El Cazador (Vrix nº 3) 29. Capítulo Veintinueve #2
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29. Capítulo Veintinueve #2

Sintió cómo se endurecía, cómo la carne de alrededor se tensaba y cómo la respiración de Lacey se aceleraba.

Cuando levantó la cabeza, el agarre de ella se reforzó para intentar devolverlo a su sitio.

Pero terminó soltándolo cuando Telok llevó la lengua hasta el otro pecho y, teniendo cuidado con sus afilados dientes, cerró la boca alrededor de él.

Mientras lamía el segundo, llevó una mano inferior hasta el primero.

Apretó el gran y suave montículo, disfrutando de su peso, de su calor, de la sensación bajo sus dedos.

El pulgar rodeó el pezón. La carne continuó endureciéndose.

Gruñendo contra ella, Telok atrapó el pezón entre el índice y el pulgar.

Lacey jadeó. Arqueó la espalda y presionó el pecho contra su mano.

Telok hizo rodar aquel capullo entre los dedos. Tiró suavemente. Jugó con él. Arrancando profundos gemidos de la garganta de su compañera.

Con cada reacción, el aroma de su deseo se intensificaba. Impregnaba cada respiración de Telok. El dolor de su polla resonó a través del inmenso y voraz vacío de su interior.

Cerró las manos agarrando las pieles mientras luchaba contra sus rugientes instintos. Podía acabar con aquel sufrimiento en ese mismo instante. Solo tenía que embestir. Pero aquella tortura haría que todo lo que viniera después resultara todavía más dulce.

Abandonó sus pechos. Desplazó el cuerpo hacia atrás y dejó que su lengua descendiera hasta el vientre de Lacey, con todas aquellas diminutas cicatrices plateadas.

Su barriga tembló.

—Telok… —susurró ella mientras acariciaba una de sus mandíbulas.

Él levantó la mirada. Lacey lo contemplaba por debajo de las pestañas, con los ojos oscurecidos por el deseo pero suavizados por la ternura que había en sus profundidades.

La diferencia en su compañera era enorme. Solo unos días antes, cuando la había bañado en el arroyo, había estado protegida tras sus barreras. Tímida, reticente a permitir que Telok viera su cuerpo.

Ahora se permitía ser vulnerable. Se ofrecía a él. Por decisión propia.

Aunque no comprendiera el pudor humano, sí comprendía la confianza que Lacey tenía que haber depositado en él para abrirse de aquella forma.

—Mi nyleea —Telok recorrió con la lengua la cicatriz que atravesaba la parte baja de su vientre. Después presionó la boca contra el centro de aquella marca y besó suavemente la carne irregular y elevada—. Prendes fuego a mis corazones.

Bajó más la cabeza. Los pelos de la pelvis de Lacey rozaron su piel cuando su boca pasó sobre ellos. Y aquella fragancia embriagadora y tentadora volvió a llenarlo. Una necesidad más intensa que cualquier instinto o deseo que hubiera conocido jamás lo recorrió.

Necesitaba probar su esencia. Saciar su sed con ella. Descubrir si sabía tan dulce como olía. Necesitaba beber de su compañera.

Telok le separó todavía más los muslos. Contempló su abertura expuesta. Sus pétalos estaban más hinchados que antes, más húmedos. La excitación de Lacey mojaba el interior de sus muslos y resbalaba entre sus nalgas.

Los dedos de Telok se hundieron en aquella carne blanda mientras su miembro se estremecía al recordar cómo había sido estar dentro de ella.

—Por favor, Telok —suplicó Lacey mientras intentaba elevar la pelvis hacia su boca—. Te necesito.

—Paciencia —gruñó.

Ni siquiera sabía si se lo estaba recordando a ella o a sí mismo mientras la mantenía en su sitio.

Bajó la cabeza. Introdujo la lengua entre los pliegues de su sexo y lo lamió. Telok gimió en cuanto su sabor lo golpeó. Intenso. Dulce. Puro. Lo atravesó como un viento perfumado, avivando las llamas de su interior e intensificando la neblina del frenesí.

«No. Hasta que haya bebido todo lo que quiera».

Deslizó la lengua hacia arriba y rozó un diminuto bulto endurecido.

Lacey se arqueó de golpe con un jadeo. Todo su cuerpo se tensó mientras agarraba la cresta de Telok.

«Modelador, deshazme… o lo harán sus reacciones».

Telok apartó el agarre de Lacey y levantó la cabeza. Colocó un dedo a cada lado de su abertura y separó los delicados pliegues, dejando al descubierto aquel pequeño bulto en su extremo superior. Inclinó la cabeza y lo acarició con un dedo.

Lacey se estremeció y dejó escapar un suave gemido.

Telok levantó los ojos hacia su rostro. Ella lo observaba con los labios entreabiertos y los pechos ascendiendo y descendiendo con rápidas respiraciones.

—¿Qué es esto? —preguntó.

—Mi clítoris.

—Clítoris —repitió Telok, probando la palabra mientras volvía a rozarlo suavemente.

Las pestañas de Lacey aletearon, sus muslos temblaron y hundió los dedos en la cama.

—Telok… —gimió.

De todas las partes de su cuerpo que había tocado, aquella parecía ser la más sensible.

Telok comenzó a rodear lentamente su clítoris. Se deleitó con los sonidos que escapaban de ella. Con las formas en que respondía a sus caricias. Lacey era como un instrumento. Y él era el músico que acababa de aprender a pulsar sus cuerdas para crear la música más hermosa.

—Esto te proporciona placer —dijo Telok.

—Muchísimo placer —gimió Lacey, y movió las caderas al ritmo de sus caricias.

—Bien —dijo Telok, ronroneando.

Volvió a bajar la boca hasta su sexo. Y rodeó aquel pequeño bulto con la lengua.

—Oh, joder —gruñó Lacey entre dientes.

Sus muslos intentaron cerrarse. Telok reforzó el agarre y los mantuvo firmemente abiertos contra el lecho. No permitiría que se lo negara. Lamió el clítoris con movimientos rápidos y firmes. Cada uno arrancó un grito entrecortado de su compañera.

Lacey cerró los ojos. Echó la cabeza hacia atrás. Sus manos se cerraron sobre sus propios pechos y los apretaron mientras se movía contra la lengua de Telok.