El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma PRÓLOGO EL JURAMENTO DE ALEJANDRÍA #3
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PRÓLOGO EL JURAMENTO DE ALEJANDRÍA #3

Y Hamid, un árabe de Leuke Kome, que cantaba por las noches. No sé si tenía apellido.

Anoté los tres nombres en una tablilla de cera. El sirio me miró hacerlo.

— ¿Para qué?

—Para que alguien los sepa.

Soltó una risa corta, sin alegría. Después, con la mirada fija en el agua verde del puerto, murmuró que el patrón pensaba zarpar de nuevo en cuanto pudiera reunir tripulación, porque la carga de pimienta valía una fortuna y no se podía dejar pudrir en un muelle.

Le dije que no entrara en la ciudad, que no dejara salir a los enfermos de la nave, que se lavara las manos con vinagre.

Asintió con la cabeza, la misma cabeza que asienten los que no van a hacer nada de lo que se les dice, y me di cuenta de que mi consejo era tan inútil como un bisturí en un naufragio.

Cuando volví a la casa, Teón estaba despierto, sentado en la cocina con el rollo de Herófilo sobre las rodillas.

Me miró entrar y no preguntó dónde había estado.

Le puse la tablilla en la mano. Leyó los nombres uno a uno, moviendo los labios, y asintió con una expresión que no he vuelto a ver en ningún rostro.

— Tres —dijo—. Bien. Ya no son un número.

La fiebre empezó al tercer día.

Fue primero un escalofrío que Teón atribuyó al aire húmedo del patio, y que aguantó sentado bajo la higuera con una manta sobre los hombros, leyendo un rollo de Herófilo que se sabía de memoria.

Después fue un dolor de cabeza, y una sed que no se saciaba, y esa manera de mirar los objetos cotidianos como si hubieran cambiado de lugar.

El cuarto día vomitó. El quinto, cuando entré en su alcoba al amanecer, el blanco de sus ojos se había vuelto rojo como el de Yared, y en la garganta, al abrirle la boca con una cuchara, vi las primeras úlceras.

No lloré. Aún hoy me avergüenza admitirlo, pero no lloré.

Fui a la cocina, llené una jofaina de agua tibia, preparé una infusión de sauce y corteza de granado, abrí las ventanas para que entrara el aire del puerto, y empecé a hacer lo único que sabía hacer: contar.

Contar el pulso con la clepsidra, contar las horas entre vómito y vómito, contar los vasos de agua que bebía, contar las veces que se orinaba, apuntar el color, la consistencia, el olor.

Escribí diez rollos en aquellos días. Los guardo todavía.

Nadie, que yo sepa, los ha leído jamás, y sin embargo son lo más parecido a una obra que he producido en mi vida.

La casa se llenó del olor. Penetraba por las rendijas de la puerta, impregnaba las sábanas, se me quedaba en el cabello.

Se había vuelto tan fuerte que a veces, al despertarme sobresaltado en el diván donde dormía a ratos, lo confundía con el perfume de las higueras en agosto, y por un instante, antes de recordar, era feliz.

Afuera, la ciudad se desmoronaba. Lo veía desde la ventana de la alcoba cuando abría los postigos para ventilar: los carros de los muertos, apilados con cuerpos cubiertos de esteras, avanzando sin cesar por la Vía Canópica hacia los hornos de cal;

los vecinos que sacaban de sus casas a los enfermos y los dejaban en la calle, por miedo al contagio, para que murieran solos entre los gatos y las moscas; los sacerdotes de Serapis, que oficiaban sacrificios en el templo y declaraban que el dios estaba disgustado; los magistrados,

que prohibían hablar de aquello, porque hablar atraía el mal.

Y en medio de aquel pánico, algo que me sorprendió: unos hombres y mujeres de la nueva religión de Cristo, que según Teón eran seguidores de un galileo ajusticiado hacía dos siglos, y que recogían a los apestados de las calles, los lavaban, les daban de beber, los velaban hasta el final,

y morían con ellos.

Lo hacían en silencio, sin cobrar. Un día vi a uno, un viejo de barba blanca y túnica remendada, cargar a cuestas a una niña de cinco años cubierta de manchas, y atravesar con ella la plaza entera, sin mirar a los lados, hasta desaparecer en una casa sin puerta.

Nunca supe su nombre. Me costó años entender qué quería decir aquello.

Pero ya entonces, con la confusa lucidez del miedo, sentí que en esa gente había una forma de coraje que ninguna filosofía ni ninguna medicina me había enseñado.

— No es el valor del soldado —murmuró Teón una noche, cuando le conté lo que había visto, con la voz rota por la garganta ulcerada—. Es más raro. El soldado muere para matar. Esos mueren para cuidar. Tenlo presente cuando dudes sobre qué clase de hombre quieres ser.

Hablaba cada vez menos y con más esfuerzo.

Los dos primeros días había insistido en dictarme observaciones sobre su propio cuerpo, con el desapego de quien examina a un extraño.

Describió el avance de las úlceras, el modo en que le fallaba el equilibrio, el sabor metálico en la boca.

Luego, a medida que la fiebre le consumía las palabras, esos dictados se redujeron a monosílabos, a gestos con los dedos, a miradas.

Mi madre vino el sexto día. Nadie le había avisado; simplemente apareció en la puerta de la cocina con un cesto de pan y una jarra de aceite, envuelta en su manto de lino sin teñir, y me miró con aquel modo suyo de leer a la gente, de la cabeza a los pies, sin prisa.

No intentó abrazarme. Sabía que yo olía a aquella casa.

— Déjame verlo —dijo.

—No, madre. No quiero que te acerques.

—No me digas lo que puedo o no puedo ver, Dionisio.

Pasó junto a mí con una dignidad que no admitía réplica, y se detuvo en el umbral de la alcoba, sin entrar.

Teón dormitaba. Ella lo miró un largo rato, con las manos juntas bajo el pecho, como mira una mujer del Delta el nivel del agua en la orilla.

Después retrocedió, cerró la puerta con mucha suavidad y me puso las dos manos en las mejillas, esas manos ásperas de tanto lino.

— Un día —dijo—. Dos, a lo sumo.

—Madre.

—Quédate con él hasta el final. Y cuando termine, lávate con vinagre y ven a casa. No antes.

Dejó el pan y el aceite sobre la mesa y se marchó sin volverse.

Nunca he dudado de su don; aquellas pocas palabras fueron el pronóstico más exacto que me dieron jamás, y el más cruel.

Y en la confusión de aquellos días no se me ocurrió preguntarme, eso lo pensaría años después, por qué a mí, que había sostenido la lámpara sobre aquel cuerpo, y respirado el aire de aquella bodega, y velado aquel lecho siete noches, no me alcanzaba el mismo destino.

No lo sé. Es la pregunta que me ha acompañado más que ninguna otra: por qué la peste, que se llevó a mi padre, a mi maestro y a media calle de Rakotis, me dejó a mí en pie, como a un testigo al que se perdona para que pueda declarar.

Al séptimo día amaneció con los pies morados.

Era una tarde de calor espeso, de ese calor húmedo de finales de verano alejandrino en que el aire parece una sábana mojada. Yo le estaba cambiando el paño de la frente cuando me agarró la muñeca con una fuerza sorprendente en un cuerpo reducido a huesos y fuego.

— Dionisio.

—Estoy aquí, maestro.

—Cierra la puerta.

Obedecí. Cuando volví junto a su lecho, sus ojos, enrojecidos y hundidos, me buscaban con una lucidez que me heló la sangre, porque conocía esa lucidez: es la que precede al final. Me hizo acercarme y habló muy bajo, con una voz que era un hilo.

—Escúchame. No tengo tiempo… para decirlo dos veces. He abierto a ese hombre sabiendo lo que me costaría. Quiero que sepas por qué.

—No es necesario, maestro.

— Sí lo es. —Tosió, y un hilo de sangre le resbaló por la comisura—.

Toda mi vida he creído que la medicina era un oficio.

Un arte. Algo que se hace con las manos.

Y es verdad. Pero no es toda la verdad. Es una guerra.

La única guerra que no se acaba, la única que no tiene tregua ni vencedores, la única en la que el enemigo no tiene rostro, ni bandera, ni capitán.

No lo vemos. No sabemos de dónde viene. Mata sin odiarnos.

Hizo una pausa. Su mano se cerró aún más sobre mi muñeca.