PRÓLOGO EL JURAMENTO DE ALEJANDRÍA #2
Aprendí que el cuerpo es un archivo, y que cada vida deja en él una escritura que solo los que se atreven a abrirlo pueden leer.
Y aprendí, sobre todo, la costumbre que Teón nunca abandonó: preguntar siempre el nombre de los muertos.
Casi nunca lo conseguíamos. Pero la pregunta, hecha cada vez, era ya una forma de rezar.
El verano del año 260 fue el de las malas noticias.
En el mes de Thoth, cuando el Nilo llegaba al punto más alto de su crecida y los campos de Egipto eran un mar plano salpicado de aldeas como islas, llegó a Alejandría un barco con la nueva que ningún alejandrino habría creído un año antes: el emperador Valeriano, el viejo señor del mundo,
había caído prisionero de los persas.
Se decía que el rey Sapor lo mostraba encadenado en sus ciudades; se decía que lo usaba como escabel para montar a caballo; se decía, sobre todo, que Roma ya no tenía emperador sino un hijo, Galieno,
que pasaba los días corriendo de frontera en frontera como un hombre que intenta apagar con las manos un incendio en cien casas a la vez.
Teón recibió la noticia en el patio, bajo la higuera, y no dijo nada durante un largo rato.
— Todo ese ruido —dijo por fin—. Reyes, emperadores, ejércitos. Y mientras tanto, lo único que realmente mata a los hombres llega por el muelle sin que nadie mire.
No entendí a qué se refería. Lo entendí cuatro días después.
Llegó en una nave de carga que había remontado el Nilo desde Coptos, después de cruzar el desierto oriental en caravana desde Berenice, el puerto del mar Rojo donde desembarcaban las mercancías de Arabia,
de la India y de esas tierras de más al sur que los geógrafos llamaban Etiopía y que ningún griego había recorrido entero.
Venía en la bodega, entre ánforas de pimienta y colmillos de elefante envueltos en lonas, y no venía solo: lo acompañaban nueve compañeros de tripulación, de los cuales dos habían muerto durante la travesía fluvial y habían sido arrojados al río sin ceremonia, y tres iban tumbados sobre cubierta,
ardiendo de fiebre, mientras el patrón vociferaba en el muelle que aquellos holgazanes habían bebido agua mala y que nadie se atreviera a hablar de peste, que le arruinarían la mercancía.
El cuerpo lo recogieron al caer la tarde, en el muelle de Eunostos, junto a los almacenes.
Un joven. Un marinero de piel oscura, con el pelo apretado en pequeñas trenzas y una cicatriz antigua en la ceja derecha, y los ojos, abiertos todavía, inyectados de sangre hasta el borde del iris, como si en el último instante hubieran llorado rojo.
Alguien había ido corriendo a la casa del Bruchion, porque en Alejandría se sabía ya que Teón de Menfis pagaba por los muertos sin preguntar.
Yo estaba en el patio, triturando corteza de sauce en el mortero, cuando entró el carretero con su carro cubierto.
Teón salió de su habitación. Lo vi descorrer la estera, mirar la cara, y vi cómo su espalda, siempre recta, se inclinaba apenas, como la de un hombre que oye pronunciar su nombre al otro lado de una pared. —¿Cómo se llamaba? —preguntó.
— Lo llamaban Yared, señor —dijo el carretero, y su voz sonó rara, casi respetuosa—. Eso dijo uno de los compañeros que aún se tenían en pie. Yared. Que venía del reino de Axum, de la costa de Adulis.
— Yared —repitió Teón, y noté que era la primera vez en dos años que un muerto llegaba a aquella casa con nombre—. Llévalo abajo.
—Maestro —dije yo.
No me hizo caso. Se limpió las manos, rodeó el carro, se inclinó sobre el cuerpo y respiró hondo, con los ojos cerrados, como un perfumista. Después se enderezó, y su rostro había cambiado.
—¿Lo hueles, Dionisio?
Me acerqué. Y fue entonces, con la cabeza inclinada sobre el pecho de aquel joven muerto, cuando respiré por primera vez el olor que no he vuelto a olvidar.
No era el hedor de la descomposición, que yo conocía bien después de dos años de bodega.
Era otra cosa, un dulzor tenue, afrutado, casi agradable, como de higos reventados al sol, como de miel que empieza a avinagrarse.
Y aquel dulzor me atravesó los senos de la cara y se instaló en el fondo de la garganta, y sentí, con una claridad que ninguna razón podía explicar, que el cuerpo de aquel hombre no estaba simplemente muerto, sino habitado.
—Lo huelo —dije.
— Yo lo olí hace diez años, en la casa de un marinero, y después a los treinta días ya no había nadie en esa calle que lo pudiera recordar.
—Teón me agarró del hombro—. Escúchame bien.
Esta enfermedad ha vuelto, y no es la misma que conocemos.
Nace en el sur, viaja con las caravanas, se mete en las ciudades por los muelles.
No sabemos cómo se mueve. No sabemos si vive en el aire, en el agua, en el pan, en la sangre.
Hasta ahora nadie se ha atrevido a mirar adentro, porque quien se atreve, muere.
Yo tengo sesenta años. He vivido más de lo que merecía. Voy a abrirlo.
—Maestro, no. Por lo menos esperemos. Que se enfríe el cuerpo, que pase la noche, que preparemos…
— El tiempo es lo único que no tenemos. Mañana, cuando se descubra que ha muerto uno de esos marineros, vendrán los magistrados a quemarlo todo, y no nos dejarán abrir nada. Esta noche, o nunca.
Quise discutir. Pero lo conocía lo bastante para saber que cuando Teón de Menfis hablaba en aquel tono no pedía opinión, sino testigos.
Abajo ardían las seis lámparas. Teón se ató un paño empapado en vinagre sobre la boca y la nariz, y me ordenó que hiciera lo mismo.
Hizo después algo que nunca le había visto hacer: se untó las manos hasta los codos con aceite de laurel y se enfundó en unos guantes de cuero que había mandado fabricar años atrás, durante la primera peste, sin llegar a usarlos jamás.
Eran torpes y gruesos, y le robaban la delicadeza de los dedos.
— Tú no tocarás nada —me dijo—. Tú sostendrás la luz y mirarás. Si algo me pasa, tú anotarás lo que yo vaya diciendo, y mañana te irás de esta ciudad, a Menfis, a Cirene, a donde quieras, y escribirás lo que hayas visto.
— No va a pasar nada.
—Entonces estaremos de sobra preparados.
El bisturí corrió por el pecho de Yared desde la garganta hasta el pubis, con la seguridad de quien ha repetido el gesto mil veces, y el cuerpo se abrió.
Yo mantuve la lámpara en alto y obedecí.
Vi cuanto Teón fue nombrando en su voz de cisterna, sin pausa y sin adjetivos, tal como me había enseñado: la garganta cubierta de úlceras blanquecinas, como si la hubieran quemado desde dentro; los intestinos hinchados, de un rojo vinoso, y el contenido que fluía de ellos, sanguinolento y espeso;
el hígado más oscuro de lo debido, con una especie de vetas amarillas; los pulmones congestionados; el bazo, hinchado como una fruta madura.
Y el olor, siempre el olor, subiendo por entre el paño empapado de vinagre, un dulzor que me hacía lagrimear, como si la propia carne estuviera rezumando una última cortesía antes de entregar el secreto.
— Anota —dijo Teón—. Úlceras en la faringe.
Inflamación hemorrágica del intestino. Ojos enrojecidos por sangre.
El olor es dulce, afrutado, se percibe a través del vinagre.
—Hizo una pausa—. No es el aire lo que lo mata, o no solo el aire.
Es algo que va hacia dentro y que revienta los vasos.
Mira cómo la sangre se escapa de todas partes.
En aquel momento, mientras separaba con el gancho de hueso las costillas para ver el corazón, el bisturí resbaló.
Fue un movimiento mínimo, casi elegante: la hoja rozó el borde de una costilla astillada, rasgó el cuero grueso del guante y se hundió una fracción de dedo en la base del pulgar izquierdo.
Teón no gritó. Se quedó inmóvil, con la mano suspendida sobre el cadáver, y vi cómo una gota oscura se abría camino por el borde del cuero y caía, con parsimonia, sobre el mármol.
Nos miramos. Ninguno dijo nada.
—No es nada —dijo entonces, y su voz era perfectamente serena—. Un rasguño. Dame el vinagre.
Se arrancó el guante, sumergió la mano en el cuenco de vinagre puro, luego en el de vino, y finalmente aplicó el hierro candente que tenía preparado, apretando los dientes hasta que oí rechinar el esmalte.
El olor de la carne quemada se mezcló con el dulzor, y por un instante me pareció que ambos olores peleaban por ocupar la sala.
—Termina de anotar —me ordenó, cuando recuperó el aliento—. Y no se lo cuentes a nadie.
Yo anoté. Por la noche, cuando subimos a la cocina, vi que le temblaba la mano sana al servirse el vino, y pensé que era la fatiga. Es increíble cuánto somos capaces de mentirnos cuando lo que está en juego es la persona que más queremos.
A la mañana siguiente, mientras Teón dormía por fin, o fingía dormir, salí a la calle con un cesto de pan bajo el brazo, como cualquier criado que hace sus recados, y caminé hasta el muelle de Eunostos.
Nadie me lo había pedido. Pero la última frase de mi maestro antes de subir las escaleras había sido una pregunta suelta, lanzada al aire de la cocina: «¿Quién preguntará por el muchacho?»
. Y comprendí, durante aquel paseo, que había empezado a heredar sus manías.
El muelle estaba extrañamente silencioso.
Dos guardias armados vigilaban la puerta de un almacén cerrado a cal y canto; la nave de Coptos seguía amarrada al fondo, con los toldos echados, y sobre cubierta no se veía a nadie.
Solo un hombre permanecía sentado en una bita, con la cabeza entre las manos: uno de los marineros que aún se tenían en pie.
Era un sirio de barba recortada y ojos cansados, y cuando le pregunté por los muertos de la travesía me miró con una desconfianza animal.
— Soy médico —dije.
—Entonces ya sabes lo que tenemos.
—Quiero saber cómo se llamaban.
Me miró como se mira a un loco. Pero algo en mi insistencia, o en mi juventud, debió de ablandarlo, porque se pasó la mano por la cara y habló despacio, con un griego de mercader.
— El muchacho, Yared, que se llevó vuestro carretero.
Era de Adulis; subió con nosotros en Berenice porque quería ver Alejandría antes de morirse.
Tenía dieciocho años. Dijo que era la ciudad más grande del mundo y que quería verla una vez.
—Se detuvo—. Los otros dos los echamos al río en Heracleópolis.
Nikias, un griego de Gaza, el segundo de a bordo.