CAPÍTULO 1 LA MARCHA DE LOS CONDENADOS #4
Se pierde por mil campos sin sembrar. El día que Roma deje de comer su propio pan, estará acabada, por muchos godos que mate el emperador.
Lo dijo con la voz ligera de quien comenta el tiempo, pero en la oscuridad vi cómo apretaba el papiro con los dedos. Aquel hombre ya entonces llevaba dentro una idea que no abandonaría nunca: que la guerra es un mal necesario, y que el único bien duradero es el que crece del suelo.
—¿Y el plan del emperador? —le pregunté—. ¿Piensas que saldrá bien?
— Es el mejor plan posible. —Lo dijo sin vacilar—. Lo que me inquieta no es el plan. Es lo que no sabemos. Los godos son una incógnita, tú lo has dicho. Y las incógnitas, en la guerra, son lo único que mata de verdad.
Se levantó, se sacudió el polvo del manto, y antes de irse me puso una mano en el hombro, con un gesto breve y amistoso.
— Duerme, alejandrino. Y no pienses tanto. En esta guerra, el que piensa demasiado acaba loco, y el que no piensa nada acaba muerto. El truco está en pensar lo justo.
El brote ocurrió ocho días después, a media jornada de Singidunum, en el valle de un pequeño afluente del Danubio, y fue culpa de un manantial.
Había sido un día de calor terrible, uno de esos días de finales de junio en que el aire parece hecho de metal fundido y las armaduras queman al tacto.
La columna marchaba desde el amanecer por una calzada sin sombra.
Los calderos de agua hervida, que seguían a la tropa en mulas y carros, habían llegado a la mitad de la columna cuando el agua se terminó.
El grueso del ejército continuó adelante, rumbo al campamento nocturno, pero un destacamento de la cuarta cohorte, que cerraba la marcha, y que llevaba tres horas sin una gota, encontró al pie de un cerro un manantial limpio y fresco que brotaba de una roca cubierta de musgo.
El centurión que los mandaba, un hombre honrado llamado Marco Septimio Fusco, vio el agua cristalina y vio a sus hombres con los labios agrietados, y tomó una decisión humana, equivocada y catastrófica: les permitió beber.
No los culpo. Ahora lo repito sin rencor: no los culpo.
Yo mismo, en su lugar, tal vez habría dejado beber.
El agua era clara, fría y no olía a nada.
Bebieron todos, sesenta y tantos hombres, de rodillas junto a la fuente, riendo, con las manos unidas en cuenco.
Llenaron sus cantimploras. Esa noche cenaron, durmieron, y al amanecer la mitad no pudo levantarse.
Cuando me llamaron, a media mañana, encontré cuarenta y un hombres tendidos bajo el sol en el borde del camino, doblados sobre sí mismos, con las manos apretadas contra el vientre y los labios secos.
Habían vomitado. Se habían ensuciado. Tenían los ojos hundidos, la piel gris y pegajosa, y los pulsos, cuando se los tomé, latían rápidos y finos como las alas de un pájaro.
Uno de ellos, un muchacho de diecisiete años que se llamaba Quinto Aufidio, me agarró de la túnica y me preguntó, entre sollozos, si se iba a morir.
—No —le dije, y creo que mentí.
Aislé a los enfermos. Hice levantar una tienda grande en un altozano, lejos del arroyo, cavar una letrina profunda a doscientos pasos de allí, y requisar todas las mantas y todos los cuencos de la cohorte.
Ordené quemar las deyecciones. Con Seutes y Cástor y una docena de capsarios, hicimos beber a los enfermos pequeños sorbos de agua hervida mezclada con vinagre y miel, y agua de cebada, y una decocción de cáscara de granada y de membrillo que Teón me había enseñado para las diarreas.
Les administré arroz de la India, que llevaba en mi botiquín por consejo de Dioscórides, cocido en caldo.
Los lavé, los cambié, les di calor. Me quedé con ellos tres noches sin dormir.
Los soldados, entre tanto, empezaron a llamar a aquella tienda de otra forma.
«La Tienda de los Condenados», decían. Y a los enfermos, con una crudeza que no era del todo cruel: los condenados.
Los que van a morir. En el ejército había un respeto supersticioso hacia aquel lugar.
Nadie se acercaba. Los camaradas dejaban comida en el límite del cordón y huían.
Murieron nueve. Los nombré a todos, uno por uno, antes de enterrarlos.
Quinto Aufidio, de Parma, diecisiete años.
Cneo Rutilio. Lucio Vibio. Los otros seis quedaron en el registro del hospital, no en la tablilla, que reservaba para los nombres que nadie más iba a recordar.
Cuando salí de la tienda, al amanecer del cuarto día, con los ojos rojos y las manos agrietadas de lavarlas con vinagre, vi que una pequeña multitud de soldados esperaba a la entrada.
Pensé que venían a insultarme. Pero uno de ellos, un veterano canoso, dio un paso al frente y, sin decir palabra, me tendió una cantimplora de agua hervida.
No la rechacé. Bebí. Y el viejo asintió una vez, con una gravedad que valía por cien discursos.
Aurelio Casiano, mientras tanto, había decidido que alguien debía pagar.
Lo supe por Probo, que corrió a buscarme a la tienda mientras yo vendaba las manos de un enfermo.
Aurelio había ordenado arrestar al centurión Fusco por desobedecer una orden del emperador, y quería ahorcarlo esa misma tarde, ante las cuatro cohortes formadas, para escarmiento.
Salí corriendo hacia la plaza de armas, con la túnica manchada de sudor y fluidos ajenos, y los encontré allí: el prefecto, con los brazos cruzados; el centurión, de rodillas, atado de manos, con los ojos húmedos y la dignidad de un viejo soldado; un pelotón de guardias del pretorio;
y un travesaño de madera clavado en el suelo con una soga colgando.
— Prefecto —dije, jadeando—. Tengo que hablar con usted. —Estoy ocupado, médico.
—Este hombre no merece morir.
— Ha provocado la muerte de nueve soldados. —Su voz era de piedra—. Ha desobedecido una orden directa del emperador. Esto es lo que ocurre con los que desobedecen.
— Ha desobedecido porque sus hombres se morían de sed.
Se equivocó, sí. Pero se equivocó por compasión.
Si lo ahorca, el ejército entero aprenderá que la compasión se castiga con la muerte.
Y la próxima vez, cuando un centurión tenga que decidir entre dejar beber a sus hombres o verlos desfallecer, dejará beber aunque se mueran.
Porque temerá más a usted que a la enfermedad.
Aurelio Casiano me miró con aquellos ojos de buey, inexpresivos, y por un momento temí que me hiciera atar junto a Fusco. Luego se volvió y escupió al suelo.
—El emperador decidirá —dijo.
Claudio decidió. Llegó a caballo en menos de una hora, escuchó a ambos, preguntó el nombre del centurión, hizo preguntas sobre los muertos, y dictó su sentencia con la misma voz plana con que decidía todo.
Fusco sería degradado a soldado raso, azotado con diez latigazos y trasladado a una legión del frente.
Viviría. Y a partir de aquel día, ninguna cohorte del ejército recibió castigo alguno por ayudar a un enfermo.
Aurelio Casiano no me perdonó aquello. No me lo dijo; no hacía falta. Cuando se cruzó conmigo, esa noche, en el campamento, apartó la vista con la lentitud deliberada de quien archiva un agravio. Y yo, por primera vez, supe que tenía un enemigo en el estado mayor.
Llegamos a Singidunum, en la confluencia del Savo con el Danubio, a principios de julio, y por primera vez vi el gran río.
Lo había imaginado muchas veces, a lo largo de aquella marcha, y la realidad me desconcertó por su mansedumbre.
Era ancho, más ancho que el Nilo en la época de estiaje, de un verde pardo y lento, con islas de sauces y bancos de arena donde reposaban bandadas de garzas.
Al otro lado, bajo un cielo de un azul casi doloroso, se extendían las llanuras de los sármatas, planas, silenciosas, vacías.
Parecía el límite de un mundo. Los legionarios, que habían bebido de aquel río durante generaciones de guarnición, lo llamaban el Padre Ister y le echaban monedas desde las murallas para atraer la buena suerte.
Yo lo miré largo rato desde la orilla, con las manos metidas en las mangas, y sentí algo parecido al vértigo: éramos cuarenta mil hombres frente a una nación entera, y entre unos y otros no había nada más que agua.
La ciudad era un puesto fronterizo duro y polvoriento, con una fortaleza de piedra gris sobre un promontorio y un barrio de chozas de adobe donde vivían los comerciantes, los herreros y las mujeres de los soldados.
El ejército se acampó en una llanura de las afueras, y el emperador pasó dos días recibiendo informes de los exploradores.
Las noticias eran inciertas. Los godos seguían hacia el sur, hacia Macedonia, o se habían detenido a saquear las llanuras de Tracia, o se dividían en dos columnas.
Nadie lo sabía a ciencia cierta. Aureliano salía cada noche con la caballería iliria en patrullas de reconocimiento y volvía al amanecer con el rostro endurecido y sin más certezas que las que se había llevado.
La tercera noche en Singidunum, mis auxiliares me despertaron antes de la media noche.
— El prefecto quiere verte —dijo Seutes, con la voz pastosa de quien ha bebido y se obliga a disimularlo—. Ahora. Dice que es urgente.
Me vestí a oscuras y salí tras él. La noche era cálida y sin luna, con un cielo tan lleno de estrellas que parecía una cúpula agujereada.
El campamento dormía, o fingía hacerlo. Las fogatas ardían bajas.
Los centinelas, apoyados en sus lanzas, se movían con la lentitud de los hombres que llevan horas inmóviles.
Seutes me condujo hacia el extremo oriental del recinto, donde se alzaba una gran tienda de lona negra rodeada por una doble fila de guardias del pretorio, con las lanzas cruzadas.
Reconocí el emblema: era la tienda del prefecto.
Dentro hacía calor y olía a sudor, a aceite de lámpara y a algo más: un olor metálico y salado que reconocí al instante, porque lo he olido en demasiadas bodegas y demasiados campos de batalla. Sangre fresca.
Aurelio Casiano estaba de pie en el centro, con los brazos cruzados y la barbilla alzada.
A su lado, sentado en un taburete, un pretoriano de rostro redondo y manos grandes, a quien llamaban Mancio, y a quien conocía de vista como el encargado de las confesiones, limpiaba un instrumento de hierro con un trapo.
Un intérprete, un liberto de piel clara y aire fatigado, a quien llamaban Teudas, aguardaba en un rincón con las manos juntas.