CAPÍTULO 1 LA MARCHA DE LOS CONDENADOS #3
Al cuarto día, el pus cambió de color: dejó de ser verdoso y pasó a ser amarillo cremoso, signo de que el cuerpo empezaba a vencer.
Al sexto, la hinchazón bajó. Al noveno, el tribuno abrió los ojos con la mente clara, me reconoció, pidió agua con voz ronca y esbozó, otra vez, aquella sonrisa insolente.
— ¿Tengo la pierna?
—Tienes la pierna.
— Entonces tengo una deuda. —Me tomó la mano con una fuerza inesperada, y me miró con una intensidad que me incomodó—. Me llamo Lucio Valerio Casto. Te debo una pierna, griego. Y las cosas que se deben en el ejército, se pagan. Recuérdalo.
Lo recordé. Lo recordé durante mucho tiempo, y en circunstancias que entonces no habría podido imaginar.
Pero aquella noche solo sentí el contento hondo de quien ha ganado una batalla pequeña y silenciosa.
El caso se supo en todo el ejército. Los soldados, que no entendían de gangrena ni de miel, entendieron una cosa: que el griego no cortaba.
Que si te hería un hacha, una lanza o un hierro enemigo, y caías en su tienda, no te cortaban la pierna.
Y a partir de aquel día, la procesión de los lisiados dejó de mirarme con desconfianza.
Claudio vino a mi tienda la noche siguiente a que Lucio abriera los ojos.
Llegó sin escolta, con una lámpara de aceite en la mano y un manto echado sobre los hombros, y se sentó sobre un barril de vinagre, el mismo que había usado en el campamento de Mediolanum, como si hubiera elegido deliberadamente evocar aquella primera vez.
Me dijo que no podía dormir. Le ofrecí una infusión de manzanilla.
La aceptó con un gruñido de agradecimiento.
—Me han contado lo de la pierna del tribuno —dijo—. Dicen que has hecho un milagro.
—No fue un milagro, augusto. Fue limpieza y suerte.
— Los milagros, en el fondo, suelen serlo. —Sopló sobre la infusión—. ¿Sabes que Lucio es hijo de un senador amigo mío? ¿Del que más me ha apoyado en Roma?
—No lo sabía.
— Pues lo es. Si hubiera muerto, habría tenido un problema político. —Me miró—. Pero no te lo cuento por eso. Te lo cuento porque quiero que sepas que a veces lo que un médico salva no es una pierna, sino un equilibrio. Cuídate de saberlo, alejandrino. Es un poder terrible.
— Prefiero pensar que salvo piernas, augusto.
—Todos lo preferimos. —Sonrió con tristeza.
Hablamos durante casi dos horas aquella noche.
No era una conversación de emperador y médico, sino de dos hombres cansados.
Me habló de Quintilo, de su hermano, de su ternura y de su ineptitud, y de cómo lo había dejado en Aquileia porque era el único hombre de quien se fiaba por completo, y también el único al que no confiaría un ejército.
Me habló de Dardania, de las colinas pedregosas donde había nacido, de su padre, un campesino que no sabía leer, de las ovejas, del olor del humo en los inviernos.
Me habló de un hijo muerto de niño, de unas fiebres que ningún médico supo curar, y lo dijo sin dramatismo, con la voz plana de quien ha repetido muchas veces para sí mismo una frase hasta desgastarla.
Yo escuché sin interrumpir. Aprendí entonces algo que ningún tratado me había enseñado: que la mayor parte de la medicina consiste en escuchar sin tener nada que decir.
—¿Qué es lo que más temes, alejandrino? —preguntó en un momento dado.
—El agua, augusto.
Echó una carcajada, la primera que le oí. Fue corta, ronca, casi sorprendida de sí misma.
—¿El agua?
— El agua que no se ve. La que parece limpia y mata. Los godos, a su manera, son visibles: se les puede contar, se les puede esperar. El agua mala, no. Llega por la noche y nadie la ha visto entrar.
Claudio dejó de reír. Se quedó mirando el fondo de su taza, donde las hojas de manzanilla formaban un dibujo oscuro.
— Mi hijo murió así —dijo al fin, muy bajo—.
Un verano, en un campamento de Sirmium. Bebió de un pozo.
Los demás niños también, pero él era el más pequeño.
—Alzó la vista—. Por eso hice esa orden del agua, ¿sabes?
Los senadores creerán que fue por ti. Los soldados, que fue por ti. En realidad fue por él.
No supe qué decir. Le puse una mano en el hombro, un gesto que habría sido impensable entre un emperador y su médico, y que ninguno de los dos comentó jamás.
—¿Cómo se llamaba? —pregunté.
Claudio tardó un instante en responder. Creo que nadie, en veinte años, le había hecho esa pregunta.
— Marco —dijo—. Marco Claudio. Tenía seis años.
Anoté el nombre aquella misma noche, en la tablilla, debajo de los otros. Era el quinto. Y no lo anoté porque lo hubiera visto morir, sino porque, de todos los nombres que anoté a lo largo de aquella campaña, fue el primero que me confiaron como a un igual.
A mediados de junio llegamos a Sirmium, y allí empezó a oler a guerra.
La ciudad, una de las más grandes del Danubio, estaba abarrotada de refugiados.
Venían del sur y del este, de Mesia, de Tracia, de las costas del mar Negro, y habían montado campamentos improvisados en las afueras, entre las murallas y las huertas, con los pocos carros y los pocos bultos que habían podido salvar.
Eran miles. Familias enteras dormían a la intemperie bajo mantas raídas, y los niños, flacos y silenciosos, miraban pasar nuestras columnas con unos ojos demasiado grandes para sus caras.
Algunas mujeres alzaban la mano pidiendo pan.
Los soldados, que apenas unas semanas antes se burlaban de todo, marchaban en silencio, y de cuando en cuando uno se agachaba a dejar en las manos de una criatura un mendrugo o una cebolla, sin mirar a nadie.
Pedí permiso a Claudio para quedarme dos días en la ciudad.
Me lo concedió sin preguntar para qué. Recorrí los campamentos de refugiados con mis dos auxiliares y un cesto de vendas, atendiendo lo que podía: heridas mal curadas, fiebres, diarreas, un parto que se complicaba en la sombra de un carro.
Hablé con cuantos supieron griego o latín.
Fue la primera vez que oí contar la guerra por quienes habían huido de ella, y lo que me contaron, pieza a pieza, aquellos dos días, me dejó el estómago helado.
Un anciano de Marcianópolis, antiguo escribano del ayuntamiento, me describió el cerco con la precisión de un notario.
Los godos habían llegado un amanecer de abril, en columnas tan densas que desde las murallas parecía moverse la propia tierra.
Habían rodeado la ciudad con carros formando un anillo.
Habían cortado el acueducto. Habían esperado.
«No nos atacaron al principio», me dijo con voz pausada, mirando sus manos de viejo.
«Esperaron a que nos muriésemos de sed y de miedo. Luego, cuando abrimos las puertas, mataron a los hombres, se llevaron a las mujeres y quemaron los registros. Yo escapé escondido en un barril de aceitunas».
Una mujer de Tomis, de unos treinta años, con un niño de pecho prendido del pecho y la mirada ausente de quienes han visto demasiado, me contó otra cosa, mucho más rara.
Los godos que habían saqueado su ciudad estaban enfermos.
Lo decía sin alegría, con una especie de perplejidad.
Habían entrado en las casas con la fuerza de lobos hambrientos, pero muchos, con el paso de los días, empezaron a tambalearse, a vomitar, a evacuar sangre.
Los vio morir en las calles, apoyados contra las paredes, con los ojos hundidos.
Los vio cavar fosas comunes en la plaza del mercado. «Pensé que Dios los castigaba», dijo.
Le pregunté qué síntomas tenían. Me los describió con exactitud involuntaria: la sed ardiente, los calambres, las deposiciones líquidas con rastros rojos, la fiebre que subía y bajaba, la piel que se volvía grisácea y pegajosa.
Era disentería, o algo muy parecido. Una disentería que mataba a los vencedores.
—¿Dónde bebían? —pregunté.
—No lo sé. En los pozos de la ciudad. En el río. —Se encogió de hombros—. Los pozos. Siempre los pozos.
Esa noche, de vuelta en el campamento, abrí mi tablilla y estuve un buen rato mirándola sin escribir en ella.
No tenía nombres que añadir. Había hablado con doscientas personas y ninguna había muerto aún.
Tampoco había nada que anotar sobre los godos, salvo lo que se decía de ellos.
Pero tuve la sensación incómoda de haber visto algo importante sin comprenderlo, como quien percibe una figura entre la niebla y no sabe aún si es un hombre o un árbol.
Marco Aurelio Probo me encontró aquella noche sentado a la entrada de la tienda, con la tablilla en las rodillas, mirando las estrellas.
Había aprendido a distinguir su paso desde lejos.
No marchaba como los demás oficiales, con zancadas largas y pesadas, sino con una cadencia ligera, casi de paseante, como si nunca tuviera prisa y llegara siempre a tiempo.
Se sentó a mi lado en el suelo sin pedir permiso, estirando las piernas largas, y sacó de su manto un rollo de papiro que llevaba siempre consigo y que yo, por pudor, nunca me atrevía a mirar de cerca.
— Estás preocupado —dijo.
—Estoy pensando.
—Es lo mismo. —Sonrió en la oscuridad—. ¿En qué?
Le conté lo que había oído. No todo; solo lo que tenía que ver con los godos enfermos. Probo me escuchó en silencio, con esa atención ligera y cortés que tenía, que parecía distraída y no lo era. Cuando terminé, pasó un buen rato sin hablar.
— Es interesante —dijo por fin—. Una nación entera en movimiento, sin murallas, sin ciudades, sin graneros. Lo único que tienen es lo que roban. Y lo que roban, por lo visto, los enferma.
—Quizá beben agua mala.
— O quizá comen carne podrida, o duermen sobre cadáveres, o se juntan tanto que cualquier mal se extiende entre ellos como el fuego en un pajar. —Alzó una mano—. No me hagas caso. No soy médico. Soy un hombre que se ha pasado la vida mirando la tierra.
— ¿La tierra?
—Soy hijo de un soldado que quería ser labrador. —Alzó los ojos hacia el cielo—. ¿Has mirado los campos de camino hacia aquí, alejandrino? ¿Los que quedan junto a la calzada?
—Los he visto.
— Barbechos. Leguas y leguas de barbecho, de rastrojos que nadie ha cosechado, de granjas vacías con el techo hundido.
En tiempos de Trajano, esta tierra daba trigo para media Italia.
Hoy es un desierto con aldeas. Y no porque los bárbaros la hayan arrasado, sino porque nadie la trabaja.
Los campesinos huyen, o mueren, o se hacen soldados.
—Se encogió de hombros—. Un imperio, amigo mío, no se pierde por una derrota.