35. Capítulo Treinta y Cinco
CAPÍTULO TREINTA Y CINCO
Agazapado entre la maleza, Telok contó los instantes que pasaban mediante los latidos de sus corazones.
El viento barría los árboles, haciendo gemir las ramas y sisear las hojas.
La penumbra bajo el follaje se hacía más profunda mientras las nubes oscuras continuaban acumulándose en el cielo.
Una energía amenazadora vibraba en el aire, cargado con el olor de la lluvia que se aproximaba.
Mucho más intenso era el hedor a sangre, muerte y aquel almizcle característico de los kurghests.
Telok contempló el frente a través de la vegetación.
Aunque las plantas limitaban su campo de visión, podía distinguir la guarida de los kurghests, una boca que gritaba en silencio abierta en el costado de un árbol caído y llena de una oscuridad impenetrable.
Y entre Telok y aquella guarida, varios kurghests descansaban perezosamente bajo lo que debía de ser la última columna de luz solar de toda la Maraña.
Aunque solo podía ver unas pocas bestias, sabía que había muchas, muchísimas más fuera de su vista; la tormenta que se aproximaba habría empujado a la mayoría de las criaturas de la jungla hacia sus guaridas en busca de refugio.
Pese a los riesgos que planteaba el tiempo, aquella era su mejor oportunidad para reducir la manada.
Los puños de Telok se cerraron alrededor de sus lanzas: la que él mismo había fabricado en la mano superior derecha y la que Lacey había hecho para él en la inferior.
Apoyó la mano inferior izquierda en el suelo y descansó sobre ella el borde del pesado escudo de madera sujeto a su brazo superior izquierdo.
Desde que tenía memoria, Telok no había temido su propia muerte.
Sabía que no podía escapar de ella, así que siempre se había arriesgado de buen grado para proteger a quienes le importaban.
Incluso ahora, la muerte no lo asustaba.
Pero, por primera vez, temía por su vida.
Si moría, ¿quién protegería a Lacey? ¿Quién velaría por ella bajo cielos soleados, bajo nubes y lluvia, bajo lunas y estrellas?
¿Quién le enseñaría y aprendería de ella?
¿Quién la abrazaría durante la oscuridad de la noche, cuando estuviera triste o simplemente cuando hacerlo se sintiera bien?
¿Quién no se limitaría a decirle que era hermosa, sino que se lo demostraría?
«Nadie, joder».
No podía haber nadie más. No habría nadie más. Lacey era suya y no existiría otro macho para ella. Si la muerte venía a buscarlo aquel día, Telok la enviaría corriendo de vuelta a la húmeda y oscura guarida de la que se hubiera arrastrado, porque no dejaría sola a Lacey.
Su pecho se contrajo, pero sus corazones ardieron de furia y determinación.
En aquel mismo instante, su compañera estaba agazapada entre la vegetación en algún lugar detrás de él, esperando.
Se había unido a Cole, Sophia, Koss, Wen’Xal Tas y cinco danzavientos machos que se habían ofrecido voluntarios para afrontar aquel peligro por su Nedrayas, formando lo que Sophia había llamado «La Retaguardia».
Cole había sugerido en broma llamarse «Los Cuartos Traseros, a lo que Lacey había respondido proponiendo «Los Escudos de Culo de Araña».
Telok había gorjeado entonces. Ahora ya no le encontraba ninguna gracia. Su compañera estaba demasiado lejos de él, y demasiado cerca de los kurghests.
Curvó los dedos, hundió las garras en el suelo y se giró para mirar hacia atrás. Apenas había conseguido vislumbrar un destello de cabello rojo entre la maleza cuando, en algún punto de los árboles, una piedra chocó tres veces contra otra en rápida sucesión.
Telok quedó inmóvil. El calor crepitó bajo su piel.
Gai’Tahk Var y Kin’Jahl Jehk habían llevado a su grupo de danzavientos hasta sus posiciones, dominando desde las ramas superiores la guarida de los kurghests. La espera había terminado.
Cuando Telok volvió la mirada hacia delante, el viento aumentó, haciendo oscilar los arbustos que lo rodeaban. Las nubes de tormenta devoraron el último fragmento de cielo despejado y ocultaron el sol. Las primeras gotas de lluvia, pesadas e irregulares, comenzaron a golpear las hojas.
Telok chocó con firmeza las cabezas de sus lanzas dos veces, dejando medio latido de pausa entre ambos sonidos, y se irguió de golpe mientras levantaba sobre el hombro la lanza que sostenía con la mano superior derecha.
A ambos lados de él, la vegetación se sacudió cuando sus compañeros también abandonaron sus escondites.
Garahk, Okkor y Elharat a su derecha. Droztar, Ayali, Ess y Zesh a su izquierda.
Cada uno armado, como Telok, con un escudo y dos lanzas.
Las cabezas de los kurghests se alzaron bruscamente frente al grupo y sus grandes orejas se irguieron. Las bestias cubrían el suelo, aparentemente tan numerosas como las hojas caídas de la jungla.
Telok lanzó su lanza, y el resto del grupo hizo lo mismo. Desde las alturas llovieron lanzas improvisadas, poco más que largos palos afilados.
Los kurghests chillaron, gimieron, gruñeron y rugieron al recibir los impactos. Algunos cayeron. Otros rodaron. Muchos más se pusieron en pie de un salto.
Telok pasó la lanza restante a la mano superior e inclinó el escudo hacia las bestias.
«Que Lacey esté bien».
Cargó contra los kurghests confundidos y presas del pánico. Sus compañeros avanzaron a su lado, hundiendo las lanzas en sus objetivos. Las bestias se dispersaron mientras los danzavientos arrojaban desde los árboles redes lastradas y más lanzas.
Un gruñido profundo y poderoso surgió desde el interior de la guarida. Hizo vibrar el árbol caído, el suelo e incluso el aire. Varias hembras kurghest adultas más salieron del interior mientras algo enorme se removía en la oscuridad detrás de ellas.
Así de rápido, los kurghests pasaron de sorprendidos a agresivos. Aunque muchos estaban heridos, habían incapacitado a muy pocos, y su velocidad y fuerza apenas parecían haberse reducido. Las bestias corrían frenéticamente, coordinando sus ataques para intentar aislar y rodear a los cazadores.
Telok y sus compañeros se vieron obligados a defenderse antes siquiera de haber avanzado unas pocas zancadas hacia la guarida. Entonces la lluvia cayó de verdad, rápida, dura, pesada.
Telok oyó a las bestias que ya habían conseguido colocarse detrás de él. Oyó a Lacey y a los demás luchando. Oyó los gritos y clamores de batalla de sus compañeros a su alrededor. Pero lo único que podía hacer era mantenerse en constante y frenético movimiento.
Su lanza atacaba como un relámpago. Sus corazones retumbaban como truenos. Pisoteaba y pateaba a las bestias, y su escudo propinaba tantos golpes como los que bloqueaba.
Pero siempre aparecía otro kurghest que encontraba una abertura en su defensa. Las garras arañaban su piel. Los colmillos conseguían morderlo. Y aquel ataque implacable terminó separando a Telok de los cráneo-espinas.
Un kurghest saltó hacia él. Telok estrelló el escudo contra su pecho y le atrapó la garganta con la mano inferior derecha. Las garras del animal se hundieron en su pecho y hombro mientras Telok clavaba las suyas profundamente en el cuello de la bestia. Y apretó.
Más allá del animal, vio a otro kurghest cerrar las mandíbulas sobre una pata delantera de Ayali.
Ella cayó pesadamente sobre una articulación.
Varios kurghests se abalanzaron inmediatamente sobre su cuerpo.
Gruñendo, Ayali los agarró y arañó, pero no consiguió apartarlos a todos.
Zesh y Ess acudieron en su ayuda con rugidos.
Sus manos eran poco más que manchas borrosas mientras arañaban, apuñalaban y golpeaban a las bestias.
Telok apretó aún más el puño. La garganta del kurghest crujió dentro de su mano.
Sangre caliente brotó alrededor de sus garras.
Cuando lanzó al animal lejos de sí, sus garras curvadas desgarraron todavía más su piel.
Apenas sintió las heridas. Su piel vibraba, y el fuego recorría en espiral sus venas.
—¡Cole! —gritaron Lacey y Sophia al unísono.
Telok miró por encima del hombro.
Dos danzavientos ayudaban a Koss, que tenía un kurghest aferrado a los cuartos traseros y otro mordiéndole un brazo.
Más allá, Tas, cubierto de sangre, intentaba incorporarse desde el suelo.
Cole estaba tumbado boca abajo cerca de él.
Las garras de un kurghest estaban clavadas en la parte posterior de su pierna y su piel aparecía roja de sangre.
Las dos humanas apuñalaban a la bestia desde ambos lados mientras esta se revolvía.
Sus mandíbulas chasqueantes y la cola que se agitaba violentamente pasaban alarmantemente cerca de su delicada carne.
«Tengo que ir con ella».
«Tengo que proteger a mi compañera».
Telok comenzó a girarse. Un rugido atronador procedente de la guarida lo detuvo. El sonido sacudió la jungla. Vibró dentro de sus huesos y los inundó de frío. Hizo que sintiera que la cabeza estaba a punto de partirse.
Telok volvió bruscamente la mirada hacia delante.
Un gigantesco monstruo verde musgo salió disparado de la guarida con una velocidad y una fuerza imposibles.
Unos colmillos se hundieron profundamente en la pata delantera inferior de Telok.
Gruñó y bajó la mirada. La hembra kurghest que lo mordía plantó las patas y tiró hacia atrás, intentando desequilibrarlo.
En el borde de su visión vio cómo el macho dominante kurghest se estrellaba contra Okkor y Elharat, que luchaban lado a lado.
Ambos cráneo-espinas salieron despedidos como si no pesaran nada.
Telok clavó la lanza repetidamente en la cabeza de la kurghest que lo sujetaba. Cada impacto recorrió su brazo cuando la punta de roca negra golpeó el grueso cráneo de la bestia. La kurghest agitó la cabeza de un lado a otro y enterró aún más los colmillos.