CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE #6
Aureliano se enderezó. Fue el primer movimiento que le había visto hacer en toda la noche.
— Hunila —dijo.
—¿Cómo?
—El espía. Se llamaba Hunila. ¿No?
—Sí.
— Entonces —dijo Aureliano con lentitud, mirando el aureo sobre la mesa—, la cadena empieza en el oro y termina en el agua. Y el principio de esa cadena no está en el Danubio. Está en Italia.
Aurelio Casiano se levantó de golpe, tirando el taburete. —¡Eso es una acusación contra el emperador!
— Es una observación sobre una moneda —respondió Aureliano sin alzar la voz—. Las acusaciones, prefecto, las hacéis vosotros. Los dos hombres se miraron. Había en aquel cruce de ojos algo viejo, un rencor de años, de rivalidades que yo no comprendía. Fue Claudio quien lo cortó.
— Sentaos.
Obedecieron. No había levantado la voz. No la levantaba nunca.
Se había mantenido sentado todo el tiempo, con los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas ante la boca, sin decir una palabra. Ahora las separó. Tomó con dos dedos el aureo, lo examinó a la luz del brasero, dándole la vuelta, y lo dejó caer sobre la madera con un tintineo seco.
— Acuñada en Ticinum —murmuró—. En mi ceca. Con mi cara. Nadie dijo nada.
— Escuchadme bien, los tres. —Su voz era tranquila, casi cansada—.
Lo que se ha dicho en esta tienda no sale de ella.
Ni una palabra. Ni a los tribunos, ni a los centuriones, ni a los soldados, ni a las mujeres del campamento.
Mañana por la mañana, el ejército sabrá que un grupo de reconocimiento ha encontrado a los godos enfermos y que la enfermedad los ha debilitado.
Eso es todo lo que sabrá. Los que están aquí saben algo más, y ese algo más es un secreto de Estado.
—Augusto —dijo Aurelio Casiano—, si hay un traidor…
— Si hay un traidor, lo encontraremos. —Claudio alzó una mano—.
Pero no a gritos. No a latigazos. No con el pretorio entero buscando entre los suyos.
Quien ha sido capaz de fabricar esto es un hombre paciente y listo, y si sospecha que lo buscamos, desaparecerá.
O hará algo peor. —Miró hacia mí—. Alejandrino.
—Augusto.
— Vigilarás el agua de este ejército como no se ha vigilado nunca. Cada pozo, cada arroyo, cada cántaro. Quiero guardias en todas las fuentes, día y noche, bajo tus órdenes y las de nadie más. Y quiero que revises personalmente cada tonel que entre en este campamento.
—Lo haré.
— Y quiero que me respondas a una pregunta, y que lo hagas sin adornos. —Me clavó los ojos—. Esa enfermedad que mató a los godos. ¿Puede alcanzar a mis hombres?
Sentí el peso de la pregunta como una losa.
— Puede, augusto. Es la misma enfermedad que conocemos, la que nos mata en los campamentos, solo que más concentrada, más virulenta. Si el agua de este campamento se contaminara de la misma manera, no habría hombre en pie dentro de una semana.
—¿Y sabemos si ya se ha contaminado?
Pensé en el espía. Pensé en el agua ya pagada. Pensé en las patrullas que Aureliano mandaba cada noche, en las fuentes del flanco norte, en la fuente donde bebían los caballos.
—No lo sé —dije—. Pero lo averiguaré.
Salí de la tienda con el primer sol. Fuera, el campamento hervía de la actividad habitual de la mañana: el humo de los fuegos, el rumor de las voces, el cacareo de las gallinas que algún intendente había requisado en las granjas cercanas.
Todo parecía normal. Todo parecía tan sencillo, tan cotidiano, que por un momento me pareció imposible que lo que acababa de oír en aquella tienda fuera real.
Caminé hacia la fuente principal, la que abastecía de agua a las legiones del flanco oriental, un manantial de roca viva que los zapadores habían canalizado hasta una gran pila de piedra.
Un grupo de soldados llenaba sus cantimploras, bromeando, empujándose unos a otros con los codos.
Me quedé mirándolos desde la distancia, sin acercarme.
Después me acerqué. Metí la mano en el agua. Estaba fría y clara. La olí. Olía a roca. La dejé escurrir entre los dedos, y vi cómo la luz de la mañana se descomponía en ella en mil destellos.
Entonces, por primera vez en toda mi vida, tuve miedo de beber.
Había creído, desde la bodega de Teón, que el enemigo del hombre era la enfermedad: una fuerza ciega, sin voluntad, sin rostro, sin nombre, que mataba sin odiar.
Así me lo habían enseñado. Así había jurado combatirla.
Y ahora, ante una pila de piedra llena de agua clara, comprendí que me habían enseñado solo la mitad de la verdad.
La enfermedad no tenía voluntad, pero alguien podía prestársela.
Alguien podía tomar aquel mal sin rostro, domesticarlo, embotellarlo en ánforas con pez y ponerlo a trabajar para sí.
Alguien, con voz suave y un caballo gris, había encontrado la manera de convertir la peste en un arma.
El enemigo invisible ya no era invisible. Tenía una cadena de oro al cuello, una moneda nueva en la mano y un señor, en algún lugar de Italia, que pagaba bien.
Y yo, que había jurado combatir a la enfermedad aunque no pudiera verla, tuve que preguntarme, sentado en el borde de aquella pila, mientras el sol subía sobre Naissus, si el juramento de Teón había previsto la posibilidad de que la enfermedad tuviera un amo.