CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE #3
No sé si Teón me habría aprobado. Creo que sí.
Creo que me habría dicho: «No tienes elección».
Porque quienes llegarían a caer víctimas de aquella enfermedad no eran solo los godos.
Eran los míos. Eran Probo, Seutes, Cástor, el tribuno de la pierna, Claudio.
Y yo no podía volver a ellos con las manos vacías.
Abrí el vientre del joven rubio con el bisturí, de arriba abajo, y lo que apareció bajo el candil fue lo que esperaba y lo que temía.
El intestino grueso, el colon, estaba hinchado, de un color rojo vinoso y violáceo, cubierto en toda su superficie interior de úlceras irregulares, como si alguien lo hubiera rascado con unas uñas.
En algunas zonas la mucosa se había desprendido en jirones, dejando al descubierto la carne viva, sanguinolenta.
El contenido era un líquido turbio, con restos de sangre y de moco.
El resto de las vísceras parecía sano. El hígado, intacto; los pulmones, limpios; el corazón, normal; el estómago, vacío.
—Aguanta —dije a Valerio, que acababa de emitir un sonido estrangulado y apartaba la lámpara.
— Estoy bien.
—No lo estás. Respira por la boca.
—Lo estoy.
—Entonces sostén la luz.
Anoté mentalmente: colon ulcerado, sin lesión en el resto del cuerpo, sin signos de envenenamiento por hierbas.
Teón me había enseñado a distinguirlo: el veneno del eléboro quema el estómago, la cicuta paraliza, el acónito detiene el corazón.
Esto era otra cosa. Aquello era una enfermedad del agua.
Un mal que entraba por la boca y se instalaba en el intestino, pudriéndolo desde dentro, y de allí se llevaba toda la humedad del cuerpo hasta secarlo como una vid sin riego.
Lo que no comprendía era la magnitud. La disentería es común en los campamentos.
Se lleva a los débiles, a los ancianos, a los niños.
Pero un ejército entero, miles de guerreros fuertes y sanos, ¿cómo podía contagiarse al mismo tiempo, en el mismo punto, con la misma violencia?
¿Y tan rápido? Aquellos doce guardias, jóvenes y robustos, se habían muerto casi a la vez, en el mismo sitio, con las armas al alcance de la mano.
Era como si hubieran bebido todos de la misma fuente, el mismo día, y todos la hubieran encontrado envenenada.
Me limpié las manos con vinagre, enrollé los instrumentos y me puse de pie. Me temblaban las rodillas.
—Ahora vamos a buscar los pozos —dije.
Nos movimos hacia el centro del valle con las primeras luces del amanecer, y lo que vimos al coronar la última loma me dejó mudo.
El campamento godo se extendía a nuestros pies como un mar muerto.
No había orden en él, ni calles, ni puertas, ni empalizada, como en los nuestros; no era una ciudad militar, sino la huella de una nación entera que había plantado sus carros donde la noche la había sorprendido y allí se había quedado.
Miles de carros, miles de tiendas de cuero y de ramas, miles de hogueras apagadas, y entre ellas, tendidos al azar, los cuerpos.
Algunos en pilas, donde los supervivientes habían empezado a apilarlos antes de rendirse.
Otros junto a los fuegos, en grupos familiares, abrazados.
Otros en los caminos, cayendo a medio paso, con los brazos extendidos como si hubieran intentado alcanzar algo.
Y sobre todo el valle, tan densa que parecía una tela viva, la nube negra de los cuervos, que se levantaba y se posaba con un rumor de vendaval.
A lo lejos ardían las piras. Eran pocas ya.
Las que quedaban humeaban apenas, sin gente que las alimentara.
—Los dioses —murmuró uno de los jinetes, en voz tan baja que apenas lo oí.
Valerio Máximo no dijo nada. Se limitó a bajar la cabeza, y todos, uno tras otro, hicieron el signo de la mano contra el pecho que usaban los ilirios para espantar el mal de ojo.
Descendimos al valle por una vaguada, en silencio.
Los primeros cadáveres aparecieron a unos cientos de pasos.
Eran niños. Cuatro, cinco, ocho, tendidos sobre una pila de mantas, con los vientres hundidos y las bocas entreabiertas.
Alguien, antes de rendirse, los había colocado en fila y les había cerrado los ojos. Me quedé inmóvil. No sé cuánto tiempo.
— No miréis —dijo Teudas con voz ronca.
—Sí miro.
—No sirve de nada.
—Sí sirve.
Y miré. Miré, uno por uno, aquellos rostros pequeños, hasta que cada uno se me fijó en la memoria, porque comprendí que no podía anotar sus nombres en la tablilla, pero sí podía anotar sus caras.
El pozo estaba en el centro de una antigua granja romana, a media legua del campamento principal, en la ladera que baja hacia el Nisava.
Era una villa rústica de tamaño mediano, de esas que se habían multiplicado en la Dardania en tiempos más pacíficos: un edificio principal de piedra con techo de tejas, un patio cuadrado, graneros, cuadras, un lagar.
Estaba abandonada desde hacía años, y los godos la habían ocupado, pero no para vivir en ella: la usaban de lazareto.
En cada habitación había enfermos tendidos en el suelo sobre mantas, y casi todos estaban muertos.
El patio central era una hilera de cuerpos cubiertos con trapos.
En el centro del patio, circular, de piedra gris, con un brocal bajo y un cubo de madera atado a una cuerda, estaba el pozo.
Me asomé al brocal con una antorcha. Era profundo, de unos veinte codos, forrado de piedra hasta el fondo, y en el fondo brillaba un círculo de agua negra, quieta, que devolvía la llama como un espejo.
Bajé el cubo. Lo subí. El agua que traía era clara, completamente transparente, con un leve matiz verdoso, sin impurezas visibles.
La olí. Olía a piedra y a humedad. No a podredumbre. No a excrementos. Era agua limpia.
La dejé caer de nuevo. No la probé. Por una vez, la prudencia me ganó a la curiosidad.
— Está limpia —dije.
—¿Entonces?
— Entonces no es este pozo. O ya no lo es. —Alcé la antorcha y recorrí con la luz el borde de piedra, el suelo, el patio—. Pero hay algo que no encaja.
Y entonces lo vi.
Cerca del brocal, medio enterrado entre la tierra suelta y las hojas secas, asomaba el borde de una pieza cerámica.
Me agaché y tiré de ella. Era un fragmento grande, del tamaño de una mano abierta, curvo, de barro rojizo y grueso.
Un fragmento de ánfora. Lo giré a la luz y vi, en la cara interior, una costra oscura, quebradiza, de color parduzco, que se desprendía en escamas.
La rasqué con la uña. Se deshizo en un polvo fino. Me llevé los dedos a la nariz.
Esta vez no pude contener una arcada.
No era podredumbre vegetal ni animal. Era algo mucho peor y mucho más específico: el olor concentrado, secado, endurecido, de las deposiciones de un enfermo. La disentería hecha costra. La enfermedad, conservada en barro.
—Valerio —dije, con la voz estrangulada—. Busquen más trozos.
Los jinetes se dispersaron. Al cabo de diez minutos, en un rincón del patio, tras el lagar, habían reunido diecisiete fragmentos, más o menos grandes, de lo que habían sido al menos cuatro ánforas distintas, todas rotas con un golpe deliberado, y arrojadas a un montón de basura junto al muro.
Los fui examinando uno a uno, a la luz de la antorcha.
Todos tenían la misma costra interior. Todos olían igual.
Pero lo que me heló la sangre no fue eso, sino otra cosa: las ánforas eran romanas.
No eran cerámica goda, tosca y hecha a mano, sino piezas de torno, de pasta fina, con el tipo de asa y de borde que se fabricaba en los talleres de Italia para transportar vino.
Todavía conservaban, en el cuello de una de ellas, restos de pez negra y de un tapón de corcho, sellados con el cuidado de quien no quiere que nada se derrame.
En el hombro de la más grande, sobre la arcilla cocida, una marca de alfarero: un sello rectangular con letras de relieve, rotas por la mitad. Alcancé a leer apenas «…ALER…», y debajo, medio borrada, la forma de una hoja.
— Valerio es el nombre más común del imperio —dijo el decurión, que miraba por encima de mi hombro—. Hay diez mil. Quizá más.
— Quizá sea otra cosa.
—Quizá. —Me miró—. ¿Qué es esto, médico?
Me quedé un rato sentado sobre los talones, con el fragmento entre las manos, mirando el brocal del pozo y el círculo negro de agua que brillaba en el fondo. Fue una de esas veces en que el pensamiento se ordena solo, sin esfuerzo, como si hubiera estado esperando que alguien abriera la puerta.
—Esto —dije al fin— es la enfermedad, Valerio. Alguien la recogió.
—¿Cómo que la recogió?
— Alguien tomó las deposiciones de los enfermos.
De cientos de enfermos. Las diluyó, o las dejó fermentar, o las concentró; no lo sé.
Las metió en ánforas. Las selló con pez, para que no se perdieran, y las transportó hasta aquí.
—Señalé el montón de fragmentos—. Y las vació en los pozos.
Una por una. Hasta que el agua de todo este valle se envenenó.
Valerio no dijo nada. Los jinetes, a mi alrededor, se habían quedado quietos.
—Pero el pozo está limpio —observó Teudas, con una voz que casi no era la suya.
— Ahora. Pero quien lo bebió hace tres semanas no. —Tragué saliva—. Es como un vino malo. Lo que contaminó el agua, se lo llevó el agua. Pero el daño quedó hecho.
Y en aquel momento supe, con una certeza fría que me bajó como un cuchillo por la espalda, que no estaba ante un azar de la naturaleza.
Que aquella peste no había nacido del hambre ni del hacinamiento ni de la mala suerte.
Que alguien, con paciencia y con método, había fabricado una enfermedad, y la había puesto a trabajar.
Fue Cástor, de haber estado allí, quien habría oído primero el sonido. Yo lo oí porque dejé de pensar un instante, y el silencio se llenó.
Era una voz de mujer, muy débil, que cantaba en una lengua que no entendía.
Una melodía lenta, de tres notas, repetida una y otra vez, como un conjuro.
Venía de uno de los carros abandonados, a unos treinta pasos de distancia, a la sombra de un olmo.
Nos acercamos con las armas en la mano. Valerio fue el primero en asomarse a la parte trasera del carro, entre las lonas desgarradas.
Se quedó parado, con la espada a medio levantar.
Dentro, sentada contra los barriles, había una mujer.
Era joven, de unos veinte años, con un cabello rubio ceniza enmarañado y unos ojos azules enormes, hundidos en un rostro que había sido hermoso y ahora era un cráneo cubierto de piel.
Tenía los labios agrietados, cubiertos de costras.