El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE #4
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CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE #4

Estaba envuelta en una piel de oveja. Y en los brazos, contra el pecho, acunándolo con un movimiento lento y mecánico, llevaba un bulto envuelto en un trapo.

Era un niño de pecho. Llevaba muerto, por lo menos, dos días. —No lo toquéis —dijo Teudas con voz quebrada—. Dejadme hablar a mí.

Se agachó junto al carro. Le habló en gótico, muy bajo, con una dulzura que no le había oído nunca.

La mujer no reaccionó al principio. Siguió con su canción y con el balanceo.

Teudas repitió la frase. Y otra vez. Hasta que, en un momento, ella levantó los ojos, los clavó en él con una especie de sorpresa infinita, y respondió con una voz que parecía hecha de ceniza.

— Dice que se llama Ansila —tradujo Teudas—. Dice que su hijo se llamaba Amalric. Que tenía cinco meses. Dice que lleva dos días sin soltarlo porque no quiere que se enfríe.

No lloré. Pero tuve que apartar la vista.

Me subí al carro. Con una delicadeza que me sorprendió a mí mismo, desprendí al niño de los brazos de su madre; ella no se resistió, quizá no tenía fuerzas.

Lo envolví en su trapo y se lo di a Valerio, que lo recibió como se recibe una reliquia y lo colocó con cuidado en la hierba.

Después examiné a la mujer. Tenía una fiebre alta, el pulso débil y rápido, la piel reseca.

Le di de beber agua hervida con un poco de miel, que llevaba en el odre.

Bebió con avidez, atragantándose. Le di más.

Después, con la ayuda de Teudas, empecé a hacerle preguntas.

Hablaba despacio, con pausas largas, pasándose la lengua por los labios, y Teudas traducía en voz baja, frase a frase.

La enfermedad, dijo, había empezado hacía tres semanas, una mañana, después de que el jefe Gundioc diera la orden de beber de las fuentes de la granja, porque el río estaba bajo y las reservas de los carros se agotaban.

Aquella noche los primeros enfermaron. Al día siguiente, cien.

Al tercero, mil. Los hombres fuertes cayeron antes que los débiles, porque eran los que más bebían.

Los curanderos hicieron sacrificios; no sirvió de nada.

Gundioc murió a los cinco días. Su hermano, a los siete.

Los guerreros que quedaron en pie empezaron a quemar muertos.

Cuando ya no hubo leña, los amontonaron.

—¿Por qué no bebían antes de esos pozos? —pregunté. Teudas tradujo. Ansila vaciló. Cerró los ojos. Habló de nuevo, en voz muy baja, con un temblor que no era solo de fiebre.

— Dice que antes de beber de aquel pozo, los pozos eran para los romanos —dijo Teudas, y la voz se le quebró—. Dice que vino un hombre.

—¿Qué hombre?

— Un mercader. Un romano. —Escuchó—. Dice que lo llamaban el Mercader.

Llegó hace un mes, con tres carros, escoltado por seis hombres.

Hablaba su lengua como un hijo del sur, con voz suave, nunca alzaba el tono.

Montaba un caballo gris. Llevaba una cadena de oro al cuello.

Y pagaba en monedas nuevas. Monedas que brillaban como el sol.

Me tocó el brazo un escalofrío helado.

—¿Qué quería?

Teudas tradujo la pregunta. La respuesta fue larga.

— Dice que traía jarras. Muchas. Selladas con pez.

Y que le dijo al jefe que tenían un regalo para los romanos: el agua de los muertos.

Que si las vaciaban en los pozos y en los arroyos que baja al valle antes de que llegara el ejército romano, los soldados que bebieran de ellas morirían sin que nadie tuviera que sacar la espada.

—Hizo una pausa—. El jefe aceptó. Dijo que era justo: los romanos les habían quitado la tierra, y ahora la tierra se vengaría.

Los guerreros llevaron las jarras en carros hasta las fuentes.

Las vaciaron todas. Y después… —Teudas se pasó la mano por la boca—.

Después tuvieron sed. Y bebieron de los mismos pozos, porque no se acordaron, o porque no lo creyeron.

Porque el Mercader les había dicho que el agua sería de los romanos, no de ellos. Y ellos le creyeron.

Un silencio profundo cayó sobre el carro.

— Dice —continuó Teudas, con voz casi inaudible— que el Mercader se marchó antes de que empezara la enfermedad. Que dijo que debía volver con su señor. Y que antes de irse, le dijo al jefe una cosa que ella recuerda porque no la entendió.

—¿Cuál?

—Dijo que su señor pagaba bien por una sola cosa: que el ejército del emperador no llegara vivo a la primavera.

Ansila murió aquella misma tarde, a unas millas del campamento, mientras volvíamos a toda prisa hacia las colinas con ella tendida sobre un caballo, envuelta en mi capa.

No hubo nada que yo pudiera hacer. Sus riñones, secos desde hacía días, dejaron de funcionar.

Se apagó sin quejarse, con los ojos abiertos al cielo, mirando algo que solo ella veía.

Le pregunté, antes del final, si quería que enterrara a su hijo con ella.

Teudas tradujo. Ella movió los labios. Dijo una sola palabra.

— Fuego —dijo Teudas.

La quemamos, a ella y al niño, en una hondonada del bosque, con ramas secas de roble y con las pocas hojas de laurel que Seutes me había puesto en el botiquín.

No cantamos nada. Valerio, con el casco bajo el brazo, murmuró algo en un idioma de montaña.

Teudas, de rodillas, recitó una larga oración en gótico, con la voz entrecortada, y las lágrimas le corrían por la cara sin que hiciera ademán de secarlas.

Aquella noche, sentado junto a los rescoldos, saqué la tablilla y grabé con la punta del cuchillo dos nombres más, uno debajo del otro, con una letra pequeña y temblorosa:

Ansila. Amalric.

Eran el séptimo y el octavo.

Nos vieron al caer la tarde del segundo día.

Habíamos apagado los rescoldos de la pira, enterrado las cenizas bajo una capa de hojas y recogido los fragmentos de ánfora, que yo envolví uno a uno en trapos y guardé en un saco de cuero, y nos disponíamos a salir del bosque cuando uno de los exploradores de Valerio regresó corriendo,

con la cara blanca y la respiración entrecortada.

—Jinetes —jadeó—. A media legua. Cuarenta o cincuenta. Vienen por el camino de la villa.

Valerio no hizo preguntas. Con un gesto, mandó apagar los últimos rescoldos, atar los caballos y montar.

Lo hicimos en un silencio tenso, sin una palabra, sin una orden gritada, con ese entendimiento sin palabras que solo conocen los hombres que han cabalgado juntos.

Yo trepé a Hermes con las rodillas temblando, aferrando el saco contra el pecho como si fuera un niño.

— Quédese en el centro —me dijo Valerio, con la voz baja y firme—. No se separe de mí. Haga lo que le diga. Si le digo que corra, corra. Si le digo que se tire, se tira. Y pase lo que pase, no suelte el saco.

— No lo soltaré.

—Teudas. A su lado.

El liberto asintió.

Fueron guerreros, los últimos guerreros que quedaban en pie, un grupo de godos que, o bien no habían bebido de los pozos o bien habían resistido la enfermedad, y que patrullaban la comarca con una ferocidad desesperada.

Los vi aparecer por una loma, en una larga fila oscura que se recortaba contra el cielo del atardecer, con sus escudos redondos, sus lanzas largas y las melenas rubias al viento.

Eran cuarenta y tantos. Estaban delgados, con los pómulos marcados y los ojos hundidos, pero cabalgaban erguidos, y llevaban en las manos la tranquilidad de los hombres que ya no tienen nada que perder.

—¡Ahora! —gritó Valerio.

Nos lanzamos hacia el sur por la vaguada, a todo galope, con los cascos retumbando contra la tierra seca.

Fue una carrera ciega, entre árboles y matorrales, bajo el aullido de las voces godas que nos perseguían y el silbido de las flechas, que caían a nuestro alrededor con un rumor de abejas furiosas.

No sé cuánto duró. Lo único que recuerdo es el rostro de Valerio, a mi lado, con los dientes apretados y el bigote negro cubierto de polvo, gritando algo que no entendía; la cabeza de Hermes subiendo y bajando; el saco de cuero golpeándome las costillas; y los gritos, a mi espalda,

de los hombres que caían.

Un jinete dálmata se desplomó del caballo a veinte pasos de mí, con una flecha clavada en el cuello. Lo vi caer y rodar por el suelo, y desaparecer entre el polvo. Quise detenerme. Valerio me agarró de las riendas con un tirón brutal y me arrastró hacia delante.

— ¡No! —rugió—. ¡Ya no se puede!

Cruzamos un arroyo. Subimos una ladera. Atravesamos un bosque de hayas donde las ramas bajas nos azotaban las caras.

En algún momento, me di cuenta de que los gritos godos se habían quedado atrás, que el rumor de las flechas había cesado, y que solo se oía el jadeo de los caballos y el resoplar de los hombres.

Valerio levantó la mano y frenamos en un claro, rodeados por un círculo de árboles negros, con los flancos de los animales humeando.

Faltaban tres jinetes.

No pude buscar los nombres hasta que llegamos al campamento, a las tres de la madrugada, extenuados, cubiertos de polvo y de sudor, con los caballos al borde del colapso.

Los centinelas nos dejaron pasar al reconocer la voz de Valerio, y una pequeña multitud de soldados, que habían estado esperando desde la víspera, se agolpó a nuestro alrededor, preguntando y abrazando.

Seutes se abrió paso a codazos. Me agarró de la túnica con las dos manos, lleno de lágrimas, y empezó a decir cosas incomprensibles en tracio.

— Estoy bien, Seutes. Estoy bien.

—Os dije que os perderíais.

—No me perdí.

—Mentiroso. —Se limpió la nariz con la manga—. Cástor lleva dos noches sin dormir.

Cástor estaba detrás de él, quieto, con los brazos colgando. No hizo ningún gesto. Se limitó a mirarme, y yo le devolví la mirada, y hubo algo traducción.

Pregunté a responder. Había bajado del caballo con dificultad, apoyándose en la silla, y miraba al suelo.

en su rostro, sordo y serio, que no necesitaba

Valerio cómo se llamaban los tres. Tardó en —Nonio Severo, de Salona —dijo por fin—. Aulo Cecina, de Siscia. Y el chico de Poetovio, Marcos. No me acuerdo del apellido. Lo tenía en la lista y no me acuerdo.

— ¿Cuántos años tenía Marcos?

—Diecinueve.

Aquella noche, en mi tienda, con una lámpara encendida, grabé tres nombres más en la tablilla, que ya casi no tenía espacio.

Nonio Severo. Aulo Cecina. Marcos de Poetovio.