El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma CAPÍTULO 1 LA MARCHA DE LOS CONDENADOS
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CAPÍTULO 1 LA MARCHA DE LOS CONDENADOS

De Ticinum al Danubio, primavera y verano del año 269 d. C.

Una legión en marcha es una ciudad que camina.

Quien no ha visto una no puede imaginarla, y quien la ha visto no logra después describirla sin que le parezca que exagera.

Imagina cinco mil hombres con casco de hierro y escudo a la espalda, avanzando de seis en fondo por una calzada de piedra que tiembla bajo sus sandalias claveteadas, con el pilum al hombro, la mochila de provisiones colgada de una horca de madera, la pala, la sierra, la cesta de tierra,

la cadena y la hoz, cada uno con sesenta libras de equipo sobre la espalda.

Imagina detrás de ellos las mulas, cientos de mulas, cargadas con las tiendas de cuero, los molinos de mano, las máquinas de guerra desmontadas, los barriles de vinagre, los sacos de trigo; y detrás de las mulas los carros de la intendencia, los herreros con sus fraguas portátiles, los carniceros,

los escribas, los adivinos, las mujeres que no tenían permiso para seguir al ejército y que, sin embargo, lo seguían.

Imagina todo eso estirado a lo largo de dos leguas, levantando una nube de polvo que se veía desde las colinas a una jornada de distancia, y entenderás por qué los pueblos del camino cerraban las puertas cuando oían el rumor lejano de nuestras trompetas.

Éramos cuarenta mil hombres. Salimos de Ticinum con las amapolas en flor y cruzamos el norte de Italia en quince días, entre campos de trigo verde y viñedos recién podados, bajo un cielo tan limpio que parecía una burla.

En Aquileia, la gran ciudad del Adriático, nos esperaba Quintilo, el hermano del emperador, un hombre de hombros caídos y mirada amable que se quedaba al mando de las reservas y que besó a Claudio en la frente antes de la despedida con una ternura que ningún soldado se atrevió a comentar.

Desde allí empezamos a subir. Las Alpes Julias nos recibieron con barrancos, nieve tardía en las cumbres y un viento seco que cortaba los labios.

La calzada, por aquellos pasos, se estrechaba hasta la anchura de un carro, y los carros se atascaban, y las mulas se desbocaban, y los centuriones aullaban órdenes que el eco devolvía partidas en pedazos.

El tercer día de ascenso, una mula cargada con barriles de aceite se despeñó por un precipicio llevándose consigo a su arriero, y el grito del hombre cayó durante un tiempo que me pareció más largo de lo que era posible.

Fue el primer muerto de la campaña. Anoté su nombre, que me dio un compañero con la voz quebrada: Gayo Servilio, de Patavium, veintiocho años, casado con una hilandera.

No lo conocía. Lo escribí igualmente en la tablilla, debajo de los tres nombres de Alejandría.

Era el cuarto. Antes de que terminara aquella marcha tendría que comprar otra tablilla.

Mi vida de oficial de estado mayor tuvo un comienzo desastroso.

Nadie sabía qué hacer conmigo. Los secretarios del emperador, un grupo de libertos y caballeros de carrera miraban con el desdén cortés de quienes administrativa, me

ven llegar a un advenedizo que ha ganado la confianza del jefe por vías que no entienden.

Los tribunos de las legiones, hombres jóvenes de buena familia con la sangre azul de una docena de generaciones, me trataban con una cordialidad helada.

Los centuriones, que eran los que de verdad mandaban en el ejército, y que habían ascendido desde soldado raso a fuerza de cicatrices, sencillamente me ignoraban.

Yo era el Aqueo. El griego. El médico del emperador, aquel a quien se le había ocurrido que los romanos debían beber agua hervida como si fueran mujeres enfermas.

Porque esa fue mi primera medida, y desde ella arrancó la animadversión.

Claudio había dado la orden en Ticinum, antes de salir, con la misma sencillez con que ordenaba cualquier cosa: en todos los campamentos del ejército, desde el primero hasta el último, el agua para beber y cocinar se hervirá antes de consumirse;

las letrinas se cavarán a no menos de cien pasos aguas abajo de cualquier arroyo o pozo del que se abastezca la tropa; los muertos, de hombres y de animales, se enterrarán lejos de las fuentes;

el médico Dionisio de Alejandría tendrá autoridad sobre estos asuntos y sus indicaciones se cumplirán como si fueran órdenes del propio emperador.

Un heraldo la leyó en voz alta en la plaza de armas del campamento, la primera noche de marcha, ante dos legiones formadas, bajo un cielo que se oscurecía.

Jamás olvidaré el silencio que siguió. Fue un silencio denso, hecho de miles de hombres que no sabían si reír o protestar.

Luego, de alguna parte del flanco izquierdo, alguien soltó una carcajada.

Otra lo siguió, y otra, y de pronto la formación entera ondulaba de risa, una risa grave y sin malicia que sonaba como una marea baja.

Cuando un centurión gritó que se callaran, la risa se convirtió en murmullo, y el murmullo en esa clase de comentario que los soldados hacen entre dientes, sabiendo que el oficial lo oye y fingiendo que no.

«Agua cocida como los viejos», oí decir a alguien.

«Ahora querrán que nos laven los pies». «¿Hervirá el emperador también su vino?»

. Los más jóvenes se reían a carcajadas.

Los veteranos, no. Los veteranos miraban hacia donde yo estaba, a la sombra de una tienda, con unos ojos estrechos que no olvidé.

Fue Aurelio Casiano, el prefecto del pretorio, quien resolvió el problema, y lo resolvió de la peor forma posible.

Lo vi caminar hacia el centro de la plaza, con su paso de buey, con las manos a la espalda. Se detuvo ante un soldado que no se había reído lo bastante bajo, un muchacho de unos veinte años de la segunda cohorte, y lo miró sin decir nada durante lo que se me hizo una eternidad.

—Tú —dijo por fin—. ¿Te hace gracia la orden del emperador?

— No, prefecto —balbuceó el muchacho.

—Entonces ¿de qué te reías?

El muchacho no supo contestar. Aurelio Casiano le dio con el revés de la mano en la boca. Fue un golpe seco, brutal, que le partió el labio y lo tiró al suelo. Después se volvió hacia la formación entera y alzó la voz.

— Escuchad bien, hijos de mala madre. Desde mañana, el que sea sorprendido bebiendo agua sin hervir, recibirá veinte latigazos.

El que orine río arriba, otros veinte. El que se niegue a obedecer una orden del médico del emperador, será tratado como si se hubiera negado a obedecer al emperador mismo, es decir, ahorcado. ¿Ha quedado claro?

Quedó claro. Aquella noche, a las puertas de mi tienda, vi cómo sacaban al muchacho de la segunda cohorte a la luz de las antorchas para limpiarle la boca; y cuando uno de los capsarios me preguntó si debía atenderlo, le dije que sí, y fui yo mismo,

con las manos temblándome de una manera que no supe explicar.

Le suturé el labio con tres puntos de hilo de lino.

Le pregunté su nombre. Se llamaba Ticio Fabio, de Mutina, y me miró desde el camastro con un odio tan puro, tan limpio, que me dolió más que cualquier insulto.

— Yo no ordené esto —le dije.

—Pero es por tu culpa —dijo con la boca hinchada.

Tenía razón. Me quedé mucho rato sentado junto a su cama, mirando cómo se le dormía el rostro bajo el efecto del jugo de adormidera.

Era la primera lección de la campaña, y me costó entenderla: que en un ejército las buenas ideas pasan por las manos de los hombres que mandan, y que las manos de los hombres que mandan suelen ser más duras que las ideas que ejecutan.

Pero se cumplió. Ese es el hecho, y no hay manera de escribirlo sin admitir lo que implica: que con las órdenes de Aurelio Casiano y los latigazos de sus centuriones, el ejército de Claudio, que de otro modo habría perdido a miles de hombres antes de ver un godo,

bebió agua hervida desde el Adriático hasta el Danubio.

Hirvió el agua en calderos de bronce, en ollas de hierro, en cascos vueltos del revés sobre las fogatas; la dejó enfriar al borde de los caminos, en grandes tinajas de barro que las mulas cargaban de campamento en campamento; la mezcló con vinagre, como siempre la había bebido el soldado romano,

la vigiló con ojos suspicaces.

Las letrinas se cavaron lejos de los arroyos.

Los muertos se enterraron en las laderas, no en los valles.

Y yo, que no había blandido jamás un látigo, supe cuántos hombres vivían gracias a que otros los azotaban.

No me enorgullece. Pero tampoco me avergüenzo del todo, y esa ambigüedad ha sido durante mucho tiempo mi forma de conciencia.

Mientras tanto, con la orden cumplida y los latigazos cesando poco a poco, empecé a organizar mi servicio.

Me dieron una tienda del tamaño de una cabaña, de lona doble, con un suelo de tablas y una mesa de campaña, que se levantaba cada mañana y se montaba cada tarde junto a la del emperador, y a la que los soldados, con ese talento para el apodo que tiene la tropa,

empezaron a llamar la Tienda del Vinagre.

Mis auxiliares eran los mismos del hospital de Mediolanum, que Claudio había ordenado reasignar a mi servicio: el liberto tracio Seutes, un hombre de cuarenta años, barrigudo, bebedor y de mano extraordinariamente firme,

que había sido gladiador en su juventud y que sabía más de cuerpos abiertos de lo que confesaba; y el muchacho sordo, al que por fin supe el nombre, porque a fuerza de gestos le arranqué que se llamaba Cástor, que lo habían encontrado a los diez años en una cuneta de Panonia,

con una fiebre alta y la lengua cortada por un bárbaro, y que desde entonces había seguido al ejército como se sigue a una madre.

Cástor no hablaba. Pero sus manos eran las más rápidas del campamento, y cuando le daba una orden con los dedos, la ejecutaba antes de que yo terminara de formularla.

Con ellos dos, y con veinticuatro capsarios, los vendadores del ejército, a los que reuní en la primera semana, comencé a trabajar.

Cada mañana, antes del toque de diana, se formaba ante mi tienda una larga fila de hombres.

Era la consulta de los enfermos, a la que los soldados llamaban la procesión de los lisiados, y en ella se veía todo lo que puede hacerle a un cuerpo la vida militar.

Había ampollas, siempre ampollas, porque los pies de un soldado son su verdadero ejército y el calzado de tachuelas que llevaban se hundía en la carne y la abría.