CAPÍTULO 1 LA MARCHA DE LOS CONDENADOS #2
Había rozaduras de correajes, y llagas en los hombros, y callos infectados, y uñas encarnadas, y sabañones, y sarna, y piojos.
Había hernias de los que cargaban demasiado.
Había dientes podridos que yo arrancaba con una tenaza en medio de alaridos que hacían reír a la fila.
Había fiebres, simples catarros de campamento, y otras que no lo eran. Y había, claro está, los simuladores.
Los simuladores eran una plaga antigua. En todos los ejércitos del mundo hay hombres que prefieren fingir una dolencia a cargar con el pilum, y yo aprendí en las primeras semanas a distinguirlos con una rapidez que me ganó el respeto de los centuriones y el odio de los fingidores.
No hay nada más difícil de simular que un pulso.
Un hombre puede cojear, toser, vomitar, retorcerse de dolor; pero no puede engañar a los dedos de quien ha aprendido a contar con la clepsidra.
Tomaba el pulso a los sospechosos con una gravedad exagerada, sonreía y les mandaba de vuelta a la fila de marcha con una indicación de que se lavaran los pies en vinagre.
«Cuando tengas fiebre de verdad, vuelve, y yo te cuidaré como a un hijo», les decía.
Con el tiempo, la fila disminuyó. Los que de verdad estaban enfermos me conmovían.
Recuerdo a un veterano de cuarenta y cinco años, un decurión con la cara surcada de cicatrices, que se presentó una mañana con una úlcera en el pie que le llegaba hasta el hueso, tan fétida que los vecinos de la fila se apartaron.
Había marchado dos semanas con ella sin decir nada, porque temía que lo licenciaran y no tuviera adónde volver.
Le limpié la úlcera con vino, cortando la carne muerta con un bisturí de bronce, y lo envié a la carreta de los heridos con una orden escrita que le salvaba el orgullo: reposo por orden del emperador.
Cuando se marchó, con las lágrimas rodándole por la cara sin que se las secara, comprendí que este oficio era distinto de cuantos había ejercido.
En Alejandría curaba a los que venían. Aquí curaba a los que no se atrevían a venir.
Filón de Agrigento, que había seguido al ejército como médico mayor y a quien la orden del emperador había relegado a un segundo plano sin una palabra de explicación, me observaba de lejos con sus ojos de ave rapaz.
Una mañana, a las dos semanas de marcha, apareció ante mi tienda.
Observó la fila, los capsarios, los calderos humeantes, el orden escrupuloso de los instrumentos sobre la mesa.
Yo esperé algún comentario cáustico. Él se limitó a asentir, sin sonreír.
— No está mal —dijo—, para un griego sin maestro.
—Tuve un maestro —respondí—. Murió.
Filón me miró un instante largo. Después se encogió de hombros.
—Todos los buenos mueren —dijo—. Los malos nos quedamos para enterrarlos. —Y se fue sin añadir nada.
No volvió a burlarse de mí. Con los años lo recordaría como uno de los pocos hombres de aquella época que supo reconocer que había alguien que sabía más que él, y que lo dijo sin aspavientos.
El caso que me dio fama en el ejército ocurrió en Emona, a principios de mayo, al pie de las últimas estribaciones de los Alpes, cuando ya el aire empezaba a oler a tierra húmeda y a hierba de llanura.
El ejército construía un puente de barcas sobre el río Savo, que bajaba crecido por el deshielo.
Era un trabajo de ingeniería duro, con los zapadores metidos en el agua helada hasta la cintura, los carpinteros ensamblando maderos sobre las pontonas y los centuriones gritando órdenes desde la orilla.
Un tribuno de la caballería, un joven llamado Lucio Valerio Casto, que supervisaba la operación montado a caballo en la ribera, se acercó demasiado a la zona de trabajo cuando un hacha cayó de las manos de un obrero resbaladizo y le abrió la pantorrilla izquierda desde la rodilla hasta casi el
tobillo.
Fue una herida limpia y profunda. Los capsarios la vendaron en el acto, el tribuno insistió en seguir en su puesto durante dos horas más, y por la tarde se lo llevaron a una tienda de oficiales con la bota llena de sangre y una sonrisa de bravuconería que aún no había perdido.
Yo no lo vi hasta el quinto día.
Me llamó Filón, y la forma en que lo hizo me alarmó.
Vino él mismo a mi tienda al amanecer, sin escolta, con el rostro cerrado, y me dijo sin preámbulos que tenía un caso para mí: un oficial de la caballería, con una herida que se había infectado, y que él pensaba amputar.
Había querido consultarlo antes porque el paciente era hijo de un senador, y porque, dijo con una mueca, «si se muere, prefiero que la culpa sea compartida».
Lo acompañé a la tienda de oficiales. Antes de entrar, el olor me detuvo en seco.
No era el dulzor. Lo conocía bien y habría podido distinguirlo entre mil.
Era otra cosa, más bruta y más vieja: el hedor espeso, agrio, de la carne que se pudre dentro de su propia piel.
Cuando levanté la lona de la entrada, vi al joven tendido en un camastro, boca arriba, con la cara empapada de sudor y los ojos brillantes de fiebre.
La pierna izquierda, desnuda hasta el muslo, era algo que no debía existir: hinchada hasta el doble de su tamaño, tensa, lustrosa, de un color rojo oscuro que viraba al violeta junto a los bordes de la herida, y en el centro de la pantorrilla,
bajo las vendas sucias que alguien había aplicado y que habían sido cambiadas dos veces sin lavar la herida, una zona negra, del tamaño de una moneda, rodeada de un halo amarillento.
— Cinco días —murmuró Filón—. Fiebre desde el segundo. La carne se ha puesto negra ayer por la noche. Si no cortamos por encima de la rodilla antes de mañana, el veneno le subirá al muslo y morirá en tres días.
—¿Has intentado drenar?
— He abierto dos veces. Sale pus y nada más. —Se encogió de hombros—. La amputación en campaña es una sentencia de muerte, lo sé tan bien como tú. Mueren seis de cada diez. Pero cuatro viven. Si lo dejamos como está, mueren diez de cada diez.
Me arrodillé junto al camastro y examiné la pierna con las yemas de los dedos, muy despacio.
La piel ardía. Bajo la presión de mis dedos, el tejido producía un crujido leve, como de nieve pisada, que me dio un escalofrío: había aire dentro.
Una infección que formaba gas. Teón me había enseñado a distinguirla en la bodega, en el cadáver de un pescador. Un momento más y sería irremediable.
Pero la zona negra era pequeña. El halo amarillo no se extendía más allá de una palma. Y las venas del muslo, que palpé con cuidado, estaban todavía blandas, sin los cordones duros que anuncian la invasión de la sangre.
—Filón —dije—. Quiero intentarlo.
—¿Intentar qué?
— No cortar la pierna. Abrirla, limpiarla hasta la carne viva, quitar todo lo muerto y dejar que respire. Si lo hago ahora, hoy, antes de que se extienda, puede salvarse.
Filón me miró con una expresión que no supe descifrar. —Si te equivocas, matarás a un patricio.
—Si no hago nada, también.
—Pero entonces será culpa mía, y no tuya.
— Entonces que sea tuya, si no lo intento. —Alcé la vista—. Quiero tu ayuda. Con tu rapidez y mi paciencia, puede que lo consigamos.
Fue la única vez en mi vida que vi a Filón de Agrigento dudar. Pasó una eternidad de unos segundos. Después, con un gruñido, se quitó el manto y lo arrojó sobre un taburete.
—Dime qué necesitas.
Pedí agua hirviendo, vino fuerte, vinagre puro, miel, mirra, incienso, hilas de lino hervidas, dos hierros calentados al rojo, cuatro soldados fuertes y un cuenco de jugo de adormidera con mandrágora.
Le di a beber al joven aquel brebaje espeso y amargo, el único anestésico que el mundo conocía, y mientras esperábamos a que le hiciera efecto, me incliné hacia su oído.
— Tribuno —dije—. Voy a abrirte la pierna. Va a doler como no te ha dolido nada en la vida. Si gritas, no pasa nada. Si te mueves, puedo cortar lo que no debo. Los hombres que te sujetan no te lo harán más fácil, pero te mantendrán quieto. ¿Entiendes?
Él abrió los ojos. Eran verdes, brillantes, increíblemente jóvenes. Sonrió con una mueca que a pesar de todo conservaba su insolencia.
— ¿Quién eres?
—El médico del emperador.
—¿El que hierve el agua?
—El mismo.
—Entonces me salvarás. —Cerró los ojos—. Nadie que hierve el agua puede ser tan malo con un cuchillo.
Lo cogieron por los brazos y las piernas cuatro legionarios de la guardia, y le metieron entre los dientes una correa de cuero. Seutes tomó la lámpara. Cástor, a mi lado, sostuvo la bandeja con los instrumentos. Filón, con el rostro tenso, tomó el garfio de hueso. Yo cogí el bisturí.
Abrí la herida de arriba abajo, siguiendo la antigua incisión del hacha, y lo que salió fue una oleada de pus verdoso y fétido que me salpicó el pecho y la barbilla.
El joven se arqueó como un arco; los legionarios lo aplastaron contra el camastro.
Seguí cortando. Pasé el bisturí por los bordes ennegrecidos y los separé de la carne viva con la hoja, capa a capa, retirando todo lo que había perdido el color rosado de la vida, sin prisa y sin piedad, hasta que quedó al descubierto una herida abierta, profunda, roja y brillante,
con el músculo latiendo debajo.
Un charco de sangre oscura inundó el camastro.
Filón me pasó los paños. Se los devolví empapados.
Lavé con vino. Lavé con vinagre. Vertí agua hirviendo, y el grito del tribuno atravesó la correa y la lona y el aire de medio campamento.
Apliqué la miel mezclada con mirra y resina de incienso sobre toda la superficie viva, con los dedos, sintiendo cómo el calor del cuerpo la fundía.
No cerré la herida. La dejé abierta, cubierta de hilas empapadas, con un drenaje de lino en el fondo, y vendé la pierna floja, para que respirara.
Tardé dos horas. Cuando terminé, tenía las manos temblando y la túnica empapada hasta la cintura.
El tribuno estaba inconsciente, pálido como cera, pero respiraba con un ritmo regular.
Filón, sentado en el suelo, con la espalda apoyada en un poste de la tienda, se pasó el dorso de la mano por la frente.
— Si vive —dijo—, te deberé una cena.
—Si vive, me deberás un maestro nuevo.
Vivió. Tardó nueve días en bajar la fiebre.
Cada mañana, cada tarde, cada noche, cambié las vendas, lavé con vino, apliqué la miel, vigilé el color de la carne, la consistencia del pus, el olor.