CAPÍTULO 1 LA MARCHA DE LOS CONDENADOS #5
Y en el suelo, atado de pies y manos a un poste de madera clavado en la tierra, medio desnudo, con la cabeza caída sobre el pecho, había un hombre.
Era un joven alto y fornido, de unos treinta años, de barba rubia y pelo trenzado, con la piel bronceada por el sol de las estepas.
Tenía la espalda cruzada de verdugones, unos recientes y otros más viejos, y un costado quemado, con la carne abierta y enrojecida.
No gritaba. Respiraba con una lentitud tensa, como un animal herido que ahorra fuerzas.
— Lo capturaron al anochecer —dijo Aurelio Casiano sin volverse—.
Cruzando el río a nado, con un hatillo de refugiado y un niño pequeño agarrado al cuello.
Dijo que huía de los godos. Que era de Tomis, que era cristiano, que no tenía nada.
Pero las patrullas de Aureliano lo siguieron hasta la orilla y vieron que había dejado al niño escondido entre los juncos, solo, y que se internó hacia el campamento por el flanco norte, donde están las reservas de grano y las caballerizas.
Después un centinela lo sorprendió merodeando junto a la fuente donde beben los caballos.
— ¿Qué quería?
—Eso es lo que vas a ayudarme a averiguar.
Entonces vi lo que había en la mesa. Entre un cuenco de agua y un montón de trapos, sobre un paño de lino, había una bolsa de cuero abierta, y a su lado, desparramadas, once monedas de oro.
Cogí una. Era un aureo nuevo, de un brillo casi doloroso en la penumbra, con la efigie de un hombre de frente ancha y nariz rota, y una leyenda que me costó leer con la luz de la lámpara: IMP CLAVDIVS PIVS FELIX AVG.
Estaba acuñada en Ticinum. Apenas hacía unas semanas.
—Lleva el oro del emperador —murmuré.
— Lo ha robado. —Aurelio Casiano se encogió de hombros con indiferencia—. Los godos llevan meses romanas. Es probable que se llevaran destacamento.
saqueando ciudades
la paga de algún —Estas monedas se acuñaron en Ticinum este año. Ningún saqueo en Mesia puede haberlas tocado todavía.
El prefecto me miró. Por un instante vi en sus ojos una grieta fugaz, una chispa de duda que apagó con la misma rapidez con que apareció.
—Es robado —repitió—. Y ese no es asunto tuyo. Tú estás aquí para otra cosa.
— ¿Para qué?
—Para mantenerlo vivo.
Hay momentos en la vida de un hombre en que una frase se le queda grabada como una marca de hierro, y esa fue una de las mías.
«Para mantenerlo vivo». Lo dijo con una naturalidad horrible, como quien encarga a un herrero que afile una hoja.
Comprendí en un destello, de golpe y sin posibilidad de engaño, qué era lo que se esperaba de mí.
— No —dije.
—¿No?
—No puedo hacer eso. Soy médico.
— Eres el médico del emperador, y el emperador me ha dado poder para obtener información por los medios que sean necesarios.
—Aurelio Casiano avanzó un paso, y su sombra se proyectó sobre mí—.
Mira, griego. Este hombre ha entrado en el campamento con oro romano y una misión.
No sé cuál. Puede que quisiera envenenar los pozos, o prender fuego a los graneros, o asesinar al emperador.
Si es lo que sospecho, hay cuarenta mil vidas en juego.
Y él lo sabe. Solo que no quiere decirlo.
Tengo dos opciones: o lo hago hablar, o lo dejo con vida y mañana descubrimos qué quería hacer cuando sea tarde.
Si Mancio se pasa de la raya, se me muere antes de hablar. Para eso estás tú.
—Hay otras maneras…
—No hay otras maneras. Las he probado todas. Con los hombres como este, no hay otras maneras.
Miré al prisionero. Había levantado la cabeza. Tenía los ojos azules, de un azul muy pálido, casi translúcido, y me observaba con una calma extraña, sin súplica ni odio, como quien contempla a un hombre que le ha sido asignado por el destino.
Pensé en Teón. Pensé en el juramento: «No hay enemigo más grande que la enfermedad».
Pensé en que aquel hombre era un enemigo, sin duda; pero no era una enfermedad.
Y pensé, con una claridad glacial, en cuarenta mil hombres bebiendo de un pozo envenenado.
En el niño escondido entre los juncos. En las cuarenta y una camas de la Tienda de los Condenados.
— Si hago esto —dije, y la voz me sonó extraña, como la de otro hombre—, lo hago a mi manera. Yo diré cuándo parar. Si digo que está a punto de morir, paráis. No hay discusión.
Aurelio Casiano sonrió por primera vez en toda la campaña. Fue una sonrisa pequeña, helada, de depredador.
—Trato hecho.
No describiré todo lo que ocurrió en aquella tienda durante las dos horas siguientes. Me he prometido contarlo todo, y lo cumpliré en lo esencial, pero hay cosas que no se escriben dos veces, y la que sigue ya me ha costado demasiadas noches.
Mancio sabía su oficio. Eso fue lo peor.
No era un sádico ni un bruto; era un artesano, un hombre meticuloso, de gestos económicos, que trabajaba con la paciencia de un orfebre.
Empleó el látigo de plomo, el hierro candente, el potro.
Dosificaba el dolor, lo graduaba, lo alternaba con pausas calculadas y con preguntas formuladas en voz baja, casi con ternura, que Teudas traducía al gótico con una monotonía de sacerdote.
Y yo, a su lado, ejercía mi oficio. Tomaba el pulso al prisionero, observaba el color de sus labios, el ritmo de su respiración.
Le daba de beber agua con vino cuando se desvanecía.
Le limpiaba la sangre de la boca. Le decía a Mancio «espera», «ahora», «un poco más, no mucho». Era una colaboración perfecta.
Yo, el discípulo de Teón, el que había jurado luchar contra todo lo que mata a los hombres, sostenía con mis manos el mecanismo del dolor.
El prisionero habló una sola vez, tarde, cuando ya apenas le quedaba voz. Pronunció unas palabras en gótico, con un hilo de voz que se quebraba, y Teudas se inclinó para escuchar. El liberto tradujo, con una expresión de perplejidad.
—Dice… dice que el agua ya está pagada.
—¿Qué agua? —ladró Aurelio Casiano.
Teudas repitió la pregunta en gótico. El prisionero, con los ojos entornados, respondió algo más largo, entrecortado, con una especie de risa seca al final.
— Dice que ya está pagada. Que vais a beber lo que han sembrado. —Teudas se humedeció los labios—. Dice… que ya no importa lo que le hagáis. Que lo pagado, pagado está.
—¿Quién ha pagado? ¿Quién? —Aurelio Casiano se agachó, lo agarró de la barba, le levantó la cara—. ¡Pregúntale quién! Teudas preguntó. No hubo respuesta. El prisionero había cerrado los ojos.
— Prefecto —dije—. Se muere.
—Todavía no.
—Se muere ahora. Si insiste, no hablará más. Habíamos pactado.
Fue la segunda vez en la noche que Aurelio Casiano me miró con odio. Pero cumplió el pacto. Hizo un gesto brusco a Mancio, que dejó el hierro, y se incorporó, con el rostro congestionado. —Que viva hasta mañana —dijo—. Lo interrogaremos otra vez. Y tú te quedas con él.
No vivió hasta mañana. Murió una hora antes del alba, en la tienda del hospital donde lo habíamos trasladado, con la cabeza en mi regazo, entre los gemidos sofocados de un delirio que no entendí.
No tuve fuerzas para salvarlo, y tampoco, lo confieso, para intentarlo.
Estuve a su lado hasta el último aliento, mojándole los labios con un paño húmedo, y en algún momento, cuando su respiración se hizo más lenta, cuando el pecho apenas se movía, me incliné sobre él y le pregunté en griego, sin saber si me entendería:
—¿Cómo te llamas?
Abrió los ojos. Me miró. Y entonces, con un griego tosco, aprendido en algún puerto del mar Negro, respondió con un hilo de voz:
— Hunila.
—¿Hunila?
—Hunila. —Una sonrisa levísima, casi de burla—. Mi hijo… está en los juncos.
No dijo nada más. A los pocos minutos dejó de respirar.
Mandé a Cástor con dos soldados a buscar al niño.
Lo encontraron al amanecer, entre las cañas de la orilla, dormido, hambriento y aterrorizado, con un trapo atado a la muñeca.
Tenía tres años. No pronunció una palabra en latín ni en griego.
Lo bañé yo mismo, lo envolví en una manta y lo dejé al cuidado de una de las mujeres de la intendencia, una viuda de Panonia de gran corazón, que había perdido un hijo de su edad.
Nunca supe qué fue de él. Cuando el ejército partió, la viuda se quedó con el niño en Singidunum, y no volví a verlos.
Aquel amanecer, solo, me alejé del campamento hasta la orilla del Danubio y me lavé las manos en el agua verde y lenta.
Las froté con arena, con ceniza, con vinagre.
Las froté hasta que la piel se me abrió y sangró.
No servía de nada. Seguían oliendo a la tienda negra.
Y lo peor era que, bajo el olor a sangre y a hierro caliente y a carne quemada, creía percibir algo más, un dulzor tenue y viscoso, el eco de aquel otro olor que me perseguía desde Alejandría.
Sabía que no era posible. Sabía que el prisionero no estaba enfermo, que aquello era solo el hedor de la carne chamuscada.
Pero mi nariz, como una bestia aprendida, había empezado a confundirlo todo.
Abrí la tablilla de cera. Con el cuchillo de mis instrumentos grabé un nuevo nombre, debajo de los otros, con una letra más grande y más torpe de lo habitual: Hunila.
Era el sexto. No sabía aún si lo anotaba como se anota a un enemigo, a una víctima o a un testigo.
Quizá era las tres cosas. Pero comprendí, sentado en la orilla, con las manos sangrantes y el sol subiendo sobre el Ister, que algo se había quebrado en mi interior aquella noche, y que no volvería a ser lo que había sido.
Había jurado luchar contra la enfermedad, aunque no pudiera verla.
Y había descubierto que podía ayudar a un hombre a causar dolor con una eficacia que ningún enemigo invisible habría podido igualar.
Fue la primera grieta. No sería la última. Pero fue la que más me dolió, porque fue la primera, y porque me enseñó que el juramento no era un escudo, sino un espejo.
Detrás de mí, en el campamento, sonaron las trompetas de la diana.
El ejército se ponía en pie. Habíamos llegado al borde del imperio.
Delante estaban las montañas de Mesia, los valles de la Dardania, la encrucijada de Naissus, y al otro lado de todo ello, esperándonos con su paciencia de nación entera, los godos.
Aún no sabía que lo peor de aquella guerra no vendría con ellos.