El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO #3
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PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO #3

Después su pecho dejó de moverse, y la tienda quedó silenciosa, salvo por el goteo de la sangre sobre el barro del suelo y el zumbido de las moscas.

Fue entonces cuando levanté la vista y los vi.

Estaban en la entrada de la tienda, recortados contra el resplandor de las antorchas.

Heracliano, el prefecto del pretorio, un hombre grande de rostro enjuto, con las manos cruzadas a la espalda como quien contempla una obra que no le pertenece.

Y a su lado, ligeramente atrás, otro oficial, de unos cincuenta años, la mandíbula cuadrada y los ojos fríos, con una mano apoyada en la empuñadura de la espada sin urgencia alguna.

Lo conocía de vista: era Aureliano, comandante de la caballería, de quien se decía que había subido desde soldado raso hasta mandar a todos los jinetes del imperio sin más protector que su propia dureza, y que nunca sonreía.

Ninguno de los dos tenía prisa. Ninguno tenía tristeza.

Miraban el cuerpo del emperador sobre mi mesa como se mira un trabajo terminado.

Los cronistas dirán más tarde que fueron tres los conjurados: Heracliano, Claudio y Aureliano.

La Historia Augusta, que miente tanto como elogia, afirmará que Claudio sabía, y que su gloria posterior fue la cosecha de aquella noche.

Yo diré lo que vi: que Claudio no estaba en el campamento, que se hallaba en Ticinum desde hacía semanas, y que lo que sintiera por el emperador no me consta en un sentido ni en otro.

No sé más. Cuando escribo estas líneas, con la edad que tengo, me he acostumbrado a dudar de todo lo que no he visto, y sobre todo de lo que otros prefieren que crea.

— Médico —dijo Heracliano. Su voz era tranquila—. ¿Murió? —Sí, prefecto.

—¿Dijo algo?

Vacilé. No lo pensé: fue instinto, una intuición del cuerpo antes que del cerebro. Vi la mano de Aureliano, quieta sobre la empuñadura; vi los cuatro jinetes dálmatas, que no se atrevían a mirarme; vi la puerta de lona abierta a la noche.

—Dijo que Claudio fuera el sucesor —respondí—. Que le llevaran la púrpura a Ticinum.

Heracliano y Aureliano se miraron. Fue un intercambio apenas perceptible. Después el prefecto asintió, lentamente.

—Es lo que ha dicho —repitió—. Bien. Eres un médico discreto, ¿verdad? Eso se te da bien: callar.

—Sí, prefecto.

— Entonces calla hasta que el ejército lo sepa por boca de quien debe decirlo.

Fue la primera vez que callé ante un poderoso lo que había visto. No sería la última.

Al amanecer, un jinete partió hacia Ticinum con el manto de púrpura del emperador muerto doblado en una alforja, y antes del mediodía el campamento supo que Galieno había caído a manos de enemigos desconocidos y que había designado a Claudio por sucesor.

Hubo gritos, y llantos, y discursos, y un ruido espeso de soldados que se miraban sin saber si debían celebrar o llorar.

A mí me ordenaron cargar mis instrumentos en la carreta del hospital y seguir a la caballería hacia Ticinum.

Los dálmatas cabalgaban en silencio. En el camino, el aire olía a polvo, a estiércol y a vendimia.

La proclamación se celebró en un llano a las puertas de la ciudad, a media tarde, bajo un cielo de plomo.

Yo me quedé al fondo, junto a los carros de la intendencia, desde donde apenas veía una marea de cascos, lanzas y estandartes.

Oí cómo un tribuno leía en voz alta las últimas palabras del emperador.

Oí cómo los soldados, primero uno, luego diez, luego mil, empezaban a golpear los escudos con las lanzas, y el sonido creció hasta llenar el valle entero, un trueno seco y rítmico que me vibró en el pecho y en los dientes: «¡Claudio Augusto! ¡Claudio Augusto! ¡Claudio Augusto!» .

Lo vi entonces. Subido a una tribuna improvisada de madera, con su túnica oscura, su manto militar, sin diadema, sin corona, con aquel rostro pesado que parecía haber envejecido diez años desde julio.

A su lado, un oficial sostenía el manto de púrpura, que brillaba como una herida abierta en medio del gris.

Esperé que sonriera. Esperé que alzara los brazos, que recibiera la ovación con el gesto engreído que había visto en otros hombres que alcanzaron el poder.

No hizo nada de eso. Se quedó quieto, mirando a los soldados, con la expresión de quien recibe sobre los hombros un fardo cuyo peso conoce mejor que nadie.

Y en algún momento, entre el clamor y las trompetas, su mirada recorrió la multitud, y por un segundo, a través de cuarenta pasos de distancia y diez mil hombres, se cruzó con la mía.

No me reconoció, o no lo mostró. Pero algo en su rostro, algo mínimo, como la sombra de un recuerdo, me hizo pensar que sí.

Yo seguía teniendo en las manos el olor de la sangre del emperador muerto. Y, sin saberlo, sin que nadie me lo hubiera dicho, comprendí que acababa de dejar de ser un hombre cualquiera en un hospital cualquiera. Pertenecía ya a la historia que iba a contar.

INTRODUCCIÓN: LA SOMbrA DE LOS GODOS

Ticinum, Mediolanum y el lago Benaco, otoño de 268 – primavera de 269 d. C.

Lo primero que hizo Claudio al convertirse en emperador fue algo que nadie esperaba: intentó impedir una matanza.

Lo supe porque estuve allí. Durante las semanas que siguieron a la proclamación, el nuevo augusto me retuvo en su séquito sin darme título ni explicación, como quien conserva a mano un instrumento cuya utilidad aún no ha decidido.

Dormía en una tienda junto a la de los secretarios, comía con la escolta, y de cuando en cuando un ordenanza me llamaba a medianoche para que examinara a un caballo, a un escriba con tos o a un tribuno con una muela infectada.

Aprendí a no hacer preguntas y a mirar mucho.

Aureolo se rindió el día siguiente a la proclamación, con la rapidez de los hombres que han estado esperando una excusa para hacerlo.

Salió de Mediolanum entre dos filas de soldados, con las manos desatadas y la cabeza gacha, y lo condujeron a un campamento a las afueras donde, antes de que nadie hubiera decidido qué se haría con él, los jinetes que le habían sido más fieles lo asesinaron.

Se dijo luego que el nuevo emperador lo había ordenado.

Yo vi la cara de Claudio cuando se lo comunicaron, y no vi en ella nada que sugiriera una orden.

Vi cansancio. Y una especie de rabia fría, la de quien comprende que acaba de heredar no solo un trono sino también el reguero de sangre que lo precede, y que ya no habrá manera de empezar limpio.

El Senado, en cambio, no quería empezar limpio.

Al recibir en Roma la noticia de la muerte de Galieno, los senadores, a los que aquel emperador había excluido durante ocho años del mando de las legiones, soltaron años de rencor acumulado con una violencia que a mí, desde la distancia, me pareció casi infantil.

Pidieron que su cadáver fuera arrastrado con garfios; reclamaron que se matara a su hermano Valeriano, a su joven sobrino Mariniano, a todos los funcionarios y amigos que le habían servido.

La plebe romana, que quería a Galieno porque había sido generoso con los juegos, se alzó contra el Senado en algunos barrios.

Hubo muertos en las calles. La capital, a cuatrocientas millas de allí, ardía.

Claudio recibió el mensaje en su tienda, de noche, cuando el secretario terminó de leerlo en voz alta. Estaba sentado en un taburete, sin túnica, con un cuenco de sopa humeante entre las manos. Se quedó un rato inmóvil, mirando el vapor.

— Escribe —dijo por fin al escriba—. «Claudio Augusto al Senado y al pueblo de Roma. Ordeno que cese de inmediato toda persecución contra los parientes y partidarios del divino Galieno».

—Alzó la vista—. Divino. Pon eso. «Pido que se le conceda el honor de la apoteosis, como corresponde a un emperador romano».

El escriba, un liberto fino y pálido que no estaba acostumbrado a las sorpresas, se quedó con el cálamo en el aire.

—Augusto… los senadores odian a Galieno.

—Lo sé.

—Si les pides que lo conviertan en dios…

— Se lo pido para que no tengan la tentación de convertirse en asesinos.

—Claudio dejó el cuenco sobre el suelo—.

Un imperio que empieza matando a los hijos del emperador anterior no puede acabar bien.

Los dioses no le sirven de nada al muerto.

Pero un Senado que decide sobre cuál cadáver merece el cielo está ocupado en algo menos peligroso que cortar cabezas. Escribe.

Aquel día comprendí algo de aquel hombre que los cronistas, más tarde, no entenderían: que su virtud principal no era el valor, ni la inteligencia, ni siquiera la bondad, sino la capacidad de ver con claridad lo que cuesta cada decisión, y de pagarlo sin quejarse.

Me llamó dos noches después. Estaba solo, sin escribas ni ordenanzas, sentado ante una mesa baja sobre la que había desplegado un mapa del norte de Italia. Me indicó con un gesto que me acercara.

—Me dijeron que estabas en la tienda del emperador cuando murió —dijo sin preámbulo.

— Sí, augusto.

—¿Dijo algo?

—Dijo que fuera usted el sucesor. Que le llevaran la púrpura. Que el ejército no dudara.

Claudio no se movió. Pasó un largo rato mirando el mapa, o más bien mirando a través de él.

—¿Dijo algo más?

—Dijo algo en griego, que no entendí. Creo que era una línea de Homero.

—Galieno sabía de memoria la Ilíada entera. —Una sonrisa fugaz, sin alegría—. ¿Y tú? ¿Dudaste al transmitir su mensaje?

— No, augusto. Pero callé unas horas, porque me lo ordenaron. —¿Quién?

La pregunta cayó entre nosotros como una piedra en un pozo. Pensé en Heracliano, en Aureliano, en sus caras en la entrada de la tienda. Pensé en lo que había visto y en lo que no. Abrí la boca. —No me lo digas —dijo Claudio.

Levantó la mano, con la palma hacia mí, un gesto muy suave.

— Aún no. —Me clavó los ojos—. Hay cosas que un emperador no puede saber si quiere seguir siéndolo. Si me lo dices, tendré que actuar. Y si actúo, perderé a los hombres que necesito para sobrevivir el próximo año. Tarde o temprano me lo contarás. Pero hoy, no. ¿Entiendes?

—Entiendo.

— Dudo que entiendas todo. Pero eres médico. Sabes que a veces el mejor tratamiento es no tocar la herida hasta que la fiebre baje. —Hizo una pausa—. Gracias por no mentir.