PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO #2
Filón se burló. Después, a las dos semanas, comprobó que en mi tienda morían la mitad de hombres que en la suya, y dejó de burlarse.
Fue por entonces cuando conocí a Claudio.
Llegó una tarde de finales de julio, a caballo, con una escolta de apenas diez jinetes, procedente de Ticinum, la ciudad a cinco leguas de allí donde mandaba un cuerpo de ejército encargado de custodiar las comunicaciones del emperador.
Era un hombre de unos cincuenta y cinco años, de estatura media, ancho de hombros y de cuello, con el pelo corto y gris, la nariz rota alguna vez en algún combate, y unas manos enormes que parecían hechas para sostener un escudo toda la vida.
Vestía sin ornato: una túnica de lana oscura, un manto militar sin adornos, un cinturón con la espada reglamentaria.
Si no hubiera sido por la manera como los centuriones se cuadraban a su paso, lo habría tomado por un intendente.
Se llamaba Marco Aurelio Claudio. Era ilirio de nacimiento, de la Dardania, esa región áspera de montañas y valles del interior de los Balcanes de la que saldrían tantos emperadores en aquel siglo y el siguiente, hijo de una familia sin fortuna que, según se murmuraba en los campamentos,
había necesitado ayuda pública para costear su carrera militar.
Había subido por los escalones del ejército a fuerza de disciplina y de ausencia de escándalos.
La Historia, que no lo recordará bien, lo describirá como fuerte de cuerpo, moderado en costumbres, aficionado a la buena mesa.
Todo eso era cierto. Pero faltaba lo más importante, que solo se descubre mirándolo de cerca: la forma en que escuchaba.
Entró en mi tienda sin anunciarse. Había pasado antes por la de Filón, donde le habían dicho que visitara a los heridos de la caballería dálmata, que eran los que había traído de Ticinum, y de allí se encaminó a la mía, quizá porque la vio más sucia, más ruidosa, más llena.
Se detuvo en la entrada. Olfateó el aire.
Miró los camastros, el suelo de tierra apisonada, la mesa de operaciones, mis manos manchadas hasta el codo de sangre ajena, y finalmente a mí.
— Aquí hierve el agua —dijo.
—Sí, general.
— Es la primera tienda de heridos que visito en veinte años donde alguien se ha preocupado por el agua. —Se acercó al camastro más próximo, donde dormía un decurión de unos treinta años con la pierna vendada—. ¿Cómo se llama este?
Me quedé un instante oficiales que visitaban preguntado el nombre de ningún herido.
— Valerio, general. Valerio Máximo, decurión de la segunda ala dálmata. Lanza en el muslo, sin hueso comprometido. Si no hay fiebre, andará en diez días.
—¿Y este?
—Ticio. De Siscia. Dos hijos.
sin palabras. Nadie, nunca, entre los los hospitales de campaña, había —¿Y este?
Fue recorriendo la tienda, camastro por camastro, preguntando nombres, orígenes, estado, y escuchando las respuestas con una atención que no era fingida.
Pedía detalles: el nombre de la aldea, el oficio del padre, si tenía mujer.
Algunos heridos, al reconocerlo, trataban de incorporarse; él los detenía con un gesto de la mano.
A un joven arquero osroeno que no hablaba latín se dirigió en griego, con tosco acento, y consiguió que el muchacho sonriera por primera vez en tres días.
No hacía discursos. No prometía nada. Preguntaba, escuchaba, y pasaba al siguiente.
Al terminar, se detuvo ante mí. Observé que su cara, cuando no hablaba, tenía una pesadez casi dolorosa, como si cargara con algo que no se veía.
— ¿Eres de Alejandría? —preguntó.
—Sí, general.
—Entonces conoces la peste.
El dulzor me subió desde la memoria hasta el fondo de la garganta, y tuve que tragar saliva.
—La conozco.
— La vi en Sirmium, hace años, cuando era tribuno.
Mató a más hombres de mi unidad en un mes que los bárbaros en dos años.
—Hizo una pausa—. Desde entonces desconfío de todo lo que bebo, de todo lo que como y de todo lo que respiro.
Mi mujer dice que es manía de soldado viejo. Tú pareces opinar otra cosa.
—Opino que el agua es más peligrosa que las lanzas, general. Y que casi nadie lo cree.
Una sombra de sonrisa cruzó la cara de aquel hombre. Fue breve, casi involuntaria, pero me pareció la expresión de alguien que encuentra en un lugar inesperado una pieza que buscaba. —¿Cuántos años tienes, alejandrino?
— Veintisiete.
—¿Cuánto llevas aquí?
—Tres semanas.
— Pues en tres semanas has hecho más por mis hombres que cualquier médico en tres años. —Hizo una seña a su ayudante, que le acercó un bulto envuelto en un paño—. Tengo hambre y no he comido desde esta mañana. ¿Te importa que coma mientras hablamos?
Desenvolvió el paño: pan moreno, una cebolla, un trozo de tocino curado.
Se sentó sobre un barril de vinagre, cortó con su propio cuchillo, me ofreció la mitad, y durante un cuarto de hora, entre mordisco y mordisco, ese hombre que no era aún emperador pero que lo sería dentro de unas semanas,
me estuvo preguntando por la manera de evitar la disentería en los campamentos, por la mejor forma de enterrar a los muertos para que no contaminaran el agua, por la diferencia entre una fiebre que se cura y una que mata.
Tomaba nota mental de cada respuesta. No la escribía; la guardaba, con esa memoria de mulero que tienen los hombres que han aprendido a no confiar en los papeles.
Cuando se levantó, me puso una mano en el hombro, un gesto brusco, casi torpe.
— Si llega un día en que tenga que decidir entre la vida de mil hombres y la de diez mil —dijo—, quiero que alguien como tú me diga cuál es cuál. Cuídate, alejandrino. Esto va a ponerse peor.
Salió de la tienda como había entrado, sin ceremonia. Yo me quedé con la mitad de una cebolla en la mano y la sensación, absurda, de haber conocido por fin a alguien que preguntaba lo mismo que mi maestro.
Claudio regresó a Ticinum al anochecer de aquel mismo día, y yo no volví a verlo hasta que dejó de ser un hombre corriente.
Pasaron seis semanas. El asedio de Mediolanum se alargaba; Aureolo, encerrado tras las murallas, ofrecía rendirse a cambio de garantías que el emperador no estaba dispuesto a conceder; en el campamento corrían los rumores, ese vino agrio que los ejércitos beben en los periodos de espera.
Se decía que Galieno había perdido la paciencia.
Se decía que los oficiales de la caballería estaban descontentos con el reparto del botín prometido.
Se decía que el emperador, tan generoso con los filósofos, era avaro con los soldados, y que había hombres a su alrededor a quienes aquella avaricia les resultaba cada día más cara.
Yo no prestaba oídos. Tenía veinte heridos nuevos cada semana y un chico sordo que había aprendido a sostener un hueso mientras yo lo serraba.
La noche ocurrió a mediados de septiembre, en esa hora mortecina entre la cena y el sueño.
Estaba en mi tienda, lavando los instrumentos, cuando oí el primer grito: una voz lejana, de centinela, que decía algo que no entendí.
Después otro, más cerca. Después un tropel de cascos, y de pronto el campamento entero se había convertido en un hormiguero.
«¡Aureolo! ¡Aureolo sale por la puerta oriental!»
, clamaban voces desde todas partes. Salí a la entrada y vi cómo los jinetes corrían hacia los caballos, cómo las antorchas se multiplicaban, cómo el emperador, que cenaba en su pabellón en el centro del campamento, salía a medio vestir y pedía su montura.
Lo vi pasar al galope, cerca de mí, sin escolta, sin coraza, con el manto flotando tras él, en dirección a la puerta de donde decían que venía el peligro.
Un hombre a caballo, solo, en la oscuridad.
Aún hoy me pregunto si, de haber sabido lo que sabía quien gritó aquella falsa alarma, habría gritado yo también para detenerlo.
Cuando lo trajeron, hacía una hora que la alarma se había apagado sin que nadie hubiera visto al enemigo.
Lo condujeron a mi tienda porque era la más cercana al lugar donde cayó, y porque Filón, el médico mayor, no aparecía por ninguna parte; alguien lo había enviado, me dijeron después, al otro extremo del campamento, a atender a un oficial con un cólico fingido.
Cuatro jinetes dálmatas lo traían sobre un escudo, con una expresión que no era de dolor ni de espanto, sino de una especie de embarazo, como hombres que han presenciado algo que no les corresponde.
Lo tendieron sobre mi mesa de operaciones, y entonces vi la cara del emperador Publio Licinio Egnacio Galieno por primera vez de cerca: un hombre de cincuenta años, delgado, de rasgos finos, con una barba corta y una mirada despierta aunque ya empañada.
Tenía una lanza clavada bajo las costillas, en el costado derecho, que alguien había cortado a ras para poder transportarlo.
Lo examiné con los ojos más que con las manos. Un solo vistazo bastó. El hígado. La sangre que salía por el costado era oscura y abundante, y su respiración, corta y superficial, tenía ese rumor ligero que ya había aprendido a temer. Lo habría sabido cualquier cirujano de Roma. Lo sabía él.
— Eres griego —dijo con voz clara.
—De Alejandría, augusto.
—Entonces no me mentirás. —Hizo una mueca, una sonrisa o un espasmo—. ¿Cuánto?
— Poco, augusto.
—Una hora, ¿o menos?
—Menos.
Cerró los ojos un instante y asintió, como un filósofo que recibe una conclusión que ya había anticipado. Después los abrió y los clavó en el techo de lona, y noté que sus ojos no miraban la tela, sino algo más lejano.
—Siempre he preferido a los hombres que no mienten — murmuró—. Hay tan pocos en el mundo…
Le limpié la sangre de la boca. Intenté taponar la herida, sabiendo que era inútil. Él lo notó, y con una mano pálida y larga me apartó la mía.
— No. Deja que sangre en paz. Ya basta de sufrir por una herida. —Volvió la cabeza hacia mí, y sentí el peso de su atención—. Escucha. En Ticinum hay un hombre. Se llama Claudio. Dile… que sea él. Que le lleven la púrpura. Dilo así, que quede dicho. Que el ejército no dude.
—Augusto…
—Dilo.
—Lo diré.
Cerró de nuevo los ojos. Volvió a abrirlos.
Dijo algo en griego, en voz tan baja que no lo entendí del todo; me pareció una línea de Homero, o un nombre de mujer.