DIEZ
EVAN
Sentía a mi dragón removerse impaciente dentro de mí mientras caminábamos por las afueras del pueblo, dejando atrás las últimas viviendas humanas. Kade, mi alfa y compañero predestinado, caminaba a mi lado con paso firme y poderoso. Sus ojos brillaban de emoción, reflejando la misma ansia que me recorría las venas. Por fin íbamos a transformarnos juntos, a volar, cazar y jugar como si fuéramos uno.
—¿Estás listo para esto, Evan? —preguntó Kade con voz grave y profunda que me hizo estremecer. Sabía que estaba listo, pero también lo mucho que este momento significaba para mí.
—Llevo toda la vida esperando esto —respondí, esbozando una sonrisa. Mi dragón ronroneó de acuerdo, su emoción casi tangible.
Llegamos al linde del bosque, donde los árboles comenzaban a espesarse y el aroma a pino y tierra impregnaba el aire. Kade se volvió hacia mí y me escrutó con la mirada, buscando cualquier indicio de vacilación. Al no encontrar ninguno, asintió con una leve sonrisa en los labios.
—Hagámoslo —dijo con determinación.
Respiré hondo y sentí la magia agitarse en mi interior. Mi dragón emergió a la superficie, ansioso por liberarse. Le cedí el control; la sensación de transformarme era tan familiar como excitante. Mi cuerpo se estiró y transformó: escamas brotaron de mi piel y unas alas se desplegaron en mi espalda. Mi visión se agudizó y el mundo a mi alrededor se volvió más nítido y vibrante.
A mi lado, la transformación de Kade resultaba igual de impresionante. Su imponente figura era todo un espectáculo, con las escamas reluciendo como obsidiana bajo el sol. Sus alas, poderosas y majestuosas, proyectaban una sombra sobre el suelo del bosque.
Una vez completadas nuestras transformaciones, quedamos frente a frente; nuestras formas dracónicas reflejaban el vínculo que compartíamos. Una oleada de orgullo y amor me invadió, un sentimiento que se reflejaba en los ojos de Kade.
Eres hermoso, susurró Kade, su voz un rumor profundo que reverberaba en su forma de dragón.
Se me calentaron las mejillas ante sus palabras y un suave rubor se extendió por mis escamas. Tú también lo eres, respondí con voz maravillada.
Con un rugido que sacudió el suelo bajo nuestras patas, Kade se lanzó al cielo. Lo seguí, desplegué las alas de par en par y alcé el vuelo. La sensación de despegar del suelo era embriagadora; el viento nos azotaba mientras nos elevábamos cada vez más alto.
La vista desde el cielo era sobrecogedora. El bosque se extendía bajo nosotros, un mar de verde salpicado de los vibrantes colores del otoño. Las montañas se alzaban en la distancia, sus picos coronados de nieve. Era una vista que me llenaba de asombro, la belleza del mundo extendiéndose ante nosotros en toda su gloria.
Kade volaba delante de mí, su figura hendiendo el aire con gracia y poder. Lo seguí, sintiendo cómo el vínculo entre nosotros se fortalecía a cada instante. Era un vínculo que trascendía las palabras, una conexión más profunda que cualquier otra que hubiera conocido.
Volamos sobre el bosque; los árboles bajo nosotros se difuminaban en un tapiz de verde y dorado. El viento nos azotaba, trayendo consigo el aroma a tierra y pino. Era una mezcla embriagadora que me colmaba de libertad y euforia.
Al acercarnos a las montañas, Kade soltó un rugido para indicar que era hora de cazar. Mi dragón respondió con un rugido propio mientras la emoción de la caza me recorría el cuerpo. Nos lanzamos en picado, nuestros cuerpos cortando el aire como flechas.
El suelo del bosque pasaba volando bajo nosotros, un borrón de movimiento y color. Distinguía los animales allá abajo, sus siluetas pequeñas y fugaces. Los instintos de mi dragón se activaron, afinando mis sentidos y aguzando mi concentración. Me concentré en una manada de ciervos, sus siluetas pequeñas y delicadas recortándose contra el bosque.
Kade y yo actuamos en tándem, con movimientos sincronizados mientras iniciábamos el descenso. La manada se dispersó en todas direcciones cuando nos abalanzamos sobre ella. Elegí mi objetivo: un joven ciervo que se había separado del grupo principal.
Sentí la emoción de la caza, la adrenalina bombeando mientras lo acosaba. El ciervo era veloz, sus movimientos ágiles y certeros, pero yo lo era más. Sentía el poder en mis alas, la fuerza en mi cuerpo mientras acortaba la distancia.
Justo cuando estaba a punto de lanzarme, Kade se interpuso y su imponente figura me bloqueó el paso. Me detuve en seco, desplegué las alas y quedé suspendido en el aire. Kade me miró con un brillo juguetón en los ojos.
No tan rápido, omega, gruñó divertido. No voy a dejarte toda la diversión a ti.
Solté un gruñido bajo, una advertencia juguetona que solo pareció excitarlo más. Bien. Veamos qué tienes, alfa.
Y con eso, salimos disparados, nuestros dragones enzarzados en una danza juguetona mientras perseguíamos al ciervo por el bosque. Kade era implacable, sus movimientos gráciles y calculados. Yo estaba igual de decidido, aprovechando mi menor tamaño para deslizarme y serpentear entre los árboles.
La persecución era estimulante; la emoción de la caza impulsaba cada uno de nuestros movimientos. Pero había algo más que la mera emoción. Había una conexión, un vínculo más profundo que cualquier otro que hubiera conocido. Aquello era más que una simple cacería; era una danza, una celebración de nuestro amor y nuestro vínculo.
Mientras perseguíamos al ciervo, sentía la presencia de Kade, su fuerza y su poder. Sentía el amor que ardía entre nosotros, un fuego que consumía todo a su paso. Era un sentimiento que me llenaba de calidez y plenitud, la certeza de que estaba exactamente donde debía estar.
Al final, fue Kade quien atrapó al ciervo: sus enormes mandíbulas se cerraron sobre el cuello del animal y lo derribaron. Aterricé junto a él, jadeando entrecortadamente mientras recuperaba mi forma humana.
Kade hizo lo mismo; su cuerpo se transformó y encogió hasta quedar de pie frente a mí, con el pecho agitado por el esfuerzo. Veía el orgullo en sus ojos, la satisfacción de la caza reflejada en su mirada.
—Eso ha sido... increíble —dije maravillado.
Kade sonrió y extendió la mano para acariciarme la mejilla.
—Lo ha sido —coincidió—. Pero ha sido más que la cacería, Evan. Hemos sido nosotros, juntos. Ha sido nuestro vínculo, nuestro amor.
Se me hinchó el corazón ante sus palabras; su verdad resonaba en lo más profundo de mí. Aquello era más que una simple cacería; era una celebración de todo lo que éramos y de todo lo que llegaríamos a ser.
Encendimos una hoguera; las llamas crepitaban y danzaban, proyectando un cálido resplandor sobre el claro. Preparamos el ciervo y cocinamos la carne sobre las llamas mientras el sol comenzaba a ponerse. El olor de la carne asada llenaba el aire, mezclado con el aroma del bosque y la promesa de la noche por venir.
Mientras comíamos, charlamos; nuestra conversación estaba llena de risas y recuerdos compartidos. Hablamos de nuestro pasado, del viaje que nos había traído hasta aquel momento. Hablamos de nuestro futuro, de la vida que construiríamos juntos.
A medida que avanzaba la noche, nos transformamos una vez más. Nuestros dragones alzaron el vuelo y surcamos el cielo sobre el bosque. La luna brillaba en lo alto del cielo nocturno, y su luz plateada bañaba el mundo con un resplandor argénteo.
Volamos en silencio, con nuestros dragones en perfecta armonía, danzando entre las estrellas. Este era nuestro mundo, nuestro reino, un lugar donde podíamos ser quienes realmente éramos. Era nuestro momento, una celebración de nuestro amor y del vínculo que nos unía.
Mientras volábamos, sentía la fuerza de nuestra conexión, el amor que ardía entre nosotros como un faro en la noche. Un amor que desafiaba todo pronóstico, que nos había unido frente a todas las fuerzas que intentaban separarnos. Un amor que duraría toda la vida, un vínculo inquebrantable.
Esto era solo el comienzo.
Era el primero de muchos vuelos, la primera de muchas cacerías.
El primer paso de un viaje que duraría toda la vida, lleno de amor, risas y alegría.
Era nuestro momento, nuestra hora de brillar. Era el comienzo de nuestra eternidad juntos.