El Cazador (Vrix nº 3) 34. Capítulo Treinta y Cuatro
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34. Capítulo Treinta y Cuatro

CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO

Para cuando llegaron a su guarida, Lacey vibraba de emoción y deseo, y sabía que Telok sentía lo mismo por la rapidez con la que la había llevado hasta allí y por la tensión que irradiaba todo su cuerpo.

En cuanto la dejó en el suelo, ella se apresuró al interior, se quitó las botas empujándolas con los pies y se dirigió hacia el lecho.

De pie sobre las mantas y pieles, se volvió hacia su compañero. Con los ojos clavados en ella, Telok se apretó para atravesar la entrada y, sin detenerse, avanzó hacia Lacey. En cuanto pisó el lecho, extendió las manos para agarrarla.

Lacey retrocedió un paso y levantó una mano.

—Espera —dijo ella.

Telok inclinó la barbilla, haciendo que sus ojos verdes, entrecerrados y resplandecientes, adquirieran un matiz amenazador entre las sombras de su rostro.

—Ya he esperado suficiente —dijo Telok.

—No tendrás que esperar mucho —contestó Lacey con una sonrisa.

—Lacey…

La advertencia de su tono, la necesidad absoluta que hervía bajo aquellas palabras, envió una oleada de excitación dolorosa hasta el sexo de Lacey y la hizo apretar los muslos.

—Durante las últimas noches me has explorado, me has dado placer, me has hecho correrme tantas veces con tus dedos y tu lengua…

—Lacey agarró los tirantes del vestido y los deslizó por sus hombros—.

Déjame darte placer a ti esta noche, Telok —dijo, y soltó el vestido.

La seda susurró al descender por su cuerpo y quedó acumulada alrededor de sus pies.

Los cierres de Telok se movieron y se cruzaron sobre la abertura, pero esta siguió separándose y permitió a Lacey vislumbrar la carne verde de su interior.

La mirada de Telok recorrió todo su cuerpo, inquieta y devoradora, tan brillante y feroz que dejó un rastro de calor sobre su piel desnuda.

Hubo un tiempo en que Lacey se habría encogido bajo aquella mirada tan intensa.

Habría cubierto su cuerpo avergonzada. Se habría torturado imaginando lo que Telok debía de pensar de ella.

Que era fea, que estaba destrozada, que no merecía deseo ni admiración.

Ahora simplemente se sentía hermosa. Él había venerado su cuerpo, había recorrido cada rincón con las manos y descubierto cada pequeña cosa capaz de hacerla cantar.

Todos los defectos que Lacey veía en el espejo solo eran defectos dentro de su propia cabeza, observados a través de una lente deformada por los estándares de una sociedad a la que ya no pertenecía.

Unos estándares que, para empezar, jamás habían sido justos. No tenía nada de lo que avergonzarse.

Lacey avanzó y apoyó ambas palmas contra el pecho de Telok. La piel de él se estremeció bajo su contacto. Cuando sus manos se movieron para agarrarla, ella negó con la cabeza.

—No. Déjame a mí —dijo.

Telok gruñó y obligó a sus brazos a permanecer a los lados.

—Me pones a prueba, vi’jatai.

—Entonces veamos cuánta paciencia tiene mi cazador —dijo Lacey, sin apartar los ojos de los suyos. Besó su pecho, justo sobre sus corazones palpitantes.

Otro estremecimiento recorrió a Telok.

Después, lentamente, deslizó una mano hacia abajo. Sus dedos recorrieron los planos de su abdomen hasta avanzar hacia la pelvis.

Sonrió mientras jugueteaba con la parte superior de su abertura y trazaba sus bordes separados antes de introducir los dedos en aquellas profundidades calientes y húmedas.

Telok siseó y cerró los puños.

—Lacey…

Ella volvió a besarle el pecho, emitió un suave murmullo y acarició el miembro que permanecía oculto dentro de su abertura.

—Llevo mucho tiempo queriendo hacer esto —dijo ella.

Fue descendiendo despacio por su pecho y su vientre entre besos y lametones.

Telok temblaba y Lacey sintió cómo sus cierres se tensaban aunque estaban perdiendo la batalla contra la abertura, que seguía ensanchándose.

El aroma especiado de canela y clavo saturó el aire, envolviéndola y haciéndole la boca agua.

—He fantaseado con ponerte la boca encima —susurró Lacey mientras se arrodillaba sobre las mantas. Besó el vértice de su abertura—. He fantaseado con saber a qué sabrías.

La respiración de Telok se volvió áspera e irregular.

Por el rabillo del ojo, Lacey vio cómo sus manos se extendían hacia ella con vacilación.

—He deseado tener tu polla entre mis labios —continuó Lacey, pasando la lengua a lo largo de la abertura.

Las manos inferiores de Telok se cerraron sobre sus hombros mientras las superiores se hundían entre su cabello y le echaban la cabeza hacia atrás. Gruñó cuando sus cierres se apartaron de golpe y la polla salió disparada al exterior.

—Me estás deshaciendo —dijo con voz ronca.

Lacey apoyó las manos sobre las articulaciones superiores de sus patas delanteras y contempló su polla.

El aroma especiado era ahora más intenso, más potente, y sus aceites, dulces y deliciosos, cubrían la lengua de Lacey e inundaban sus sentidos como un afrodisíaco. Y su miembro brillaba cubierto por más.

Lacey rodeó su miembro con los dedos, justo por encima del nudo de la base. Palpitó dentro de su mano. Caliente. Grueso. Repitiendo el ritmo acelerado de su propio corazón.

«Pruébalo».

«Chúpalo».

—Entonces deshazte para mí —dijo Lacey. Incapaz de esperar un instante más, cerró la boca alrededor de la ancha cabeza.

Telok dio un respingo y retiró bruscamente la pelvis, pero ella mantuvo un agarre firme mientras chupaba con suaves tirones.

—Joder —gruñó Telok, sus dedos se cerraron en el cabello de Lacey, arañando con las puntas su cuero cabelludo y enviando un hormigueos por el cuerpo de Lacey.

Lacey gimió.

La vibración recorrió la polla de Telok y le arrancó otro gruñido. Su sabor a canela y clavo era como el caramelo más dulce y especiado, dejándola deseando más.

Lacey pasó la lengua sobre la punta bifurcada de su polla y jugueteó con la abertura de unos dos centímetros y medio que tenía allí.

—Esto… —gruñó Telok. Sus dedos se apretaron aún más entre el cabello de Lacey mientras temblaba—. Tu boca…

Lacey levantó los ojos y se encontró con aquella mirada voraz y resplandeciente. Telok la observaba con una intensidad que debería haberla asustado, pero solo consiguió excitarla más.

Su polla era demasiado grande para introducirla por completo en la boca, pero Lacey tomó todo lo que pudo y deslizó los labios arriba y abajo mientras su puño acariciaba el miembro al mismo ritmo que cada succión.

Las patas de Telok temblaban y arañaban el lecho mientras él le apretaba los hombros y la atraía más cerca.

—Kir’ani vi’jatai… Lacey… Ah, mi compañera, mi esposa.

Aquella palabra, «Esposa», pronunciada con aquella voz tan bestial, se grabó a fuego en el alma de Lacey y avivó su deseo hasta hacerla arder de necesidad.

Su sexo se contrajo. Un dolor pesado y vacío se instaló en su interior, uno que llevaba demasiado tiempo sin ser satisfecho, exigiendo que lo llenaran.

Lacey retiró la boca, pero continuó moviendo la mano por su miembro.

—Sabes tan bien… —dijo, depositando un beso ligero sobre la abertura de la punta y le sonrió desde abajo—. Mi marido.

—Entonces prueba más —gruñó Telok—. Dame más antes de que tome de ti lo que quiero.

—¿Eso es una amenaza? —preguntó ella.

—Una promesa —contestó Telok, atrayendo su rostro hacia él.

Un escalofrío de expectación recorrió a Lacey. Volvió a cerrar la boca alrededor de su polla, chupándola mientras pasaba la lengua por la parte inferior de la cabeza. Su otra mano descendió hasta la base y masajeó las protuberancias del nudo mientras provocaba el interior de la abertura.

Telok tembló. Sus respiraciones entrecortadas se mezclaban con gruñidos y resoplidos. Cada vez que el roce de la lengua o la fricción de los labios hacía que su pelvis se sacudiera, Lacey memorizaba el punto que le había proporcionado tanto placer y le dedicaba todavía más atención.

Poder llevar a aquel vrix enorme y duro a semejante estado, donde cada mínima caricia lo dejaba al borde de perder el control, resultaba increíblemente excitante.

Los pechos de Lacey se volvieron pesados. Sus pezones palpitaban. Y aquel vacío doloroso dentro de ella se hizo más profundo. Sintió cómo su propia humedad cálida descendía por los muslos mientras su sexo suplicaba recibirlo.

Incapaz de soportarlo, bajó una mano. Sus dedos, ya cubiertos por los aceites de Telok, se deslizaron entre sus piernas y comenzaron a frotar su clítoris. El placer estalló dentro de ella.

Lacey se estremeció y apretó el miembro de Telok. Él siseó una maldición.

Su respiración se volvió todavía más irregular mientras comenzó a mover la pelvis al ritmo de las caricias de Lacey. El dedo de ella continuó rodeando el clítoris y enviando susurrantes oleadas de placer por su cuerpo.

—Puedo oler tu necesidad —dijo Telok con voz ronca—. Casi puedo saborearla.

Lacey introdujo la lengua en la abertura de la punta de su polla. Las patas delanteras de Telok estuvieron a punto de ceder mientras su miembro se volvía imposiblemente más rígido.

—No —gruñó Telok. Retiró bruscamente la pelvis y arrancó la polla de la boca de Lacey.

Ella se inclinó hacia delante para seguirlo, pero el férreo agarre de Telok se lo impidió.

—No —repitió con mayor firmeza.

Telok descendió sobre las patas delanteras, bajó las manos inferiores y las enganchó detrás de los muslos de Lacey mientras la rodeaba con los brazos superiores. Le barrió las piernas de debajo del cuerpo y la tumbó sobre el lecho antes de apoyarse sobre ella con las manos superiores.

—¡Telok! —Lacey sacó el labio inferior en un mohín—. Quería que te corrieras en mi boca.

—Y yo quiero liberarme dentro de tu dulce y caliente sexo —dijo. Tiró de ella hacia sí, guio sus piernas alrededor de la cintura, cerró los cierres sobre ellas y colocó la polla contra su entrada.

Comenzó a penetrarla lentamente. De forma provocadora. Torturadoramente. Obligándola a sentir cada centímetro.

Lacey dejó escapar una respiración temblorosa mientras la ancha cabeza y el grueso miembro la estiraban.

Telok ronroneó.