El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO #4
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PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO #4

No hablamos más del asunto durante mucho tiempo. Pero aquella noche supe que la lealtad de Claudio hacia mí, o la mía hacia él, había nacido de un pacto sin palabras: el de dos hombres que han decidido callar lo mismo.

Pasamos el otoño de 268 sin respiro. Los alamanes, aprovechando el caos de la sucesión, habían atravesado los pasos de los Alpes en número que las crónicas, exagerando como siempre, elevan a trescientos mil, y bajaban hacia las llanuras de Italia con el ruido de una avalancha.

Claudio, que apenas tenía tres semanas en el trono, tomó el mando de la caballería y de dos legiones, marchó hacia el norte y los alcanzó junto al gran lago que los romanos llaman Benaco, cuyas aguas, tras las colinas, brillan con un azul casi insolente.

No fue una batalla bonita. Yo la vi, en lo que a mí me correspondía, desde una colina baja donde habíamos instalado la tienda del hospital, y lo que vi fue una masa confusa de polvo, de hierro y de gritos que ondulaba en el llano como un animal que se desangra.

Duró un día entero. Cuando cayó la noche, más de la mitad de los alamanes yacían muertos o moribundos sobre la orilla, y los restantes huían hacia las montañas, donde el hambre y el frío acabarían, en las semanas siguientes, lo que las espadas habían dejado a medias.

Aquella fue mi primera batalla grande. Lo recuerdo con una nitidez que no concede el tiempo a otros recuerdos.

Recuerdo que operé durante veintidós horas seguidas, de pie, sin sentarme, con los brazos entumecidos hasta el hombro y un hambre que se había convertido en náusea.

Recuerdo a un joven jinete panonio al que le faltaba la mitad de la cara y que me preguntó, con una voz pastosa, si estaba guapo todavía.

Recuerdo que le dije que sí. Y recuerdo que al amanecer, cuando terminé de lavarme las manos en el arroyo, el agua que bajaba de la colina corría roja y espesa, y que lo peor no fue la sangre sino el silencio, ese silencio enorme de quienes han gritado tanto que ya no les queda aliento.

Al caer la tarde siguiente, Claudio vino a la tienda del hospital.

Recorrió de nuevo los camastros, nombre por nombre.

Se detuvo ante el panonio sin cara y se quedó un instante inmóvil, mirándolo dormir.

Después salió, y lo vi sentarse en un tronco a unos pasos de la entrada, con los codos en las rodillas y la cabeza entre las manos, y permanecer así un buen rato, sin que ninguno de los oficiales que rondaban por allí se atreviera a acercarse.

Yo lo observé desde dentro. No dije nada. Pero en aquel gesto había algo que ya no me abandonaría: la certeza de que ese hombre, que enviaba a miles a morir, era también el único jefe que conocí capaz de llorar por ellos sin permitir que se notara.

La noticia llegó con el primer frío, a finales de noviembre, a lomos de un caballo que murió de agotamiento al entrar en Ticinum.

Era un correo imperial de las provincias del Danubio, un hombre flaco de barba renegrida de polvo y ojos hundidos, que llevaba once días cabalgando casi sin descanso y que, al desmontar, se tambaleó y tuvo que apoyarse en dos soldados para no caer.

Lo llevaron directamente al pretorio, y yo, que casualmente estaba allí atendiendo a un secretario con fiebre, lo vi pasar con el rostro de quien trae en la boca un sabor a ceniza que no se quita con agua.

Me enteré del contenido por boca de Claudio, un rato después, cuando me mandó llamar.

No había más luz en la sala que la de un par de lámparas de aceite, y el emperador, de pie ante la mesa del mapa, sostenía con las dos manos un rollo de pergamino arrugado que parecía haberse mojado y secado varias veces.

—Lee —dijo, tendiéndomelo.

Lo leí. Era una carta del gobernador de Mesia Inferior, escrita con una caligrafía apresurada que se rompía por momentos en trazos casi ilegibles, y su sustancia era sencilla y terrible.

Los godos habían cruzado el Danubio. No una banda de saqueadores, no una columna de guerreros: una nación entera.

Los hérulos, los gépidos, los peucinos, los greutungos, los bastarnas, los tervingios, pueblos diversos unidos por la misma hambre, habían reunido sus tribus, sus carros, sus mujeres y sus rebaños,

y bajaban por las costas del mar Negro en una flota de millares de naves y por tierra en columnas que tardaban días en pasar por un mismo punto.

Habían arrasado Tomis. Cercaban Marcianópolis.

Una escuadra se dirigía hacia el Bósforo y otra hacia el Egeo.

Nadie sabía su número exacto. La cifra que las crónicas repiten, con espanto o con exageración, es de trescientos veinte mil.

— Trescientos veinte mil —murmuró Claudio, sin que su voz traicionara nada—. Más que todas las legiones del imperio juntas. Aunque la mitad sean mujeres y niños, y aunque los exploradores exageren, y aunque los números de la gente asustada valgan siempre el doble.

Se apartó de la mesa y fue hasta la ventana, que daba a un patio oscuro donde un centinela hacía su ronda con una antorcha.

— Al otro lado del Rin está Póstumo con medio imperio.

Al otro lado del Éufrates, Zenobia con la otra mitad.

Los francos cruzan el Rin cada primavera.

Los alamanes nos dejaron en paz porque están muertos.

Y ahora esto. —Se volvió—. ¿Qué haría un médico, alejandrino, si tuviera cuatro enfermos graves y un solo remedio?

Pensé antes de contestar.

—Trataría primero al que tuviera más posibilidades de matar a los demás.

Claudio me miró en silencio. Luego asintió, muy despacio. —Eso es lo que pienso hacer.

El consejo se celebró cuatro días después, en la sala mayor del pretorio de Ticinum, una habitación larga y fría, de techo alto, con las paredes ennegrecidas por años de humo de brasero.

Se había dispuesto una mesa de roble en el centro, y sobre ella el mapa de los Balcanes, pintado en pergamino y sujeto en las esquinas por cuatro copas de bronce.

Eran nueve los hombres que rodeaban aquella mesa.

Los recuerdo por sus rostros, no por sus nombres, y cada rostro me ha acompañado luego en sueños.

Estaba el prefecto del pretorio, Aurelio Casiano, un coloso de hombros cuadrados y cuello de toro, que había llegado al puesto por una lealtad sin fisuras y por una capacidad de crueldad sin remordimientos, y que miraba a todos con una mezcla de desprecio y vigilancia.

Estaban los tribunos de las legiones, cuyos nombres se me han borrado, y un par de gobernadores venidos de Panonia.

Estaba Marco Aurelio Probo, un tribuno de unos treinta y siete años, delgado, de frente ancha y modales de erudito, hijo de un soldado de Sirmium, que había hecho carrera a base de inteligencia táctica y que, años más tarde, llegaría a ser emperador y moriría a manos de sus propios hombres,

hartos de que los obligara a cavar zanjas y plantar viñas.

Y estaba, a la izquierda de Claudio, con los brazos cruzados y la mirada fija en un punto del mapa que solo él parecía ver, Aureliano.

Heracliano no estaba. Claudio, con una cortesía exquisita, le había confiado el mando de la flota que debía cerrar el Egeo a los godos, y lo había enviado a Oriente con honores y con instrucciones que, según las malas lenguas, un hombre ambicioso tardaría en comprender que equivalían a un destierro.

Yo, que había visto a ese prefecto en la entrada de una tienda mortuoria, aprecié en silencio la elegancia de la maniobra.

A mí me habían puesto en un rincón, sobre un taburete, junto a los escribas.

Nadie me había dicho por qué estaba allí.

Me limité a callar y a mirar. Claudio habló sin levantarse, con las manos apoyadas en el borde de la mesa.

No era orador; no tenía la voz de las grandes ocasiones ni la facilidad de los retóricos.

Pero cuando hablaba, la sala se quedaba quieta.

—Señores —dijo—. Tenemos un problema. Es tan grande que podemos permitirnos el lujo de ser sinceros.

Nadie sonrió.

— Los godos están en Mesia y Tracia. Han saqueado media docena de ciudades y se dirigen hacia Macedonia.

Son, según los informes, una nación en movimiento, no un ejército.

Eso significa dos cosas. La primera, que no tienen una base a la que retirarse: si los derrotamos, no vuelven a casa a reagruparse, sino que perecen.

La segunda, que no tienen miedo de morir, porque no tienen adónde volver.

Un enemigo así es el más peligroso que existe.

Señaló con un dedo grueso un punto de los Balcanes, una encrucijada de caminos en el valle de un río.

— Naissus. Aquí, la gran ruta que baja de Singidunum al sur se cruza con la que va de Serdica a Viminacio.

Quien controle esta ciudad controla el paso entre el Danubio y Macedonia.

Los godos tendrán que pasar por aquí o rodear las montañas, y eso les llevaría meses.

—Alzó los ojos—. Aquí los esperaremos. Aquí los destruiremos.

Hubo un silencio. Fue Aurelio Casiano quien lo rompió, con su voz de grava.

— Augusto, con el debido respeto: ¿y Póstumo? ¿Y Zenobia? Si movemos todo el ejército a los Balcanes, dejamos Italia abierta. Un ejército de las Galias podría cruzar los Alpes antes de que vuelvas.

— Es posible.

—Es seguro.

— Es posible —repitió Claudio sin alterar el tono—.

Pero Póstumo está ocupado con los francos, y Zenobia no tiene prisa: sabe que Roma se desangra sola.

Los godos, en cambio, son hoy. Si no los detengo ahora, mañana serán tres veces más.

Hay un momento en que un hombre debe elegir qué casa quiere salvar del incendio, y dejar que las otras ardan si hace falta.

Salvaré la casa que ahora está en llamas.

—Es una apuesta —dijo Probo, con una calma de maestro de escuela—. Una apuesta muy grande.

— Todas las decisiones de este imperio lo son, tribuno. —Claudio hizo una pausa—. Pero quiero oírte decir si el plan es posible, no si es prudente. Eso lo sé.

Probo se inclinó sobre el mapa. Se quedó largo rato callado, recorriendo con un dedo los ríos y las montañas. Después levantó la cabeza.

— Es posible. A condición de ganar rápido. Un ejército que entra en los Balcanes en verano y no ha resuelto la campaña antes del otoño está perdido: los víveres se acaban, los caminos se embarran y las enfermedades del campamento matan más que las lanzas.

—Las enfermedades —repitió Claudio.