CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE #2
Ambos habíamos presenciado lo mismo. Ambos habíamos participado. Y ambos preferíamos callarlo.
Seutes me alcanzó antes de que cruzáramos la puerta del campamento. Venía corriendo, con la barriga bamboleándose, y me puso en las manos un odre pequeño.
— Vinagre fuerte —jadeó—. Para la cara. Y esto —me dio un paquete envuelto en trapo— es pan con miel. No sé qué comerá allí, pero seguro que no será bueno.
—Gracias, Seutes.
— Vuelva —dijo, con una brusquedad que no encajaba con la humedad de sus ojos—. No sé hacer nada sin usted. —Se frotó la cara con la manga—. Ni siquiera sé cómo va a volver sin mí. Se perderá. Esto es una locura. Vuelva.
Cástor estaba a su lado. No dijo nada, naturalmente. Pero levantó la mano derecha con la palma abierta, un gesto que habíamos inventado entre los dos y que significaba, aproximadamente: aquí estaré.
Respondí del mismo modo. Y salimos del campamento hacia el sur, bajo un cielo sin luna, en dirección a aquel humo que ardía en la noche como una herida.
Cabalgamos toda la noche, y no recuerdo haber tenido tanto miedo en mi vida.
No era un miedo agudo, de los que se manifiestan en temblores y sudor frío, sino un miedo bajo y constante, tan parecido al ruido de fondo que acaba por convertirse en música.
El caballo que me habían asignado, un tordo manso al que bauticé en silencio Hermes por pura necesidad de nombrar algo, avanzaba con ese paso rítmico y seguro de las bestias criadas en montaña.
Yo me aferraba a la silla con los muslos y trataba de no pensar en las caídas, en los barrancos, en los baches que no veía.
Valerio Máximo cabalgaba a mi izquierda, tan silencioso que a ratos olvidaba su presencia, y de cuando en cuando extendía la mano hacia mis riendas y las corregía con un toque breve, sin decir palabra, como un maestro con un alumno torpe.
El cielo estaba lleno de estrellas. Las reconocí una a una: el Carro, la Cabra, las Pléyades, esa constelación de siete hermanas que mi madre llamaba las siete vírgenes de la mala suerte.
Los cascos de los caballos, envueltos en trapos, apenas rozaban la hierba.
Íbamos en fila de a uno, sin hablar, por un sendero de pastores que Valerio conocía de memoria y que serpenteaba entre bosques de robles y barrancos secos, siempre hacia el sur, siempre hacia aquel resplandor sucio del horizonte, que se hacía cada vez más ancho.
Hacia la madrugada empezó el olor.
Fue casi imperceptible al principio, un matiz en el aire fresco de la noche, algo que me hizo alzar la cabeza como un animal que olfatea.
Pensé en la vendimia, en fruta pasada. El corazón me dio un vuelco brutal.
Pero no. Pasados unos minutos entendí que no era aquello, que no era el dulzor.
Era otra cosa, más espesa y más baja, que subía del suelo con la brisa: el olor de la carne que se descompone al sol, mezclado con humo de leña húmeda, con excrementos, con tierra removida, con ceniza.
El olor de un campo de batalla de una semana.
El olor de una ciudad sin enterrar a sus muertos.
Respiré hondo, dos, tres veces, tratando de distinguirlo todo.
Y entonces comprendí una cosa que me tranquilizó y me alarmó a la vez: aquella peste, fuera lo que fuese, no era la de Alejandría.
No tenía el dulzor. No tenía el perfume pérfido, el aviso amable.
Aquello era otra cosa, otra enfermedad, otro enemigo.
Más antiguo, más tosco, menos sutil. Y precisamente por eso, quizá, más comprensible.
—Ya llegamos —murmuró Valerio, con voz casi inaudible.
Pasamos el día oculto en un barranco boscoso a dos leguas de las líneas godas.
Valerio dispuso centinelas en lo alto de las laderas, mandó atar los caballos entre las zarzas y ordenó silencio absoluto.
Nos tendimos entre las raíces de los robles, con las capas sobre el rostro, mordisqueando pan duro.
Yo no pude dormir. Teudas, a mi lado, tampoco.
—¿Cuánto hace que dejaste a los godos? —pregunté en un susurro, por romper el silencio.
— Cuatro años. —Teudas no abrió los ojos—.
Me capturaron de niño en una incursión sobre Dacia, y viví entre ellos hasta los veinte, como siervo de un jefe de los tervingios.
Después me vendieron a un comerciante griego del mar Negro, que me trató bien y me dio la libertad cuando murió.
Soy liberto. Mi nombre cristiano es Teodoro; pero ellos me llamaban Theudis.
— ¿Los odias?
Se quedó callado largo rato.
—No es odio —dijo al fin—. Es peor. Los entiendo.
—¿Qué quieres decir?
— Quiero decir que no son monstruos, médico.
Son gente que tiene hambre. Llevan generaciones expulsados de sus tierras por los hunos, por el frío, por la sequía, por el hambre.
Los han empujado hasta el borde del Danubio, y han cruzado porque no hay otro lugar donde ir.
—Abrió los ojos y miró las ramas—. Tienen madres.
Tienen niños. Cantan por la noche. Yo crecí escuchándolos cantar.
Y ahora estoy aquí, con vosotros, para ayudaros a matarlos.
No supe qué responder.
— Pero ya ves —prosiguió—, es un oficio. Alguien tiene que hacerlo. Y mejor que lo haga alguien que los entiende, para que no los maten por error.
—¿Qué costumbres tienen con los muertos?
— Los queman. Siempre. Es un deber sagrado.
Un guerrero que muere debe arder esa misma noche, con sus armas, para que su espíritu cabalgue.
Los que no pueden quemarse, los dejan en los bosques, en árboles altos, para los cuervos.
Pero nunca los dejan en el suelo, sin cuidado.
Nunca. —Hizo una pausa—. Cuando vi desde la colina las piras, comprendí que algo muy grave estaba pasando.
Los godos no queman miles de muertos si las cosas marchan bien.
Los queman cuando ya no pueden hacer otra cosa.
Y cuando dejen de quemarlos, será que ya no quedan vivos para hacerlo.
Aquel pensamiento nos silenció a los dos durante el resto del día.
Descendimos del barranco al caer la noche.
Valerio había enviado a dos exploradores a reconocer el terreno, y volvieron al cabo de una hora con una información que parecía imposible: no había centinelas.
Ni uno solo. Ni en las colinas, ni en los vados, ni en las encrucijadas.
El flanco norte del campamento godo, que los romanos llevaban semanas observando con sigilo, estaba abierto como una puerta sin cerrojo.
Avanzamos a pie, tirando de los caballos por las riendas. La luna aún no había salido, pero el resplandor de las piras, a lo lejos, teñía de naranja el borde del cielo, y bajo aquella luz mortecina, a medida que nos acercábamos, el mundo se iba llenando de formas.
La primera que vimos fue un carro volcado.
Después otro. Después una hilera, a lo largo de un camino, abandonados, con los ejes rotos, las lonas desgarradas, los bueyes caídos entre las varas, hinchados como odres, con las patas rígidas apuntando al cielo.
Un perro flaco, atado a una rueda, nos miró con ojos brillantes y no ladró.
Después, a la entrada de un pequeño valle, un puesto de guardia.
Era una cabaña de troncos con un techo de ramas y un hogar de piedras, y alrededor, tendidos en el suelo en posturas extrañas, estaban los guardias.
Eran doce. Se habían muerto en el sitio.
Algunos junto a las armas, con la mano todavía tendida hacia la lanza; otros acurrucados sobre sí mismos, con las rodillas contra el pecho; uno medio incorporado, apoyado contra una pared, con la boca abierta y la cabeza caída.
Las moscas formaban sobre ellos una nube vibrante, un zumbido continuo que me recordó el de una colmena.
Llevaban, calculé, cinco o seis días muertos.
Valerio levantó una mano y los jinetes se detuvieron. Miró a su alrededor con los ojos entornados, escuchando. No se oía nada. Nada más que las moscas, el crujido lejano de algún ave de rapiña, y el eco cada vez más débil de nuestros propios pasos.
— Aquí no ha pasado nadie en días —murmuró.
—Tengo que verlos de cerca.
—Hágalo rápido.
Me até un paño empapado en vinagre sobre la nariz y la boca, tal como había hecho nueve años antes en la bodega de Teón, y sentí cómo el olor ácido me quemaba la garganta.
Me arrodillé junto al primer cuerpo. Era un hombre joven, de unos veinticinco años, rubio, delgado, con una cota de cuero reforzada y un amuleto de hueso al cuello.
Le examiné el rostro con el candil que Teudas sostenía a mi lado.
Los ojos estaban hundidos en las órbitas, con un aspecto hueco y vidrioso.
La piel, tirante y reseca, se había adherido a los huesos de las mejillas, y los labios se retraían, agrietados, sobre los dientes.
Le pellizqué la piel del dorso de la mano y me quedé así, sosteniéndola: no volvió a su sitio.
Quedó formando una arruga, un pequeño pliegue rígido y pálido, como el de una anciana.
— Se ha secado —dije en voz baja.
—¿Qué?
— Se ha secado. Perdió tanta agua que su cuerpo se contrajo sobre sí mismo.
—Aparté con cuidado la tela de sus calzones, y un olor espeso y agrio me atacó a través del vinagre: el cuerpo estaba manchado hasta las rodillas de heces líquidas y sanguinolentas, ya resecas, costrosas, y mezcladas con las moscas.
— Disentería —murmuró Teudas.
—O algo parecido.
Registré el resto de los cuerpos con la misma metodología fría que Teón me había inculcado.
Todos presentaban el mismo cuadro: ojos hundidos, piel seca, vientre hundido, deposiciones sanguinolentas, restos de vómito alrededor de la boca.
Dos conservaban la mano apretada contra el abdomen, rígida como una garra.
Un hombre mayor, de barba gris, había arañado el suelo con los dedos hasta dejarse las uñas rotas.
Nadie había sido herido. Nadie había luchado.
Ninguno tenía una gota de sangre en el cuerpo que no hubiera salido por donde sale la sangre de los enfermos.
— Valerio —dije—. Necesito una hora.
—No tenemos una hora.
—Una hora. Y una cabaña con las puertas cerradas. Necesito abrir uno.
Valerio me miró con una expresión que no supe interpretar. Después, con un gesto, ordenó a dos de sus hombres que arrastraran el cadáver del joven rubio al interior de la cabaña y cerraran la puerta con una manta colgada.
Fue la primera vez que practiqué una disección desde Alejandría, y fue la única que hice a la luz de un candil sostenido por un decurión ilirio con el rostro verdoso, sobre un camastro de ramas, rodeado de las moscas y del sudor frío de los caballos que respiraban fuera.