media jarra de vino.

Los soldados, que ya me llamaban el Aqueo, empezaron a llamar a aquellas jaulas, con su gracia inagotable, «las gallinas del Aqueo».

Durante varios días se burlaron. Luego, cuando comprendieron que aquellas gallinas eran la razón por la que nadie había vomitado en el campamento, empezaron a darles de comer del rancho. A ninguna le faltó nunca el grano.

No encontré nada. Ni en las fuentes ni en los toneles ni en los cuencos de las gallinas. El agua era limpia. Los perros dormían. Las cabras rumiaban. El mundo seguía su curso con una normalidad que me parecía casi una provocación.

Aquellos tres días fueron los más largos de mi vida.

Hay un tipo de miedo que no se alimenta de peligros sino de ausencias: la sensación de que algo está a punto de ocurrir y no ocurre, de que el aire está cargado y la tormenta se retrasa.

Dormía a trozos, sin soltar nunca la cantimplora, que Seutes me llenaba de agua hervida y yo guardaba bajo la manta.

Comía poco. Cuando cerraba los ojos veía el pozo de piedra, los fragmentos de ánfora, los niños de la vaguada, el rostro de Ansila.

Y cada noche, antes de dormir, leía los nombres de la tablilla con la mano de Cástor en mi garganta, y aquel gesto, que ya era un ritual, me calmaba un poco.

Mientras yo vigilaba el agua, los godos se movían.

Lo supimos por Aureliano, que volvió de su cuarta patrulla en la madrugada del tercer día con el polvo del camino pegado a las cejas y una expresión nueva, casi de respeto.

Los godos habían despertado. La nación entera, que durante semanas había yacido inerte entre sus muertos, se había puesto en pie.

Habían dejado de quemar cadáveres. Habían recogido a sus enfermos, abandonado los carros más pesados, reunido las tropas supervivientes y comenzado a replegarse hacia el sur y el este, dejando atrás, en el valle de los pozos, una nube de humo y cuervos. Pero no huían. Se concentraban.

—¿Cuántos quedan? —preguntó Claudio en el consejo de urgencia que se reunió al mediodía.

— Eso es lo terrible —dijo Aureliano—. Muchos más de lo que esperábamos.

Mi estimación, tras tres noches de observación, es de ciento veinte mil guerreros aptos para combatir, quizá ciento cuarenta.

Han perdido a los débiles y a los enfermos.

Han perdido a los jefes que bebieron del agua mala.

Pero los que quedan son los más duros, los que sobrevivieron al hambre, a la enfermedad y a las marchas.

Son los que no tienen nada que perder. —Se detuvo un momento—.

Y además, ahora tienen un mando. No sé quién es.

Pero alguien ha reorganizado las columnas con una disciplina que antes no tenían.

Han formado tres cuerpos, cada uno con su caballería, su infantería y su tren.

Se mueven despacio, pero se mueven juntos.

— ¿Hacia dónde?

—Hacia nosotros.

Nadie habló. El brasero chisporroteó. Fuera, a lo lejos, se oía el golpeteo rítmico de los herreros que reparaban escudos. —¿Cuándo? —preguntó Claudio.

— Cuatro días. Cinco como mucho. Llegarán a la llanura de Naissus por el este, siguiendo el curso del río.

Están desesperados, augusto. Han perdido a media nación y no pueden volver atrás.

Necesitan romper nuestra línea y llegar a los pasos del sur antes de que el invierno los alcance.

Para ellos esto no es una batalla. Es la única salida.

Claudio asintió lentamente. Se pasó una mano por la barba y miró a los hombres sentados a su alrededor, como quien hace recuento.

— Entonces tenemos cuatro días —dijo—. Convocad el consejo de guerra para mañana al amanecer. Quiero a todos los legados, a todos los prefectos de ala, a todos los tribunos. Y quiero el plan de batalla sobre la mesa antes de que el sol esté alto.

La tienda de mando estaba, al amanecer del día siguiente, abarrotada de hombres.

Nunca había visto tantos oficiales juntos.

Eran catorce, sin contarme a mí, y ocupaban dos filas de taburetes dispuestos en torno a la gran mesa de roble, sobre la cual los topógrafos habían extendido un mapa nuevo del valle, mucho más detallado que el que había visto en Ticinum.

Habían dibujado las colinas con sombras de carbón, los ríos con tinta azul, los caminos con trazos rojos.

Cada altura tenía su nombre, y cada vado su señal.

Eran los ojos de una campaña que se jugaría sobre una superficie del tamaño de una cabeza.

Entré el último, con la túnica aún húmeda de rocío, y me quedé de pie junto a la entrada, sin atreverme a sentarme.

Sentí sobre mí las miradas de la mitad de los presentes: curiosas, escépticas, algunas abiertamente hostiles.

No era una sala para un médico. Era una sala para quienes mandaban hombres, y yo, que solo sabía mandar sobre gallinas y letrinas, me sentía como una cabra en un templo.

Los reconocí, uno por uno, en la penumbra del alba.

Estaba Claudio, sentado a la cabecera, con un sencillo manto de lana sobre los hombros y el rostro grave de quien ha dormido poco.

A su derecha, Aureliano, con las manos cruzadas sobre la mesa, impasible.

A su izquierda, Aurelio Casiano, con el cuello de toro hundido entre los hombros y la mirada de un buey de combate.

Junto a él, Probo, con el rollo de papiro asomándole de la túnica y una sonrisa discreta.

Frente a ellos, en la fila de tribunos, los jóvenes oficiales de familia ilustre que ya conocía de vista, y entre ellos, sentado en un asiento especial, con la pierna izquierda extendida sobre un escabel y vendada hasta la rodilla, el tribuno Lucio Valerio Casto,

que había exigido ser llevado en litera hasta la tienda, y que cuando me vio entrar levantó la mano en un saludo breve, risueño y afectuoso, como quien saluda a un viejo amigo.

Le correspondí con una inclinación de cabeza.

También estaban los legados de las legiones: Cornelio Rufino, de la IV Flavia, un hombre grueso y colorado que respiraba con dificultad; Domicio Sabino, de la Italica, un veterano de pelo blanco y manos nudosas que se frotaba constantemente la rodilla;

y media docena más cuyos nombres he olvidado y cuyos rostros, sin embargo, aún veo con claridad: la mandíbula cuadrada de uno, la nariz aguileña de otro, las cicatrices de aquel, la mirada fija de este.

Y al fondo, en un rincón, con una tablilla sobre las rodillas y un cálamo en la mano, el secretario del emperador, un liberto bajo y calvo llamado Hermeros, que apuntaba cada palabra con aire de no existir.

Claudio esperó a que el último oficial se sentara y a que el murmullo se apagara. Entonces hizo algo que yo no esperaba: se levantó. Rara vez lo hacía. Apoyó las manos sobre el borde de la mesa y recorrió con la mirada, uno por uno, los catorce rostros.

— Señores —dijo—. En cuatro días tendremos delante a ciento cuarenta mil godos.

Es el ejército más numeroso que Roma haya enfrentado desde los tiempos de Aníbal.

Tenemos cuarenta mil hombres. Si los dejamos llegar a Naissus y atacar en campo abierto, nos pasarán por encima.

Si nos retiramos, abrimos Macedonia y Grecia a su saqueo.

No tenemos opción de huir. No tenemos opción de resistir en línea recta. Solo tenemos una opción.

Hizo una pausa. Puso el dedo índice sobre el mapa, en un punto concreto del valle, donde las colinas de carbón se estrechaban hasta casi tocarse.

—Y voy a explicarla ahora.

—Mirad aquí —dijo Claudio.

Los catorce oficiales se inclinaron sobre el mapa como una bandada de aves sobre un campo recién arado.

El dedo grueso del emperador, con la uña partida y manchada de tinta, recorría el trazado del río Nisava desde las colinas del este, donde el cauce se estrechaba entre paredes de roca, hasta la llanura de Naissus, donde se abría en un amplio abanico de vegas y huertos.

— Los godos vienen por aquí. Por el valle del río.

No tienen otro camino, porque al norte están las montañas y al sur los pantanos.

Dentro de cuatro días saldrán de la garganta y entrarán en la llanura.

Aquí. —Señaló una zona donde el mapa mostraba un estrechamiento: dos cadenas de colinas, una al norte y otra al sur, que se acercaban hasta dejar entre ellas un pasillo de apenas una milla de ancho, un embudo de tierra baja y pantanosa entre dos muros de bosque—.

Los lugareños lo llaman la Hoz. Es un cuello de botella.

Quien entre en la Hoz por el este y quiera salir por el oeste tiene que atravesar una milla de terreno abierto sin otra protección que sus escudos.

— Lo conozco —dijo Domicio Sabino, el veterano de la Itálica, frotándose la rodilla—. He cazado jabalíes en esas colinas. Es un buen sitio para morir.