34. Capítulo Treinta y Cuatro #2
—Quiero llenarte con mi semilla. Plantarla profundamente hasta que tu vientre se hinche con mi cría.
Con la misma lentitud con la que había entrado, se retiró y volvió a penetrar un poco más profundamente.
Las pestañas de Lacey aletearon y ella gimió ante la fricción contra sus paredes internas.
Después de días negándole aquello, negándose a sí mismo, sentir de nuevo a Telok dentro de ella era absolutamente sublime.
Lacey arañó su pecho con las uñas y arqueó el cuerpo hacia él.
—Más. Te necesito entero.
Las mandíbulas de Telok se elevaron en una sonrisa que el brillo de sus ojos convirtió en perversa.
—Paciencia, vi’jatai.
—¿Dónde estaba la tuya hace un segundo? —respondió ella.
Telok bajó el rostro y rozó su sien con aquella boca dura.
—No actué porque estuviera impaciente por obtener mi placer. Solo busco el tuyo.
Se incorporó y continuó con aquellas embestidas lentas y medidas. Llenaba el vacío de Lacey y lo sustituía por un nuevo dolor visceral que se enroscaba cada vez más en su interior.
Sus manos inferiores encerraron las caderas de Lacey, guiando su cuerpo sobre la polla que entraba y salía y asegurándose de que solo él marcara el ritmo.
Y durante todo el tiempo mantuvo los ojos sobre ella. Un cazador atento. Un amante generoso. Un compañero devoto.
Cada empuje profundo de su polla lanzaba a Lacey un poco más cerca del precipicio.
Pero nunca era suficiente para hacerla caer.
La mantenía allí, suspendida en el borde.
Provocándola. Devorándola. Prendiendo fuego a cada uno de sus nervios mientras la mantenía atrapada en aquella agonizante necesidad de correrse.
Lacey se retorció y arañó a Telok, suplicándole que la tomara más rápido, más fuerte, más profundamente. Pero él no la escuchó.
Y cada vez que intentaba alcanzar su clítoris, apartaba su mano de un golpe.
El mensaje era inequívoco. Su placer dependía de él.
Él tenía el control. Pero Lacey sabía que aquel control era frágil.
Lo sabía por el pinchazo de sus garras contra la piel.
Por el temblor de sus extremidades. Por las contracciones de su polla.
Por la aspereza de su respiración y los bajos gruñidos que surgían de su pecho.
Estaba luchando contra sus propios instintos. Y estaba a punto de perder.
—Telok, por favor —jadeó Lacey.
Todo su cuerpo temblaba y su piel estaba húmeda de sudor. Arqueó la espalda y se apretó los pechos con las manos mientras las lágrimas escapaban de sus ojos.
—Mi luveen, mi marido. Ya no más. Por favor… —suplicó.
—Eres mía —declaró Telok.
—Sí.
Una de sus manos abandonó el lecho y se apoyó sobre la parte baja del vientre de Lacey. Aquella presión adicional profundizó las sensaciones provocadas por su polla. Con el pulgar sin garra, acarició su clítoris.
—Mi alegría. Mi placer. Mi propósito. Mi hilo del corazón.
Lacey dejó escapar un gemido bajo de rendición.
—Sí.
—Dime tus palabras humanas —pidió Telok.
El ceño de Lacey se frunció mientras intentaba pensar a través del éxtasis que la asaltaba.
—¿Qué…?
Telok presionó con firmeza el pulgar contra su clítoris y lo mantuvo inmóvil.
Lacey gritó de placer y frustración.
—Di las palabras —exigió Telok con una fuerte embestida.
Mantuvo la polla enterrada en su sitio.
—¡No sé qué palabras quieres!
—Amor —gruñó él. Su pulgar comenzó a acariciar perezosamente el clítoris hinchado de Lacey—. Quiero tu amor. Lo necesito.
Gritos cada vez más agudos escaparon de Lacey. Sus muslos temblaron. Su sexo se contrajo. Una fuerza imposible de controlar la llamaba a cerrar los ojos y rendirse, pero se negó. Mantuvo su mirada unida a la de Telok.
—Lo tienes —jadeó, mientras el pulgar de Telok aceleraba—. Lo tienes todo. Todo mi amor. Todo de mí —Lacey se estremeció—. ¡Te amo!
Telok siseó mientras retiraba la pelvis y volvía a hundir la polla dentro de ella.
—Mi Lacey, estás tejida en mis corazones.
Cualquier restricción que hubiera impuesto sobre sus instintos se hizo añicos en cuanto pronunció aquellas palabras.
Telok volvió a apoyar la mano sobre el lecho, levantó el culo de Lacey y le dio todo lo que había suplicado. Y mucho, muchísimo más.
Lacey se deshizo. Se perdió en un mar turbulento de placer mientras Telok la follaba con desenfreno, con ferocidad, con posesividad. Reclamando su cuerpo. Su mente, su corazón y su alma. Todo lo cual Lacey le entregó libremente.
Cuando Telok se corrió, su rugido reverberó a través de ella. Se enterró profundamente mientras el nudo se hinchaba y su semilla estallaba en su interior en una oleada caliente.
Telok se dejó caer, apoyándose sobre los codos encima de ella. Su cabeza colgaba mientras temblaba. Respiraba deprisa y de forma irregular.
Lo único que Lacey pudo hacer fue rodear a su compañero con los brazos y aferrarse a él mientras la polla vibrante y los tentáculos aleteantes la empujaban hacia otro orgasmo que la dejó débil y temblorosa.
Telok deslizó los brazos inferiores alrededor de ella. La estrechó contra sí y rodó cuidadosamente hasta quedar boca arriba, llevándola consigo para que terminara tendida a horcajadas sobre él.
Lacey apoyó la mejilla sobre su pecho y cerró los ojos. Escuchó los latidos de sus corazones. Respiró su aroma. Disfrutó de su calor. De la plenitud entre sus muslos. De las réplicas de placer que todavía recorrían a ambos.
Telok pasó las garras por su cabello y descendió por su espalda, rozándole la columna y provocando hormigueos. Incluso sus cierres se movieron suavemente de un lado a otro sobre la parte posterior de sus muslos.
Lacey se sentía adorada. Se sentía amada.