33. Capítulo Treinta y Tres #2
Lacey se mordió el labio inferior. No solo estaba impresionada por su fuerza bruta, también la estaba poniendo cachonda.
Telok se deslizaba por el aire con sus marcas brillando contra las sombras.
Pronto aquel círculo comenzó a cerrarse sobre sí mismo mientras los tambores sonaban cada vez más altos y rápidos.
Extendió las patas izquierdas, las recogió bruscamente, y comenzó a girar.
Se convirtió en un remolino de verde neón y seda en espiral. Era… Emocionante.
La música se detuvo. Y Telok cayó.
Lacey jadeó y se puso en pie de un salto, con el corazón en un puño.
Telok aterrizó sobre la plataforma con un estruendo acompañado por un golpe de los tambores.
Quedó allí agachado, con las patas flexionadas, las manos apoyadas sobre el suelo y la cabeza inclinada.
Su cabello suelto caía libremente. Un profundo silencio descendió sobre la multitud.
Entonces Telok levantó bruscamente la cabeza. Y sus ardientes ojos verdes se encontraron con los de Lacey. La música regresó. Ahora con un ritmo primitivo y sensual.
Telok levantó el torso. Aquella feroz mirada permaneció fija en Lacey mientras empezaba a moverse siguiendo el ritmo. Onduló el pecho. Lanzó y recogió los brazos. Golpeó el suelo con las patas. Cada movimiento era enfatizado por la música.
Entonces lanzó las manos hacia ella. Curvó los dedos. Y tiró de ellos hacia sí mientras el pecho y el abdomen ondulaban sensualmente. Cada vez que repetía el movimiento, avanzaba un poco más hacia ella. Acercándose provocadoramente paso a paso.
Aunque lo estaba viendo con sus propios ojos, Lacey no podía creerlo. Ni en sus sueños más disparatados habría imaginado a Telok haciendo algo semejante. Exponiéndose así bajo la mirada de cientos de ojos. Su vrix silencioso, estoico, gruñón. Y, Dios… Bailaba fatal.
Telok no poseía nada de la gracia de los danzavientos.
Se salía del ritmo, sus movimientos eran bruscos, rígidos y, a veces, torpes.
Como si estuviera demasiado concentrado intentando recordar cuál era el siguiente paso.
Lacey no dudaba de que se habría sentido muchísimo más seguro y cómodo enfrentándose a bestias salvajes o vrix hostiles que haciendo aquello.
Una enorme sonrisa apareció en su rostro. Nada de eso importaba, porque lo estaba haciendo por ella. Y estaba jodidamente sexy. El corazón de Lacey latía con fuerza mientras el calor la inundaba y los ojos comenzaban a escocerle por las lágrimas.
Quizá estuviera interpretando demasiado.
Quizá fuera una tontería. Pero verlo bailar así le confirmaba que realmente haría cualquier cosa por ella.
La hacía sentirse vista, que importaba, que lo merecía.
Nunca se había sentido tan valorada como en aquel momento.
Porque delante de todo el mundo… Telok la estaba eligiendo.
Los vrix se apartaron y deslizaron hacia los lados para abrirle camino mientras continuaba su avance implacable. La danza prosiguió unos cuantos compases más. Después desapareció por completo.
Telok recorrió la distancia que aún los separaba con unas pocas zancadas fluidas y decididas cargadas tanto de confianza como de impaciencia. Todo y todos a su alrededor se desdibujaron. Lacey solo veía a Telok.
Se detuvo frente a ella, y extendió una enorme mano.
Una mano endurecida por toda una vida luchando por sobrevivir.
Una mano provista de garras capaces de desgarrar carne, con fuerza suficiente para romper huesos.
Una mano que había matado. Pero también era una mano que la tocaba con una delicadeza extraordinaria.
Que la abrazaba, la tranquilizaba, la protegía.
Una mano que le había proporcionado un placer inmenso.
Lacey puso la suya sobre ella. Telok cerró aquellos largos dedos rematados por garras con firmeza y tiró de Lacey hacia sí. Sus ojos verdes ardieron mientras introducía los dedos de otra mano entre su cabello para acunarle la nuca.
—Di que eres mía —ordenó con voz grave y ronca.
Lacey se alzó sobre las puntas de las botas, le agarró la nuca y tiró de él hacia abajo. Aplastó la boca contra la suya en un beso intenso. Cerró los ojos e inspiró su aroma, y dejó que el beso se prolongara.
Telok se estremeció. Sus brazos inferiores rodearon la cintura de Lacey y la apretaron contra su cuerpo.
—Soy tuya —susurró ella contra su boca.
Telok gruñó y se irguió, levantando la cabeza. Alzó la voz por encima de la música.
—Yo, Telok tes Nazir’ani Ul’okari, he reclamado a Lacey Anderson como mi compañera. —gritó. Apartó los ojos de ella y recorrió la multitud con la mirada—. Y si alguien intenta hacerle daño, lo despedazaré en tantos trozos que ni siquiera el propio Tejedor sería capaz de volver a unirlos.
«Vaya. Vale. Violento, pero joder, qué sexy».
Los vítores estallaron a su alrededor, acompañados por el golpeteo de las patas.
—Entonces… ¿estamos casados? —preguntó Lacey.
Telok le sujetó la mandíbula y hundió la mirada en sus ojos.
—Estamos unidos. Incluso después de que la Maraña reclame nuestros cuerpos, nuestros espíritus permanecerán entrelazados. Nada puede separarnos —afirmó Telok.
La posesividad absoluta de su voz envió un delicioso escalofrío a través de Lacey. El vientre le revoloteó. Su sexo se contrajo. Una necesidad dolorosa y hambrienta se extendió por todo su cuerpo. No quería nada más que quedarse a solas con él. Nada más que a él.
Lacey se apoyó contra su cuerpo, atrapó un mechón de su cabello suelto y tiró suavemente de él mientras le dedicaba una sonrisa coqueta.
—Entonces, marido, deberías llevar a tu esposa a nuestra guarida —dijo ella.
A Telok le vibró el pecho.
—Esposa —repitió Telok con un ronroneo.
Lacey rio cuando él la recogió entre sus brazos, la acunó contra el pecho y se alejó de la multitud entre vítores.