COLOFÓN LOS NOMBRES DE LOS MUERTOS
Lo que dicen las fuentes, lo que callan y lo que queda
La historia es una lista, y casi todos los que figuran en ella aparecen sin nombre.
Hay quien dice que la historia la escriben los vencedores.
Es una frase cómoda, y no del todo cierta.
La historia la escriben los que sobreviven, y la escriben mal, con prisa, con miedo, con tinta barata y fuentes dudosas, a menudo cuarenta o cien años después de los hechos.
Lo que queda es una selección. Unos nombres sí, miles de nombres no.
Un emperador con su estatua de oro, y en el hueco de la estatua, nada. Esta novela se ha escrito en ese hueco.
Antes de cerrar el libro, quiero decir lo poco que se sabe de quienes lo habitan.
Claudio II, que la tradición llama el Gótico, nació hacia el año 214 en las provincias del Danubio, en un territorio áspero que los romanos llamaban Iliria y que hoy se reparte entre varias naciones.
Era hijo de nadie, o casi. La Historia Augusta, que es la principal fuente sobre su vida y la menos fiable de todas, lo describe fuerte de cuerpo, sobrio en las costumbres, aficionado a la buena mesa.
Ascendió en el ejército por méritos, que era entonces la única manera de ascender sin linaje.
Estaba al servicio del emperador Galieno cuando este fue asesinado, en el otoño del año 268, durante el sitio de Milán, y las fuentes, que se contradicen, lo sitúan unas veces entre los conjurados, otras entre los inocentes, otras lejos de allí, en Pavía, esperando.
Nadie sabe lo que sabía. Fue proclamado emperador por los soldados.
Pidió al Senado que no se persiguiera a la familia de su predecesor, y que se le concedieran los honores divinos.
Derrotó a los alamanes junto al lago de Garda.
Y en el año 269, en las cercanías de Naissus, destrozó a una confederación de godos y de otros pueblos que había cruzado el Danubio y devastado los Balcanes.
Fue la mayor victoria de Roma sobre los bárbaros en medio siglo.
Le valió, para siempre, el sobrenombre de Gótico.
Murió a comienzos del año 270, según la tradición más aceptada, en Sirmium, la actual Sremska Mitrovica.
De peste. De aquella peste que lleva el nombre del obispo Cipriano de Cartago, que la describió con horror y con fe, y que durante veinte años asoló el Mediterráneo, de Egipto a Britania, sin que nadie supiera qué era.
Hay quien sospecha hoy que fue una fiebre hemorrágica, de las que se contagian por el contacto con los fluidos del enfermo.
No hay manera de saberlo. Los muertos, que podrían decirlo, no hablan.
Tenía cincuenta y cinco años. Reinó dos.
El Senado, que no lo había querido, lo divinizó.
Se dice que le dedicó una estatua de oro en el Capitolio y un escudo de oro en la Curia.
Ambos desaparecieron. Siglos más tarde, un emperador llamado Constantino, que nació en Naissus, en la misma ciudad que había visto la victoria, proclamó que descendía de él.
No era verdad, probablemente. Fue una de las mentiras más útiles de la historia.
Una piedra sobre la que se levantó una dinastía.
De su hijo no se sabe nada. Ni siquiera si existió.
Quintilo, su hermano, fue proclamado emperador por el Senado y reinó, según las fuentes, diecisiete días.
Algunos autores dicen que se mató abriéndose las venas al saber que el ejército del Danubio había elegido a otro.
Otros, que lo asesinaron sus propios soldados.
De su personalidad se sabe poco. La Historia Augusta lo llama bueno, y no dice nada más.
Es posible que lo fuera. Es posible que nada ocurriera como lo cuenta nadie.
Lucio Domicio Aureliano, el comandante de la caballería, nació en el año 214 en una aldea de las provincias danubianas, hijo de campesinos, y llegó al trono por aclamación del ejército a los cincuenta y seis años.
Reinó cinco. Fue, de todos los emperadores del siglo, el que más hizo en menos tiempo.
Derrotó a los jutungos, a los vándalos, a los godos.
Destruyó el imperio de Palmira y llevó a la reina Zenobia cautiva a Roma, tras su carro, cargada de cadenas de oro.
Reconquistó las Galias, y reunificó, por primera vez en catorce años, el imperio.
Reformó la moneda. Impulsó el culto de Sol Invicto.
Y mandó construir en torno a Roma una muralla de ladrillo de casi veinte kilómetros, que aún hoy se ve en la ciudad, con sus torres y sus puertas, y que lleva su nombre.
Los romanos de su tiempo lo llamaron Restitutor Orbis, el Restaurador del Mundo.
Lo mataron sus propios oficiales en el otoño del año 275, en Tracia, camino de una campaña contra Persia, en un lugar llamado Caenophrurium.
Los engañó un secretario, un liberto llamado Eros, que había cometido una falta, temía el castigo, y fabricó una lista falsa de hombres condenados a muerte.
Se la enseñó a quienes figuraban en ella.
Creyeron que el emperador iba a matarlos, y se adelantaron.
Cuando descubrieron el engaño, ya era tarde.
Se dice que los asesinos, arrepentidos, le hicieron un funeral de dios, y castigaron a Eros arrojándolo a las fieras.
Una lista falsa. Una mano blanda y asustada. No inventé eso. Lo cuentan las fuentes.
Marco Aurelio Probo, su sucesor lejano, reinó seis años y murió en Sirmium, el año 282, a manos de sus soldados, hartos de que los pusiera a cavar zanjas y a plantar viñas en tiempo de paz.
Es cierto. Probo ordenó a sus legiones que plantaran viñedos en las laderas de una colina cercana a su ciudad natal, y todavía hoy, en esas laderas, en las suaves colinas de la Fruška Gora, se cultiva la vid.
Es una de esas cosas que se salvan.
De la batalla de Naissus no queda casi nada.
No hay monumento. No hay estatua. No hay una piedra que diga «aquí».
Los historiadores discuten dónde ocurrió, cuándo, con cuántos hombres, y si las cifras que dan las fuentes, trescientos veinte mil godos, dos mil naves, cincuenta mil muertos en un solo día, son otra cosa que una exageración de cronistas ansiosos de gloria.
Probablemente lo son. Es seguro que no fue exactamente como se cuenta en estas páginas.
La Hoz no existe. La estratagema del yunque y el martillo es una invención del novelista, aunque las fuentes hablan de una victoria decisiva, y es difícil ganar así sin algo parecido.
Naissus se llama hoy Niš y está en Serbia.
Es una ciudad de calles anchas y de ríos tranquilos, con una fortaleza otomana y un mercado, y con una torre muy extraña, en las afueras, que se levantó en el año 1809 con los cráneos de los rebeldes serbios que murieron luchando contra los turcos.
Hay allí novecientos cincuenta y dos cráneos engastados en la piedra, o los había.
Quedan unas decenas. Los turcos la levantaron como advertencia.
Con el tiempo se volvió monumento. La gente va, mira, calla.
No sé si es casualidad que el valle del Nisava, que vio una vez la mayor matanza de godos de la historia, haya visto después una torre de calaveras. Quizá es solo una coincidencia. Pero el lugar guarda memoria. Los lugares siempre la guardan, aunque los hombres la pierdan.
Una batalla que salvó a un imperio, y que casi nadie recuerda. Los godos, ¿qué fue de ellos?
No desaparecieron. Esa es la verdad, y no conviene olvidarla.
Los que sobrevivieron a Naissus fueron, como cuenta la tradición y como cuenta este libro, enrolados en el ejército romano o asentados como colonos en tierras despobladas de Mesia y de Tracia, donde cultivaron los campos que los campesinos romanos habían abandonado.
Sus oficiales. Un siglo más hijos fueron soldados. Sus nietos,
tarde, sus descendientes cruzarían el Danubio de nuevo, y en el año 410, bajo un rey llamado Alarico, entrarían en Roma. Nadie escribió sus nombres. Sus vencedores, que fueron sus señores, y que fueron sus víctimas, y que acabaron siendo ellos mismos, los olvidaron.
Los cincuenta mil, si fueron cincuenta mil, no tienen nombre.
Ni una línea. Ni una tablilla. Ni una piedra.
Eran hombres, mujeres, niños. Tenían madres, y hermanos, y canciones que cantaban de noche junto a las hogueras.
Murieron en un valle de los Balcanes, a finales del verano del año 269, en un día de sol.
Y de todos ellos, lo único que se sabe, lo único, es el número.
Es lo que queda de la mayoría de los hombres. Un número.
Por eso existe este libro. Por eso un médico imaginario, en una villa imaginaria, grabó nombres en una tablilla de cera.
Por eso un muchacho sordo, que tampoco existió, los escribió con letra pequeña y firme.
Dionisio de Alejandría, Cástor, Fusco, Lucio, Hermeros, Valerio, Arrio, Ticio Fabio, el centurión Marco, el abad Nilo, el monje Hilario: son invenciones.
Sus nombres no figuran en ninguna crónica.
Pero hubo, de verdad, miles como ellos, y sus nombres tampoco figuran.
Y alguien, quizá, en alguna parte, en una cripta sin nombre, escribió una lista que aún no ha sido encontrada.
Las víctimas de la peste de Cipriano no tienen nombre.
Los muertos de las campañas de Claudio, tampoco.
Los de la Hoz. Los de Roma. Ni el diácono Fausto, que no existió, ni los treinta y ocho mil que habría anotado.
No sabemos cuántos morían en Roma cada día durante la peste.
Un autor antiguo habla de cinco mil. Es posible. Es seguro que fueron muchos.
Esta novela termina como empezó: con una promesa.
Quien haya llegado hasta aquí habrá comprobado que el libro no ofrece consuelo.
La guerra no es gloriosa. Lo dice un emperador moribundo, y creo que tiene razón.
Los poetas mienten, a veces. La peste no se va, solo cambia de forma: lo que fue una enfermedad invisible en tiempos de Claudio ha sido otras cosas después, y será más.
Los hombres traicionan a los hombres. Los secretos sostienen el poder.
Los buenos mueren jóvenes, y los malos, a menudo, de viejos.
Pero hay otra cosa. Una cosa pequeña, que no consuela pero acompaña. Y es que, mientras haya alguien que pregunte el nombre de los muertos, los muertos no han muerto del todo.
No se trata de gloria ni de justicia ni de venganza.
Se trata de algo mucho más humilde. De un gesto.
De detenerse un instante ante un cuerpo cualquiera, el de un marinero etíope en un muelle de Alejandría, el de un mendigo en una mesa de mármol, el de un godo moribundo en una tienda de campaña, el de una mujer con un niño muerto en los brazos, y preguntar, aunque nadie conteste: ¿cómo se llamaba?
Es lo único que se puede hacer. Y es suficiente.
Quien tenga este libro entre las manos, que lea al menos algunos nombres en voz alta.
Los que quiera. Los de la tablilla. Los de las crónicas.
Los de su propia familia. Los de los desconocidos que murieron esta semana en alguna parte, de una enfermedad o de una guerra o de un descuido, y de los que no sabemos nada.
Es lo que pidió un viejo médico bajo un olivo.
Es lo que pidió un muchacho sordo, antes de cerrar el cofre. Es lo que pido yo