CAPÍTULO 2 EL ENEMIGO INVISIBLE
Valles de la Dardania, cerca de Naissus, agosto del año 269 d. C.
Al sur de Singidunum la tierra cambia. Las llanuras del Danubio, anchas y pardas, se pliegan poco a poco en colinas, y las colinas se levantan en montañas, y entre las montañas aparecen valles estrechos y verdes por los que corren ríos de agua clara y fría, y la calzada,
que hasta entonces se había extendido recta como una regla, empieza a serpentear siguiendo las orillas, atravesando bosques de robles y hayas, cruzando puentes de piedra viejos como la propia Roma.
Es un país hermoso y duro, de gente reservada y rostro curtido, que cultiva pequeños campos en laderas imposibles y cría ovejas de lana áspera. Es el país de Claudio.
Lo supe porque el propio emperador me lo dijo, el segundo día de marcha hacia el sur, cuando cabalgaba a mi lado por un camino de herradura que bordeaba un barranco.
Había aflojado las riendas y miraba las laderas con una expresión que no le había visto nunca, una especie de suavidad cautelosa, como la de quien reconoce una cara en una multitud y no se atreve a saludar.
«Por allí», dijo, señalando con la barbilla un valle lateral que se perdía entre las sombras, «hay una aldea donde me cortaron el cordón. Mi madre me lo contó muchas veces. Nací en pleno invierno, con la nieve hasta las rodillas, y la partera tuvo que atravesar tres collados para llegar a tiempo».
Se rio, brevemente, con esa risa seca suya.
«A veces pienso que fue la última vez que alguien se apresuró por mí».
Aquel país lo conocía palmo a palmo. Lo noté en el modo en que escogía las rutas, en que sabía antes que los exploradores dónde había un vado o un manantial, en la autoridad tranquila con que los campesinos que encontrábamos en el camino lo saludaban sin saber quién era,
tomándolo por un oficial de rango medio, y él les respondía en su lengua, un dialecto áspero y gutural que yo no entendía, preguntándoles por las cosechas, por los hijos, por el tiempo.
Esos hombres no sabían que hablaban con el emperador de Roma.
Pensaban que hablaban con uno de los suyos. Y no se equivocaban.
Cruzamos el Margus por un puente de barcas y subimos hacia Viminacium, la gran capital militar de Mesia Superior, donde descansamos tres días y renovamos provisiones.
Después seguimos hacia el sur por la calzada que los soldados llamaban la Vía Militar, la gran arteria que unía el Danubio con Bizancio y el Bósforo, y que atravesaba, a media jornada de marcha, el cruce de caminos que había que defender a toda costa.
Naissus apareció una tarde de finales de agosto, a la vuelta de un recodo del río.
Era una ciudad modesta, rodeada por una muralla vieja y por un anillo de huertos y viñedos que llegaba hasta la orilla del Nisava, un río de aguas rápidas y cristalinas que atravesaba la llanura serpenteando entre sauces.
Estaba situada en un amplio valle que se abría, hacia el sur y el este, entre dos cadenas de montañas boscosas, y por ese valle, como por un embudo, pasaban todos los caminos que unían el norte con el sur de los Balcanes.
Quien dominara Naissus dominaba el tránsito entre el Danubio y Macedonia.
Claudio lo sabía. Lo había sabido siempre.
El ejército se desplegó en la llanura al norte de la ciudad, sobre una colina baja que dominaba el valle, y las legiones empezaron a levantar el campamento con esa eficacia fabril que había visto cientos de veces y que nunca dejó de fascinarme: en menos de tres horas, sobre un terreno vacío,
apareció una ciudad de lona con calles rectas, puertas, torres de vigilancia, un foso, una empalizada y un puesto de mando en el centro, todo con las medidas exactas que dictaba el manual del campamento.
Los centuriones supervisaban con varas de vid.
Los zapadores cavaban. Las mulas, ya descargadas, pastaban atadas a largas cuerdas, y el olor del humo de leña empezó a subir de cientos de fogatas.
Aquella noche, cuando ya el campamento estaba terminado, me instalé en mi tienda con la sensación de haber llegado a un lugar del que no se vuelve.
Seutes encendió las lámparas. Cástor ordenó los instrumentos sobre la mesa.
Fuera, el aire olía a hierba cortada y a humo, y a lo lejos, hacia el sur, más allá de las murallas de la ciudad, se extendía una oscuridad inmensa y silenciosa.
La oscuridad no era del todo oscuridad. Fue Probo quien me lo hizo notar, a la mañana siguiente, cuando subimos juntos a una torre de vigilancia que los zapadores habían levantado en la esquina norte del recinto.
Desde allí se dominaba todo el valle. Al amanecer, con la bruma de las vegas ascendiendo en jirones, vimos algo que me heló la sangre.
Había humo. Muchísimo humo. No era el humo de una ciudad, ni de un campamento ordenado, sino el de miles de fogatas dispersas por la llanura, a lo largo de una distancia que el ojo no alcanzaba a abarcar.
Se extendía desde las estribaciones del oeste hasta las colinas del sur, como una niebla gris y sucia sobre los campos, y debajo del humo, apenas visibles a aquella distancia, había puntos pequeños que se movían: carros, caballos, reses, hombres. Una masa. Una nación.
—Ahí están —dijo Probo con voz serena.
—¿A qué distancia?
— Tres leguas, quizá cuatro. —Se apoyó en la barandilla de la torre—. Llevan aquí al menos una semana, por lo que dicen los exploradores. Y no se han movido.
— ¿Por qué?
—Eso es lo raro.
Aureliano lo explicó en el consejo de guerra de aquella tarde.
Había salido con la caballería iliria cuatro noches seguidas, en patrullas que se internaban en la llanura hasta donde se atrevían, y volvió con un informe que nadie esperaba.
Lo expuso de pie ante la mesa del mapa, con las manos a la espalda, con esa economía de palabras que lo caracterizaba, sin adornos ni dudas, como quien lee una lista de cargas.
Los godos eran más numerosos de lo que se había calculado.
Había que multiplicar por dos o por tres las estimaciones más altas.
Llenaban el valle del Nisava y de sus afluentes de punta a punta.
Pero algo andaba mal. No habían avanzado ni una milla desde que acamparon.
No habían enviado exploradores. No habían atacado ninguna de las patrullas romanas que se aproximaron a sus líneas.
Y lo más extraño: de sus campamentos subían, noche y día, columnas de humo que no eran de cocina.
—¿De qué entonces? —preguntó Aurelio Casiano.
—De piras —dijo Aureliano con voz seca—. Están quemando a sus muertos.
Un silencio. El prefecto frunció el ceño.
—Siempre queman a sus muertos. Es una costumbre bárbara.
— Hay tantas piras que desde dos leguas de distancia se huele la carne quemada.
Y los cuervos —hizo una pausa— se han reunido en tal cantidad que oscurecen el cielo al mediodía.
No hay combates, prefecto. No hay asedio.
Ninguno de nuestros exploradores ha tropezado con una patrulla enemiga en cuatro noches.
Los godos no vigilan. Los godos no se mueven. Los godos se están muriendo.
Se volvió entonces hacia mí, y fue la primera vez que lo vi dirigirse a mí sin hostilidad, con la formalidad seca de quien reconoce una autoridad técnica.
— Quiero que lo vea alguien que entienda de eso. No sé si es peste, ni si es veneno, ni si es castigo de sus dioses. Pero si es una enfermedad, quiero saber de qué clase. Si se contagia, y de qué manera. Y si puede llegar hasta nosotros.
Claudio, que había escuchado todo el informe sentado, con los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en las manos entrelazadas, levantó los ojos y me miró.
—¿Irías?
No tuve que pensar. Quizá fue la tablilla, con sus seis nombres, que llevaba en el fondo del maletín. Quizá fue Teón, o la voz de cisterna que llevaba dos años sonándome en la nuca. O quizá fue algo más simple y más viejo: la curiosidad, esa enfermedad del médico que ninguna razón consigue curar.
— Iría.
—Es peligroso —dijo Probo con suavidad—. Si te capturan…
—Si me capturan, seré un cirujano griego más en la lista de los muertos de esta guerra.
— Te acompañará una escolta —dijo Claudio—.
Veinte jinetes ilirios, bajo el mando de un decurión de confianza.
Y un intérprete, porque lo necesitarás. Saldréis esta noche, cuando haya oscurecido.
Volveréis antes del alba de pasado mañana, si no os ha pasado nada.
—Hizo una pausa—. Y si os ha pasado algo, no volveréis.
Nadie rio.
Mi escolta se reunió ante mi tienda al caer la noche.
Veinte jinetes ilirios montados en caballos bajos y recios, de pelo hirsuto y mirada inteligente, vestidos con cotas de malla oscurecidas con hollín, sin estandartes, sin insignias, con las vainas de las espadas envueltas en tela para que no sonaran.
Los mandaba un decurión alto y huesudo, con un bigote negro y caído y unos ojos del mismo color que miraban sin parpadear.
Cuando se aproximó a mí con una mano apoyada en el pomo de la espada, lo reconocí antes de que hablara.
— Valerio Máximo, decurión de la segunda ala dálmata —dijo con una media sonrisa—. Lanza en el muslo, sin hueso comprometido. Si no hay fiebre, andará en diez días.
Se me escapó una carcajada. No podía creerlo.
Era el hombre al que había curado en mi primera tienda de Mediolanum, con la pierna vendada, a quien Claudio había interrogado por su nombre y por su aldea.
Había engordado un poco, y le había salido una cicatriz nueva en la mejilla, pero la mirada, serena y alerta, era la misma.
—Las diez jornadas se cumplieron —dije.
— Se cumplieron todas. Y aquí estoy, con la pierna entera, para pagarle la deuda. —Hizo un gesto con la mano abierta—. Se me ha dicho que seguiré sus órdenes, médico. Me han dicho también que usted no sabe montar a caballo.
— He aprendido.
—Ya lo veremos.
Me presentó al intérprete: era Teudas, el liberto de la tienda negra, que aguardaba apoyado en un poste con las manos metidas en las mangas. Cruzamos una mirada. Él inclinó la cabeza, apenas.
—Médico —dijo.
—Teudas.
No hablamos de lo que había ocurrido en la tienda del prefecto.
Pero cuando monté a caballo y me puse en marcha al frente de aquella extraña columna, noté que Teudas cabalgaba justo detrás de mí, y comprendí, sin que ninguno de los dos lo dijera, que había en aquella cercanía una especie de entendimiento.