PRELUDIO EL IMPERIO DESPEDAZADO
Italia septentrional, verano del año 268 d. C.
Quien cuente algún día la historia de aquellos años tendrá que empezar por reconocer que el Imperio romano había dejado de ser un cuerpo para convertirse en una carnicería.
Yo lo vi desde abajo, desde la tienda de campaña, desde la mesa de operaciones, que es el lugar desde donde mejor se ven las cosas: no las banderas, no los discursos, sino lo que queda de los hombres cuando los poderosos terminan de hablar.
Aun así, para entender lo que sigue, hay que subir un instante a la altura de los mapas.
Treinta y tres años habían pasado desde que los soldados de la frontera del Rin asesinaron a Alejandro Severo en su tienda, y en ese tiempo Roma había tenido más de veinte emperadores, la mayoría muertos a manos de sus propios hombres.
El oro se había devaluado hasta tal punto que las monedas de plata que aún llamaban así eran, en verdad, cobre con un baño; los precios se habían multiplicado; los campesinos abandonaban los campos; las ciudades levantaban murallas con las piedras de sus propios templos.
Había llegado la peste, y la peste no se había ido.
Habían llegado los persas, que capturaron a un emperador vivo, hazaña que ningún enemigo de Roma había logrado en mil años.
Habían llegado los godos, los hérulos, los francos, los alamanes, los sármatas, cada uno a su hora, cada uno por su frontera, como lobos que olfatean que el viejo rebaño ha dejado de tener pastor.
Y para colmo, el imperio se había partido.
Lo había partido primero Póstumo, un general del Rin que en el mismo año de la captura de Valeriano se proclamó emperador en las Galias, y que desde su capital en Tréveris gobernaba ya, con su propio Senado y sus propias legiones, las provincias de Britania, Galia e Hispania,
y a quien nadie en Roma se atrevía a llamar rebelde en voz alta, porque hacía mejor que Roma la tarea de defender el Rin.
Lo había partido luego Palmira, la ciudad caravanera del desierto sirio, cuyo señor Odenato, tras derrotar a los persas con tropas propias, se había hecho llamar rey de reyes, y cuando fue asesinado, en el año anterior, dejó el mando a su viuda Zenobia,
una mujer de la que se decía que cabalgaba con sus soldados, hablaba cinco lenguas y descendía de Cleopatra, y que gobernaba en nombre de un hijo niño las provincias de Siria, Arabia, y las rutas hacia Egipto.
En teoría, Palmira seguía siendo leal a Roma.
En la práctica, nadie en el Oriente recibía otras órdenes que las suyas.
Entre esos dos pedazos quedaba el centro, Italia, los Balcanes, África, lo que Galieno aún llamaba el Imperio con un coraje que a veces rozaba la locura.
Era un hombre extraño, Galieno. Culto, afable, amante de la poesía, iniciado en los misterios de Eleusis, protector del filósofo Plotino, a quien quiso regalar una ciudad entera en Campania para que la gobernara según las leyes de Platón.
Los senadores lo despreciaban porque había excluido a su clase del mando de las legiones, y los soldados lo respetaban porque no se había dejado derrotar jamás en una batalla.
Corría de frontera en frontera, apagando incendios con las manos, y en ocho años no había dormido tres meses seguidos en el mismo lecho.
Lo único que no había hecho era recuperar lo perdido.
Quizá porque ya no se podía. Quizá porque nadie, ni siquiera un genio, puede coser un cadáver.
Yo no pensaba en nada de esto cuando llegué a Italia. Pensaba en dormir, en comer algo caliente, en encontrar un cuarto sin olor a vinagre.
Los años que mediaron entre la pira de Teón y mi llegada al campamento del emperador fueron, vistos desde aquí, una larga huida disfrazada de formación.
Ejercí la medicina en Alejandría durante dos años, atendiendo a los apestados que la ciudad abandonaba, hasta que una mañana del año 262 el prefecto de Egipto, Emiliano, se proclamó emperador contra Galieno, y la ciudad se convirtió en un campo de batalla de barrio contra barrio.
El Bruchion ardió. La casa de Teón, con su higuera y su bodega, quedó reducida a un hueco de ladrillos ennegrecidos.
Salvé mis rollos, la tablilla con tres nombres, y los instrumentos.
Mi madre murió dos inviernos después, de las fiebres comunes que Teón me había enseñado a curar y que yo, aquella vez, no supe o no pude, y la enterré entre los suyos, en el cementerio del Delta, con lino sin teñir.
A partir de ese día, Alejandría dejó de tener dueño para mí.
Me fui a Atenas porque era lo más lejano de la peste que alcanzaba mi bolsa, y porque en el Asclepeion de la ladera meridional de la Acrópolis aún se ejercía la medicina con una dignidad antigua que me recordaba, en miniatura, la de mi maestro.
Viví allí tres años, ganándome la vida con curas menores y con las enseñanzas que daba a los hijos de los ricos.
No fui feliz, pero fui tranquilo. Y la tranquilidad, aprendí después, es la mercancía más perecedera de aquel siglo.
En el verano del año 267 llegaron los hérulos.
Venían del mar, en barcos de tamaño y número que nadie había visto hasta entonces, y saquearon Atenas durante días.
Quemaron el Ágora, derribaron los templos, mataron a los que no pudieron huir y se llevaron a los que sirvieron para vender.
Yo escapé por una puerta lateral del Asclepeion con un maletín y un hatillo, ayudando a cargar con una anciana que ni siquiera era mi paciente, y que murió en mis brazos, de miedo, al pie de las murallas, mientras las llamas lamían el cielo detrás de nosotros.
Aquella noche, tendido en una cuneta junto al camino de El Pireo, bajo un cielo lleno de estrellas indiferentes, pensé por primera vez en alistarme.
No por patriotismo. Nunca he tenido ese sentimiento, o no en esa forma.
Lo pensé porque comprendí que el mundo estaba entrando en una era en la que la gente iba a necesitar médicos más que nunca, y que los únicos lugares donde un médico podía ejercer su oficio con medios, suministros y protección eran los ejércitos.
Vi, con la claridad desoladora del hombre que no tiene ya nada que perder, que mi juramento no podía cumplirse en una casa con higuera.
Debía cumplirse donde se concentraran el sufrimiento y la muerte. Es decir, en la guerra.
Crucé el Adriático en una nave de refugiados, llegué a Brundisium, subí a Roma por la Vía Apia, y allí, en una oficina atestada de escribas junto a los cuarteles, un funcionario somnoliento me preguntó cuántos años de práctica tenía, qué especialidad, dónde me había formado y quién me recomendaba.
Contesté a las tres primeras. A la cuarta, dije la verdad: nadie.
Alzó la vista del papiro con la expresión de quien ha oído demasiadas veces la misma cosa.
— Un médico sin patrón —murmuró—. Entonces te sirve cualquier ejército. Se necesitan cirujanos de heridas. Cuarenta denarios al mes, ración de soldado y la posibilidad de morir rápido. ¿Firmas?
Firmé. Me asignaron al cuerpo de caballería que el emperador acababa de reunir en el norte, contra el general rebelde Aureolo, y me pusieron en una carreta con otros veinte reclutas camino de Mediolanum.
Así fue como, a los veintisiete años, con un acento griego tan marcado que los soldados me llamaban el Aqueo, llegué a lo que entonces era el único ejército de Roma que aún merecía ese nombre.
La caballería de Galieno no se parecía a nada que yo hubiera visto.
Había nacido de una idea simple y genial: que un imperio atacado por todas partes no podía defenderse con legiones que tardaban semanas en marchar de una frontera a otra, sino con una fuerza móvil, de jinetes escogidos, capaz de aparecer en una semana donde se la necesitara.
Y había reunido en ella a los mejores: dálmatas de las montañas, maurisios del desierto africano, arqueros a caballo de Osroene, panonios, dacios, ilirios de las provincias del Danubio, hombres duros y callados, criados sobre la silla desde niños,
que hablaban cinco lenguas entre todos y se entendían con tres gestos.
Los caballos olían a sudor y a heno. Los hombres olían a cuero engrasado y a ajo.
El campamento, un rectángulo ordenado con empalizada y foso a media legua de las murallas de Mediolanum, donde Aureolo se había encerrado tras perder la batalla del puente del Adda, bullía de actividad: herreros martilleando, intendentes contando sacos,
centuriones corrigiendo a gritos a los reclutas, y la nube eterna de polvo y moscas que acompaña a cualquier ejército que lleva más de un mes en el mismo sitio.
Me presentaron al médico mayor, un siciliano de Agrigento llamado Filón, de sesenta años, ojos de ave rapaz y fama de ser el cirujano más rápido y menos amable de Occidente. Me examinó de arriba abajo sin disimular el desdén.
—Griego de Alejandría —dijo—. Discípulo de nadie, según tus papeles. Habrás leído a Galeno.
— Y lo he visto desmentido muchas veces.
Alzó una ceja.
—Te pondré en la tienda de los heridos de lanza —dijo—. Es la peor. Si en un mes sigues vivo y en tu sitio, hablaremos.
Era, en efecto, la peor. La tienda de los heridos de lanza era un cobertizo largo de lona sucia, con camastros de paja y moscas por todas partes, donde se amontonaban los jinetes con el cuerpo perforado por las lanzas de la guarnición de Aureolo, que hacía salidas nocturnas contra nuestras líneas.
Abdómenes abiertos, muslos atravesados, hombros desgarrados.
Los dos auxiliares asignados a mí eran un liberto tracio bebedor y un chico sordo que nunca hablaba.
Con ellos me puse a trabajar al amanecer del primer día, y trabajé sin interrupción hasta que se hizo de noche.
Comprobé en aquellos días lo que sabía en teoría: que la mayor parte de los hombres no moría de las heridas, sino de lo que venía después.
De la fiebre, de la supuración, de la sed, del agua.
Lavé con vino y con vinagre. Cubrí las heridas con miel, que en aquel tiempo todavía no sabía por qué funcionaba, pero que había visto funcionar siempre.
Corté lo que había que cortar y salvé lo que podía salvarse.
Y exigí, con un empecinamiento que en el médico mayor despertó primero ira y luego respeto, que el agua que se daba a los heridos hirviera antes de beberse, y que los orinales se vaciaran lejos del arroyo del que se abastecía el campamento.