El centurión del abismo: El verdugo oculto de Roma
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PRÓLOGO EL JURAMENTO DE ALEJANDRÍA
Alejandría, año 260 d. C.
Prometí que lo contaría todo, y las promesas hechas a los muertos son las únicas que no caducan.
Por eso escribo, sentado bajo un olivo que ya era viejo cuando llegué a esta costa, con los rollos de papiro sobre las rodillas y el mar rompiendo allá abajo con esa paciencia suya que a mí siempre me ha parecido una forma de ironía.
Soy médico. No sé escribir historia. La historia la escriben quienes no han tenido que lavarse las manos después.
Pero sé contar lo que vi, y lo que vi merece algo mejor que el silencio al que lo condenaron aquellos a quienes ese silencio convenía.
Empezaré por el olor, porque es lo primero que regresa cuando cierro los ojos, antes que los rostros, antes que las voces, antes que el estruendo de las legiones.
Existe un olor que no se parece a ningún otro, y quien lo ha respirado una sola vez lo reconoce para siempre, aunque pasen treinta años y lo encuentre de pronto en el aire de un jardín, junto a una fruta caída.
Huele a higo abierto al sol. Huele a miel que ha fermentado en una vasija olvidada, a membrillo pasado, a flor que ha dado ya todo lo que tenía y se queda un día de más sobre el tallo.
Es un dulzor blando, casi amable, y esa amabilidad es lo más perverso que he conocido.
La muerte que hiede avisa: uno se tapa la nariz, aparta la cara, huye.
Esta otra llegaba perfumada. Entraba en la casa como un invitado bien educado, y para cuando uno comprendía lo que era, ya estaba sentada a la mesa.
La primera vez que lo respiré yo tenía diecinueve años y creía que el cuerpo humano era un libro que se podía leer.
Alejandría, en los últimos días de aquel verano, olía a sal, a pescado, a brea caliente, a las especias descargadas de los barcos del mar Rojo, a papiro mojado y a lámparas de aceite; olía a cuanto huele una ciudad de seiscientas mil almas que se niega a admitir que ha dejado de ser lo que fue.
La luz del Faro se encendía al caer la tarde sobre la bocana del puerto, tan alta que los marinos aseguraban verla a ocho leguas de la costa, y a su pie los muelles hervían de estibadores, de agentes de aduanas, de mercaderes sirios,
de capitanes griegos que juraban por Poseidón mientras los escribas egipcios contaban los fardos en silencio.
Por la Vía Canópica, tirada a cordel de este a oeste entre dos filas de columnas, circulaba el mundo entero: legionarios licenciados, filósofos sin cátedra, sacerdotes de Serapis con la cabeza afeitada, muchachos con tablillas bajo el brazo,
y esos carros bajos y cubiertos de esteras que desde hacía unos meses nadie miraba de frente.
Yo amaba aquella ciudad como se ama lo que uno no ha elegido.
Había nacido en ella, en una casa estrecha del barrio de Rakotis, de un padre griego que curaba fiebres y de una madre egipcia, Taesis, que vendía lino en el mercado y no sabía leer, pero sabía, con solo mirar a alguien a la cara, cuánto le quedaba de vida.
De mi padre heredé las manos y los libros.
De mi madre, la costumbre de mirar antes de hablar.
Mi padre, Nicandro, murió cuando yo tenía doce años, en la primera oleada de la peste, la que llegó a la ciudad en los tiempos de Decio y se llevó a un tercio de los vecinos de nuestra calle.
Murió igual que había vivido, atendiendo a los demás, y nadie vino a atenderle a él.
Quizá fue eso, y no la vocación, lo que me empujó hacia la medicina: la furia de un niño que descubre que quien cura a todos no es curado por nadie.
Para entonces la peste ya no era una novedad, sino una estación.
Remitía, volvía, remitía de nuevo. Los alejandrinos contaban los años por sus visitas, como los campesinos cuentan las crecidas del Nilo, y se habían acostumbrado a ella con esa terrible capacidad de acostumbramiento que tienen los hombres, capaz de convertir en rutina hasta el espanto.
Pero hay costumbres que son una forma de ceguera, y yo no lo supe hasta aquel verano.
Teón de Menfis tenía entonces cerca de sesenta años, la cabeza rapada a la manera de los sacerdotes de su país, unas manos de cantero y una voz que parecía venir del fondo de una cisterna.
Era hijo de padre griego y madre egipcia, como yo, y quizá por eso me acogió sin hacerme una sola pregunta cuando, a los quince años, me presenté en su puerta con una carta de un amigo de mi padre y una tos nerviosa que no lograba dominar.
Vivía en el Bruchion, junto a los viejos edificios del Museo, en una casa de patio central con una higuera y una cisterna de mármol, y se decía de él que era el último heredero verdadero de la escuela de Herófilo.
Herófilo de Calcedonia había sido, tres siglos antes de nuestra era, el primer hombre que abrió cadáveres humanos a la luz del día, protegido por los Ptolomeos, que preferían el conocimiento al escrúpulo.
Él había descubierto que el pensamiento habita en el cerebro y no en el corazón; había dado nombre a los nervios; había medido el pulso con la clepsidra, convirtiendo el latido en lenguaje.
Tras él vinieron los herofíleos, durante generaciones, y de maestro a discípulo se transmitió un oficio y una herejía.
Pero los siglos habían olvidado el valor de aquel atrevimiento y solo recordaban el escándalo.
Roma castigaba la violación de sepulturas; Egipto, tan paciente con sus momias, se estremecía ante un cuerpo abierto sin rito; y los médicos respetables de la ciudad preferían a Galeno y sus libros, que se podían citar en una cena sin que nadie levantara las cejas.
— Galeno lo escribió todo muy bien —solía decir Teón, limpiándose las manos en un trapo—, y casi todo lo vio en un mono.
Me enseñó a contar el pulso con el agua que gotea, hasta que mis dedos distinguieron el latido apresurado del miedo del latido tenso de la fiebre y del latido arrastrado de quien ya ha empezado a marcharse.
Me enseñó a observar la orina a contraluz, el color de las uñas, la humedad de la lengua, el modo en que un enfermo mira la puerta cuando entra el médico.
Me enseñó que la medicina empieza el día en que uno aprende a contar, y que todo lo que no se puede contar hay que describirlo con tanta exactitud que otro pueda contarlo por ti.
Era un hombre sin ternura aparente. Rara vez elogiaba.
Pero la noche en que mi madre enfermó de unas fiebres comunes y él, sin que nadie se lo pidiera, cruzó la ciudad entera con su maletín bajo la lluvia, comprendí que en algunos hombres el cariño toma la forma de la competencia.
No me llevó a la bodega hasta el segundo año.
Se entraba por una trampilla oculta bajo la mesa de la cocina, y se descendía por trece escalones de piedra húmeda hasta una sala abovedada, fría como una tumba de agosto, donde el aire se movía por un conducto que Teón había hecho abrir hacia el patio.
Había allí una mesa de mármol con canales tallados en los bordes, un estante de bisturíes de bronce y de hierro, sondas, ganchos, pinzas, una balanza, cuencos, y media docena de lámparas de aceite cuya luz amarillenta dejaba el resto en una penumbra de santuario.
Olía a vinagre, a cal, a algo antiguo y quieto.
Aquella primera noche había sobre la mesa un hombre.
Lo habían encontrado muerto en el muelle, entre dos fardos de lino, sin papeles, sin familia que lo reclamara; y los carreteros que recogían aquellos cuerpos por unas monedas sabían que había una casa en el Bruchion donde nadie hacía preguntas y se pagaba bien.
Era un hombre de unos cuarenta años, ancho de espaldas, con las manos callosas y el hombro derecho más caído que el izquierdo.
—¿Cómo se llamaba? —preguntó Teón al carretero, antes incluso de mirar el cuerpo.
El hombre se encogió de hombros.
—Era un mendigo, señor.
— Todos fueron algo antes de ser mendigos. —Teón puso dos monedas más en la mano del carretero—. Si alguien pregunta por él en el puerto, vuelve y dímelo.
Cuando el hombre se marchó, Teón se quedó un instante mirando el rostro del muerto, y me di cuenta de que hacía lo mismo que hace un sacerdote ante un altar: se cercioraba de que lo que iba a hacer a continuación estaba justificado.
— Hasta que sepamos otra cosa, lo llamaremos el Estibador — dijo—.
Mira su hombro. Ese desnivel viene de años de cargar sacos siempre del mismo lado.
Mira los dedos. Los tiene torcidos por las cuerdas.
Este hombre no nació mendigo. Fue un trabajador, hasta que algo le quitó las fuerzas.
Y cuando abramos su cuerpo, sabremos qué fue.
El muerto nos va a hablar, Dionisio. Es la única manera de que a un pobre lo escuche alguien después de morir.
Yo había leído a Galeno y a Celso y a Areteo.
Había creído, ingenuo, que conocía el cuerpo.
Pero la primera incisión me hizo comprender cuánto de lo que sabemos lo sabemos de oídas.
Teón me puso el bisturí en la mano y guió mi muñeca, y al sentir cómo la hoja entraba en la piel con una docilidad que no esperaba, tuve que apoyar la otra mano en el borde de la mesa para no caer.
No era el horror lo que me mareaba, o no solo el horror.
Era la intimidad. Estaba abriendo a un hombre que nunca había sabido de mi existencia, y él se dejaba abrir, y de su interior asomaba, bajo la luz de las lámparas, un orden asombroso, húmedo y exacto, como una ciudad vista desde lo alto de una torre.
— Respira por la boca si te hace falta —murmuró Teón—.
Pero no apartes la vista. Respeta al muerto que se presta.
Es el mejor maestro que tendrás nunca, y el único que no te mentirá.
Aquella noche aprendí dónde nace el hígado, cómo se pliegan los intestinos como serpientes dormidas, qué aspecto tiene un pulmón ennegrecido por el humo de las lámparas del puerto.
Y descubrí que el Estibador tenía el bazo agrandado y duro como una piedra, y que su sangre, al derramarse en los canales de mármol, era demasiado oscura.
Teón anotó todo en un rollo con letra pequeña y firme, sin decir una palabra, y a la salida, ya en la cocina, me puso una copa de vino aguado en las manos y me miró por primera vez como a un igual.
—Ya no puedes dejarlo —dijo—. Desde esta noche, sabes demasiado.
Tenía razón. Durante dos años bajé a aquella bodega casi cada semana.
Aprendí a distinguir las enfermedades por sus huellas, como un cazador distingue a los animales por sus rastros en el barro.