El Cazador (Vrix nº 3) 35. Capítulo Treinta y Cinco #2
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35. Capítulo Treinta y Cinco #2

Gruñidos, gritos y exclamaciones llenaban el aire, compitiendo con el viento y la lluvia. A su alrededor, figuras esbeltas comenzaron a caer desde los árboles. Var, Jehk, y los demás danzavientos descendían para unirse a la batalla en el suelo.

El hueso crujió cuando la lanza de Telok finalmente penetró.

La kurghest resbaló en el barro, sus patas cedieron y sus mandíbulas se aflojaron.

Telok se inclinó y utilizó las manos inferiores para arrancarla de su pierna.

Incluso mientras la apartaba, sus ojos regresaron al macho dominante.

A la altura del hombro era casi tan alto como Ayali.

La bestia era una masa de músculos, cicatrices y crueles púas.

Varias de las rudimentarias lanzas de los danzavientos sobresalían de su espalda y hombros.

Si alguna había penetrado lo bastante como para causarle daño real, el macho dominante no daba ninguna señal de ello.

La bestia estaba parcialmente vuelta de espaldas a Telok.

Se encontraba sobre un cráneo-espina cuya piel amarilla estaba cubierta de barro y sangre. Lo destrozaba con dientes y garras.

—¡Elharat! —gritó Okkor desde el suelo.

Forcejeaba contra la hembra kurghest que había saltado sobre él, apenas consiguiendo mantener sus mandíbulas lejos de su garganta.

No muy lejos, Garahk y Droztar estaban rodeados por bestias y luchaban ferozmente mientras los atacaban desde todas partes.

Elharat estaba aislado. Sin perder otro instante pensando, Telok invirtió el agarre sobre su lanza, la levantó y la lanzó con toda su fuerza.

El arma golpeó el costado izquierdo del macho dominante.

La punta de roca negra penetró profundamente.

La bestia tropezó hacia un lado con un gruñido de dolor y después se volvió hacia Telok, arañando el aire con garras tan largas como sus dedos.

Pasó por encima del inmóvil Elharat con la misma indiferencia con que habría pisado el suelo.

Los ojos de Telok se encontraron con los de la bestia.

Unas garras heladas se cerraron alrededor de su pecho.

Todo lo demás desapareció. El estruendo quedó en silencio.

El caos se oscureció. Telok dejó de sentir las heridas.

Dejó de sentir la lluvia golpeándolo. Solo existía el ojo del macho dominante kurghest.

Naranja. Ardiendo de furia y sed de sangre.

Lo observaba desde el otro lado de un abismo de dos décadas.

Lo miraba desde sus pesadillas. Desde su peor recuerdo.

Donde debería haber estado el ojo derecho del kurghest solo había la oscuridad de una cuenca destruida.

De algún modo, aquel vacío contenía todavía más odio.

Y una única cicatriz irregular atravesaba la cuenca.

No la había provocado una garra, ni un colmillo, sino una estocada de lanza.

La bestia cargó. El barro salió despedido bajo sus patas.

Su aliento caliente escapaba del hocico formando nubes.

Parecía avanzar tan despacio… Pero Telok estaba clavado en el sitio.

No podía moverse. No podía respirar. No podía pensar.

En algún lugar de otro mundo, alguien gritó su nombre.

Con la misma claridad que el día en que había ocurrido, Telok vio cómo asesinaban a su padre.

Vio a su madre de espaldas contra el suelo, empleando sus últimas fuerzas para retener a aquella bestia y permitirle escapar.

Sintió las antiguas heridas del cuello y el rostro, calientes, ardiendo, palpitando.

El macho dominante kurghest era gigantesco, imparable.

Y Telok era pequeño, débil y estaba solo.

A apenas unos segmentos de distancia, el macho dominante abrió sus fauces llenas de colmillos.

El olvido aguardaba dentro de aquellas mandíbulas cubiertas de saliva.

La voz rota y áspera de su madre resonó desde sus recuerdos.

«Ven’dak losak agar».

«No mires atrás».

Pero delante solo había muerte, cubierta de púas, dientes y garras. Delante estaba…

—¡Telok!

«Lacey».

Los corazones de Telok se estremecieron.

Lacey apareció en su visión periférica y se abalanzó contra el macho dominante desde su derecha, poniendo todo su impulso detrás de la lanza.

La punta del arma golpeó la cuenca destruida del ojo de la bestia.

Telok oyó la roca negra raspar el hueso.

La cabeza del kurghest salió despedida hacia un lado y la bestia se desvió de su trayectoria.

Incluso mientras resbalaba sobre el barro, una de sus patas delanteras salió disparada y golpeó a Lacey.

El impacto la arrancó del suelo. Telok se lanzó hacia ella, pero la cola de la bestia giró.

Los laterales de las púas óseas del extremo golpearon su cabeza con toda la fuerza de un garrote de guerra empuñado por un vrix dos veces más grande que Zurvashi.

El sonido fue ensordecedor. Estrellas explotaron en su visión, que de repente se oscureció. Su cuerpo se sintió imposiblemente pesado. Pero su mente era ligera. Preparada para elevarse hacia las nubes. Aquella oscuridad era tan cálida. Tan tranquilizadora…

«¡No!»

Telok sacudió la cabeza. La oscuridad retrocedió, aunque manchas de luz siguieron bailando ante sus ojos. La cabeza le palpitaba. Un sonido agudo y penetrante silenciaba todo lo demás.

Estaba mirando el suelo. Sangre y agua ondulaban bajo la lluvia. Había caído sobre las articulaciones de sus patas flexionadas. Levantó la mirada.

Lacey estaba tumbada de espaldas a varios segmentos de distancia, apoyada sobre un codo. Una mano apretaba su costado. Sangre diluida por el agua brotaba entre sus dedos.

Las llamas rugieron en el interior de Telok.

Los rasgos de Lacey estaban tensos. Sus ojos mostraban miedo, pero también desafío.

Telok siguió su mirada hasta el macho dominante.

La lanza de Lacey yacía en el barro junto a las patas de la bestia.

El kurghest recuperó el equilibrio. Sangre carmesí brotaba de la cuenca destruida.

Gruñó mientras se volvía hacia Lacey. El aire vibró. Ella clavó los talones en el barro y se arrastró hacia atrás sin apartar los ojos del macho dominante.

«¡No!»

Con un gruñido propio, Telok se impulsó sobre las patas. Aunque su compañera había perdido el arma, su lanza seguía clavada en el costado del kurghest.

La bestia corrió hacia Lacey. Telok saltó sobre ella.

El macho dominante gruñó cuando Telok chocó contra su costado.

Las púas lo atravesaron y se hundieron dolorosamente en su piel, pero él se aferró con garras y patas.

El kurghest giró la cabeza hacia atrás y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo mientras intentaba morderlo.

Una de las manos de Telok se cerró alrededor del asta de su lanza. Y tiró con fuerza. Un estremecimiento recorrió el poderoso cuerpo de la bestia. Esta gimió.

—Por mi compañera —gruñó Telok.

Retorció la lanza y la hundió más profundamente. El macho dominante saltó violentamente y se agitó. Telok se aferró todavía más, clavando las garras profundamente en su piel, mientras continuaba girando y moviendo la lanza, ensanchando la herida, empujando la punta cada vez más adentro.

Cuando el arma se soltó repentinamente, Telok apretó la mandíbula y volvió a apuñalar una y otra vez el costado del macho dominante.

Con cada estocada veía en su mente aquellas garras golpeando a Lacey.

La veía sangrando en el barro. Veía el miedo y el dolor de sus ojos.

Su furia ardía más que el sol abrasador y hacía que su mano se moviera cada vez más deprisa.

Incluso la sangre que salpicaba su piel parecía fría en comparación. Aquella bestia había arrebatado a Telok su familia. No permitiría que le arrebatara a su compañera.

Los violentos movimientos del macho dominante convirtieron la Maraña en un borrón alrededor de Telok. Fuerzas invisibles tiraban de él y lo obligaban a esforzarse cada vez más para mantenerse aferrado.

Hasta que finalmente el kurghest se lanzó al suelo y rodó.

Cayó sobre Telok. Su inmenso peso lo aplastó contra el barro.

Sintió partirse el asta de su lanza, cómo el aire abandonaba sus pulmones.

Sintió las púas hundirse todavía más mientras su agarre cedía.

Y de algún modo consiguió conservar entre las manos la lanza rota, que se desprendió de la bestia cuando el macho dominante terminó de rodar.

El kurghest luchó por incorporarse.

—¡Telok! —gritó Lacey.

Su voz atravesó todo el resto del ruido. Telok giró sobre un costado, apoyó dos manos en el suelo e inspiró con un jadeo áspero y doloroso.

La bestia se sacudió entre respiraciones entrecortadas y sibilantes. La sangre brotaba de su costado herido. Su único ojo se fijó en Telok.

Él levantó el escudo justo antes de que la pata de la bestia le golpeara el rostro. La madera se astilló cuando las perversas garras la atravesaron. La fuerza del golpe arrastró a Telok medio segmento por el suelo. Un hormigueo semejante a miles de pinchazos recorrió su brazo de arriba abajo.

Con las garras atrapadas en el escudo, el kurghest sacudió violentamente la pata.

Telok fue zarandeado de un lado a otro. Su hombro gritó de dolor.

Sentía que estaban a punto de arrancarle el brazo.

Tensando todos los músculos de su cuerpo, Telok se encogió y se acercó a su brazo izquierdo lo suficiente para alcanzar la correa del escudo con la hoja de la lanza.

Enganchó la punta de roca negra detrás de la cinta y tiró.

El cordón de seda tejida se rompió y el brazo de Telok quedó libre, cayendo al suelo.

La bestia retrocedió tambaleándose un paso y comenzó a pisotear, intentando desprenderse del escudo atrapado.

«Hizo daño a mi familia. A mis amigos».

«Hizo daño a mi compañera».

Otra oleada de furia explotó dentro de Telok y abrasó el dolor. Plantó las manos sobre el suelo y se impulsó. En cuanto pudo, saltó sobre el macho dominante y cayó sobre su cabeza. Su peso obligó a la bestia a descender mientras Telok rodeaba su grueso cuello con los brazos.