El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE #5
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CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE #5

Eran el noveno, el décimo, el undécimo. Debajo de ellos añadí, con una letra más pequeña, el apellido del último, que Valerio, al amanecer, me trajo escrito en un trozo de papiro, con la firma torpe de quien se avergüenza de haberlo olvidado: Marcos Vibio Fausto.

No pude dormir. Seutes me trajo un cuenco de gachas de cebada con miel y se quedó rondando por la tienda, rezongando que me estaba quedando en los huesos; luego, tras un gruñido, se echó en su jergón y empezó a roncar.

Cástor, en cambio, se sentó a mi lado en el suelo, con las piernas cruzadas, y señaló con un dedo la tablilla que yo tenía sobre las rodillas.

Se la di. La sostuvo con las dos manos, como se sostiene un pájaro, y pasó la yema del índice por las líneas de letras grabadas en la cera, una tras otra, despacio, sin entender nada de lo que decían. No sabía leer. Pero entendió lo que eran. Me miró con las cejas alzadas, preguntando.

Le hice señas: nombres. Muertos. Gente.

Cástor asintió despacio. Después hizo algo que nunca había hecho. Me tomó la mano derecha y la llevó hasta su propia garganta, y la apretó contra el cuello, para que yo sintiera su pulso. Luego levantó un dedo hacia mi boca, señaló la tablilla, y volvió a señalarme. Comprendí. Quería sentir mi voz.

Leí los nombres en voz alta, uno por uno, con la mano de Cástor apoyada en mi garganta y los ojos cerrados: Yared, Nikias, Hamid, Gayo Servilio, Marco, Hunila, Ansila, Amalric, Nonio Severo, Aulo Cecina, Marcos Vibio Fausto.

Notaba su pulgar moverse a cada sílaba, como si la vibración le dijera lo que sus oídos no podían.

Cuando terminé, abrió los ojos, que le brillaban, y asintió una vez, solemne, como quien acepta un juramento.

Desde aquella noche, cada anochecer, antes de dormir, leí los nombres de la tablilla con la mano de Cástor en mi cuello. Nunca se lo pidió. Nunca dejó de hacerlo.

Claudio nos recibió antes del alba.

No dormía. Había organizado el consejo de urgencia en su tienda de mando, una gran tienda de lona blanca con un suelo de tablas y un brasero encendido en el centro, y estaban presentes los que ya eran los suyos: Aureliano, con los brazos cruzados, sentado en un taburete junto a la entrada; Probo,

de pie ante el mapa, con un cálamo en la mano; y el prefecto Aurelio Casiano, con la expresión de un buey que acaba de oler algo que no le gusta.

Un secretario, en la penumbra, afilaba plumas con aire de pretender no existir.

Hablé durante casi una hora. Tuve que hacerlo despacio, con orden, como quien dicta a un escriba, porque tenía los ojos cerrándose y las palabras se me enredaban en la boca.

Conté el viaje, las piras, los doce guardias muertos en su puesto.

Conté la disección, las úlceras del colon, la ausencia de heridas, de venenos vegetales, de signos de combate.

Conté el campamento: el mar muerto de cuerpos, los niños en fila, los cuervos.

Conté el pozo de la granja romana, el agua limpia, los fragmentos de ánfora.

Los fui sacando del saco uno por uno y los puse sobre la mesa, ante todos, con sus costras oscuras y su olor.

Nadie se acercó a tocarlos.

Después hablé de Ansila. De su hijo. Del Mercader.

Hice que Teudas, que había aguardado fuera, entrara y repitiera con sus propias palabras lo que la mujer había dicho.

Lo hizo en voz baja, con la mirada clavada en el suelo, sin omitir nada, hasta la última frase: que su señor pagaba bien por una sola cosa, que el ejército del emperador no llegara vivo a la primavera.

Cuando terminó, el brasero crepitó. Fuera, a lo lejos, se oyó el toque de diana en un campamento que empezaba a despertar. Aurelio Casiano fue el primero en hablar.

— Es una historia de bárbaros —dijo con su voz de grava—. Una mujer moribunda, con fiebre, delirando. Un liberto que lo traduce a su manera. No hay prueba.

—Aquí están las pruebas, prefecto. —Señalé los fragmentos.

— Ánforas. De las que hay millones en el imperio. Las habrán robado a algún comerciante. —Se encogió de hombros con desprecio—. Y suponiendo que fuera cierto, no sería la primera vez que un bárbaro envenena un pozo. Es una práctica asquerosa y habitual.

—Habitual entre ellos —dijo Probo con suavidad.

Todos nos volvimos hacia él. Probo, sin dejar el cálamo, observaba los fragmentos con la expresión de un erudito que se encuentra de repente con una cita que no esperaba.

— Los juristas dicen —prosiguió— que «armis bella non venenis geri»: las guerras se hacen con armas, no con venenos.

Es un viejo principio que los antiguos repetían con orgullo.

Pero nuestros antepasados no siempre lo cumplieron.

En tiempos de la República, un cónsul llamado Manio Aquilio, que mandaba en Asia, envenenó los pozos de las ciudades que se resistían.

Y lo hizo, según los historiadores, con tal éxito que las ciudades se rindieron en pocos días.

—Alzó la vista—. No digo que sea una práctica honrosa. Digo que es romana.

—¿Adónde quieres ir a parar, tribuno? —preguntó Aurelio

Casiano.

—A que no hay que mirar solo a los godos.

—Probo hizo una pausa—. Los godos no sabían qué hacer con ese regalo.

Lo vaciaron en sus propios pozos. Y se envenenaron a sí mismos.

Eso no es un acto de guerra. Es un acto de estupidez.

Y yo creo que el Mercader, quienquiera que sea, contaba con que lo hicieran.

El silencio que siguió fue profundo, helado, hecho de cálculos que nadie quería terminar de formular.

Fue entonces cuando saqué de mi manto las dos cosas que había llevado conmigo, y las puse sobre la mesa: la moneda de oro que había cogido de la mesa de la tienda negra y que, sin saber por qué, no devolví, y la tablilla de cera.

— El espía de Singidunum —dije— llevaba once monedas nuevas, acuñadas en Ticinum este año. Dijo, antes de morir, que el agua ya estaba pagada. Y la mujer goda dice que el Mercader pagaba en monedas que brillaban como el sol.