El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma PRÓLOGO EL JURAMENTO DE ALEJANDRÍA #4
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PRÓLOGO EL JURAMENTO DE ALEJANDRÍA #4

— Los reyes creen que sus enemigos son otros reyes.

Los emperadores, que son los bárbaros. Los generales, que son los generales del bando contrario.

Se equivocan todos. Han pasado mil años matándose entre ellos mientras esto, esto —señaló vagamente su propio cuerpo, el aire, la ciudad entera— se llevaba más hombres que todos los ejércitos juntos. Escucha lo que te digo.

Me incliné hasta que sentí su aliento dulzón en la mejilla. Y con las pocas fuerzas que le quedaban, pronunció las palabras que han gobernado mi vida desde entonces:

— No hay enemigo más grande que la enfermedad. Ni los godos, ni los persas, ni la muerte misma. Jura que siempre lucharás contra ella, aunque no puedas verla.

Yo tenía diecinueve años y los ojos llenos de lágrimas, y creía que jurar era un gesto sencillo.

— Lo juro —dije.

—Más alto.

—Lo juro, maestro. Por Apolo, por Asclepio, por tu nombre. Lucharé contra ella toda mi vida. Aunque no pueda verla. Teón cerró los ojos. Algo parecido a una sonrisa apareció en su cara devastada.

— Bien —susurró—. Otra cosa. Cuando muera… no me enterréis. No me embalsaméis. Quemadme. Aquí no hay momias que valgan. Mi cuerpo es ahora un arma, y no quiero que le sirva a nadie. Que el fuego no deje en este mundo nada de lo que me ha matado.

—Así se hará.

—Y recuerda… —Su voz se quebraba—. Pregunta siempre el nombre. A todos. Hasta al último.

—Siempre.

No dijo más. Su mano me soltó. Durante unas horas respiró con ese ronquido áspero que conocen bien los médicos y que no engaña a ninguno.

Al caer la noche, el ronquido cesó. Me quedé largo rato sentado junto al lecho, con su mano fría entre las mías, escuchando el silencio de aquella casa, el crujido de la higuera en el patio, el rumor lejano de los carros de los muertos por la Vía Canópica.

Y comprendí, con una lentitud dolorosa, que en el cuarto había dejado de oler a miel podrida, y que ahora solo olía a vinagre y a invierno.

Lo quemamos al amanecer, en la explanada que se abre ante el Museo, donde los alejandrinos de otros tiempos venían a discutir sobre los astros.

Los magistrados habían prohibido las piras públicas por temor al humo, pero aquel día no había magistrado que se atreviera a salir de su casa, y los pocos soldados de la guardia que patrullaban el barrio fingieron no ver al joven que,

con la ayuda de dos carreteros a los que pagué con todo lo que tenía, levantaba un montón de leña de higuera, de cedro y de olivo, y subía encima una forma envuelta en lino blanco.

No había más asistentes. No vino ningún discípulo, porque no los tenía, ni ningún amigo, porque la peste los había aislado a todos tras sus puertas.

Estaba yo solo, con las manos cubiertas de ceniza anticipada, frente a lo que quedaba de la Biblioteca, aquella mole de columnas y salas de lectura de la que tantas veces me había hablado Teón como del cerebro del mundo, y que en aquel amanecer parecía, bajo la luz rosa y fría,

un animal viejo que respiraba con dificultad.

Encendí la pira con una antorcha. El fuego prendió despacio, y luego con ímpetu, devorando primero la hojarasca, después el lino, después aquel cuerpo que había sido el único padre intelectual que conocí.

Subió una columna de humo gris por encima de los tejados del Bruchion, y en el humo me pareció ver, durante un instante, algo más que humo: los rollos de Herófilo, los cadáveres abiertos a la luz de las lámparas, las manos de cantero de Teón sosteniendo mi muñeca,

la voz de cisterna diciéndome que el muerto hablaría.

Olía a madera, a resina, a carne que se consumía.

Y debajo de todo eso, tenue como un recuerdo, apenas perceptible para quien lo hubiera respirado una vez, el dulzor.

En el pliegue de mi túnica llevaba la tablilla con los tres nombres.

Pensé en arrojarla al fuego, como una ofrenda; no lo hice.

La guardo todavía. La cera se ha agrietado con los años, pero las letras se leen: Yared, Nikias, Hamid.

No sabría decir cuántos nombres he anotado después en tablillas parecidas, ni cuántos he perdido por el camino; pero esos tres siguen ahí, los primeros, los que me enseñaron cuánto pesa un nombre cuando es lo único que queda de un hombre.

Me quedé allí hasta que las llamas bajaron. No recé. Nunca he sabido rezar. Pero repetí en voz baja, una y otra vez, mirando el fuego, las palabras que acababa de jurar, y a cada repetición me parecía que su peso crecía en mi pecho, hasta convertirse en algo tan sólido como un hueso.

No sabía entonces que aquel juramento no se refería solo a Alejandría.

No sabía que el enemigo sin rostro del que hablaba Teón me seguiría, con su perfume de fruta madura, a través de los campamentos de las legiones, de los campos de batalla del Danubio, de la tienda de un emperador agonizante y de las calles de una Roma que ya no reconocería.

No sabía que lo haría con el mismo paso paciente con que ahora devoraba, en el fuego, a mi maestro.

Solo sabía que el sol salía sobre el Mediterráneo, que en la ciudad rodaban los carros, y que yo, a los diecinueve años, acababa de convertirme en soldado de una guerra que no terminaría jamás.