El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO #5
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PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO #5

Se volvió entonces, por primera vez, hacia el rincón donde yo estaba sentado. Las cabezas de todos los presentes, una tras otra, giraron en la misma dirección. Sentí que se me secaba la boca.

—Alejandrino —dijo—. Ven aquí.

Me levanté. Crucé la sala con las piernas rígidas, bajo la mirada pesada de nueve hombres que no sabían quién era. Me detuve junto a la mesa.

— Este hombre, señores, es el médico que ha salvado más soldados míos en dos meses que todos los cirujanos del ejército en dos años.

—Hubo algún carraspeo—. Y es el único de la sala que no tiene ningún interés en la gloria.

Por eso le voy a hacer una pregunta, y quiero que me responda sin adornos.

—Me miró—. Un ejército de cuarenta mil hombres que marcha hacia los Balcanes en verano, bebe de ríos desconocidos, acampa en lugares que han ocupado otros ejércitos, ¿cuántos hombres puede perder a la enfermedad antes de haber visto al enemigo?

Sentí el peso de todas las miradas. Sentí que mi acento griego, que en la tienda del hospital había dejado de importarme, aquí se me clavaba en la lengua como una espina. Pero recordé a Teón, la bodega, la voz de cisterna diciéndome que la verdad es el único instrumento que nunca se embota.

— Un tercio, augusto. Si el agua no se vigila, y si la basura se acumula, y si los muertos se entierran cerca de los pozos. Quizá más. Un ejército así puede perder diez mil hombres sin que un solo godo lo haya tocado.

Hubo un murmullo. Aurelio Casiano soltó un resoplido de desdén.

— Los soldados romanos no se mueren de sed, médico.

—Se mueren de cólera, prefecto. De disentería.

De fiebres. Más que de cualquier espada.

—No me callé, y me asombró mi propia voz—.

No lo digo para asustar. Lo digo porque es el único enemigo que se puede derrotar sin sacar el hierro.

Si se hierve el agua, si se cavan las letrinas lejos de los arroyos, si se separa a los enfermos de los sanos, la mitad de esas muertes se evita.

Pero hay que mandarlo. Y hay que hacerlo cumplir.

Aureliano, que hasta entonces no había dicho una palabra, me miraba ahora con aquellos ojos fríos, y por primera vez en mi vida sentí que alguien me medía como se mide a un caballo.

—Eso es retórica de médico —dijo en voz baja—. Los godos no hierven el agua y no pierden un tercio de su ejército.

—Los godos pierden mucho más, comandante. Solo que no los cuentan.

Claudio sonrió. Fue una sonrisa pequeña, fugaz, pero la vi.

— Entonces, desde hoy —dijo—, el alejandrino entra en mi estado mayor. Tendrá una tienda junto a la mía, un caballo propio, voz en los consejos y autoridad sobre el agua, las letrinas y los enfermos de todo el ejército. Y tendrá el derecho, que nadie más aquí tiene, de decirme que no.

Un silencio incrédulo cayó sobre la sala. Probo arqueó una ceja, con aire de divertido interés. Aurelio Casiano apretó la mandíbula. Aureliano no se movió.

— Augusto —logré decir—. No soy soldado.

—Lo sé. —Claudio inclinó la cabeza—. Por eso te necesito.

El ejército salió de Ticinum a mediados de la primavera siguiente, con el sol alto y los campos cubiertos de amapolas.

Eran cuarenta mil hombres, entre legionarios, auxiliares y la caballería iliria, con un tren de carros que se extendía durante más de dos leguas, y atrás quedaba Italia, tranquila y soleada, con sus huertos en flor y sus campesinos arrodillados al borde del camino, como si ignoraran,

o quisieran ignorar, hacia dónde marchaban aquellos hombres.

Yo cabalgaba entre los oficiales, incómodo, con mi maletín de cuero colgado de la silla y un caballo castaño que Claudio me había regalado y al que, sin saber por qué, llamé Teón.

Los soldados cantaban. Cantaban canciones de marcha que hablaban de mujeres, de vino y de la muerte, con ese humor negro de quienes llevan siglos asistiendo a su propio funeral.

Algunos me saludaban al pasar. «¡El Aqueo!»

, gritaban. «¡Ya tenemos médico en el estado mayor!»

. Yo respondía con un gesto, sin ganas de hablar.

Por la noche, en la primera parada, en un campamento de lona y estacas junto a un arroyo, afilé mis instrumentos a la luz de una lámpara.

Uno a uno, con la piedra de afilar y el aceite: los bisturíes, las sierras de hueso, los ganchos, las sondas.

Era un trabajo mecánico que me calmaba, y mientras lo hacía, por la abertura de la tienda, vi al emperador que paseaba solo por entre las fogatas, sin escolta, con las manos a la espalda, deteniéndose de cuando en cuando ante un grupo de soldados, para preguntarles algo que no oía.

Pensé en Alejandría. En la higuera del patio.

En la tablilla con tres nombres. En una promesa hecha a un moribundo, que había creído cumplir en una casa y que ahora, de manera que no alcanzaba a comprender, se me estaba extendiendo por un continente entero.

Los godos eran una sombra que nos esperaba al otro lado de las montañas.

Yo lo creía entonces. Hoy sé que la sombra más larga de aquella campaña no venía del norte, ni llevaba el nombre de ningún caudillo bárbaro.

Venía conmigo, en mi propio maletín, bajo el vinagre y los hilos de sutura, con su perfume de higo maduro y su paciencia infinita.

Esperaba, como había esperado siempre, a que los hombres terminaran de matarse entre sí para poder entrar, sin invitación, en la tienda.